lunes, setiembre 27, 2010

Lezama está comiendo

Casa de Lezama. Trocadero 162. La Habana

Es el 5 de Octubre de 1957. José Lezama Lima se encuentra en un café de La Habana. Desde la mesa más cercana a la suya, ocupada por afamados jugadores, surge de pronto una voz: “Todo el que tiene una novia china, tiene buena suerte”. El poeta se conmueve. Algo maravilloso ha ocurrido, algo que sólo a él le es dado percibir por una rareza vivencial, insólita, oblicua, acaso inevitable. Y es que acaba de producirse una fulguración repentina que abrió el cauce para la infinita posibilidad de la poesía. De inmediato nace un verso de raíz asombrosamente lezamiana: “Novia china, buena suerte”. Al poeta le parece deslumbrante y comienza a saborearlo con el mismo moroso e íntimo deleite que experimentó hace apenas un momento ante su copa de deliciosa crema helada. Al cabo de un rato Lezama anotará en su diario: “Fue la voz que oí, pero cuando me fijé en el grupo, observé que me era imposible precisar de quién era esa voz, la voz de ese verso. Poética la voz, anónimo el rostro. Buena señal”.

El episodio anterior, luego recogido por Lezama en su ensayo Preludio a las eras imaginarias, no revelaría gran cosa si su protagonista no fuese quien es: el autor de una teoría poética que exalta a la imagen como centro y motor del hombre y uno de los pocos seres a quien la poesía se le impuso siempre como una segunda naturaleza. Escribir poesía será, de acuerdo a esa teoría, una búsqueda sagrada, la continua errancia de una voz misteriosa que procura aclararse. Búsqueda que es, a la vez, la marcha y contramarcha donde se querellan, tenaces, la causalidad y el azar. Por eso es tan expresiva la inopinada aparición de la “novia china” y de la “suerte” en aquel instante de 1957. Habían estado detenidas en alguna región de las emigraciones imaginarias, justamente hasta ese día, en que la voz de un jugador, en acto de azar (que le es propio) y de hipertelia (que ignora), las trasladó hasta el abierto universo del potens, el reino de lo posible, donde el etrusco Lezama apuraba con voracidad una anisada crema de coco y piña, que si bien merecía el don de su gula, no alcanzaba las excelencias de aquella que antaño elaboró doña Augusta para el consumo exclusivo de Cemí.

Un discurrir como el descrito ilustra lo que podemos llamar el “lezámico” modo de vivir la poesía, sin dejar de leerla y de escribirla nunca. Es el hechizo permanente, abierto, que no descansa ni en el más nimio momento de la molicie cotidiana, entre otras cosas, porque para el hechizado no hay nimiedades y él mismo se ha encargado de poetizar hasta las muelles instancias de lo cotidiano. Así, en Oppiano Licario encontraremos la exaltación de una ventura criolla, tal vez hoy olvidada: el respeto sagrado por el momento rutinario de la comida y del baño. Recordemos: “Está comiendo o se está bañando, son de las pocas fórmulas de civilidad y de cortesía, que entre nosotros mantienen una perenne vigencia. Tienen un universal aspecto, nadie osa quebrantarlas. Me sacó de la mesa, me vino a interrumpir el baño, son formas de execración, de maldición bíblica casi, que el cubano no tolera como descortesía”.

Al comer podemos estar convocando dioses para departir con ellos. No lo sabemos con certeza, pero sí podemos, como Lezama, saborear un cangrejo y posar la mano en una fuente de agua dulce. Tal vez un pájaro nos traiga de postre la fruta que más nos gusta y nos dejemos llevar por su sabor hacia territorios imprevistos. Que no nos interrumpan.

