jueves, diciembre 31, 2009

¡Feliz año!


"La Poesía se adelanta y sus agujas marcan el vuelo de las aves"

(Gonzalo Rojas):


"Por eso yo declaro

que lo maravilloso, la inocencia,

esa felicidad que a veces somos,

la hermosura extendiendo su luz sobre la tierra,

todo lo que soñamos

sucederá algún día,

porque nosotros hemos sucedido"

(Juan Antonio González Iglesias)


Reciban todos un abrazo de año nuevo y los mejores deseos de


Freddy Castillo Castellanos

lunes, diciembre 28, 2009

Delante de la luz cantan los pájaros


Las voces del paisaje entran y salen, displicentes, por el balcón. He venido a ver en esta parte abierta de la casa el final del año y a contemplar cómo se pasa la vida y cómo cambia todo tan callando. Quisiera hacer memoria y balance, pero también trazar expectativas y propósitos, porque hay un camino que se abre y no sólo uno que se cierra. Podría hacer el catálogo de las lecciones que nos dejó el 2009 y también el de los proyectos o los sueños para el año que habrá de comenzar dentro de poco, pero hay otro ánimo en mi espíritu, más proclive ahora a la contemplación y al silencio, que al arte racional de los recuentos y los planes. Delante de la luz cantan los pájaros y el viento sopla con su armonía secreta. Y así, se me va imponiendo el tono que un verso de Marco Antonio Montes de Oca asoma como amable intertexto en esta página y me dejo llevar por las voces del paisaje que entran y salen, displicentes, por el balcón.

La primera voz del coro es la del cedro, una voz que casi no se oye, pero que se te mete por los ojos llena de amarillo y verde. Tengo años oyéndola brillar y sé que ahora es distinta, quizá un tanto lenta y taciturna, pero, sin duda, sigue siendo el centro majestuoso del jardín. Ella es la serenidad y el punto de equilibrio, que tanta falta hacen en este valle habitado por algunas desmesuras. Mirar el ramaje de donde procede esa voz sagrada inmuniza contra el amok o nos da fuerzas para soportar a quienes andan poseídos por ese morbo fatal en otros lares. Hoy irradia poderosos destellos contra el desamparo y aloja en su tronco escrituras apacibles con versos de Cintio Vitier, que anda preguntando en qué rama por fin está posado Juan de la Cruz y de Yepes.

La segunda voz del coro es, por supuesto, la que pronuncian unánimes los pájaros. Sin estridencia, hoy ella es capaz de revelarnos el secreto de nuestras vidas, pero una vez más sabremos que esa revelación es efímera e inmemorable. Olvidarla es su destino. También lo es quedar como morriña, como radiante ausencia, como recuerdo que no recuerda nada y que según Giorgio Agamben, “es el más fuerte” de todos los recuerdos. Porque, claro, es la presencia de Mnemosina en su diálogo infinito con Hesíodo. Ayer, por cierto, estuvo esa voz tratando de traducir al ayamán poemas de Idea Vilariño y de Mario Benedetti y hoy vuelve con los versos de Montes de Oca para despedirse diciéndonos: “La voz, la pluma, la despierta inteligencia/ vanse a callar y a dormir,/ con la conciencia del deber no cumplido/ pues el deber de cantar/ nunca termina”.

La tercera voz del coro es la del viento que está en todas partes, que puede buscar albergue en los rincones o desparramarse con fuerza por las extensas sabanas. Ella se aquieta o se desborda, pero no cesa, acaso sólo descansa. Portadora del verbo oracular, la voz del viento es hoy “la brisita nupcial de la metáfora” que Cintio nos trajo para refrescar este abandono grato o esta encantada suspensión de lo cotidiano y hacer después, en la cocina, el café más sabroso del mundo y bebérselo con galletas de Angelina, recitando versos espléndidos de los poetas grandes que se fueron este año de este mundo. Nombré a cuatro de ellos para sentir –como sentí- que ahora están más cerca de nosotros.

