lunes, enero 25, 2010

Marxismo gastronómico


Leer a Marx de manera directa, sacándolo del nicho religioso donde por mucho tiempo lo incrustó el brutal dogmatismo estalinista, fue la noble tarea que entre nosotros realizó Ludovico Silva, con inteligencia y lucidez. Nos recordó que fue el mismo Marx quien declaró en una ocasión, ante las copiosas desviaciones de que era objeto su obra por parte de algunos exégetas, que si algo sabía él, era, precisamente, que no era “marxista”. Demostró Ludovico que las tergiversaciones acerca de la obra filosófica del gran judío de Tréveris no concluyeron después de esa suerte de admonición negativa y que el propio Engels se encargó de alimentar alguna de ellas. Antes de referirnos al punto específico que Ludovico Silva destaca en el equívoco de Engels, digamos algo más del marxista (esta vez sin comillas) venezolano.

Hay un libro de Ludovico titulado La alienación como sistema que es una obra verdaderamente descomunal. Por circunstancias que alguna vez su autor calificó de “dolorosas” o por la explicable fatiga de habérselas con volúmenes de Marx en varios idiomas, esa obra significó para Silva un prolongado y arduo desafío. Tardó años en escribirla. Felizmente todos sus libros filosóficos anteriores confluyeron en ese volumen que podríamos llamar "su Libro". Superar limitaciones bibliográficas para enlazar lecturas y traducciones, deshacer entuertos interpretativos, enmendar planas de autorizados autores, nadar contra las corrientes catequísticas, indagar la genealogía de desdibujados conceptos marxistas e hilvanarlo todo de manera impecable y prístina, tuvo, sin duda, los rasgos de una proeza intelectual, cuyo trayecto puede palparse en las páginas vivas de La alienación como sistema.

Además de haber demostrado cómo Marx fue construyendo su teoría de la alienación, Ludovico Silva nos quiso -marxista como era- devolver la imagen íntegra del autor de El Capital, sin fisuras, invicta, sobreviviente a todas las desgracias epistemológicas y a todas las crisis del pensamiento. Marxista hasta en sus maneras argumentales, Ludovico siempre partía de ideas que aparentaban ser correctas, pero de las que no podíamos confiar del todo. Poco a poco nos iba enganchando, siguiendo un periplo analítico que concluía con la certeza "probada" de su tesis. Tesis que tenía por cierta y evidente, pero nunca irrefutable ni definitiva, porque su deslumbrante recorrido reflexivo nos invitaba también al cuestionamiento permanente, que tanta falta nos hace en estos tiempos complejos y difusos en los cuales algunos se atreven a pedirnos lealtades ciegas e incondicionales adhesiones. Por cierto, nada sería menos marxista (a la manera de Ludovico Silva) que la exigencia de respaldos mecánicos y acríticos. Tal vez eso tenga que ver más con cierto cristianismo medieval (“Creo porque es absurdo”) o con las afanes personalistas que siempre están gravitando en las altas esferas del poder, para provecho de cúpulas o para exarcebar ciertos narcisismos.

También fue convincente Ludovico cuando nos habló de las llamadas “leyes de la dialéctica” como una infeliz ocurrencia de Federico Engels y no como la auténtica formulación marxista que repetían a voz en cuello los comunistas caletreros. Para Marx la dialéctica fue un método y punto. Una vía para explorar las contradicciones de la sociedad. Nunca un sistema filosófico. Así, sus supuestas leyes no sirven para nada. Error. Una de ellas sí sirve, pero ni siquiera la inventó Engels. La inventó (y no como ley dialéctica, ni siquiera como ley culinaria) el sentido común de los cocineros. Es la "ley" de “la conversión de la cantidad en cualidad”, conforme a la cual si te pasas de sal o de pimienta puedes acabar con un plato. Los cocineros, sin echonerías “marxistas”, manejan esa “ley” a su antojo y hasta se permiten formularlas con expresiones como “una pizquita”, “un chorrito” o “un puntico”, sin que se vulnere para nada la gustosa exactitud de su sazón.
Sería deseable que los antiguos saberes coquinarios pudieran tener una mínima influencia en quienes suelen elaborar y vendernos con gran boato el producto de sus "ensaladas" conceptuales. Tal vez de ese modo podamos evitar ciertas indigestiones ideológicas...
Hagámosle caso al sibilino Alfonso Reyes y digamos para concluir:

