martes, enero 27, 2009

DIEZ

1. El domingo pasado cerca de cuatrocientas personas caminaron por las calles de San Felipe expresando su júbilo por el aniversario de la UNEY. Se levantaron muy temprano para acudir, como siempre, a la cita que anualmente las reúne. Partieron de la zona industrial poco después de las nueve, a ritmo de tambor. En la plenitud de la mañana, habiendo recorrido ya los primeros tramos, el joven docente Franyer Briceño, ejerciendo su rol de animador, les pidió que contaran hasta diez. Y eso hicieron. Quiso el azar concurrente que finalizaran esa cuenta en el momento prodigioso del día, de todos los días: las diez de la mañana, la hora límpida del sol, el milenario instante de la serenidad. Antes de las doce, los caminantes retornaron felices a la UNEY porque habían celebrado y compartido una sencilla y hermosa fiesta con la ciudad y su gente.

2. Nadie escapa a la vigorosa presencia de los símbolos. A veces no los vemos, pero ellos están ahí, encendidos y persistentes, iluminando lugares, revelando tiempos, albergando historias, identificando pueblos. Los símbolos representan visiones del mundo, culturas, sabidurías antiguas, arcanos milenarios. Contienen secretos, pero también obviedades. Son universales o domésticos. Presentan y representan la vida. Son visibles para quien puede verlos. También son invisibles, como los números.

3. Hoy nos quedamos con la poderosa irradiación de uno de esos números. Sus primeros destellos nos abren paso para nombrarle.

4. Estamos ya en la cuarta estancia, la primera clave. Si la sumamos a las anteriores nos encontraremos con el punto pitagórico de la perfección, es decir, con la cifra del ser supremo. Así, 1 más 2, más 3, más 4 es igual a 10. Las cuentas del rosario, los candelabros, las mesas y jofainas del templo de Salomón, los mandamientos, los dedos de las manos y de los pies, las esferas de los cielos concéntricos de la Cábala, los puntos budistas de la perfección, los versos de las composiciones que Lezama Lima dedicó a la amistad. Todo eso y más habita en esta cuarta estación de la cuenta, una especie de aleph borgiano que nos salva de la dispersión y que nos hace uno y universo.

5. Leemos El Decamerón y encontramos hoy más dulces los relatos de Bocaccio. Es el momento de una pausa, de sentir la brisa suave que nos llega de una laboriosa biblioteca de Guama o de la sede de la UNEY en el Ciepe.

6. Hemos iniciado el ascenso. El tránsito ya acumula recuerdos, enseñanzas y trabajos iniciáticos. La geografía espiritual abre sus puertas al campo. Viejas sabidurías nos dicen que el rumbo es incesante y que nuevos umbrales nos aguardan. Nuevos proyectos ynuevos desafíos se avecinan.

7. Un viaje es un viaje, pero es, sobre todo, el viaje arquetipal de Ulises.

8. Ya que nos pusimos griegos y borgianos, volvamos a leer. La alumna María Castillo, de Ciencias del Deporte, recita Itaca y sus compañeros la siguen atentos, tras descubrir que no volverán a Itaca si adentro no la llevan. Los estudiantes de Ciencia y Cultura de la Alimentación van por los pasillos diciendo de memoria El Golem. Angélika Pulido, de primera en el convite, está buscando al Nilo en la palabra Nilo, mientras que Juan Rangel cree haberse conseguido con Spinoza en la penumbra.

9. “La nave de los locos”, que tanta gracia le causó a Salvador Donadelli, lleva ahora nuevos pasajeros, nuevos tripulantes. Atraídos por el Diseño Integral, otros argonautas están enriqueciendo la acuciosa aventura.