Cierro este post de hoy dándole las gracias a los lectores que me han acompañado durante todo el año. Les deseo un 2010 pleno de dicha y les pido me acepten esta rosa blanca que martianamente cultivo para mis amigos sinceros…Para los otros, también va una rosa blanca, porque no cultivo cardo ni ortiga para nadie. Paz y felicidad para todos.

lunes, diciembre 21, 2009

Poesía de diciembre

Luis Alberto Crespo en una clase de Biscuter

Ya es costumbre para mí, sobre todo cuando se acerca la nochebuena, leer sólo poesía. Busco páginas, navideñas o no, de los poetas que me gustan o incursiono por libros menos familiares o desconocidos, con el deseo, casi siempre satisfecho, de encontrarme alguna imagen que me haga compañía. La ceremonia comienza el mismo primero de diciembre cuando anoto en mi diario estos versos de Israel Peña que memoricé hará unos cuarenta y siete años: “Diciembre, barbas de frío/ sobre la veste del campo,/ curvo cinturón de cerros/ y zapatillas de prado”. Los recuerdo en la voz gallega y bien timbrada de mi profesor Daniel Gómez Ferreiro. Me los digo y cumplo con el íntimo ritual de transcribirlos, para sentir que, en verdad, diciembre ha comenzado. Después fatigo un soneto melodioso de Aquiles Nazoa y me imagino que soy yo quien le está hablando a Avelina Duarte de este modo: “Avelina, Avelina, amiga mía,/ hermana de mi novia y mi pañuelo… Sabrás que es navidad, que de agua fría/ nos pone el clima flores en el pelo,/ mientras envuelto en su gabán de yelo/ pasa diciembre en troika de alegría”.

Y así van entrando y saliendo los poetas. Ayer nomás, cuando leía que los restos de Lorca no aparecen y que su búsqueda ha sido, más que infructuosa, una verdadera pesadilla, pasaron por aquí Miguel Hernández y Pablo Neruda y el segundo nos dijo estos versos: “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,/ si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,/ lo haría por tu voz de naranjo enlutado/ y por tu poesía que sale dando gritos”. Y sentí que los buenos poetas no se dejan exhumar tan fácilmente y que su voz no está al alcance de quien se acerca a ellos sin respeto. La poesía, como diría Gimferrer, supremamente se niega al abyecto. Ella viene de la memoria y del mito y está hecha de sustancias inasibles. Se vuelve hija del limo, hoja de muérdago, pan de los elegidos, letra de Octavio Paz o mirada vespertina de José Antonio Ramos Sucre, cuando quiere. No avisa ni tiene hora fija, pero sé que podemos atraerla con un conjuro que alguien supo hacer en Aquitania o tal vez en las sequedades de Atarigua.

Entregarse a la lectura de la poesía es acceder a un territorio que la razón jamás ha podido alinderar. Sus (im)precisiones sacan de quicio a quienes, alambre en mano, buscan cercarla con el rigor de una doctrina o con arduas explicaciones acerca de su sentido escurridizo. Ignoran que ella se nutre también del exilio, del misterio y del silencio. Ella es como la soledad del poeta Juan Luis Martínez (Chile, 1942-1993): “Muchas veces me ha sucedido pelearme con ella y echarla.. Mas, pronto está lejos la ruego, la conjuro a volver. Pero nada pasa. Ni mis súplicas un poco ridículas, ni mis amenazas un poco pasadas de moda. Y luego un día, sin que yo lo espere ella regresa más enigmática y flotante que nunca. Más envolvente, sobre todo…”.

Sigo leyendo a Juan Luis Martínez, una revelación para mí en sus Poemas del Otro, libro póstumo, que se sumó al único que publicó en vida (La nueva novela) formando un extraño díptico dictado por las voces distintas que lo habitaban y que lo convirtieron en un caso único en la abundante y prodigiosa poesía chilena. Metatextual en el primero y lírico en el segundo, este poeta de Valparaíso fomentó la poesía como pre-texto para el alma de los signos errantes.

