sábado, mayo 26, 2012

Palabras para la intrusa

Higía


PALABRAS PARA LA INTRUSA



(Enfermedad y literatura. Borrador de unas notas)






En julio de este año se apagaron los últimos fuegos

de artificio y cuando me disponía a volver

a mis quehaceres, la no invitada, la enfermedad,

golpeó en mi puerta. Abrí y ella, sin decirme nada,

me miró con una mirada que me traspasó

pero que no puedo definir: no era cólera ni piedad

ni siquiera indiferencia. Era lo que llamamos,

en nuestra pobreza para decir lo que sentimos,

padecimiento.




Octavio Paz

(Prólogo al tomo 10 de las Obras Completas)


1. Una primera aproximación podría conducirnos a La muerte de Virgilio (Broch), pero tal vez no sea ese el camino idóneo para este paseo que se pretende rápido, somero, acaso divertido. Seguramente Hermann Broch nos atraparía en su moroso tiempo narrativo y, quizá, no podamos salir a la hora, para tomar puntuales el tren de Thomas Mann hacia La montaña mágica, esa cumbre literaria de la tuberculosis. Mejor, entonces, el simple recuento fragmentario, con lo que tengamos a mano, sin molicie, pero también sin ningún apuro sofocante.

2. Hölderlin, Artaud, Walzer, Lowell, Plath, Panero: nombres de la locura corriente. Nombres que nos hablan de una enfermedad que arrebata para siempre o que va y viene, para mayor suplicio de todos. Ella va y viene, pero casi nadie retorna ileso de su infierno. Desde allí, la vieja herida de Van Gogh nos hace señas.

3. Tan sólo un golpe en el costado y después la enfermedad en todo su esplendor. La enfermedad que abre las puertas para que Psique encuentre el centro. Así, Tolstoi nos cuenta en La muerte de Iván Ilich la historia de la enfermedad iniciática, la enfermedad que te abre los ojos, que te hace ver lo que realmente eres, que te ilumina de pronto y te reconcilia con los tres tiempos y las cinco direcciones.

4. Algo lo atenaza en la papada. En este momento un monstruo está en su cuerpo haciendo de las suyas. Empezó a la altura del pecho y fue ocupando poco a poco el resto del cuerpo. Es sordo e insistente. Pero no ha podido aún dejarlo sin conocimiento. La víctima resiste y será capaz, poco después, de describirlo todo en un texto inolvidable. Mientras tanto, Jan Kott –ese es su nombre- sigue en la ambulancia, infartado.

5. El asma de Lezama y de Proust. Nada que agregar a esas respiraciones. Sólo, y por ahora, la mirada de la señora Rialta, en la clínica, después de su operación, demostrando que sus ojos son los mismos, pese a todo: “Aquella mirada, aunque estuviese enterrada, parecería siempre que lo seguía mirando, como si le diese una interminable alegría su llegada, como si disculpase sus despedidas. Sólo las madres poseen esa mirada que entraña una sabiduría triste y noble, algo que jamás se podrá precisar lo que es, pero que necesita el regio acompañamiento de la mirada de las madres. Sólo las madres saben mirar, tiene la sabiduría de la mirada, no miran para seguir las vicisitudes de una figura en el tiempo, el desplazamiento del móvil en las carrileras del movimiento, miran para ver el nacimiento y la muerte...” (Paradiso).

6. La melancolía, raíz de tantos males. Llega silenciosa y como “la resaca de todo lo sufrido” se te empoza en el alma. Hace estragos en los poetas y en los enamorados. Es antiquísima. Aristóteles se ocupó de ella. Recibió el nombre de “bilis negra”, por vía etimológica. También la designaron como “acedia”, “tristitia”, “taedium vitae”. Bajo el signo ascendente de Saturno, señor de los anillos, el sol negro de la melancolía nos arropa. Para conjurarlo, leamos a Nerval, o a Vallejo, quien, por cierto, nació “un día que Dios estuvo enfermo, grave”.