lunes, setiembre 20, 2010

Fuera del juego con Lezama al fondo

José Lezama Lima

Heberto Padilla

A aquel hombre le pidieron su tiempo para que lo juntara al tiempo de la Historia. Le pidieron las manos, los ojos, los labios, las piernas, el bosque que lo nutrió de niño, el pecho, el corazón, los hombros. Le dijeron que todo eso resultaría inútil sin entregar la lengua, porque en tiempos difíciles nada es tan útil para atajar el odio o la mentira. Finalmente le rogaron que, por favor, echase a andar, porque en tiempos difíciles ésta es, sin duda, la prueba decisiva. Como primeros pasos le impusieron la confesión, la palinodia y el vergonzoso acto de delatar amigos. A aquel hombre lo siguieron día y noche para obtener los chismes que serían usados en su contra. Lo habían escogido como blanco de una labor higiénica y admonitoria para erradicar las desviaciones del mundo cultural, lleno de almas pequeño-burguesas y de escritores quisquillosos, cultos y creativos. Un libro de poemas encendió las alarmas del sectarismo y activó la deleznable cacería. Adujeron que en sus páginas flameaba la contrarrevolución y que su autor mantenía amistades con dudosos extranjeros a quienes susurraba quejas y revelaba iniquidades. Trataron de impedir el premio que un jurado digno, presidido por Lezama, terminó otorgándole. Al poeta le tendieron celadas para acorralarlo. Débil como era, lo llenaron de miedo. Ya han pasado casi cuarenta años de esos hechos lastimosos. La autocrítica tardía hablaría más tarde de “quinquenio gris”. Quedó la poesía, entonces condenada y hoy más viva que sus verdugos. Quedó la lección moral para quien quiera entenderla.

Aquel hombre se llamaba Heberto Padilla y escribió el gran poema que he intentado recordar en las primeras líneas de este artículo, copiando algunos de sus versos incisivos. El próximo viernes 24 se cumplirán diez años de su muerte, triste y solitaria, en Alabama. Pienso que su famoso “caso” merece de nuevo una lectura, aquí y ahora. Son muchas las enseñanzas que podríamos extraer de sus grandezas y miserias. ¿Por qué no leerlo esta vez desde la poesía misma? La crítica, la disidencia verdadera, los avisos profundos y certeros, se aclimatan más en el arte que en los discursos políticos al uso. Leer a Padilla y al centenario Lezama, desde la soledad solidaria del creador, puede ayudarnos a iluminar el tiempo que vertiginosamente corre delante de nosotros y evitar que éste nos ciegue del todo. Walter Benjamin habló una vez de poner freno al tren de los cambios, antes de que la falta de crítica nos conduzca al abismo. Que ningún triunfo o derrota de circunstancias nos vede la urgencia del freno benjaminiano y reflexivo. Esto puede parecer una contrariedad o un inmenso fastidio en medio de euforias radicales, pero no se trata de aguarle la fiesta a nadie. Se trata de evaluar descarnadamente, no sólo lo que estamos haciendo, sino las bases conceptuales que creemos sustentan nuestra acción. Debemos verle la cara al pasado, en procesos semejantes o parecidos y confrontar las tragedias, las pesadillas, los errores, las intransigencias y los crímenes. Encararse con el caso Padilla, por ejemplo, puede ser un ejercicio de introspección contestataria, útil para superar dicotomías de manual y afirmar una visión integradora, apta para convivir y compartir con la diversidad. Algo de esto dejó escrito, a propósito del citado caso, el gran pensador argentino Nicolás Casullo.

Que nos acompañe, por ahora, la imagen gozosa de un Lezama recreado en el libro emblemático del “caso Padilla”: Persona non grata, de Jorge Edwards. En la casa del poeta César López, los escritores cómplices del “contrarrevolucionario” Heberto disfrutaban de un pavo que Raúl Roa le había regalado al novelista chileno, a la sazón “Encargado de Negocios” de su país en Cuba. Allí estaba Lezama “comiendo con los pies cruzados y la cabeza algo inclinada sobre el plato, que sostenía con una mano regordeta encima del vientre… Comía y hablaba sin parar, con esa voz de entonación monótona, o más bien ritual, que permanecía en suspenso al final de cada frase, lista para recuperar el aliento, amenazado por el asma, y engranar con otra, en un proceso de asociación de ideas y de imágenes que podía prolongarse, salpicado de alusiones históricas y citas librescas, hasta el infinito”.