"Dejémoslo así, como metáfora".

lunes, enero 18, 2010

Haití en el infierno de este mundo

Henri Chrispothe

Nuevamente la naturaleza se ha ensañado contra Haití. Lo ha hecho esta vez batiendo todas las marcas de su feroz inclemencia. Ya no podía ser más cruel, pero lo fue. Mató la culebra por la cabeza y golpeó en la capital, en el mero centro del palacio de gobierno, un monumento de la cultura, pero también de todas las inepcias y devastaciones públicas que en el lado occidental de La Española han sido. Como siempre, los condenados de la tierra, se llevaron la peor parte. La escenografía de la injusticia social está montada, precisamente, para que ellos sean los primeros en caer. Los cuarterones, tercerones o mamelucos que han usufructuado los desmanes políticos también fueron blanco de este zarpazo fulminante. No se salvaron ni las misiones humanitarias ni los miembros de la negligente “ayuda” internacional, que tiene décadas tratando de buscarle solución al sino haitiano con curitas de mercurocromo. Pero, repito, son los olvidados de Dios, los parias de siempre, los que conforman la gran legión de insepultos o de sobrevivientes desesperados que ahora pueblan las calles derruidas de Puerto Príncipe, a la espera de otra desgracia habitual: la consabida intervención extranjera, incapaz de no hacer otra cosa que satisfacer intereses distintos a los del pueblo haitiano, incluido el de sentirse “solidaria” y “bondadosa”.

Haití ha marchado a contracorriente y eso se paga. Al parecer, desde el momento en que sus esclavos decidieron ser libres de verdad y lograron derrotar a tres imperios blancos y “civilizados”, no ha encontrado la manera de escapar a los castigos “bíblicos”. Pero no podemos resignarnos a esa lógica aciaga para explicar lo que en términos históricos y políticos se resiste a ser comprendido por esquemas y estadísticas que abundan en ominosas realidades y dan pábulo a recurrentes proyectos de “desarrollo”. Por ahí no va ni puede ir mi aproximación al doloroso tema. Pienso que debemos repensar a Haití, lo que significa repensarnos como seres humanos. Intentemos por algún instante bajarnos de nuestras nubes “institucionales” y no salir corriendo a llevarle a Haití visiones y planes que seguramente lo hundirán más o lo alejarán definitivamente de sus antiguos sueños de libertad. Callemos alguna vez ante Haití y seamos discretamente colaboradores. Enviemos alimentos y no creencias ni “ideas”, ni menos aún, militares, como lo están haciendo los Estados Unidos, “salvador” permanente de esas tierras que ha querido dominar a su antojo.

Lo “real maravilloso” es literatura por ser verdad y por suplir y mejorar con creces la imaginación de poetas y escritores. Lo “real maravilloso” también es terrible, como la belleza de Rimbaud y los ángeles de Rilke. Un día lo descubrió en Haití Alejo Carpentier y nos dejó la estampa barroca de un cocinero que abandonó los fogones y se fue a la lucha, para hacerse después monarca delirante de su pueblo. Hoy quiero recordar sus tiempos en la hostería premonitoriamente llamada “La Corona”. Dominaba el arte culinario, así como los secretos para complacer a los diversos clientes: olla podrida para los vecinos y volován de tortuga para los franceses. Era ducho en tomates adobados, alcaparras y huevas de arenque, para deleite de quienes visitaban esa tacita de oro, en la calle de los Españoles del Cabo, una movida ciudad del Caribe colonial.

Varios años después, Henri Christophe, que así se llamaba el cocinero, ya monarca caricaturesco y apopléjico, se levantaría de su lecho para meterse un tiro, al cerciorarse de que sus granaderos estaban tocando “el manducumán”, una inequívoca señal de insurrección.

Haití: un tabú permanente, un interdicto cultural, un castigo racista, una palabra taína que significa “montañoso”, necesita hoy que su gente toque como pueda “el manducumán”.

domingo, enero 10, 2010

¿Quién mira de frente a Miranda en La Carraca?

