miércoles, mayo 29, 2013

Geografía y sarrapia



Julien Gracq

Cuatro vueltas al parque y víspera del día del Geógrafo. Anteayer, en una de las entradas de este cuaderno, estuve recordando un bello libro titulado Chile o una loca geografía, escrito por un médico. Hoy recuerdo a un escritor admirable que fue profesor de geografía: Julien Gracq.

Gracq adoraba la cartografía y, sobre todo, las insólitas historias que ella suscita. Me imagino que el cuarto de los mapas que aparece en su maravillosa novela El mar de las Sirtes pudo haber sido también una metáfora de su taller de escritura, un espacio de múltiples hechizos geográficos, cuyas láminas escondían los secretos de Farghestán que Gracq descubrió una tarde navegando por el mar de las Sirtes.

Conjeturaba Octavio Paz que el nombre de Farghestán lo derivó Gracq de un reino ubicado en los extremos de la Conchinchina, en el Asia Central, a lo largo de la ruta de la seda. Ese reino se llamaba Ferhana y fue una tierra famosa por sus caballos. Seguramente en uno de ellos cabalgó este profesor de geografía que supo darle vida a los mapas en su novela inolvidable y linda…

La geografía es una fuerza mítica y así la viven los poetas y escritores. Recuerdo a nuestro mejor ensayista contando cómo conoció el Orinoco. Uno de los momentos más nítidos de su primera visita al río fue cuando percibió un aroma desconocido y poderoso. Estaba en Caicara y se sintió poseído por un olor “meloso y penetrante” que emanaba de todas las tiendas y negocios. Era la sarrapia, que le descubría a Picón Salas otra Venezuela.

Le geografía es un territorio de emociones. Por eso, quienes la cultivan como ciencia, no pueden alejarse mucho de la poesía.

P.D: Felicitaciones a los geógrafos, especialmente a Gustavo Machado, quien me recordó que mañana será su día, a Héctor Hernández Alvarez, quien a su vez se lo recordó ayer a Gustavo y al admirado Pedro Cunill Grau, maestro y amigo.

lunes, mayo 27, 2013

Salicornia

Salicornia
 
Cuatro vueltas al parque y una rápida incursión en Atacama, adonde fui llevado sin consulta por el llamado tentador de una palabra. Ahora, en las páginas del hermoso libro de Subercaseaux sobre la loca geografía chilena, encuentro la poesía de los desiertos: “El hombre, que debería huir, se queda. Ya no sabe volver ni lo desea. Hay un mundo fuera del mundo que lo atrae como un torbellino de silencio”. Habla don Benjamín de la faena de los salitreros que pasaban "provisoriamente" su vida entera en esas tierras…

Llego a mi segunda estación. Es un poeta que leí a comienzos de los noventa (o poco antes) y que ahora no frecuento. Veo a la madre de Raúl Zurita (de él se trata, por supuesto) lloviendo sobre la tierra yerma. Leo en voz alta:

Sobre el vacío del mundo se abrirá completamente el verdor infinito del Desierto de Atacama

De un libro a otro, transcurre la mañana.

Vuelvo a la palabra que me llevó a las sequedades: salicornia. En una publicación de temas gastronómicos abren con ella un artículo sobre las verduras del desierto. Se trata de un arbusto que vive en suelos salinosos próximos al litoral y que tiene hoy en día notables usos culinarios. Al indagar un poco, supe que un chef alicantino incluye en su menú unas vieiras rehogadas con mantequilla de salicornia, que me imagino exquisitas. Un bloguero español informa que Arzak tal vez fue el primer gran cocinero español en emplear la salicornia. Otro habla de los viveros de ese arbusto en Eritrea. Allí, con agua del mar Rojo canalizado riegan amplios campos de salicornia.

En Alicante la llaman “barrilla” o “espárrago del pobre”, me informa google, y en un diccionario de botánica para cocineros que tiene Cuchi en su biblioteca, leo que le dicen “alacranera de las marinas” y también “polluelo”. De sus semillas se produce aceite y hay quienes aprovechan su vigor salobre para darle sabor a la comida simple de los hipertensos.

Sin duda, el vocablo “salicornia” enlaza la sal del arbusto con sus puntas, puntas que otros asocian, como vimos, a tenazas de alacrán.

En Atacama, ante la aridez de las zonas más cercanas a la costa, también es la salicornia una esperanza.

Yo le doy las gracias porque hoy me ha devuelto a Zurita, y por el gusto perenne de leer de nuevo ese clásico que memorablemente se llama
Chile o una loca geografía. 

domingo, mayo 26, 2013

El índice del libro más bello

 
La belleza de las letras en un libro de Cunill. Vine temprano a sus páginas en pos de la sarrapia, pero de nuevo el índice maravilloso me entretuvo. Es tan bueno, que, además de su normal función utilitaria, sirve también de ilustración a la sobrecubierta de los dos volúmenes. Portada, contraportada y lomo son sus primeros espacios. Leerlo allí, es hacer un fabuloso recorrido y admirarse de pronto de que hasta el canto tiene cosas que decirnos.

Adentro, es una fiesta el prodigioso índice. Redondos los tipos. Cursivos sólo para los nombres del autor, el prologuista y la editora. Y una audacia: las dos páginas como si fuesen una. Un sobrio juego de tamaño y de negritas, y lo que faltaba afuera: el número de la página en que cada capítulo se inicia.

Leo en la sobretapa que el capítulo que busco es el XXXII, porque, entre otras cosas se refiere a las “materias primas para sensibilidades aromáticas: anís, vainilla y sarrapia”. Entro.

Alabados sean Pedro Cunill, Alvaro Sotillo y el arte noble de la tipografía.

P.D: El libro se titula bellamente Geohistoria de la sensibilidad de Venezuela. Fue publicado por la Fundación Empresas Polar en el 2007 y en febrero del 2008 se ganó en Leipzig el premio al libro más bello del mundo. Después hablamos de la sarrapia. 

viernes, mayo 24, 2013

Moustaki


Barbara y Moustaki, 1968. La dame brune

Recibido por Barbara, en su cielo.

Grande Moustaki.

Acá están, en el 68, eternos:

 http://www.youtube.com/watch?v=7m7eK8-h5j0

miércoles, mayo 22, 2013

La gallina ciega


Goya. La gallina ciega
 
Encuentros con la gula en las páginas de un español a quien alguna vez llamaron con razón “inventor de existencias”. La frase aludía a una de sus obras maestras, a partir de la cual se tejió una divertida leyenda en el mundo del arte, con su buena ración de chascarrillos. Pero no son esas las líneas que ahora leo. En mis manos tengo una cocina.  