Dan ganas de exclamar: “¡Más Lezama y menos héroes para las revoluciones, cualquiera sea su ritmo!”.

lunes, setiembre 13, 2010

Diversidad de los timbales



Visconti

1. El príncipe narrador describió el plato con más efusión que acribia. Ya había comentado la reacción de los comensales ante la entrada de la enorme bandeja de plata e indicado la alegre sorpresa manifestada por casi todos. Sólo cuatro de los veinte se mantuvieron impasibles. Dos de ellos, por razones obvias: eran los anfitriones. Angélica, por sifrina, y Concetta, por inapetente. Los demás temían la presencia de un bodrio extraño a la tradición gastronómica regional, como lo dictaba la afrancesada moda culinaria del momento. Por eso celebraron a tambor batiente la opulenta aparición del timbal de macarrones, ese portentoso pastel de la Campania y de la Magna Grecia, capaz de hacernos sentir que al consumirlo un día podemos vivir un mes completo. Así lo expresó el organista, entornando los ojos y extasiado ante la suculencia del plato. El arcipreste no dijo nada, pero se santiguó y se lanzó de cabeza sobre el alimento. No comía. Devoraba. Angélica dejó a un lado la afectación y las maneras aprendidas en la Toscana, para dedicarse al hábil y rápido manejo del tenedor. Tancredi fantaseó con besos de Angélica que supieran a ese timbal y como bien lo dijo el príncipe, intentó “unir la galantería con la gula”. No era para menos el festín. Es famosa la escena que lo presidió y memorables las palabras que el autor le dedicó al plato. Dejemos que ellas nos hagan revivir esos momentos febriles de la hiperestesia: “El oro bruñido de la costra tostada, la fragancia de azúcar y canela que trascendía, no eran más que el preludio de la sensación de deleite que se liberaba del interior cuando el cuchillo rompía la tostadita capa: surgía primero un vapor cargado de aromas y asomaban luego los menudillos de pollo, los huevecillos duros, las hilachas de jamón, de pollo y el picadillo de trufa en la masa untuosa, muy caliente, de los macarrones cortados, cuyo extracto de carne daba un precioso color de gamuza”.

Nada podemos agregar a esas espléndidas palabras. En ellas todos los sentidos son el sentido: el del gusto, infinito y tentacular. Desde entonces, el timbal de macarrones exhibió también prosapia literaria. Visconti se encargó de recrear las imágenes para que los lectores de El Gatopardo, la deliciosa novela de Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, disfrutaran aún más la lenta poesía de la comida.

2. Es domingo en Maracaibo y hoy en la casa se almorzará sabroso. Lo anuncia el aroma que está llegando desde la cocina. El hijo mayor vino de Caracas y pidió su plato predilecto. Exigió que no se olvidaran de añadirle diablitos, a pesar de que un hermano habló de “badulaque” y dijo que bastaba con el jamón y la carne. El plato será maracucho a todo dar, con queso de año y con pasitas. Salado y dulce, como el paladar de estas tierras lo exige. Lo llaman “macarronada” y lo proclaman zuliano en todas sus versiones. Cada quien tiene la suya. Hay tantas como barrios de la ciudad o como casas con memoria. Nada le importa a los marabinos si su “macarronada” hubiera agradado a Lampedusa o, sin ir más lejos, si don Tulio Febres Cordero la hubiera admitido en su mesa merideña, también visitada por los poderosos timbales de pasta que Italia nos legó para su reinvención interminable.