Además de Martínez, diciembre me ha deparado la lectura gozosa de un hermosísimo libro de Luis Alberto Crespo: Tierramenta (Lumen, 2009). Lo he ido paladeando con la parsimonia a la que su lenguaje y sus paisajes me invitan. Todo ha sido nombrado de nuevo en ese libro. Los viejos parajes, los fantasmas, las alcobas y los pájaros de Luis Alberto nacieron otra vez en las páginas sin límites de Tierramenta.

Aprovecho, por cierto, para desearles feliz navidad a todos con unos versos de Crespo que marcan ahora la inevitable despedida de este artículo:

Enseguida vuelvo,
voy a envejecer en ese cuarto.

lunes, diciembre 14, 2009

Palabras para Julia (y para Julie)


Como en el de Beatriz Viterbo -alta y muy ligeramente inclinada-, en el andar de Meryl Streep también hay “una como graciosa torpeza”, que en este caso se la impone el género (el de la película, por supuesto). Si además hay en él “un principio de éxtasis”, no lo sé ni me importa, pues no pretendo hacer hoy analogías borgianas. De lo que sí estoy seguro es que ese principio aparece cuando la célebre actriz se dispone a comer cualquier plato parisino. Deslumbrada por las maravillas de la cocina, la Julia Child que encarna Meryl Streep en esta comedia, saborea con deleite infinito los lugares comunes de la gastronomía francesa, tanto la de restauración clásica como la de algunas tradiciones regionales. Literalmente, se babea por todos ellos. Ha sentido en esa comida la cima del gusto. Nada la iguala. Por eso resultará inexorable que, no encontrando otra cosa para cubrir sus ocios y después de algunos intentos fallidos, se entregue por entero al aprendizaje febril de la cocina francesa.

Que Meryl Streep haya sobreactuado o no, ahora me es indiferente. Tampoco me va ni me viene que al modelo especular de la directora le falte misterio o que los hombres de la película luzcan disminuidos. No pretendo hacer crítica de cine ni exégesis de género. En este momento sólo me interesa destacar el inmenso amor a la cocina que se desprende de las dos historias que nos cuenta Nora Ephron en su película Julie y Julia. Ella nos sirve de excusa para hablar de la importancia que posee el oficio de cocinero, así como para alimentar nuestro interés por el tema de la divulgación culinaria. En especial, por los recetarios. Recordemos que no se trata sólo de alguien que cocina. Julia Child es la comunicadora (a través de los libros y de la televisión) de un arte en el que te cortas y te quemas los dedos, pero en el que puedes encontrar el más sublime asidero espiritual para tu vida.

Entender la cocina como camino, no para el estrellato, sino para la satisfacción plena del alma y el cuerpo, puede ser una de los modos de abordar el tema de este filme (y ¿por qué no el filme mismo?). Algunas frases de Julie Powell, admiradora hasta el fanatismo de Julia Child y de su legendario libro sobre cocina francesa, expresan el vigoroso valor inmaterial de los fogones. Para ella el “boeuf bourgignon” es también un poema y no sólo un plato estupendo de Borgoña que Juan sin Miedo engullía con voracidad de Duque y con grandes cantidades del mejor vino tinto de su tierra. Hacer correctamente ese plato es como escribir bien la página que queremos leerle a alguien para agradarlo y agradarnos. ¿No decía García Márquez que él escribía para que lo quisieran más? También las cocineras y los cocineros realizan su trabajo, para mayor deleite de sus parejas, no siempre comprensivas. Muchos parasitamos morosamente en los espacios espléndidos que abonan y cultivan los buenos oficiantes de la creación culinaria. Y así, escribimos algún blog, sin cocinarlo previamente como Julie, y nos damos a la tarea de fabular en el territorio infinito de la gastronomía, que, como se sabe, también es letra minuciosa y memoria plena de sabores. Otros lo hacen todo: cocinan, sirven la mesa, enseñan, escriben la receta, la publican en la tele, en el libro o en el blog y siguen tan campantes en su labor porque ella también es un fecundo modo de vida.