7. Los diarios nos revelan no sólo las manías de los escritores. Llevar diarios, es, de suyo, una. Y no de las menores. También nos introducen en sanatorios oscuros o en habitaciones caseras donde el afiebrado delira o simplemente escribe su diario. Recuerdo ahora que Jaime Gil de Biedma tituló la primera versión del suyo como el Diario del artista seriamente enfermo. Enrique Lihn, por su parte, lo escribió en versos y más que de enfermedad, le resultó un desgarrador diario de su muerte.

8. Si la vida toda es una enfermedad, Cesare Pavese la describió sin patetismos en su dolido y grandioso Oficio de Vivir. Un verso suyo lo dice así: “Esta muerte que te acompaña,/ de la mañana a la noche,/ insomne, sorda, / como un viejo remordimiento o un vicio absurdo…”.

9. En sus diarios, Julio Ramón Ribeyro, fumador indomable, está siempre enfermo. Entre el matadero y la cama, el humo se acumula y el esófago se pierde. Su larga enfermedad de hierro, nos legó una de las mejoras obras narrativas de América Latina en mucho tiempo.

10. Susan Sontag, en La enfermedad y sus metáforas nos habla de la doble ciudadanía que se nos otorga al nacer: “la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos”. Por cierto, Enrique Lihn, en su ya citado Diario de muerte se refiere a esos reinos de este modo: “Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos/ por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad/ pero, a la larga, eso no tiene sentido/ Duele separarse, poco a poco, de los sanos a quienes/ seguiremos unidos, hasta la muerte...”.

11. Lady S. S (Severo Sarduy, no Susan Sontag) se despidió de la literatura y de la vida con Los pájaros de La Habana, una novela en la que el sida (severo, como siempre) ejerce su misión de peste monstruosa y sagrada. Acudir al “Diario del Cosmólogo”, allí incluido, es atravesar la barraca de los desahuciados, la conversación febril con los sarcomas, el delirio final de los enfermos.

12. Yourcenar en las “memorias” de Adriano. Y Reynaldo Arenas en las suyas. Cáncer y sida. Animula, blandula, vagula.

13. La mágica enfermedad. Lo es, por ejemplo, el amor. También es el nombre del único libro de poemas de Jesús Sanoja Hernández. ¿Sufre Sanoja el síndrome que Enrique Vila-Matas llama “de Bartebly”? No lo sé. Por ahora recuerdo a otro venezolano con un libro que el mismo Sanoja calificó de “hospitalario”: Efraín Hurtado y sus Papeles de Condenado. Y al argentino Héctor Viel Temperley con su temporada en el Hospital Británico. La vida del hombre en las casas de salud. Otro tiempo. Otro lugar.

14. El enamoramiento o eros melancólico: sobran los ejemplos de escritores y de personajes de ficción. Pienso ahora en dos: Goethe y Werther. De todos modos, paso. Pero no dejo de compartir la descripción que sobre esta enfermedad hizo el doctor Bernardus Gordonius, en Montpellier, a finales del siglo XIII: “Es una angustia melancólica causada por el amor hacia una mujer. La causa de esta afección reside en la corrupción de la facultad de la estima por una forma y una figura que ha permanecido impresa en ella de forma muy intensa. Cuando alguien se apasiona por una mujer, piensa desmedidamente en su forma, en su figura, en su comportamiento, puesto que cree que es la más bella, la más venerable, la más extraordinaria y la mejor hecha, tanto de cuerpo como de alma. Por esta razón, la desea con ardor, olvidando la moderación y el sentido común (...) El juicio de su razón está tan alterado que imagina constantemente la forma de la mujer y abandona todas sus actividades, de manera que, si alguien le habla, apenas le oye. Y puesto que se trata de una cogitación ininterrumpida, puede ser definida como una angustia melancólica... Todo el cuerpo se debilita, salvo los ojos”.

15. Hablando de Vila-Matas, un mal puramente literario es el que aqueja al personaje de su última novela: “el mal de Montano”. Convertirlo todo en literatura, absolutamente todo, es la manifestación extrema de esa enfermedad probablemente incurable. Como la epilepsia, creo que el mal de Montano admite la versión pequeña y la versión grande. Tracio, un heterónimo de Mariano Alvarez me suministra este ejemplo:

Me queda, como siempre, Borges, para salvarme.