El autor está de visita en su patria después de tres décadas de exilio, y en sus recorridos amistosos, además de la literatura, mesas y pitanzas llaman su atención. Va comiendo, toma nota, y de pronto se percata del registro minucioso de la gula que su Diario ya contiene. Comenta asombrado la capacidad de sus paisanos para hacerse tragaldabas “en nombre y honor de la patria”. Beben y fuman, pero no tanto como comen. Y no es para menos, porque no hay jamones comparables al de Sierra Nevada ni pescado frito como el de Málaga ni caracoles como los de Valencia y, menos aún, tortillas de patatas como las que, acompañadas de ajoaceite, bien llaman “españolas”.  

Así, entre menciones tentadoras y miradas perspicaces, va dibujándose, sin aspaviento alguno, un rápido perfil de la sabrosa cocina de esas tierras. Ese dibujo bien podría interesar a los estudiosos del tema, si optaran también por la literatura y no sólo por los libros técnicos. Reparo en una aguda percepción que pone de relieve la riqueza de la ancestral cocina pobre, de la que podemos encontrar claros ejemplos en nuestras comarcas alimentarias no tan soberanas. Cito: 

“…donde el español se la echa al más pintado es precisamente en los platos de ingredientes baratos: nada de particular tienen los sabores ibéricos de la perdiz o el faisán, la tórtola o el salmón, la langosta o la trucha, la liebre o los espárragos –con todo respeto para los de Aranjuez-. Lo importante es saber freír los huevos y la merluza, adobar las judías y las patatas, dar su punto a la ensalada y a los garbanzos.  

–Quedan los arroces, pero mejor es comerlos que hablar de ellos”. 

Como escribir la lectura también es cocinarla, después de esas líneas busqué otro libro del autor para concluir y sazonar la nota. Felizmente, encontré lo que buscaba: 

DEL PESCADO 

La raja llena el plato, desbordada por el rebozo de huevo y harina que la cubre. ¡Feria de amarillos! Las mollas de la carne del pescado, desprendiéndose en capas nacaradas, bocados blancos, firmes, lucientes, todavía saben al mar en que fueron. Las separa el tenedor y se funden en la boca con la sola presión de la lengua, que aprecia; los dientes rematan. Fruición de lo cuscurroso revuelto con la blancura de lo principal, matrimonio feliz. El lejanísimo picor agrio del aceite de oliva y de la sal marina se funden en lo que no tiene más nombre que el propio: merluza frita”.

Creo que ya la mesa está servida para seguir leyendo La gallina ciega y todo cuanto podamos convocar de ese enorme escritor valenciano nacido en París, que famosamente se llamó (y se llama) Max Aub. 

P.D: El libro al que hago alusión al comienzo es, por supuesto, Jusep Torres Campalans, biografía de un artista cuya vida y obra fueron inventadas por Max Aub. El texto de la merluza es de La uña.

El gusto del espliego

Espliego o lavanda
 

"...malvas,/ sus sombras pasan, soñando"
Juan Ramón Jiménez

Miro el valle y la colina. Hoy quedó algo de penumbra y está bien. Creo que así fulgen más las flores de la enredadera.

En su oficio, la mañana siempre tiene una sorpresa. Ahora mismo cambió de color y volvió el malva de Jimé
nez en un verso.

Agradezco la dicha irrepetible y me doy al gusto del espliego en el pastel del desayuno.

P.D: La última frase es un modo de nombrar el delicioso ponqué de lavanda de Luisa Teresa Yépez, que disfrutamos desde ayer. Modo de nombrar y dar las gracias.

lunes, mayo 20, 2013

Una ceiba para Ángel

Vermay. Misa a la sombra de una ceiba
 
Noviembre del 67. Está Valente de visita en La Habana y María Zambrano le ha pedido a Lezama, en nombre de ese reino de dios que es la amistad, que lo lleve a ver la ceiba, que lo haga sentir el terral a las diez de la noche, que le revele a Ángel las bondades de ciertas hojas y le cuente algún secreto del cual el etrusco habanero sea custodio principal. Ella sabe que Lezama, partiendo de un verso, puede iluminar perplejidades.

Recuerda María, agradecida, que en esa isla aprendió a mirar el alba y a escuchar la respiración de la noche. Sabe que a la ceiba madre se le pide permiso antes de pisar su sombra y que Lezama se alivia del asma con cocimientos de hojas del yagrumo. Una vez leyeron juntos recados ancestrales en su tronco.

Ahora quiere que su amigo reciba un claro del bosque lezamiano, , un destello en la manigua, a cambio de “algo lúcido y viviente” que sabrá entregarle Angel, como ofrenda de una España de “extraña decadencia”, y se despide María con un abrazo de la amistad más cierta y pone su firma en el papel.
   

jueves, mayo 16, 2013

Pan y sal de Key


Margot Benacerraf. Araya
 

Santiago Key-Ayala tuvo el acierto de dedicarle un libro a las palabras que, como su primer apellido, constituyen un territorio mágico de la lengua. Tres letras bastan para formar un cosmos. Así, la palabra “pan”, con la que el autor abre su deliciosa obra publicada en 1952. Ella integra el catálogo mayor de esos vocablos, es decir, los constituidos por una vocal atrapada por dos consonantes. Ella es como Vid, como Col, como Sal y como Ron. Key-Ayala, fascinado por la estructura de tales monosílabos, los llama “átomos del idioma”: la vocal hace de protón y las consonantes de electrones. Su analogía le permite afirmar que la consonante inicial posee una carga eléctrica diferente a la final, lo que aprecia como una “especie de sexualidad” o de feliz ayuntamiento que tiene su centro en la vocal y es determinante del sonido.

En esto del sexo de las letras, Key-Ayala no duda en sostener que en español prevalece el femenino. Sin embargo, algunas consonantes –dice- hacen gala de varonía. Indica como ejemplo la P, a la que atribuye la facultad de empujar y hasta de atropellar a la vocal que acosa. Nos llama la atención acerca de que la referida consonante está siempre al comienzo, nunca al final. Con ella disparamos: “¡pam! ¡pum! y llenamos la sala de pólvora.

Es curioso que al hablar específicamente de la palabra “Pan” el autor no haya reiterado la comparación sexual. Nos había dicho en el prólogo que así como la “P” se las da de macho, la “N” es absolutamente femenina. Y coqueta, agregaría yo. Nada mejor entonces que los extremos para conformar con la primera letra del alfabeto ese alimento imprescindible, antonomásico y milenario que en América hacemos de maíz y sin el cual no hay pueblos ni culturas. Pan de los elegidos, pan de los niños, pan de la esperanza, pan de la vida, pan de los constantes y pan dulce para el desayuno de mañana.

Lo dice Key: tres letras y un mundo en la palabra mágica: Pan!