Más efusivo que crítico, este acercamiento a una película que pretende recrear el diálogo alrededor de la cocina, entre un blog del año 2002 (el de Julie Powell) y un libro de Julia Child (de los años cincuenta) fue sólo una treta retórica para decirles lo de siempre: la cocina es el universo. Y el resto es literatura.

lunes, diciembre 07, 2009

Viaje al amanecer

Francisco Abenante, Cuchi Morales y Sumito Estévez

No por socorrida me voy a inhibir de citar una famosa frase de Rilke, que se aviene plenamente con lo que hoy quiero comentarles: “La verdadera patria del hombre es la infancia”. Quizá por eso, cuando el ineludible “nostos” nos apremia, emprendemos el retorno a nuestros viejos territorios. Hacemos lo que nuestro más grande ensayista llamó un “viaje al amanecer”. Buscamos albergue en la memoria y recreamos un espacio que sentimos como una genuina pertenencia. El recodo de un jardín reaparece como escondite oportuno y el pregón de los dulces nos vuelve a hacer agua la boca. El gran reloj del comedor comienza a marcar sus horas lentas y una taza de humeante y espeso chocolate llega puntual a la mesa. Penetramos así en el laberinto de imágenes que nuestra infancia atesoró y constatamos en su centro que hemos regresado de un larguísimo exilio.

La experiencia es sencilla. Basta con dejarse llevar por algún olor o por el susurro del agua, simplemente. Proust sólo necesitó mojar la magdalena en el té y llevársela a la boca. Lo demás, ya lo sabemos, fue el tiempo recobrado. Sé de cocineros que recuperan sabores preteridos porque le siguieron la pista a un aroma que les llegó como vestigio en pena. Y así, van a la cocina y lo disponen todo para cocinar de nuevo como Petra o como la abuela, la madre o la tía, en los tiempos de Maricastaña, que, por cierto, ahora no suelen ser tan remotos como antes.

La semana pasada en Barquisimeto asistimos a una experiencia de ese tipo. Un cocinero profesional, ducho en diversidades culinarias, se remontó a su niñez para entregarnos los platos que su madre preparaba cotidianamente. Viajó hasta La India, la que habita en su memoria, y concibió un amplio menú que forma parte entrañable de su historia personal. Sin duda, sus enormes conocimientos y destrezas de hoy en día jugaron un rol estelar en los buenos resultados, pero más pesó la circunstancia de que cocinó con el gusto esencial que le otorgan la sangre y la cultura propias. Cuando se cocina lo que se ama desde la infancia, hay algo más que una buena comida. Hay una ofrenda.

Hasta el más despistado sabe que me estoy refiriendo a Sumito Estévez, quien volvió a los fogones barquisimetanos de Francisco Abenante, para trasladarnos esta vez al Punjab familiar de su infancia merideña. Además del basmati, varios platos regionales de La India, sin desdoro alguno de las técnicas empleadas para su elaboración, fueron preparados y servidos con la alegría ritual de quien comparte algo de sí mismo. Y ese es, por supuesto, el sello intransferible de un buen trabajo culinario. La excelente sopa de arveja amarilla, con yogur y pepino, el sabrosísimo pollo tandoori, el opulento cordero con salsa de tamarindo, los camarones con leche de coco, los estupendos garbanzos guisados en salsa de tomate, los vegetales con cúrcuma y un postre inolvidable constituido por halvá de zanahoria y bolas de sémola, fueron esa noche en El Círculo las señas de la noble tradición gastronómica que lleva en su segundo apellido el famoso cocinero Sumito Estévez Singh.