Lo leo y todo cuanto me azora se convierte en texto.

Su poesía le traza límites a esa tigresa

que iba a devorarme en este instante,

detiene miradas corrosivas,

verbaliza a la mujer fatal

que se había adueñado de la sala,

después de una irrupción finamente calculada.

Borges desarma, en fin, a las serpientes.



Pienso en sus ojos (en los de ella)

y me encuentro ahora sólo con signos.



La mujer que se bañaba en el Antiguo Testamento

es apenas un fantasma,

una neblina que acaba de esfumarse en el patio de mi casa,

una página en blanco que se dispone

a albergar la urgencia de estas líneas.



Y el arcángel llamado Borges

guarda nuevamente su espada sarracena.

16. El síndrome de Stendhal: se marean, sudan, van al baño, se desmayan. Quienes lo padecen, no son capaces de aguantar la belleza de Simonetta Vespucci en El nacimiento de Venus ni la lectura seguida de dos páginas de Proust. Quizá cure momentáneamente a los estíticos este mal de la estética (borrar después esta frase que parece un chiste de José Luis Blondet y no de Cabrera Infante, como era mi intención paronomásica, pero nadie es perfecto). Sobre los efectos del síndrome stendhaliano, un poema de José Fabián Fabbiani, furtivo heterónimo de mi amigo Najul, puede darnos alguna pista. Lo copio:

Cuando entré a la sala de Matisse,

en 1974,

se manifestó por vez primera.

Tuve que esperar casi una mañana

para tomar cierta distancia,

y recuperar el equilibrio.

Pero al salir de L´Ermitage

ya estaba marcado para siempre.



Lo sufrí después en Venecia.

Fue un otoño veloz,

desesperado.

No soporté ni dos minutos

ante los hermosos caballos de Bizancio.



Desde entonces,

no paso de tres páginas de Proust

sin que me ataque el mal.



Un día,

al entrar en la biblioteca,

apenas vi el lomo de "La Educación Sentimental",

lloré.

Profusamente lloré.

He procurado disfrazar el libro

para no reconocer su rostro,

pero ha sido en vano.

Flaubert persiste en sus apariciones.



José Luis Ochoa

me suele consolar

con estas palabras curativas:

"No te aflijas, amigo,

sólo es el síndrome de Stendhal".

17. Ayer estuve a punto de superar el mal de Bartleby. Había tenido una excelente idea de cuento, la mejor que he tenido en mi vida. Comencé a escribirla, pero no pasé de tres líneas. Algo, no sé, me detuvo. Temí ser víctima de un raro padecimiento. Opté por llevarle la hoja a mi médico, Vicente Guerrero, quien de inmediato me detectó un nuevo morbo: "el síndrome de Pierre Menard". Las líneas escritas eran estas: "Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto".

18. Jöe Bousquet, poeta de Carcassonne, toda la vida en una cama, leyendo y escribiendo cartas a sus amigos y poemas. La enfermedad como protagonista, tomando el centro de la vida y fecundándolo. Pero puede ocurrir también que la invasión sea total y nos anule, que no sea la enfermedad una compañera entregada al diálogo, sino una dictadora intraficable. El “Davalú” de Rafael Argullol: “Bajo su dominio sólo hay monólogo, un monólogo que se disocia en diálogo interior, pero únicamente con la propia bestia”. Argullol, en Davalú o el dolor, hizo el diario de una dolencia que le duró meses y construyó un personaje tentacular e implacable que no habita dentro de tu cuerpo, sino que es el interior completo de tu cuerpo.

19. En La vida breve es un cáncer en el pecho. También un cáncer en el pecho aparece fugazmente en El Aleph. Onetti y Borges. Gertrudis y Beatriz Viterbo. Sufrimiento y goce. Creo, sin embargo, que ninguno de los dos autores, como el personaje del segundo, “se rebajó un solo instante al sentimentalismo ni al miedo”.

