lunes, junio 27, 2011

La purísima manteca de cerdo

Max Aub

Si bien cultivó el oficio de los laberintos, retruécanos  y emblemas, este valenciano nacido en París, a diferencia del Gracián de Borges, alojó abundante música en su alma. Veneró astucias y ejerció con gracia y picardía el ingenio de las falsificaciones, pero su gran laberinto terminó siendo el del destierro. Hablo, por supuesto, de Max Aub, polígrafo e indiscutible artista de la lengua. Perseguido por el franquismo y después de una pasantía por dos campos de concentración, se instaló en México, donde escribió casi todas sus obras cimeras. Lo he recordado hoy porque un amigo me hizo una pregunta acerca de los heterónimos de Eugenio Montejo y aunque Aub no ejerció del mismo modo la otredad imaginaria, tiene en su haber la invención de un famoso pintor, para el cual hizo algunos cuadros y de quien escribió una rigurosa biografía. Tan verosímil es su Jusep Torres Campalans que todavía hay quienes buscan sus obras en los museos de Europa o de Estados Unidos. Leí en algún lado que un conocido crítico de arte francés afirmó haberlo visto un día junto a Picasso. Sin duda, mayor éxito no es posible obtener en el arte de la heteronimia. Pero no evocaré esta vez al autor de esa monumental y rigurosa broma. Tampoco al escritor de diarios, de teatro, de novelas y cuentos fabulosos. Hoy me mueve el Max Aub hedonista que supo ensalzar la buena mesa y la cocina, en artículos de prensa o en las crónicas fantásticas de su Geografía.

Para la revista mexicana Diógenes, Moral y Luz, el 15 de agosto de 1952, publicó Aub con su pseudónimo El Escolástico, un elocuente elogio a la comida. Comienza citando a su admirado Quevedo, para decirnos que el acto de comer no es otra cosa que meternos el mundo en las entrañas. Recomienda hacerlo con parsimonia, sin caer en “el abismo de la glotonería”. También nos previene sobre el peligro de “nuevos y costosos platos”. No da razones, pero pienso que podríamos sustentar su consejo en aquellas palabras que Alvaro Cunqueiro le atribuyó al Caballero del Verde Gabán: “No innovéis, hermanos, en cocina, porque corréis el riesgo de mezclar”. Pasada esta fugaz defensa de la tradición y tras una irónica mención a los místicos que  adversan los placeres de la mesa (“no por eso dejan de comer, así sea poco y preferir las verdolagas a las perdices”), Aub se despliega en un recorrido sensorial, destacando los olores. Mejor dicho,  concentrado casi en el olfato,  especie de brújula orientadora de los demás sentidos. “¿A qué huele? ¿Qué se guisa? ¿Qué se ruste? ¿Qué se sancocha? ¿Qué se estofa o sofríe? Algo se chamusca o ahuma. ¡Cómo veine el olor despertando apetencias! ¡Qué ganas! La lengua sale a relucir, puntera, a remojar levemente los dientes y los labios”. Esta descripción de la boca hecha agua después de la información suministrada por la nariz, es para Max Aub (¿para quién no?) “un manantial celeste”.  

Podría seguir citando, pero quiero detenerme en una referencia que el autor hará  más adelante. Ya ha hablado de los olores sencillos, que preservan lo fundamental, a diferencia de los menjurjes. Menciona una sartén y es entonces cuando bellamente dice: “la purísima manteca de cerdo”. La frase es redonda y certera. Desmiente agravios contra la divina grasa que, usada con mesura, le otorga sabor inigualable a las quesadillas de Max Aub o a la masa de nuestras hallacas, por ejemplo. No sé por qué, quizá por prejuicio o ignorancia, algunos abominan de lo bueno.