¿Qué dijo don Santiago de la sal? me pregunta Victorino. Copio la respuesta:

Entre las sales ofrecidas y puestas desde luego a disposición del hombre hay una tan importante, tan indispensable, que en nuestra lengua pareciera haber asumido la representación de todas las sales. Es la sal por antonomasia; la sal común, la sal de cocina. En el gran mundo se codea con los sabios; usa con todo derecho la preposición de; se deja llamar con énfasis cloruro de sodio. Pero es demócrata por temperamento y excelente ama de casa. Metida en la cocina, allí se encuentra con en su trono; decide la suerte de muchos manjares, puede hacerlos apetitosos o indiferentes al paladar, según ella participe con más o menos tino en la confección. Los mayores glotones, los más pintados golosos, están pendientes de sus decisiones. Reina sobre potentados y monarcas tanto como sobre los burgueses y miserables. Ennoblece a sus ministros y cortesanos. Los distingue con grandes y vistosas condecoraciones de variadas jerarquías. La más preciada de ellas se denomina cordon bleu en francés, como homenaje al gusto de los franceses por la buena comida y por las condecoraciones. Vitelios, Heliogábalos y Lúculos le rinden homenaje. Han llegado a la Historia, más que por otros méritos, por haber rendido culto a la sal, disponer de un buen paladar, gran estómago y mejor diente. Se pesa la sal, se la mide. Algún inconforme autorizado la echa de menos: ´¡Perdón! Pero me parece que le falta una pizca de sal´. Ella representa el antídoto, el específico del más vituperable de los defectos, del más imperdonable de los delitos: la insipidez”.

No me negarán que después de leer la prosa de Key-Ayala, con su justo punto de sal, provoca decir otro trilítero: ¡Olé!
 

P.D: El libro de Santiago Key-Ayala se titula Monosílabos trilíteros de la lengua castellana

 

Atanasia

Rosemary Woodhouse (Mia Farrow) en la célebre película de Roman Polanski
 
Adentro, esa raíz de inquietante olor y de extraña procedencia. El inocente collar se lo regaló Ruth Gordon, quien estuvo fabulosa como actriz de reparto en esa ocasión inolvidable.

Tanaceto se llama y bellamente también le dice
n Atanasia.

Además del célebre uso que le dio el Bajísimo en el edificio Dakota, sabemos de sus aplicaciones curativas.
 
Si bien posee más prestigio gástrico que gastronómico, leo hoy en un diccionario de botánica para cocineros, que puede ser empleada en rellenos, budines y tortas, así como en un guisado de peras con tocino que hacen los alemanes. Claro, siempre en pequeñas cantidades.

Llevará razón Victorino cuando me diga que atanasia puede ser el nombre de una ciudad invisible de Italo Calvino. Recordará que su casi homófona, Anastasia, es “una ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas”, en la que se cocina la carne de faisán dorado sobre una llama de leña de cerezo y se espolvorea con orégano.

Lo es sí –me asegura Santiago Pol- de un antiguo tamaño de letra porque con ella se imprimió la vida de San Atanasio.

En el primer tratado sobre la imprenta que apareció en Europa, el de Caramuel, que bien podría figurar en una antología de literatura fantástica, se lee que, conforme al cuerpo de los tipos, uno de ellos, en efecto, lleva el nombre de atanasia.

Pienso en la raíz y en el origen del vocablo que la nombra (a-tánatos), esas otras raíces que la alejan de la muerte.

En algún lugar de Ucrania –no me acuerdo cuál- alivian todos los dolores con un bebedizo de atanasia y miel.
 

lunes, mayo 13, 2013

Quiebro (ejercicio de s.e.p)

Jorge Eduardo Eielson. Poema en forma de pájaro

Algarabía. Me gusta esa palabra cuando el canto puro de los pájaros plena, acompasado, los ramajes, y la mañana, ceñida a un verso desnudo, extiende las primeras líneas como remedo taciturno de viejas voces, dulces y lejanas. Cesa la algarabía y la luz, puntual y silenciosa, llega a la sala. La página espera por el quiebro, nada más por el amago rápido. Su débil limpidez cura y preserva. Sólo la roza la mudez del aire, para alojar en ella este relente.
 
(S.E.P: soneto en prosa)

domingo, mayo 05, 2013

Infantesa y postre Maragall

Joan Miró. El comienzo del día

Cinco y media. Domingo de nubes y Maragall. En la primera anotación del día, la eterna cadencia de sus versos y una palabra que ilumina.

Es la infancia de nuevo, la cálida maravilla de una fe y esta delicia de la verba catalan
a:

Oh Jesús de ma infantesa!
oh petit Nostre Senyor!
Bon Jesuset de les panses i figues,
i nous i olives i mel i mató!


Si conseguimos buena ricota, le pediré a Cuchi, por favor, que haya postre Maragall en el almuerzo.

El cielo se arrumaza en mi ciudad. Pájaros y vientos.

Y una oda de Maragall, interminable, acoge todo lo que canta, todo lo que suena. 
 


P.D: “Oh Jesús de mi niñez,/ chiquito Nuestro Señor!/ ¡Buen Jesusín de los higos y pasas,/ nueces y olivas, miel y requesón!”.

sábado, mayo 04, 2013

Triste como un presentimiento





Foto de Cbales Marville. Rue de Gaillon. Por ahí vivió Saint-Just en los tiempos del Terror y cuando no existía el daguerrotipo
 
El Saint-Just de David en un grabado

Hoy bajé un libro de la biblioteca de mi padre. Al hojearlo, encontré una sorprendente nota manuscrita de su amigo José Manuel Sánchez. La copio:

Aunque procuremos no herir al amigo alemán de Camus que todo
s tenemos, hay cosas que no pueden omitirse. Claro, hay modos de decirlas. Una vez más, ensayemos otra.

Es una historia conocida. Todos recordamos que ante la debacle que se le avecinaba a la revolución, Robespierre decidió incrementar el uso de la guillotina, pero la carnicería apresuró los hechos, y no sólo rodó su cabeza, sino también la de quien, por su enorme talento, debió haber advertido la tragedia.
Lastimosamente, el intelectual enceguecido aplaude al ciego y termina siendo más jacobino que el jacobino, quien, sin decirlo de manera explícita, lo que está pidiendo por piedad, es que lo moderen”.

Mi asombro continuó, porque al final de la página 331 (ahí estaba la nota de Sánchez) comienza un breve y hermoso episodio.

Después de la muerte de Saint-Just, una joven prófuga, vestida de lavandera, con un niño de seis meses en los brazos, se presenta en la casa de la rue Gaillon (última morada de Sain-Just) y le pide a la patrona que le venda un retrato. Sabía la joven fugitiva que la patrona de Saint-Just era pintora de profesión y que había retratado al joven republicano, amigo de su marido, quien también falleció en la brutal degollina.