20. No me acuerdo bien ahora, pero creo que en uno de sus libros de memorias, Juan Gil-Albert nos habla de cierto disfrute de la enfermedad, de un raro deleite por el padecimiento. Lo buscaré. Pero como la memoria es un laberinto que te conduce a pasillos imprevistos, en este instante estoy de visita en un relato de Humberto Rivas Mijares, específicamente en una frase en la que "el murado” experimenta “un extraño gozar de la pena”. El ciego sabe que no verá y sufre por eso. Sin embargo, una dicha lo invade de repente.

21. El sábado pasado (25-10-03) en el suplemento Babelia de El País, un poema del peruano Carlos Germán Belli, me condujo hasta una diosa griega de la salud, hasta Higía, quien formaba parte de la corte de Asclepio y hacía el generoso favor de los alivios. Le pedí por mis padres, enfermos y viejos, pero bellos y curables.

Freddy Castillo Castellanos

Salsipuedes, 27 de Octubre del 2003.

miércoles, mayo 09, 2012

DIFERENCIAS SOBRE LA RAZON PROVINCIANA




"Yo nací provinciano en los domingos de desigual memoria"
JOSE ANGEL VALENTE

Una elocuente frase de Adriano González León podría hacer inútil este artículo. El autor de País Portátil redondeó un día su idea acerca de los lugares de la escritura, diciendo que "un escritor es un escritor, en Guardatinajas o en París". Podría dejarme llevar por esa atractiva y afilada navaja de Occam que acuñó el trujillano en una entrevista de los años 60 y dar por zanjado el asunto. Pero no. Creo que el tema admite algunas variaciones (o diferencias, en el viejo sentido musical de la palabra), como las que intentaré de seguidas, sin otro afán que el de subrayar ciertos achaques o trastornos.

1. Contaba Javier Marías hace poco, que sus últimas cuatro novelas las escribió parcialmente en Soria, una ciudad recoleta, pequeña y con prosapia literaria, como lo saben los lectores de Bécquer, Machado y Gerardo Diego. Allí Marías encontraba la calma necesaria para la escritura, así como un amable refugio. Contemplar desde una ventana el parque llamado la Dehesa, era para él un regocijo. Pero ahora resulta que Soria ha sido asaltada por los profesionales del ruido y de la juerga y al escritor no le ha quedado más remedio que despedirse de ella, con tanta pena como indignación. Relata Marías que ya Soria no es lo que era, porque desde hace un lustro las fiestas de la calle se fueron volviendo rutinarias. No anunció Marías si ya había escogido un nuevo lugar para su retiro literario o si ahora va a escribir todo en Madrid y dejará de tener, castellanos o no, refugios para su trabajo. Lo cierto es que el autor de Tu rostro mañana prefería para algunos momentos de creación el ambiente de provincia. No se trata de un caso excepcional. Por el contrario, son muchos los escritores que se alejan de las metrópolis para acometer sus proyectos literarios en sitios de sosiego. Concluida la tarea, retornan a la capital donde los espera el ritmo vertiginoso al cual están acostumbrados. Infortunadamente, el ejemplo de una Soria sobresaltada no es excepcional. Ya muchos lugares, antaño silenciosos, han dejado de ofrecer la paz que algunos escritores requieren y desean para su oficio. Así, y aunque parezca "fin de mundo", como decían nuestros abuelos, podría dar lo mismo Caracas que Sanare y hasta sería retocable una vieja frase española, para decir, por ejemplo: "Tanto monta monta tanto, Barquisimeto como San Fernando".

Hace apenas un instante, cuando mencioné un entrañable topónimo larense, por mi mente pasó silbando un viejo título de Escalona Escalona, que espero no se haya convertido en una cruel ironía: Sanare, puramente paraíso. Confío en que Sanare aún sea albergue idóneo, temporal o permanente, de escritores no aturdidos por el rebullicio de cornetas insufribles.