Arturo Michelena. Miranda en la Carraca

La primera república fue, sin duda alguna, un soberano desastre y una fatalidad engendrada por las contradicciones. No podía ser de otra manera. Los mantuanos que protagonizaron el 19 de abril de 1810 mal podían contribuir a la consolidación de la independencia que se declararía el 5 de julio del año siguiente. Así, desde el primer momento, los falsos patriotas adversaron con odio visceral a Francisco de Miranda, a quien tenían, con razón, como un peligroso enemigo de sus privilegios coloniales. Activaron en su contra la máquina infernal de producir dicterios, infamias y calumnias. No le dieron paz ni cuartel y quisieron comérselo vivo, con la saña de la que sólo es capaz una jauría sedienta. Por cierto, ninguna de las “repúblicas” venezolanas posteriores (ni la “quinta”, que ya es decir) le ha pedido disculpas verdaderas al Precursor, por el maltrato y por la criminal incomprensión que entonces (y todavía) le han dispensado todos, incluidos los insurrectos de la esquina de Sociedad, quienes poco después serían llamados -algunos con justicia- Libertadores de esta Patria. Hecha la imponente salvedad de Arturo Michelena, nadie ha podido hasta hoy mirar de frente a Miranda en La Carraca.

El devastador terremoto de 1812 y la sanguinaria invasión española comandada por Monteverde (un ser tan mediocre como mostrenco e iletrado), representaron para el cerril pragmatismo de los traidores el sello triunfal y supersticioso de una alianza chapucera. Ella daría al traste con nuestro primer intento civilizado -y mirandino- de independencia. Los “nobles” del Toro y Casa León hicieron de las suyas, para honra y gloria de las dobleces. El primero tendría más tarde la avilantez de reclamar honores de Panteón Nacional (y nosotros, el inconfesable desvarío de otorgárselos), a sabiendas de su inocultable monarquismo. Al segundo, con todas sus miserias, lo retrataría goyescamente don Mario Briceño Iragorry. Ambos quedaron como expresión indeleble de un pequeño sector que pretendió usufructuar para sí la independencia. Lastimosamente, no creo que a la larga fracasaran en ese empeño. Pero hoy no será el día en que ese duelo histórico nos ocupe. Vayamos cabizbajos a la mesa.

Rosete era un monstruo, pero no un mentecato. Quiso acabar con las haciendas. Su estrategia bélica era elemental: había que atacar con denuedo todas las fuentes alimentarias. Rosete sabía que en una guerra el hambre es el más cruel de los enemigos y que a los adversarios criollos no había que cederles ni el sabroso dulce llamado papelón. Pero algo más (o algo menos) sabía ese realista desalmado. Por alguna causa asolaba los grandes fundos y no los conucos. Quemaba y destrozaba los sembradíos de los amos, mientras los esclavos en sus chozas observaban atónitos e inmunes. Lo que no se podían llevar los soldados de Rosete, lo arrojaban, impávidos, al río. Nada se salvaba, excepción hecha del huerto minúsculo y casero. Tal vez por eso, en plena hostilidad, un testimonio que leo ahora gracias a Pedro Cunill Grau en su Geografía del Poblamiento Venezolano en el Siglo XIX, pudo transmitirnos esta maravillosa evidencia: “Yo no sé de dónde sale tanto maíz, arroz, frijoles, puercos y gallinas. Yo creía esto absolutamente desolado, y sin recurso alguno, después de las dos irrupciones del perverso Rosete”.

Más de cien años después el gran historiador Laureano Vallenilla Lanz hablaría, sin rubor alguno, de guerra civil, para referirse a las “patrióticas” acciones de nuestra ya bicentenaria Independencia. Comparto su opinión. Que Dios nos perdone.

lunes, enero 04, 2010

Las mesas bicentenarias

Juan Lovera. 19 de abril de 1810

Comienza ahora la esperada celebración de los bicentenarios. Ojalá esta vez tengamos la ocasión de estudiar mejor, no sólo la gesta, sino también el gusto de nuestros libertadores. Y sobre todo, analizar con sentido (auto)crítico la importancia de la alimentación en la construcción de una patria soberana. Lastimosamente, no contamos con suficiente material reflexivo sobre el tema, pero ello no es excusa para obviar un punto donde estamos lejos de haber alcanzado libertad. Ya basta de dejar en barbecho un asunto tan crucial o de continuar abordándolo de modo reductivo y negligente. Seguimos hablando de “soberanía alimentaria” como si la misma fuese la capacidad de importar y distribuir comida entre la población y no una condición de autonomía republicana que incluye producir lo que necesitamos y lo que deseamos comer. Pronto volveremos sobre esta incuria que nos (pre)ocupará buena parte del año…