Para concluir y agregar otro de los cinco sentidos, transcribo una pregunta del gran escritor valenciano: “¿De verdad es más hermosa la granada que el melón y la sandía?”. Tienen ustedes la palabra.

lunes, junio 20, 2011

Sambrano Urdaneta y la sopa rellena de Boconó

Oscar Sambrano Urdaneta
Tengo en mis manos la bellísima primera edición de Paisano. La busqué en mi biblioteca hace unos minutos para releer su formidable prólogo. Lo hice con el gusto de siempre y recordé la emoción de la primera lectura, en el ejemplar que pedí prestado en la “Pío Tamayo” de Barquisimeto, en 1966. Las palabras de Oscar Sambrano Urdaneta me encantaron, me sonaron tan bien que llegué a repetir de memoria algunos de sus párrafos espléndidos. Sabía que ellos no me explicaban el mundo asombroso que habitaba -y habita- la poesía de Ramón Palomares, pero me aproximaban a él con la iluminación adecuada. Sigo creyendo que en el prólogo a Paisano, Sambrano Urdaneta dio con la clave para entrar en esa comarca fabulosa: “dejarse arrebatar” por ella y sus espectros. Así, “me metí por el canto del borococo” y escuché la música de Boconó adentro. Supe desde entonces que esos poemas sólo se parecían a sí mismos. Ahí están, vivos e inimitables, transmitiendo, como dijo el prologuista, la “profunda voz de la tierra americana”.  
Para recordar a Oscar Sambrano Urdaneta, fallecido en Caracas la semana pasada, a los 82 años de edad, he querido que mi memoria proceda por su cuenta, convocando con la arbitrariedad que le es característica, las imágenes que quiera. De esa manera, al libro de Palomares, que adquirí en una librería de viejo hace mucho tiempo, le sigue ahora la voz del propio Sambrano una noche en la Biblioteca “Pío Tamayo”, hablando de Julio Garmendia. Lo habíamos invitado los responsables de la recién creada Fundacultura para rendirle homenaje al autor de La tuna de oro. Esa vez el deleite literario fue total. Nadie podía disertar mejor que Sambrano sobre un autor cuya obra y vida conocía plenamente. De la Biblioteca nos fuimos a cenar al restaurante Da Guido, en la azotea de la Torre Lara, en la avenida 20. Allí continuó la animada charla. Yo tenía presente aún los relatos de mi madre sobre el intercambio que en los años 40 estudiantes de Boconó hacían con estudiantes de El Tocuyo. Ella recordaba entre los primeros a Oscar Sambrano. En esa ocasión le pregunté a Sambrano por esos encuentros. Se le iluminó el rostro y comenzó a hablarnos con efusión de la Ciudad Madre. Evocó sus calles empedradas y sus viejas casas. También a las muchachas de entonces. Me pidió razón de la Nena Suárez y no escatimó adjetivos para su legendaria belleza. Puedo decir que esa noche la tertulia fue un tributo boconés al desaparecido esplendor de El Tocuyo.  
Debería referirme a la gestión de Sambrano Urdaneta al frente de la Casa Bello y del CONAC, por haber sido un oportuno ejemplo de equilibrio y sensatez. Asimismo, podría añadir alguna reflexión acerca de su inmenso trabajo de investigador literario y a su valioso legado bellista y juliogarmendiano, pero el espacio es poco y no debo escatimarle al “sabor en el aula”, la presencia del Sambrano cocinero, cuya imagen persiste en mí con una receta de la mítica sopa rellena al estilo boconés.  Los lectores pueden hallarla en la página 125 del libro Diez menús bien pensados (Monte Avila, 1991). Allí se toparán con el barroquismo de un plato suculento y con el amor por la cocina de un escritor que hizo de la decencia una estética de vida.
Ojalá los venezolanos sepamos valorar a Oscar Sambrano Urdaneta…  Por ahora, quienes le fueron cercanos, seguramente podrán decir con Borges que “suyo fue el ejercicio generoso de la amistad genial”.
P.D: Excelente el artículo de Elías Pino Iturrieta publicado en El Universal el domingo pasado: Sambrano con “s”