2. Podrá decirse de ellas que han sido asediadas por el crimen, que una espantosa estética invadió sus fachadas o que han perdido árboles y sombras y son ahora un campamento a la intemperie que copia lo peor de las ciudades grandes. Todo eso podemos imputarles, pero lo que nadie puede negar es que muchas de esas ciudades pequeñas del interior, siguen siendo enormes infiernos morales, lo que comporta una insuperable ventaja para los escritores que se ocupan de la miseria humana. Son museos in situ de la envidia y de las cayapas que promueven sus pandillas contra todo lo que signifique un peligro para su modorra cultural. Algunas, por más capital de estado que sean, contienen un campo edénico para la insidia, la ignorancia y la impunidad de los mediocres. Quien ose allí poner en marcha el reloj de El Forastero galleguiano, es echado de inmediato, y si hace alguna oposición, por más cívica que ésta sea, lo acribillan. Como se sabe, la Ley de Lynch no ha sido derogada en esas taimadas comarcas de la barbarie. No debemos escatimar elogios: son tozudas y efectivas en la preservación de ingratitudes, enconos y arcaísmos. No me quejo. Constato una inmejorable fuente para la literatura de la sordidez ética y de los pesimismos.

Sin embargo, no es ese el único filón que nos deparan tan estupendos criaderos de alacranes. Sus vilezas cotidianas son casi siempre compensadas por maravillas escondidas y por nobles resistencias de la naturaleza, paisaje humano incluido. Así, en algún recodo de pueblos espiritualmente devastados, se enciende de vez en cuando la luz de una memoria. Un lector camina por un parque y va reconociendo al niño que hace mucho tiempo fue. Regresa a la casa y encuentra en Proust un eco de esa vivencia milagrosa. Un joven cronista de su barrio escribe y abre las puertas de su casa a los antiguos dioses vegetales de la aldea. Lee a Canetti, se conecta con el mundo, pero ama el suyo, el propio, el que podrá hacerlo un escritor universal por encima de cercanas asperezas.

3. Si algo no se consigue con facilidad en las pequeñas ciudades del interior es ser verdaderamente un solitario. Alguien lo dijo hace muchos años: muchedumbre y soledad se avienen, y Don DeLillo agregó después que en las grandes urbes rige un pacto de intocabilidad. Cada quien a lo suyo, ensimismado, en el metro, en "el ruta", en el auto, en la calle...

El laberinto de la soledad urbana nos invisibiliza, y es probable que en algunos escritores esa realidad de hombre-masa opere como un vigoroso estímulo para la imaginación. Tal vez surja así la Santa María de Juan Carlos Onetti o brote la Aracataca de García Márquez con el nombre de Macondo, en un DF inabarcable. Tanto la primera como la segunda acompañan a sus autores, porque, en definitiva, ellas eran las ciudades míticas (y verdaderas) que llevaban por dentro. Palabra de Cavafis.

4. Escribo estas notas en Barquisimeto, una ciudad donde nacieron en el siglo XX importantes escritores venezolanos que se ausentaron de ella siendo jóvenes. Sin especular acerca de las razones particulares que tuvieron para irse, lo cierto es que su trayectoria literaria la hicieron en Caracas o en el exterior. En un país donde no podía ser fácilmente refutada la afirmación de que "la provincia es monte y culebra", dejar Barquisimeto (o no volver) era casi obligatorio para quien deseaba realizar "carrera literaria". Como se sabe, ésta no es literatura (y con mucha frecuencia nada tiene que ver con ella), pero es una noble ruta de vida cuando se ejerce dignamente. Hoy, por obvias razones de las que esta revista es una evidencia, el interior está dejando de ser desdeñable para esa legítima aspiración curricular.

No estoy seguro de que mis ilustres paisanos no hubieran hecho buena literatura de haber permanecido en la ciudad de las cinco vocales, o de haber retornado a ella, porque, como bien dijo Adriano, "un escritor es un escritor en Guardatinajas o en París".