lunes, setiembre 06, 2010

El sabio demoledor

Bolo de fubá


José Guilherme Merquior

Debo a la conjunción de un excelente suplemento literario y la generosidad de mi cuñado Roberto Morales, el descubrimiento de Merquior. El hecho ocurrió hará unos veinticinco años. Robertico me había traído de Brasil, como siempre, todos los ejemplares del Folhetim acumulados durante los últimos meses. Sus vacaciones anuales en Venezuela representaban para mí una suculenta jornada de actualización “brasileña”. Sobre todo, de lo que ocurría parcialmente en el ámbito de la literatura y del pensamiento. Así, me fui enterando de los trabajos académicos de Marilena Chauí, José Arthur Gianotti y Leandro Konder, de los artículos corrosivos y provocadores de Paulo Francis y de la estupenda poesía de José Paulo Paes, Augusto Massi y Duda Machado, entre otros autores de aparición más o menos frecuente en el glorioso suplemento literario de Folha de S.Paulo, cuyo cierre casi coincidió con el definitivo retorno de mi cuñado a Venezuela. Bien. Ese día comencé mi lectura por una polémica entrevista que me había comentado Robertico. Sin darme cuenta del todo, en ese momento conocí a uno de los intelectuales latinoamericanos más brillantes y sólidos de la segunda mitad del siglo XX. Desde ese entonces, traté de seguirlo en sus artículos y libros. Me atrajeron de inmediato sus letales desplantes porque se notaba que no eran propiamente tales, y que si lo eran, estaban respaldados por una inmensa cultura. Cuando encuentro a un autor así, que sabe combinar la mejor ironía con conocimientos firmes y profundos, procuro no soltarlo, aunque me pelee con él por ciertas ideas que no comparta. Eso me sucedió con José Guilherme Merquior, quien supo cometer con elegancia las expresiones públicas más chocantes del momento, como esa de negarse a discutir con un famoso y admirable cantautor, “por estar en desacuerdo con la visión patética que pretende convertir en intelectuales a algunos astros de la música brasileña”. Mucho después supe que Caetano Veloso había dicho que Merquior estaba en lo cierto.

Algunos buenos escritores llamados reaccionarios no sólo han añadido líneas espléndidas a la literatura, sino también luces al pensamiento. Sus libros han servido para el rescate de la duda cuando el vértigo argumental de las ideologías convierte en estereotipos o consignas lo que inicialmente fue subversión filosófica. Pienso en Ortega y en Aron, maestro este último del brasileño. Sin la discusión con autores de ese talante y calidad, no es posible el avance de las corrientes transformadoras. La superficialidad de nuestro tiempo nos ha llevado a despreciar la erudición viva y el estudio integral de las culturas, exaltando los discursos vacuos del neoliberalismo, algunas necedades postmodernas o los esquemas trasnochados del persistente marxismo oficial. Detenernos en el laborioso discurrir de autores que escapan a las dicotomías políticas y exigen rigor intelectual en sus lectores, puede ser una vía para ir curándonos de la frivolidad circundante. El liberal Merquior leyó así a Walter Benjamin y pudo dedicar su libro sobre marxismo al marxista Leandro Konder. ¿Por qué no leer a Merquior desde el socialismo? O mejor dicho: ¿por qué no leerlo desde la amplitud, desde la duda? Otro camino auspicioso es la poesía. Pocos como Merquior leyeron con tanta pasión y acribia la obra poética de sus compatriotas. Sus ensayos literarios incluidos en El comportamiento de las musas así lo atestiguan. Siguiendo al demócrata cristiano Tristán de Athayde, Merquior acudió a las páginas de Drummond de Andrade y encontró en ellas al clásico moderno del Brasil, cuya obra despierta la emoción del hombre en cualquier lugar y en cualquier tiempo. Quien ha incursionado en la gran poesía, mucho tiene que decirnos cuando toma la pluma, aunque la tome para hablar de teorías sociales o de esas cosas que antes llamábamos mundanas.

Merquior murió antes de cumplir cincuenta años. De él dijo Raymond Aron lo que en su tiempo se decía del Doctor Johnson: “No leyó libros, sino bibliotecas”. Celebro su memoria comiéndome ahora un trozo del delicioso bolo de fubá que hizo ayer Cuchi, mientras releo las sangrantes palabras con que Merquior lapidó a Lacan en su demoledor libro sobre los semióticos franceses.