La viuda de Labás deseaba con toda la fuerza del mundo tener una imagen que le recordara a su esposo. El cuadro valía seis luises, que, por supuesto, no llevaba la enlutada joven. Ante la insistencia, la pintora accedió a un trueque: le entregó el retrato a cambio de un cofre que sólo contenía ropa blanca y un traje de bodas.

El autor, Alphonse de Lamartine, rubrica ese glorioso relato romántico con estas líneas prístinas:

“…el amor conyugal pudo legar a la posteridad la única imagen de aquel joven revolucionario, bello, fantástico, vago como una teoría, meditabundo como un sistema, y triste como un presentimiento”.


P.D: El libro de Lamartine se titula La Revolución Francesa. Adoro los tres tomos de Ramón Sopena.


jueves, mayo 02, 2013

Corre el amok

María Félix en Amok
 
La barbarie no tiene límites. Corrijo de una vez: sí los tiene. Lo que realmente carece de barreras es el odio que suele moverla o el desenfreno emocional que la arrastra a la abyección. Ese mecanismo incontrolable e infernal lo conocen muy bien las culturas que nos advirtieron con ejemplos elocuentes de la terrible hybris o del ominoso amok, fuerzas desbordadas y feroces del enceguecimiento. Nada valioso las inhibe. Con el aplomo que da la rabia extrema, marchan aturdidas y se llevan por delante cuanto encuentran a su paso.

Por la palabra malaya “amok” he recordado hoy a Stefan Zweig, y también a Anderson Imbert. Un minicuento suyo lleva el mismo título que el austríaco dio a la célebre novela.
 
He recordado también a María Félix, cuya belleza imponderable protagonizó en los años 40 la versión cinematográfica del libro de Zweig, con guión de Max Aub, otro nombre imprescindible. 

martes, abril 30, 2013

Viterbo

Dorothy Malone
 
Dos vueltas al parque y El Aleph:

Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible”.


De nuevo, la enumeración de los retratos, ese mapa de los tiempos.

Y ella de tres cuartos, sonriendo...

martes, abril 23, 2013

De libros, lecturas y libreros

En la LIBRERIA PALINURO, de Medellín, con Andrés, y con el librero Henao. 

Dos vueltas al parque y día del libro. Pienso en el fabuloso universo de las librerías, en el deleite de conocer por ellas las ciudades, y en la aventura de husmear en las de viejo. Muchas son las imágenes amables que ahora convoca mi memoria. No las diré, por temor a omitir alguna.

Celebro este día del libro enviándole un saludo agradecido a las librerías y a los libreros, a quienes les debo muchos momentos de felicidad.
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El libro como alimento y compañía: una vieja costumbre. No recuerdo cuándo comenzó exactamente. Lo cierto es que primero –y durante mucho tiempo- estuvo sola. Después –y poco a poco- fue acompañándose de la glosa y del leve comentario, ambos dictados por la admiración. El glosador de páginas leídas confiesa su oficio cotidiano con orgullo. Borges, santo patrón de los lectores, nos regaló hace tiempo la fórmula para hacerlo. Hoy, con ligera variación, digo la máxima famosa: Que otros se jacten de las páginas escritas; yo, de las leídas.
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Todos los libros, el librero.
El libro de los libros del librero.
La Biblia: el librero.
El libro de arena del librero.
Si una mañana de primavera un librero.
El universo (que otros llaman la Librería).

Abro las puertas de la Biblioteca para recibir hoy a todos los libreros, mis amigos. Para ellos, estas líneas de uno de los suyos:

Un librero es un hombre que cuando descansa, lee; cuando, lee catálogos de libros; cuando pasea, se detiene frente a las vidrieras de otras librerías; cuando va a otra ciudad, otro país, visita libreros y editores. Entonces un día, este hombre decide escribir un libro sobre su oficio. Un libro dentro de otro libro que irá a juntarse con los otros en los escaparates o los anaqueles de las librerías…”
(HÉCTOR YANÓVER, Memorias de un librero, Ediciones de La Flor. Buenos Aires, 1984)  
¡Feliz día del libro!

domingo, abril 21, 2013

Barra y galería

 
Joseph Roth, el santo bebedor

A veces es la triste, solitaria y final ceremonia de un cataclismo íntimo. Otras, el don de la ebriedad, bellamente recordado por Borges como la fiesta del fervor compartido. Lo cierto es que la presencia del alcohol en la literatura traza una vasta historia de alegrías y desdichas, que cruza, imperturbable, bibliotecas enteras y tabernas de variada estirpe. Así, puestos a hablar de su impronta en las letras, cuesta Dios y su santa ayuda no llover sobre mojado. Bien se sabe que el tirso de Dionysos (dios cultural, donde los haya) es pródigo en tocar el alma de quienes hacen de la palabra un oficio sagrado, y sobre éstos es mucho lo que se ha escrito, incluidas algunas memorables páginas de signo autobiográfico. Ahora mismo estoy recordando la La leyenda del Santo Bebedor, del amable y grande Joseph Roth, cuya edición española (Anagrama, 1981) lleva un prólogo maravilloso de Carlos Barral, que podría servir de manifiesto para borrachos literarios, si es que hiciera falta refutar a algún “abstemio apostólico”, como llama Barral a los dogmáticos de la sobriedad, seres que le roban a ésta su arte noble de templanza. Podría mencionar también otros nombres cuyas credenciales etílicas hacen inevitable su convocatoria a estas breves líneas sobre letras y beodos, pero ya mencioné a Joseph Roth y a Barral, y me cuesta mucho no aceptar la segunda copa a la que invitan sus aureolas de santos bebedores. Así que invoco la protección de Teresita de Lisieux para glosar alguna milagrosa página de ese relato formidable.
 