10. “Dios mueve al jugador y éste la pieza”, nos recuerda Antonio Rivero. El juego continúa, aunque hayamos llegado, como Ulises, a la cifra sagrada que también se llama origen. Quienes venían dentro del caballo de Troya siguen la deliciosa osadía de hacer con nosotros una universidad distinta, una universidad de la cultura. Diez años es el tiempo de Troya y es también el tiempo de volver a Itaca, pero el porvenir no tiene término, como dijo Jorge Guillén, por cierto, en una décima.

P.D: Nuestra gratitud inmensa a Sumito Estévez por haber aceptado la invitación a celebrar con nosotros este décimo aniversario de la UNEY y por el generoso post que colgó en su blog:



lunes, enero 19, 2009

Obesos y famélicos

Raj Patel

El joven profesor Raj Patel, de origen hindú, como su nombre indica, es el autor de un exitoso e importante libro sobre el sistema alimentario mundial. Nació en Londres en 1972 y realizó estudios de pregrado y postgrado en las universidades de Oxford y Cornell, respectivamente. En la actualidad se desempeña como investigador en la Universidad de KwaZulu-Natal en Sudáfrica, después de haber conocido las entrañas de algunos monstruos en cuyos espacios trabajó: Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio y Fondo Monetario Internacional.

Bajo el título de Obesos y famélicos, el celebrado libro de Patel nos muestra con deslumbrante acopio de información y mediante un impecable análisis, el funcionamiento de una las máquinas más infernales que la historia ha conocido: la aterradora máquina del hambre y de la obesidad, un torvo aparato de la globalización que, manejado a placer por las corporaciones que se adueñaron de la comida en el mundo, sigue causando estragos en nuestros suelos, nuestros cuerpos y nuestras almas. Una de esas corporaciones provocó en La India un movimiento de liberación alimentaria cuya consigna no pudo ser más elocuente: “Quememos a Monsanto”. El libro que refiero da cuenta de esas y otras reacciones y apuesta contundentemente por los cambios.

La edición inglesa del trabajo de Patel es del 2007 y la traducción al español apareció hace dos meses en Buenos Aires, bajo el sello de “Marea Editorial”, país donde se viene reflexionando seriamente sobre el tema, después de sufrir las letales consecuencias del criminal, frío e implacable neoliberalismo. Ya Matías Bruera en Argentina había iniciado una pertinente línea de trabajo que, de alguna manera, alcanza un evidente punto de confluencia con la del autor de Obesos y famélicos. Así, leyendo a Patel recordé al Matías de La Argentina fermentada diciéndonos que las corporaciones han arrasado con la dimensión cultural de la comida, subordinando el problema del hambre al interés del mercado, de la ciencia y de la técnica. Patel aborda, como Bruera, el tema del gusto y hace la siguiente afirmación:

Desde el nacimiento nos hemos cocido en el caldo de la industria alimentaria, cuyas estéticas están incrustadas en nuestras papilas gustativas de modo que escupirlo significa desconfiar de nuestros deseos. Nacidos del sistema de producción de alimentos, nuestros instintos alimenticios son guías poco fiables para comer mejor”.

Conscientes de que el tema de la alimentación debe ser visto en su integralidad, el gusto ocupa buena parte de las reflexiones de Patel y Bruera. Asociado por ellos a la lucha por la soberanía alimentaria, ambos nos invitan a estar conscientes de que nuestro gusto ha sido condicionado y no revela preferencias propias sino intereses ajenos. No es que me gusta de verdad alguno de los muchísimos cereales que me ofrecen en el supermercado. Es simplemente que debo “consumir” Kellogs. Por esa razón, Patel incluye dentro de sus propuestas de liberación la duda acerca de nuestras predilecciones actuales. Lo dice así, sin desperdicio:

Convertirse en soberanos implica reexaminar nuestros impulsos y colocar nuestros instintos corruptos en período de prueba. Al recuperarnos a nosotros mismos de las elecciones que el sistema de producción alimentaria ha hecho por nosotros, ´me gusta´ se convierte temporalmente en una sospecha, no en el preludio a una compra”.