(El artículo anterior fue escrito especialmente para la estupenda revista digital BIBLIOMULA. Copio el link correspondiente: http://bibliomula.org/index.php/home/contenido-de-la-edicion/70-diferencias-sobre-la-razon-provinciana.html . La ilustración la he tomado también de BIBLIOMULA, a quienes agradezco me disculpen esta reproducción).

domingo, mayo 06, 2012

JUAN NUÑO

JUAN NUÑO


Ayer se cumplieron 17 años de la muerte de Juan Nuño. Su hija Ana envió a sus amigos un mensaje con una oportuna cita de Juan sobre la desmemoria:

Un monstruoso Alzheimer colectivo parece apoderarse de las jóvenes generaciones, que no sólo son incapaces de recordar nada, sino que a cada instante tienen que reaprenderlo todo. Está bien creer que el mundo comienza con uno cuando se es joven, pero lo patéticamente grave es actuar como si de verdad sucediera así. Madurar es aceptar la carga de todas las memorias precedentes y sobre todo la formación de la propia”  

(Juan Nuño, La desmemoria, Escuchar con los ojos, Monte Avila, 1993).

Después de leerla fui a un viejo cuaderno y revisé la anotación que hace 17 años hice en mi diario. Juan Nuño murió un viernes y yo lo supe en la mañana del día siguiente. Copio algunos párrafos de lo que entonces escribí:


06-05-95: Sábado. Ayer murió Juan Nuño. Leo la noticia en El Nacional estando ya en el estacionamiento de la universidad, adonde tuve que venir para participar en la aplicación de la llamada Prueba de Aptitud Académica. No tengo con quién compartir el dolor, ni siquiera puedo llamar a Cuchi. No hay teléfono cerca. Además, debo permanecer en el aula casi tres horas, cuidando el examen y llenando planillas. Afortunadamente comparto la responsabilidad con la señora Amalia Hernández, quien se encarga de ordenarlo todo.

Lo de Juan Nuño me golpea. Fuimos amigos. Vino varias veces a Barquisimeto para atender invitaciones mías. Fue generoso conmigo, no sólo por puntuales y certeros estímulos, sino –y sobre todo- por brindarme su amistad. (…). Para una separata de Letra Continua me cedió su ensayo Kafka en clave judía. En esa época (primer lustro de los 80) tuvimos un breve intercambio epistolar. Recuerdo una carta donde me decía en tono de exclamación,  refiriéndose a mi pasantía por Barcelona: “Castillo Castellanos, con ese par de apellidos que usted carga y viviendo entre catalanes…” (…).

Juan Nuño es una de mis adhesiones más firmes. Lo fue antes de conocerlo personalmente y después, con el trato amistoso, esa adhesión se profundizó. Lo admiraba. Lo admiro. Su talento, su cultura, su inmensa formación filosófica, ocupan un espacio único en Venezuela. Pocos como Juan, tan eficaces en la polémica, en la esgrima intelectual o en el uso apropiado de la argumentación sagaz y pertinente. Poseyó estilo literario, sin atavíos ni manierismos. Sus lectores disfrutamos de ese estilo singular, mientras sus blancos predilectos (los dogmáticos de cualquier especie y color) lo sufrían, más que como estilo, como estilite.

Juan Nuño era a veces demoledor, pero siempre auténtico, genial. Recuerdo su respuesta a una pregunta que decía algo así como “¿Cuál es el episodio bélico que más admira?”. La respuesta fue toda una proclama literaria: “La batalla del Quijote contra los molinos de viento”.

El “temible y ácido” Juan Nuño era también un caballero andante.

(…)

Juan Nuño polemizaba en la calle. No le tenía miedo (ni desdén) a los lances periodísticos. Los protagonizaba y provocaba con gusto. Se deleitaba en ese oficio incisivo. Recuerdo que cuando emprendió en forma continua la publicación de artículos en El Nacional le envié una carta felicitándolo por ellos. Me respondió: “No me felicite por los artículos de El Nacional. Compadézcame, más bien. Cuando pase por Caracas y se decida a llamarme, le contaré, al calor de un grato yantar, el cúmulo de enemistades y otras delicias que me han proporcionado los fulanos artículos”.

(...)

A Juan quizá le hubiera gustado que en este momento lo recordáramos con Borges: “Con vino rojo hemos brindado a tu salud…”.