lunes, junio 13, 2011

Come en casa Borges

Borges
Tiene mil seiscientas sesenta y tres páginas. Cuando lo vi por vez primera, pensé en un facistol. Lo compré en Buenos Aires, pero no me lo traje por falta de espacio en la maleta. Allá estuvo en la casa de mi hijo Martín varios meses, esperando el momento en que alguien viniera a Venezuela ligero de equipaje y pudiera cargar con el tocho.  Eso ocurrió hará unos tres años. Desde entonces ha estado entre mi oficina y mi mesa de noche, permitiéndome la práctica de la lectura oracular.  Hace poco me propuse dejar los saltos y lo afronté desde el inicio.  Fue una experiencia fascinante. Seguir entrada por entrada los cuarenta años que, con algunos baches, abarcan las anotaciones de Adolfo Bioy Casares sobre sus conversaciones con Borges, es asistir a la intimidad de dos amigos y a la descarnada puesta en escena de sus juicios privados. Y algo más: es presenciar debates intelectuales sobre Argentina y conocer el trasfondo de ciertas leyendas contemporáneas. Es también apreciar grandezas y miserias, maledicencias y genialidades, caprichos y reflexiones, alegrías,  malos y buenos humores. El libro se llama Borges y su edición estuvo al cuidado de Daniel Martino, secretario de Bioy Casares, acucioso y amable anotador.
Borges es un testimonio imprescindible para el estudio de la literatura argentina del siglo XX. Horacio González en su Historia de la Biblioteca Nacional demostró, además, que los diarios de Bioy Casares constituyen una valiosa fuente para precisar los años borgeanos de esa importante institución de la cultura. El bibliotecario de Babel y su inmediato colaborador, José Edmundo Clemente, son allí los personajes de una crónica en la que no faltaron las amenazas del poder y de la ominosa “modernización”.  Borges se oponía a la mudanza para el norte porque prefería el sur.  Clemente, sin violencia, asentía al cambio. Borges ejercía la incorrección política y Clemente intentaba amainar los efectos de la misma.  Varias anécdotas dan cuenta de esas tensiones en el voluminoso libro de Bioy Casares. Horacio González las aprovecha para ilustrar buena parte del debate que generó el demoradísimo traslado de la Biblioteca de la calle México al lugar donde se encuentra actualmente.  
En las conversaciones interminables de Borges y Bioy solían participar algunos amigos y amigas. A veces alguno de ellos servía de sparring a Borges. Es el caso de Wilcock, permanentemente refutado e interrumpido por el autor de Ficciones. Notable es el intercambio de burlas acerca de algunos escritores que no formaban parte de la exclusiva tertulia. Eduardo Mallea y Ricardo Molinari eran los predilectos para ese cruel ejercicio de invectivas literarias. Borges, en especial, no dejaba títere con gorra en esa sobremesa de denuestos. Vistos por encima del hombro, algunos “figurones” de la literatura argentina eran fusilados cena tras cena con una poderosa carga de acrimonias borgeanas. Pero, ojo, lo más suculento del libro de Bioy, está en las maravillosas observaciones de Borges acerca de los buenos poetas. Son numerosas sus agudas precisiones sobre un verso o una palabra que malsuena en una frase feliz. Para Borges sólo los buenos versos pueden ser mejorados.  Abundan las enseñanzas de lectura inteligente y crítica a lo largo de este gran volumen. Asimismo son frecuentes los achaques de sorna que provocaban en los dos amigos las “metidas de pata” de Susana Bombal y, sobre todo, las frases “memorables” de la señora Bibiloni de Bullrich. Recuerdo una: “Inútil que me hables, Georgie. Tengo la cabeza puesta en sombreros”.
Casi todas las entradas del diario de Bioy Casares comienzan con esta frase: “Come en casa Borges”.  En ellas el autor refiere lo que se habla, pero no lo que se come. Presumo fiambres, arroz, ñoquis, quesos, agua y vino. Nadie es perfecto.  
Todo lo anterior se debe a que mañana, 14 de junio, se estarán cumpliendo 25 años de la muerte del más grande escritor latinoamericano de todos los tiempos. Ahora descansa en una tumba de Plainpalais, en Ginebra, una de sus patrias.