Estamos en París, en un bar cercano a la iglesia de Santa Marie des Batignolles. Sabemos que Santa Teresita le ha hecho un nuevo milagro a nuestro honrado “clochard”, a pesar de que éste no ha pagado las promesas. Es mucho el dinero que gracias a la virgen se ha encontrado por “azar”. El bebedor desea cumplir, pero siempre una razón vinculada al ajenjo, se lo impide. Nos consta que su propósito de fiel y favorecido creyente ha sido no faltar a su palabra de borracho serio. Hoy parece que podrá concretar el cometido. Cuando estaba a punto de beberse su primer trago de ajenjo, vio entrar a una muchacha bella, una delicada criatura vestida de azul celeste. Deslumbrado se acercó a ella y le preguntó qué hacía en ese sitio y cómo se llamaba. Así supo que el nombre de la hermosa aparecida era Teresa y que esperaba a sus padres que estaban en misa. Todo se le aclaró al sorprendido canapial: la santa fue a buscarlo al bistró para que esta vez sí pudiera cumplir su compromiso. Le dijo, entonces, que le pagaría los doscientos francos que le adeudaba. Atónita, la joven respondió no ser su acreedora y le extendió más bien un billete de cien y le pidió que se retirara. Eso hizo el héroe de la Leyenda, quien tal vez pensó que se trataba de un milagro más. En el instante en que volvía al mostrador, se desplomó. La clientela toda abandonó el bar, espantada. Sólo la joven se quedó hasta que trasladaron el cuerpo moribundo del viejo al único sitio donde podía haber gente que pudiera atenderlo: la sacristía vecina. La joven siguió la comitiva y vio cuando el hombre hizo el gesto de introducir la mano en el bolsillo, murmuró “Señorita Teresa” y exhaló su último suspiro.  Se llamaba Andreas Kartak y era oriundo de algún lugar de Ucrania como el autor del libro.   
 

San Joseph Roth cerró el relato con este ruego:  
 

Denos dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte
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Gracias a la escritura de un artículo acerca del fascinante tema de las letras y el alcohol, pude releer hace poco algunas páginas que me hablaron con voz antigua y renovada. Sobre la mesa puse varios libros dionisíacos. Algunos se quedaron como callada compañía. Otros no pararon de hablarme. Así, un libro de Luis Cardoza y Aragón se encargó de ocupar buena parte de mi tiempo. Me refiero a Nuevo mundo, que incluye Elogio de la embriaguez, un ensayo formidable en el que Cardoza confiesa gustar de los vinos gruesos con sabor a tierra, como uno que bebió en Nápoles, acompañando un plato de macarrones, entre el humo de las pipas de los marineros. Con todo y eso, creo que no llegué a citarlo.
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Me entretuve releyendo un efusivo poema de Claudio Rodríguez, para degustar otra vez la finísima voz que exclama: "¡Nunca serenos! ¡Siempre con vino encima!"
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Bajo el volcán, el libro de un borracho de mención obligatoria (Malcolm Lowry “vivió de noche y bebió de día, y murió tocando el ukelele”) me retuvo en un capítulo soberbio. Comprobé una vez más que nadie sale vivo de El Farolito.
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Una novela inmensa de Abelardo Castillo (El que tiene sed) me guió por la ruta delirante de las alucinaciones literarias. Por un momento me vi en un colectivo y creí (creo que sigo creyendo) que el informe sobre borrachos de Castillo nada tiene que envidiarle al sabatiano de los ciegos.
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Lo poco que me ha sido posible conseguir del boliviano Jaime Sáenz (Felipe Delgado, Vidas y muertes y Recorrer esta distancia) me resultó inmensurable. ¡Voto a Dios que me espanta su grandeza!
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JAIME GIL DE BIEDMA, LA GINEBRA BOMBAY Y SU PIEZA MAGISTRAL CONTRA SÍ MISMO. Asistí a la escena que tanto le gustaba a Miguelito Ron Pedrique: un atildado ejecutivo de la Tabacalera (Jaime) se dirige al borracho (el mismo Jaime) que llega a la casa después de una juerga feroz y le dice: “A duras penas te llevaré a la cama,/ como quien va al infierno/ para dormir contigo./ Muriendo a cada paso de impotencia,/ tropezando con muebles /a tientas, cruzaremos el piso/ torpemente abrazados, vacilando/ de alcohol y de sollozos reprimidos…”.
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Sé que estaban también sobre la mesa tres amigos de Jaime Gil: Carlos Barral, Pepe Caballero (recibirá el Cervantes el próximo martes 23 de abril) y el más indómito bebedor de ginebra que haya nacido en Reus: Gabriel Ferrater. No me dio tiempo de brindar con ellos. Ni con el doctor Díaz Grey, ese médico existencialista y canapial que Juan Carlos Onetti, su cóngenere, generosamente le donó al imaginario de esta vida breve.
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También sobre la mesa, un alcohólico anónimo. Siento que es injusto llamarlo así. Es el más inteligente de todos los borrachos retirados que conozco: Hugo Hiriart, de México. Un genio literario. Chapeau mil veces.
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Peter Altenberg, Fernando Pessoa, Anacreonte, Li-Po, Omar Khayam, Rabelais, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Poe, Stevenson, Rubén Darío, Scott Fitzgerald, Hemingway, Raymond Chandler, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop, Marguerite Duras, Bukowski y Pablo Neruda, se quedaron esperándome. Otro día será.
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Un chileno lleva a otro chileno. La mención de Neruda me recuerda que debí releer al poeta Jorge Teillier y precisar su predilección por el vino tinto de Santa Emiliana.
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No debí olvidarme del ecuatoriano César Dávila Andrade, a quien su paisano Adoum llamó alguna vez “Hölderlin de los trópicos”, ni de los mexicanos José Revueltas y Juan Rulfo, para dar con ellos un paseo por el fatídico universo del mezcal. Tampoco del “borracho a priori”, ese nórdico de quien habló Angel Ganivet y que era capaz de destilarse a sí mismo para embriagarse con su propia sustancia.
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Todos ellos estaban en la mesa, pero Joseph Roth escribió la biblia del tema y quién era yo para faltar a su santidad indiscutible y venerada. Por eso, su lugar privilegiado en el artículo. Santo, santo es el Señor, bebedor del universo.
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Finalmente, no me perdono la involuntaria omisión de algunos venezolanos llamados a la barra. Venezolanos que bebieron mucho, que fueron tocados por el tyrso de Dionysos y escribieron con limpidez sobre su gracia: Ludovico Silva y su In vino veritas; Orlando Araujo y sus Crónicas de caña y muerte; Elisio Jiménez Sierra y Los puertos de la última bohemia…


P.D: Ahora recuerdo la garrafa de aguardiente de Mi padre el inmigrante, una garrafa que fulge entre las manos nocturnas del viejo Gerbasi.

Como Vicente pronto cumplirá los cien, me anticipo a brindar a su memoria y hacerme perdonar las omisiones.

¡Salud y República!
 



sábado, abril 13, 2013

Ajedrea



Sólo una palabra: ajedrea. 

En un hermoso diccionario de botánica leo que la ajedrea de montaña era el tomillo de Creta y de los antiguos cocineros.

Mientras más fresca más amarga, dicen.

Es espléndido su olor, como la delicada palabra que la nombra.

Gusto de verano, o algo así, me dice Cuchi que también la llaman.

Quiero hoy una hojita de ajedrea para esta página.