Vayamos ahora hasta la mesa del más grande de nuestros próceres, para comenzar la indagación sobre sus gustos. Nuestro guía en esta primera visita será el padre Carlos Borges, el famoso prelado que combinaba, para escándalo de la beatería, liturgia con bohemia y a quien debemos el extraordinario discurso inaugural de la Casa del Libertador, en uno de cuyos párrafos podemos leer la espléndida descripción de este condumio: “…Pero entremos al comedor. Llegamos a buen tiempo, pues ya el almuerzo está servido, y a fe que huele bien. Preside la madre, por ausencia de su marido, casi siempre en Aragua. A su derecha y a su izquierda, María Antonia y Juana María; más allá Juan Vicente, y en la cola, Simoncito, el más tuno y travieso de la camada. Van y vienen, solícitos, los criados. Humea el sancocho suculento, multicoloro y multisápido; síguenlo fresco pargo recién traído de la Guaira, rosada pulpa de ternera, gordas hallacas navideñas, y de postre, piñas más dulces que las de la Esmeralda el día de Casacoima, y sabrosas cuajadas y ricos alfandoques de San Mateo. Luego el cacao y la siesta”.

No sé cuánto debemos a la imaginación de Carlos Borges en ese menú, pero lo cierto es que nada en él parece literariamente inverosímil. Si bien echamos de menos las arepas y algún carato, nos parece deliciosa la mención final del cacao y de la siesta, como solemnes referencias cotidianas. Pero me voy a detener en los alfondoques (“alfandoques”, como también se les dice y como escribe el célebre levita) porque allí está la presencia del nobilísimo papelón, hoy arrinconado por la desidia gastronómica que prefiere endulzar de otras maneras o simplemente suprimir las golosinas primordiales. El papelón permitió que la dulcería criolla fuese variada y prodigiosa, llena de alfeñiques, pandehornos, conservas y melcochas. Del caldo de la caña de azúcar, caña criolla, caña de Batavia o caña de Othaity, esta última llegada desde la isla de Trinidad a finales del siglo XVIII, surgió esa generosa manufactura que llegó a la mesa de los Bolívar transformada en alfondoques sobre hojas de plátano, debidamente acompañados de cuajadas, para el deleite de todos los comensales, que según dicen algunos, también fueron grandes aficionados a la torta bejarana.

Muchos banquetes se harían después en honor a quien será el Padre de la Patria, pero de acuerdo con los testimonios de sus edecanes, fue la mesura la característica fundamental que mostró en el momento de afrontarlos. Conocedor de la buena mesa, aunque sobrio en sus ingestas, también Bolívar habría de asumir, junto a los soldados, la lucha por el pan durante los años terribles de la guerra nacional de independencia.

Otro día seguiremos con esta historia. Concluyo ahora, porque, por razones de espacio, mis palabras están ya como papelón en petaca.

¡Y gloria al papelón!

jueves, diciembre 31, 2009

¡Feliz año!


"La Poesía se adelanta y sus agujas marcan el vuelo de las aves"

(Gonzalo Rojas):


"Por eso yo declaro

que lo maravilloso, la inocencia,

esa felicidad que a veces somos,

la hermosura extendiendo su luz sobre la tierra,

todo lo que soñamos

sucederá algún día,

porque nosotros hemos sucedido"

(Juan Antonio González Iglesias)


Reciban todos un abrazo de año nuevo y los mejores deseos de


Freddy Castillo Castellanos

lunes, diciembre 28, 2009

Delante de la luz cantan los pájaros


Las voces del paisaje entran y salen, displicentes, por el balcón. He venido a ver en esta parte abierta de la casa el final del año y a contemplar cómo se pasa la vida y cómo cambia todo tan callando. Quisiera hacer memoria y balance, pero también trazar expectativas y propósitos, porque hay un camino que se abre y no sólo uno que se cierra. Podría hacer el catálogo de las lecciones que nos dejó el 2009 y también el de los proyectos o los sueños para el año que habrá de comenzar dentro de poco, pero hay otro ánimo en mi espíritu, más proclive ahora a la contemplación y al silencio, que al arte racional de los recuentos y los planes. Delante de la luz cantan los pájaros y el viento sopla con su armonía secreta. Y así, se me va imponiendo el tono que un verso de Marco Antonio Montes de Oca asoma como amable intertexto en esta página y me dejo llevar por las voces del paisaje que entran y salen, displicentes, por el balcón.

