viernes, febrero 14, 2014

Templanza




STEFANO DA FERRARA



Valentín Espinal, el gran impresor venezolano del siglo XIX, pensó que la guerra federal pudo evitarse. Se le desterró por decirlo.

miércoles, febrero 05, 2014

Perejil




Cuatro vueltas al parque y unas nubes. Sobre ellas, el primer crepúsculo del día y una rama que vino de la infancia, libre y animada.

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Estos libros sobre la mesa son también un parque. De la Casa común de Luis Feria sale esta voz:

Pero Gil, natural de España,

de pocas luces y de escasa monta,

barbiverde y plebeyo, ya muy harto

de tanto trasegar de la olla al ombligo

en sopicaldos y patatas viudas,

raspas de pesca y piltrafas mondas,

declara que su vida fue nonada,

que no logró ajuntar

ni fortuna ni honor, que fue entre pobres

no más que un condimento, un regustillo apenas

que no llena la andorga ni la sangre.

Y pues se ve secón, presto a morir,

lacia la cresta y con el rabo yerto,

dispone que lo envíen

a Juan Ramón Jiménez, un su amigo,

y en su presencia,

y en uno de los libros que éste amó,

se le entierre sin pompa,

hoja entre hojas, poca cosa, nada
  (Luis Feria)

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Voy ahora al parque de Jiménez y compruebo la bella certeza de la voz de Feria:

Entonces, acordándome de mí mismo, pensé que Platero tendría el mejor premio en su esfuerzo, como yo en mis versos. Y cogiendo un poco de perejil del cajón de la puerta de la casera, hice una corona, y se la puse en la cabeza, honor fugaz y máximo, como a un lacedemonio”.

(A Luis Feria lo leo con gusto desde el día en que mi amigo Juan Carlos Méndez Guédez me trajo de Tenerife uno de sus libros)

martes, febrero 04, 2014

La sazón delatora





Anteayer Cuchi hizo magdalenas y anoche me topé con una variante de la escena proustiana en la televisión. De la serie brasileña llamada Destino: Río de Janeiro vi el episodio de Antonio, el viejo siciliano que llega de vacaciones a Río con su familia y que decide postergar el retorno a Italia para cumplir en la “cidade maravilhosa” con una de las leyes inexorables de la mafia.

Como no le gustó para nada la comida brasileña (él se la pierde) decidió ir a comer pasta a un restaurante italiano. Allí lo esperaba una sorpresa: descubrir la presencia de un paisano y amigo que había salido huyendo de Sicilia después de violar la sagrada ley de la “omertá”.

¿Cómo lo descubrió Antonio? La respuesta es sencillamente gastronómica: por el sabor de los deliciosos “spaghetti al nero di seppia” que pidió a la primera consulta de la carta.

Es sabido que la prueba de la magdalena de Proust no requiere ser verificada. Por eso, cuando retornó del fulminante viaje en la memoria, hecho desde su infalible paladar, el viejo tomó el teléfono y llamó al “capo” en Palermo, para decirle, con seguridad incontestable, que había encontrado a Marcello, el “traidor” que llevaban 40 años buscando por el mundo.

“Ha puesto un restaurante en Río”, añadió, y se fue de vuelta a la mesa para seguir disfrutando del riquísimo plato que sólo su amigo sabía preparar con el justo equilibrio de sabores, sin negarle pimienta ni regatearle perejil.

No voy a revelar el final del capítulo, pero sí referir que mucho lamenté que los niños no pudieran llegar al postre, por el apuro del abuelo. Una crueldad: había cannoli.
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Andrea Camilleri, quien en homenaje a Manuel Vázquez Montalbán le puso el nombre de Montalbano al detective de sus cuentos y novelas, en El Perro de terracota nos dice cómo prefiere la salsa de sepia: “negra y espesa”.

Claro, el irrefutable sentido del gusto se encarga de aclararlo todo.