P. D: La metáfora que se usa en inglés para designar la ajedrea, es también preciosa: "summer savory".

viernes, marzo 29, 2013

En los reinos del merey



Cuando Soria le preguntó a uno de los anfitriones por el origen preciso del sabrosísimo postre que se estaba comiendo en ese instante, noté que yo tampoco había atinado con la procedencia exacta del sabor y la textura de aquella natilla prodigiosa. Habíamos celebrado el impecable ajoblanco de la entrada, así como el suculento rabo en salsa de vino, servido como plato principal, pero no fue hasta la llegada del postre cuando sentimos que se nos había preparado una sorpresa. Lo primero ya lo dije: no supimos a ciencia cierta de qué plato se trataba. Lo segundo: descubrimos que ese inesperado regalo era un verdadero hallazgo gastronómico.

El almuerzo que ahora refiero tuvo lugar en Salsipuedes hará unos ocho años. Alberto había impartido en la UNEY una clase sobre educación sensorial y el Centro de Investigaciones Gastronómicas decidió invitarlo para conversar sobre algunos planes de trabajo. Se quiso, además, compartir con el profesor la más excelsa sopa fría del reino de los gazpachos, así como la recreación de uno de los cortes de res más baratos y gustosos que nos ofrece el mercado. Todo fue preparado con esmero y sin contratiempo alguno, pero así como hay duendes en la imprenta, también los hay en la cocina, y algo pasó con el postre inicialmente previsto para el ágape. De ese modo accidental, a última hora (muy a última hora) la jefa de cocina tuvo que hacer uso de su ingenio para procurarse un postre salvador y salir a flote. A fe que  salió con creces.

Resulta que en Salsipuedes, por una de las investigaciones que Cuchi Morales llevó a cabo, siempre disponían de merey en casi todas sus variantes: “pasao”, tostado, sin tostar, y en mazapán, esa forma gloriosa de la granjería guayanesa, a la que me abonaría de por vida, dada mi condición de dulcero impenitente. Así que para subsanar el bache del postre -cuando ya casi no quedaba tiempo-, Cuchi echó mano de su querido merey y superó la pesada broma del daimon culinario.

El producto de ese inolvidable trance fue una armoniosa conjunción de crema inglesa con mazapán de merey. ¿Cómo la hizo? Desmenuzó el mazapán, se lo agregó a la crema inglesa y batió. Después coló para hacer más fina la crema y la sirvió muy fría con trocitos de merey pasado, insinuando de ese modo la procedencia del inusitado deleite que tendríamos los comensales.

El mazapán de almendra de merey tostada y molida, con leche y azúcar, es, sin ninguna duda, una pieza fundamental del patrimonio cultural de Guayana. Se come solo, en tortas, con helados, y ahora, unido a la crema inglesa, en la natilla que Cuchi compuso por la concurrencia del azar con el talento.  

Tiene el merey tantos usos como imaginación, conocimiento y gracia posea el cocinero. Algunos cronistas hablan de su procedencia trinitaria, pero todos coinciden en que fue Nicolasa de Sutherland quien decidió un día sustituir las almendras importadas por las de merey, para continuar preparando en Angostura los confites que antaño elaboró en su Trinidad natal. Lo cierto es que varias generaciones de Sutherland, y de otras célebres familias guayanesas, hicieron del merey un sólido atractivo gastronómico de Ciudad Bolívar.

Cuchi y yo acostumbramos adquirir el mazapán (y el merey “pasao”) de Guillermina, por la recomendación que una vez nos hizo César Reyes Chacín, mi viejo y noble amigo de Soledad. Guillermina falleció hace varios años, pero sus herederos prosiguieron el negocio en su misma casa, cercana al terminal de pasajeros de Ciudad Bolívar y ahora mudada a un lugar vecino y con el mismo nombre: La Guayanesa. Yo le sigo diciendo "donde Guillermina".

Razón tuvo Francisco Lazo Martí cuando en su Silva Criolla escribió este verso gustoso y certero:

Y desprende el merey sabrosa almendra”.
 P.D: Amparado en una frase de Alfonso Reyes ("Es preferible repetirse que autocitarse") aproveché la nostalgia del merey para actualizar y corregir -justicia era- un viejo post de este blog. El nombre escondido en una impersonal expresión ("los cocineros") aparece ahora como corresponde: Cuchi Morales.

jueves, marzo 28, 2013

Las meriendas


 Luis Egidio Meléndez (1716-1780).
Bodegón con servicio de chocolate. Museo del Prado.

De vez en cuando vuelvo a los cuatro tomos de una vieja autobiografía que es también una novela o una crónica inacabable que atraviesa dos siglos y dos continentes con la majestad de unos recuerdos vivos.

Sus páginas tienen el sabor y la gracia del tiempo que convocan, así como los personajes y las cosas de un mundo que ahora nos parece inverosímil.

Hoy volví a encontrarme con la tía Polonia, quien me recuerda un poco (sólo un poco) a la bellísima y misteriosa prima Agueda de Ramón López Velarde. Polonia se aparece siempre por las tardes, envuelta en un mantón. Viene a merendar. Detrás de ella, inmacable, pasa una criada con una bandeja de plata “provista de dos huecos redondos para las tazas de porcelana y uno largo para los bizcochos”. Trae, además, dos jícaras de soconusco. Todo lo deja en un gabinete y baja por otra bandeja de la que brotarán las ensaimadas adquiridas en La Mallorquina, que comerán el autor (niño entonces) y sus primos.

Estamos en la merienda y ya no hay excusa para no cederle la palabra a Corpus Barga, que así firmaba sus libros este señorito que era tío de Ramón Gómez de la Serna y que ayudó a Antonio Machado a cruzar la frontera en el sombrío año 39, como dicen todas sus semblanzas:

Mi padre y la tía Polonia merendaban sola en el gabinete gris, delante de la chimenea francesa de leña, si era invierno, tan contentas de estar juntas y hablar de sus cosas como de saborear el chocolate. Había entre ellas esa relación tan rara de la vida, más rara que el amor: la amistad verdadera. Los primeros ojos que yo vi naufragando en lágrimas fueron los de mi madre porque se estaba muriendo la tía Polonia, y entonces fue cuando también por primera vi a la muerte…”

El párrafo anterior puede llevarme al tema de la “amicitia” y a alguna página de Séneca… Pero volvamos a la casa madrileña, que todavía queda soconusco en una de las jarras.

P.D: Las memorias de Corpus Barga (1887-1957) están reunidas bajo el título Los pasos contados (Madrid, Alianza Editorial, 1979).

 


viernes, marzo 22, 2013

Pan de trigo

Giotto
 
Guillén encuentra hasta en las líneas cristalinas y directas de Berceo un espléndido ejemplo del recurso de alusión. Por más sencilla que parezca, la poesía siempre hace su juego, porque nunca es plana ni su mira es corta.