La primera voz del coro es la del cedro, una voz que casi no se oye, pero que se te mete por los ojos llena de amarillo y verde. Tengo años oyéndola brillar y sé que ahora es distinta, quizá un tanto lenta y taciturna, pero, sin duda, sigue siendo el centro majestuoso del jardín. Ella es la serenidad y el punto de equilibrio, que tanta falta hacen en este valle habitado por algunas desmesuras. Mirar el ramaje de donde procede esa voz sagrada inmuniza contra el amok o nos da fuerzas para soportar a quienes andan poseídos por ese morbo fatal en otros lares. Hoy irradia poderosos destellos contra el desamparo y aloja en su tronco escrituras apacibles con versos de Cintio Vitier, que anda preguntando en qué rama por fin está posado Juan de la Cruz y de Yepes.

La segunda voz del coro es, por supuesto, la que pronuncian unánimes los pájaros. Sin estridencia, hoy ella es capaz de revelarnos el secreto de nuestras vidas, pero una vez más sabremos que esa revelación es efímera e inmemorable. Olvidarla es su destino. También lo es quedar como morriña, como radiante ausencia, como recuerdo que no recuerda nada y que según Giorgio Agamben, “es el más fuerte” de todos los recuerdos. Porque, claro, es la presencia de Mnemosina en su diálogo infinito con Hesíodo. Ayer, por cierto, estuvo esa voz tratando de traducir al ayamán poemas de Idea Vilariño y de Mario Benedetti y hoy vuelve con los versos de Montes de Oca para despedirse diciéndonos: “La voz, la pluma, la despierta inteligencia/ vanse a callar y a dormir,/ con la conciencia del deber no cumplido/ pues el deber de cantar/ nunca termina”.

La tercera voz del coro es la del viento que está en todas partes, que puede buscar albergue en los rincones o desparramarse con fuerza por las extensas sabanas. Ella se aquieta o se desborda, pero no cesa, acaso sólo descansa. Portadora del verbo oracular, la voz del viento es hoy “la brisita nupcial de la metáfora” que Cintio nos trajo para refrescar este abandono grato o esta encantada suspensión de lo cotidiano y hacer después, en la cocina, el café más sabroso del mundo y bebérselo con galletas de Angelina, recitando versos espléndidos de los poetas grandes que se fueron este año de este mundo. Nombré a cuatro de ellos para sentir –como sentí- que ahora están más cerca de nosotros.

Cierro este post de hoy dándole las gracias a los lectores que me han acompañado durante todo el año. Les deseo un 2010 pleno de dicha y les pido me acepten esta rosa blanca que martianamente cultivo para mis amigos sinceros…Para los otros, también va una rosa blanca, porque no cultivo cardo ni ortiga para nadie. Paz y felicidad para todos.

lunes, diciembre 21, 2009

Poesía de diciembre

Luis Alberto Crespo en una clase de Biscuter

Ya es costumbre para mí, sobre todo cuando se acerca la nochebuena, leer sólo poesía. Busco páginas, navideñas o no, de los poetas que me gustan o incursiono por libros menos familiares o desconocidos, con el deseo, casi siempre satisfecho, de encontrarme alguna imagen que me haga compañía. La ceremonia comienza el mismo primero de diciembre cuando anoto en mi diario estos versos de Israel Peña que memoricé hará unos cuarenta y siete años: “Diciembre, barbas de frío/ sobre la veste del campo,/ curvo cinturón de cerros/ y zapatillas de prado”. Los recuerdo en la voz gallega y bien timbrada de mi profesor Daniel Gómez Ferreiro. Me los digo y cumplo con el íntimo ritual de transcribirlos, para sentir que, en verdad, diciembre ha comenzado. Después fatigo un soneto melodioso de Aquiles Nazoa y me imagino que soy yo quien le está hablando a Avelina Duarte de este modo: “Avelina, Avelina, amiga mía,/ hermana de mi novia y mi pañuelo… Sabrás que es navidad, que de agua fría/ nos pone el clima flores en el pelo,/ mientras envuelto en su gabán de yelo/ pasa diciembre en troika de alegría”.