lunes, junio 06, 2011

Las codornices de un caballero andante

 Hugo Hiriart


Amanece. Ya la luz ha penetrado la casa y el caballero andante está dando voces de alegría.  Así, el alma dormida de un anciano ha vuelto a recordar. Sentado ahora sobre pieles de zorro, el viejo ve al sonriente hermano de Amadís de Gaula y se percata de otra presencia: “una mujer de pie en el vano de la puerta”. El príncipe le informa que ella ha venido a cocinarles, a guisar para ellos “deliciosos pájaros”.  Allí están el fuego y las ollas esperándola.

La escena corresponde al capítulo 32 de la primera novela de Hugo Hiriart, una maravilla que se adelantó al despliegue de parodias y retornos a lo clásico que cundió en las postrimerías del pasado siglo. Galaor, que así se llama esa pequeña obra maestra, fue publicada en junio de 1972, exactamente hace 39 años. Su autor es uno de los más inteligentes escritores mexicanos contemporáneos. Recuerdo la insistencia con que Octavio Paz le pedía en 1982 a Pere Gimferrer que escribiera una reseña para Vuelta sobre una novela de Hiriart (pienso que se trataba de Cuadernos de Gofa) que al Premio Nobel le parecía estupenda. Le decía: “No es ni novela realista ni novela experimental, sino literatura pura, aunque no simple…/ (Hiriart) es  un joven escritor de aquí que tiene, a mi modo ver, verdadero talento”.  Creo que Gimferrer no llegó a hacer la nota solicitada por su amigo y maestro. En las cartas de Paz publicadas por el catalán no apareció más el asunto. Sin embargo, acerca de Hiriart no faltaría después quien escribiera, pero no en la proporción que demanda su obra singular y brillante, que incluye ensayos originales e ingeniosos, así como obras teatrales llenas de gracia y picardía.  

Ayer soñé que Hugo Hiriart entraba a mi biblioteca disertando sobre las telarañas y dejando entrever lúcidas reflexiones acerca de los sueños, mientras silbaba su arte poética. Buscó con urgencia un estante para colocar los libros que casi se le caían de las manos. Le indiqué el lugar exacto. Los ordenó y abrió de inmediato uno de ellos. Era una novela de caballería. Leyó para mí estas líneas: “…celebra, Dama de las Palabras, en buenas imágenes, las lealtades, los amores y trabajos de quienes supieron batallar y ser gentiles”. Lo escuché con deleite y  me dije que este espacio de hoy lo dedicaría a Galaor. En otra ocasión me ocuparé de su deslumbrante libro sobre los sueños, a ver si encuentro allí la explicación de este suceso. Y ahora volvamos a la escena del amanecer.

Mientras Ana cocina, el viejo Mamurra le está hablando a Galaor. Le habla de sueños, precisamente, como adelantándose a mi propósito. Refiérele la tesis griega de los sueños colectivos, de ese mundo que todos comparten cuando duermen y que rigen leyes tan extravagantes como las de nuestra vigilia. Soñamos masivamente por nostalgia, por quedarnos solos y no poder acompañar a la amada en sus pesadillas o compartir con ella la alegría de las fábulas oníricas. Trato de reproducir, invita Minerva, el esplendor de sus palabras, pero sé que así no podré hacerlo. Por fortuna, el aroma suntuoso de la carne asada está llamando. Es “el más preciado de los perfumes”, dice Galaor. Volátiles recién cazados, como debe ser, son ahora un olor esparcido por todo el pabellón de los halcones.

Las codornices pueblan los momentos del mejor condumio en Galaor. Una nieta de Ortega y Gasset recomienda  flamearlas con alcohol para quitarles la pelusa, vaciarlas y salarlas. “Según sean de gruesas se calculan una o dos por persona”, afirma Inés Ortega en su libro sobre aves.

Galaor sale en este instante a “la luz incorrupta de la mañana”. Sonríe y mastica un ala de codorniz.