Antes de atribuirle a Góngora la cumbre de la expresión indirecta y culterana, Guillén copia el verso de Berceo, quien, aunque llamaba al pan pan y al trigo trigo, en este hermoso piropo mariano se le escapa el fiel regodeo de la metáfora:

Reina de los cielos, Madre del pan de trigo


  Y ahí me quedo. Que esperen Góngora y su Verbo antes de ir de nuevo al grano.

jueves, marzo 21, 2013

Día de la poesía



En la arboleda violeta Eucaris le acaba de decir a Rimbaud que llegó la primavera.

Felíz día de la poesía a todos.

jueves, marzo 07, 2013

De mitos y de glorias




 
Una línea le bastó a Montaigne para decirlo: a Dios corresponden el honor y la gloria. Nos recordó, además, la vieja plegaria: “Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus”. Quería Montaigne que le agregáramos a la paz, belleza, prudencia y otras cosas esenciales. Se declaró no versado en teología y lo dejó hasta allí, para dejar que su pluma de ensayista discurriera a placer sobre los viejos autores que hablaron de la gloria y alabaron a quienes supieron vivir virtuosamente.

Recuerdo la referencia al moderado Aristóteles: dio a la gloria el primer puesto entre los bienes externos y recomendó evitar dos extremos viciosos: la inmoderación en buscarla y el afán en rehuirla.

Sin importarle mucho, consideró Montaigne excusable que se quisiera para nuestro nombre buena acogida y crecimiento, sobre todo, cuando actuamos para hacer bien las cosas y no para que se diga que las hacemos. Escéptico como era, escribió:

Cuando muera, me importará menos aún, ya que entonces no habrá medio de que mi reputación pueda alcanzarme ni llegar a mí. Y respecto a honrar mi nombre con mi fama diré varias cosas. No tengo nombre que sea sólo mío….y aunque tuviese un distintivo especial para mí, ¿de qué me servirá cuando yo no exista?”.

Sabía Montaigne -y muy bien lo sabía- que el nombre y la persona son distintos. Esta fenece, pero aquel puede hacerse mito.

miércoles, marzo 06, 2013

Chávez

El cadete Chávez. Cuando sus amigos le decían Tribilín
 
"En la conciencia de millones de hombres y mujeres la noticia tardará en volverse tolerable"
 
RODOLDO WALSH
(en 1974)
 



Ante la muerte de un líder político, a quien ella le había hecho oposición, la destacada intelectual argentina Beatriz Sarlo escribió un noble y estupendo artículo, que creo oportuno recordar. Destaco estas palabras:
 
"...cuando un líder político ha triunfado (...) su muerte abre un capítulo donde los más mezquinos y arrogantes saldrán a cobrar deudas de las que no son titulares"
 
 
 


 

lunes, febrero 25, 2013

Los seis minutos más bellos de la historia del cine




Francisco Reiguera y Akim Tamiroff en la inacabada película de ORSON WELLES
 
A pesar de algunos detalles que la alejaban de la realidad, el maese Pedro no pudo evitar que su historia le resultara verosímil a su más ilustre espectador. No olvidemos que don Alonso le advirtió que en una ciudad mora no podían estar sonando las campanas. “Que allí se usan atabales o un género de dulzainas que parecen chirimías”, le agregó el de la Mancha, en atinada observación del disparate. Bien. No obstante ese inusual adarme de realismo, el caballero terminaría por creerse todo el cuento. Como se recordará, desenvainó su espada y salió en defensa de don Gaiferos y de la hermosa Melisendra. Hizo trizas el retablo, espantó al mono adivino y no dejó moro con cabeza ni títere con gorra. Una vez superado el encantamiento, Don Quijote pagó el estropicio con cuarenta y dos reales y tres cuartillos. Miguel de Unamuno, quien celebró en su recreación cervantina ese inolvidable episodio, se lamentaría que no costara lo mismo “hacer añicos el retablo parlamentario y el otro…”. Creo que son abundantes los casos en los que la analogía unamuniana, hoy en día, no marra ni le faltan asideros.

Esta tarde, con tanta gente pendiente del Oscar, he recordado una página genial de Giorgio Agamben. La copio completa porque vale oro:

LOS SEIS MINUTOS MAS BELLOS DE LA HISTORIA DEL CINE

Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia. Viene buscando a Don Quijote y lo encuentra: está sentado aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la galería –que es una especie de gallinero- está completamente ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece una chupeta. La proyección está empezada, es una película de época, sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece una mujer en peligro. Inmediatamente Don Quijote se pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobre la pantalla todavía aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más, devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla ya no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la sostenía. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero los niños no paran de animar fanáticamente a Don Quijote. Sólo la niña en platea lo mira con desaprobación.

¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea –a quien hemos salvado- no puede amarnos.

THE END

P.D: Entiendo que Orson Welles ideó para su Quijote inconcluso la escena narrada por Agamben. Si hubiera un Oscar para la mejor escena no filmada, sin vacilar, postulo estos seis minutos fabulosos.

jueves, febrero 14, 2013

Si a tu ventana llega...

Ulises y las sirenas. Detalle. Vaso griego. British Museum

En el prólogo a El canto de las sirenas (un precioso volumen dedicado a la música), Eugenio Trías no se atrevió, en principio, a llamar ensayos los textos que integran esa obra extraordinaria. Una vez alguien me pidió que le recomendara una novela y yo le sugerí que leyera El canto de las sirenas, que, por supuesto, no lo es, pero quién quita que pueda leerse como tal. Boutades aparte, el libro de Trías, además de ser una reflexiva enciclopedia, es el sabio relato de un viaje por el laberinto de la música occidental, desde Monteverdi a Xenakis, con largas escalas en los corredores de los grandes. El propio Trías llegó a decirlo en alguna parte del prólogo: el lector ideal de su libro será aquel que lo tome como la novela que los mejores músicos de Occidente fueron elaborando a lo largo de cuatrocientos años.
 