Y así van entrando y saliendo los poetas. Ayer nomás, cuando leía que los restos de Lorca no aparecen y que su búsqueda ha sido, más que infructuosa, una verdadera pesadilla, pasaron por aquí Miguel Hernández y Pablo Neruda y el segundo nos dijo estos versos: “Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,/ si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,/ lo haría por tu voz de naranjo enlutado/ y por tu poesía que sale dando gritos”. Y sentí que los buenos poetas no se dejan exhumar tan fácilmente y que su voz no está al alcance de quien se acerca a ellos sin respeto. La poesía, como diría Gimferrer, supremamente se niega al abyecto. Ella viene de la memoria y del mito y está hecha de sustancias inasibles. Se vuelve hija del limo, hoja de muérdago, pan de los elegidos, letra de Octavio Paz o mirada vespertina de José Antonio Ramos Sucre, cuando quiere. No avisa ni tiene hora fija, pero sé que podemos atraerla con un conjuro que alguien supo hacer en Aquitania o tal vez en las sequedades de Atarigua.

Entregarse a la lectura de la poesía es acceder a un territorio que la razón jamás ha podido alinderar. Sus (im)precisiones sacan de quicio a quienes, alambre en mano, buscan cercarla con el rigor de una doctrina o con arduas explicaciones acerca de su sentido escurridizo. Ignoran que ella se nutre también del exilio, del misterio y del silencio. Ella es como la soledad del poeta Juan Luis Martínez (Chile, 1942-1993): “Muchas veces me ha sucedido pelearme con ella y echarla.. Mas, pronto está lejos la ruego, la conjuro a volver. Pero nada pasa. Ni mis súplicas un poco ridículas, ni mis amenazas un poco pasadas de moda. Y luego un día, sin que yo lo espere ella regresa más enigmática y flotante que nunca. Más envolvente, sobre todo…”.

Sigo leyendo a Juan Luis Martínez, una revelación para mí en sus Poemas del Otro, libro póstumo, que se sumó al único que publicó en vida (La nueva novela) formando un extraño díptico dictado por las voces distintas que lo habitaban y que lo convirtieron en un caso único en la abundante y prodigiosa poesía chilena. Metatextual en el primero y lírico en el segundo, este poeta de Valparaíso fomentó la poesía como pre-texto para el alma de los signos errantes.

Además de Martínez, diciembre me ha deparado la lectura gozosa de un hermosísimo libro de Luis Alberto Crespo: Tierramenta (Lumen, 2009). Lo he ido paladeando con la parsimonia a la que su lenguaje y sus paisajes me invitan. Todo ha sido nombrado de nuevo en ese libro. Los viejos parajes, los fantasmas, las alcobas y los pájaros de Luis Alberto nacieron otra vez en las páginas sin límites de Tierramenta.

Aprovecho, por cierto, para desearles feliz navidad a todos con unos versos de Crespo que marcan ahora la inevitable despedida de este artículo:

Enseguida vuelvo,
voy a envejecer en ese cuarto.

lunes, diciembre 14, 2009

Palabras para Julia (y para Julie)


Como en el de Beatriz Viterbo -alta y muy ligeramente inclinada-, en el andar de Meryl Streep también hay “una como graciosa torpeza”, que en este caso se la impone el género (el de la película, por supuesto). Si además hay en él “un principio de éxtasis”, no lo sé ni me importa, pues no pretendo hacer hoy analogías borgeanas. De lo que sí estoy seguro es que ese principio aparece cuando la célebre actriz se dispone a comer cualquier plato parisino. Deslumbrada por las maravillas de la cocina, la Julia Child que encarna Meryl Streep en esta comedia, saborea con deleite infinito los lugares comunes de la gastronomía de Francia, tanto la de restauración clásica como la de algunas tradiciones regionales. Literalmente, se babea por todos ellos. Ha sentido en esa comida la cima del gusto. Nada la iguala. Por eso resultará inexorable que, no encontrando otra cosa para cubrir sus ocios y después de algunos intentos fallidos, se entregue por entero al aprendizaje febril de la cocina francesa.