Pensar sobre lo que comemos. He allí una consigna urgente para la liberación.

lunes, enero 12, 2009

Los dulces de Angelina de Vizcaya

Barquisimeto. Carrera 17 entre 34 y 35

A finales de diciembre pasé por la carrera 17 para recordar viejos tiempos. La recorrí lentamente desde la calle 39 hasta la 34. Por esos lugares barquisimetanos de San Juan viví hasta mi adolescencia. Casi todas las casas siguen estando allí, aunque muchas hayan cambiado de fachada. Son y no son las mismas. Las que se mantienen idénticas, se ven ruinosas y las que han sido intervenidas, perdieron su viejo encanto. Desde sus ventanas me saludaron sombras y me reencontré con algunos momentos de la infancia. Me detuve en la casa de Angelina de Vizcaya para comprar galletas. Por el aviso supe que todavía eso es posible. Fui atendido por una muchacha a quien pregunté por Angelina. Me informó que había muerto en el mes de abril, a los 94 años de edad. Me dijo, además, que era ella quien elaboraba los dulces desde hace algún tiempo. Le compré las galletas, que son las mismas sabrosas galletas de Angelina y le pregunté por el inolvidable bienmesabe, pero no había. La semana pasada volví por galletas y encontré esta vez el preciado dulce de Angelina. Se trata sólo de la tentadora crema, en nada parecida al “melao” (en el mejor de los casos) o engrudo con bizcochuelo que sirven en numerosos restaurantes como bienmesabe. Es probable que la receta de Angelina haya sido proporcionada por alguna diosa en El Tocuyo y es que no parece exclusivamente humano este prodigio. Equilibrado y poderoso, el bienmesabe de Angelina alberga una tradición de esplendores culinarios y concentra en su sabor la emoción de una historia cultural que no ha podido ser demolida ni por el tiempo ni por la erosión urbana. Es de agradecerle infinitamente a la gastronomía su poder de resistencia. El Parque Ayacucho ya no es lo que era, pero el bienmesabe de Angelina sí. Y eso nos ayuda mucho más de lo que parece. Nos ayuda a mantenernos vivos.

Angelina de Vizcaya dedicó su vida a hacer dulces y manjares de diverso tipo. Lo hizo por gusto y por oficio. Ayudaba a su hogar con el producto de ese noble trabajo y a la vez preservaba una memoria. La calidad y delicadeza de su dulcería casera terminó siendo legendaria. Muchos barquisimetanos venían (o vienen) de otras ciudades a comprar los dulces de Angelina. Su merengón, al que sólo se le aproxima el de Cristina de Hammond, mereció siempre el premio de ese fiel peregrinaje.

Recuerdo ahora otro de ellos: su excelente jalea de mango. Como las galletas, la jalea tenía la medida exacta de dulzor. Sabemos que el secreto de una buena dulcera está en que sus preparaciones no nos empalaguen, sino que nos envicien, como envician las galletas de Angelina. No conozco a nadie que no vuelva por ellas o que no las recuerde con nostalgia. El bienmesabe, que siempre “sabe a más”, es, como ya dije, un manjar de dioses y de diosas. Yo me lo comía puro, sin bizcocho o sin pastel. Con una cuchara iba dando cuenta de esa crema prodigiosa hasta alcanzar el particular éxtasis de los golosos, ese indescriptible instante en que uno parece haberse ido a otro mundo, pero que no es más que el sabroso mundo de chuparse los dedos.

Porque las comia mucho antes de la navidad, no puedo olvidar que Angelina también hacía hallacas, en las que demostraba su apertura hacia fórmulas provenientes de otras zonas del país. Ella les ponía garbanzos, como si fuera andina y no tan tocuyana como era. Se había forjado una cultura culinaria muy especial. Tomó de aquí y de allá, sin rigideces. Quiso siempre darnos felicidad con su cocina y muchas veces lo consiguió. Desde acá se lo agradezco y saludo con enorme afecto su humilde grandeza.