Esa narración está escrita con rigor hermenéutico y con la elegancia de su estilo, dos rasgos permanentes del autor. En sus páginas, Trías procura transitar el límite entre música y filosofía, bajo la emoción que la primera le transmite. Por eso es un libro que apasiona.
Afirma en el prólogo: “Ignoro si el libro que escribo compone un tapiz de ensayos. No sé muy bien lo que se quiere decir, muchas veces, con esa equívoca expresión (que sólo tiene para mí sentido en el contexto de su uso primigenio, en Michel de Montaigne). Este libro, lo mismo que todos los míos, es un libro de filosofía”.
Respetuoso del ensayo, Eugenio Trías escribió un libro monumental para dialogar desde su filosofía del límite con los enigmas de la música. Entró y salió del laberinto con el hilo de Platón, pero también con la parte del símbolo que le tocó. Creo que fue una proeza. Lograda, además, si se me permite algún énfasis en esta anotación celebratoria.
Voy al capítulo de Mahler para disfrutar de nuevo una nota a pie de página. Mientras la leo, oigo “el cuerpo del delito”, vale decir, la audacia mahleriana del último movimiento de la Tercera sinfonía, que Trías comenta con deleite:
“La contralto va entonando el poema de Nietzsche. Un oboe insinúa una hermosa melodía que toma cuerpo después de la frase ´desde el más profundo sueño he sido despertado´. Y entonces se oye ´La paloma´ de Iradier: la célebre habanera: ´Si a tu ventana llega/ una paloma´”.
A un balcón de la culta Viena, en la época de Mahler, llegó, pues, una paloma. Con el tiempo pudimos decir que no se equivocó. Mahler tampoco.
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De Nietzsche a Iradier:

https://www.youtube.com/watch?v=mWHMzMhYvdw_
 
 

martes, febrero 12, 2013

Los alimentos terrestres

Jacob van Es
 
La mañana y el silencio.
 
En unas líneas de Levinas, la primera abnegación del día: el disfrute del aire, el goce solitario de la tierra. 

domingo, febrero 10, 2013

Blanca de Guernica





 

 Sobreviviente del día en que abril llovió sobre su sangre, Blanca Royo rezó ante el árbol de Guernica y recibió para siempre los dones sagrados de la cocina. En Caracas fundó junto a Juanito Bilbao un templo universal de la cocina vasca: el Bar Basque.

Comer en esta ciudad durante muchas décadas fue una experiencia en dos tiempos: antes y después del Basque. Ayer, Cuchi y yo intentamos ir con Gonzalo Ramírez
, quien llamó varias veces al restaurant, pero nadie respondió el teléfono. Frustrados, nos quedamos por esta zona y comimos catalán.

Hoy, un pequeño obituario de El Universal nos dio la triste noticia: ayer fue el sepelio de Blanca Royo. Llamamos a Gonzalo para decirnos palabras de consuelo.

Que en paz descanse Blanca Royo, figura insigne de la restauración en Venezuela.

sábado, febrero 02, 2013

Acanto y miel

 
Deambulo entre un verso de Darío y un breve texto de Mercè Rodoreda. El verso de Darío es aquella línea de su Responso a Verlaine sobre la cual alguien hizo el chiste de que sólo se entendía el “que”:
 
 Que púberes canéforas te ofrenden el acanto.

El pasaje de la autora de La Plaza del Diamante está en su libro sobre viajes y flores. Lo copio:

Tiene el cáliz lleno de miel. Es una flor dormida, un poco fuera del tiempo. Las abejas van y vienen. Se le acercan. Con la pata cuchara cogen miel y llenan pucheros y peroles. Algunas mueren enmieladas. Todo muy de prisa, con mucha agitación. Cuando el cáliz queda vacío de miel y respira, la flor se muere. Y nacen otras nuevas. ¡Y venga abejas!”.

De Darío a Rodoreda, la mañana. 

Contratapa

Max Horkheimer
 
Abro Apuntes 1950-1969, de Max Horkheimer. En la página 97, leo:

Cuando los bolcheviques hicieron asesinar a la familia de los zares –para no dejar con vida a ningún pretendiente al trono- señalaron a la revolución rusa con la
marca del oprobio y erigieron el símbolo para los actos oprobiosos del futuro. No porque no llegara la ´revolución universal´, sino porque la teoría fija, el dios abstracto lo permitía todo, es que la revolución llegó a la barbarie con la cual amenaza actualmente a la tierra”.

Busco mis viejos subrayados y la página 250 me depara uno tremendo:

Cada vez que se inician períodos seriamente críticos, las fuerzas radicales de derecha e izquierda se servirán de los derechos democráticos que les corresponden para provocar una dominación particular, o mejor dicho, totalitaria”.

Cierro el libro y miro la portada de Juan Fresán, que muestra, inclinados, un clip y las rayas rojas de una página en blanco. Es una edición de Monte Avila, 1976, con el excelente logo diseñado por el mismo Fresán en los tiempos iniciales de esta notable empresa editorial. Paso por alto la nostalgia y voy a la contratapa, en la que encuentro una breve línea escrita por mí, que dice: “El autor de esta nota es Martín Cerda”. La releo y vuelvo a considerarla estupenda. Lo es, porque en tres párrafos Horkheimer y su libro son presentados de modo magistral. Nada sobra ni falta en esta lección de síntesis, elegancia y claridad. En menos de cincuenta caracteres se nos aparece el perfil del filósofo: “…una de las figuras claves de la llamada Escuela de Francfort y uno de los pensadores alemanes más rigurosos e incitantes de nuestro tiempo”. Y si algo hubiera quedado por fuera, Cerda tuvo la precaución de añadir más adelante este elocuente dato, para saldar una eventual omisión: “…discípulo hereje del sociólogo Max Weber y del filósofo Edmund Husserl…”.

Acerca del libro, le bastó afirmar, sin lastre alguno: “La obra que ahora presentamos a los lectores de lengua española, comparable a la Mínima Moralia de Adorno, ya publicada por Monte Avila, ofrece el horizonte de un pensamiento itinerante que, por su mismo carácter de apuntes, entronca con la escritura fragmentada que emplearon en Alemania, Lichtenberg, Novalis, Nietzsche e incluso Kant en sus últimos trabajos”.

He allí un pequeño ejemplo de comprensión y de eficacia, suficiente para atraer buenos lectores. También para recordarnos que la dignidad escritural debe estar presente en todo texto, cualquiera sea su propósito, forma o extensión. Escribir solapas, contratapas y reseñas, es un arte que algunos desprecian, y más todavía, si deben ser anónimas. Error. Muchas veces en ellas se alojan maravillas, a diferencia de ciertos tratados o falsos ensayos que abusan de la jerga académica y que se exhiben con echonería en revistas arbitradas, estando horros de gracia y de escritura verdadera.

La nota de Cerda no está firmada, por supuesto. Debí leer que era de Cerda en un libro suyo, tal vez en Escombros, volumen póstumo que reúne numerosos artículos de este lúcido escritor chileno que estuvo entre nosotros hará casi cuatro décadas.

Miro en la página del copyright el nombre del traductor de Apuntes… No fue Murena, como yo creía, sino León Mames, a quien hace poco mencionó Gustavo Valle en un formidable trabajo sobre el aporte argentino a Monte Avila. Por Gustavo sé que Mames fue un músico germano argentino.