Que Meryl Streep haya sobreactuado o no, ahora me es indiferente. Tampoco me va ni me viene que al modelo especular de la directora le falte misterio o que los hombres de la película luzcan disminuidos. No pretendo hacer crítica de cine ni exégesis de género. En este momento sólo me interesa destacar el inmenso amor a la cocina que se desprende de las dos historias que nos cuenta Nora Ephron en su película Julie y Julia. Ella nos sirve de excusa para hablar de la importancia que posee el oficio de cocinero, así como para alimentar nuestro interés por el tema de la divulgación culinaria. En especial, por los recetarios. Recordemos que no se trata sólo de alguien que cocina. Julia Child es la comunicadora (a través de los libros y de la televisión) de un arte en el que te cortas y te quemas los dedos, pero en el que puedes encontrar el más sublime asidero espiritual para tu vida.

Entender la cocina como camino, no para el estrellato, sino para la satisfacción plena del alma y el cuerpo, puede ser una de los modos de abordar el tema de este filme (y ¿por qué no el filme mismo?). Algunas frases de Julie Powell, admiradora hasta el fanatismo de Julia Child y de su legendario libro sobre cocina francesa, expresan el vigoroso valor inmaterial de los fogones. Para ella el “boeuf bourgignon” es también un poema y no sólo aquel plato estupendo de Borgoña que Juan sin Miedo engullía con voracidad de Duque y con grandes cantidades del mejor vino tinto de su tierra. Hacer correctamente ese plato es como escribir bien la página que queremos leerle a alguien para agradarlo y agradarnos. ¿No decía García Márquez que él escribía para que lo quisieran más? También las cocineras y los cocineros realizan su trabajo, para mayor deleite de sus parejas, no siempre comprensivas. Muchos parasitamos morosamente en los espacios espléndidos que abonan y cultivan los buenos oficiantes de la creación culinaria. Y así, escribimos algún blog, sin cocinarlo previamente como Julie, y nos damos a la tarea de fabular en el territorio infinito de la gastronomía, que -como se sabe- también es letra minuciosa y memoria plena de sabores. Otros lo hacen todo: cocinan, sirven la mesa, enseñan, escriben la receta, la publican en la tele, en el libro o en el blog y siguen tan campantes en su labor porque ésta es su integral y fecundo modo de vida.

Más efusivo que crítico, este acercamiento a una película que pretende recrear el diálogo alrededor de la cocina, entre un blog del año 2002 (el de Julie Powell) y un libro de Julia Child (de los años cincuenta) fue sólo una treta retórica para decirles lo de siempre: la cocina es el universo. Y el resto es literatura.

lunes, diciembre 07, 2009

Viaje al amanecer

Francisco Abenante, Cuchi Morales y Sumito Estévez

No por socorrida me voy a inhibir de citar una famosa frase de Rilke, que se aviene plenamente con lo que hoy quiero comentarles: “La verdadera patria del hombre es la infancia”. Quizá por eso, cuando el ineludible “nostos” nos apremia, emprendemos el retorno a nuestros viejos territorios. Hacemos lo que nuestro más grande ensayista llamó un “viaje al amanecer”. Buscamos albergue en la memoria y recreamos un espacio que sentimos como una genuina pertenencia. El recodo de un jardín reaparece como escondite oportuno y el pregón de los dulces nos vuelve a hacer agua la boca. El gran reloj del comedor comienza a marcar sus horas lentas y una taza de humeante y espeso chocolate llega puntual a la mesa. Penetramos así en el laberinto de imágenes que nuestra infancia atesoró y constatamos en su centro que hemos regresado de un larguísimo exilio.

La experiencia es sencilla. Basta con dejarse llevar por algún olor o por el susurro del agua, simplemente. Proust sólo necesitó mojar la magdalena en el té y llevársela a la boca. Lo demás, ya lo sabemos, fue el tiempo recobrado. Sé de cocineros que recuperan sabores preteridos porque le siguieron la pista a un aroma que les llegó como vestigio en pena. Y así, van a la cocina y lo disponen todo para cocinar de nuevo como Petra o como la abuela, la madre o la tía, en los tiempos de Maricastaña, que, por cierto, ahora no suelen ser tan remotos como antes.

La semana pasada en Barquisimeto asistimos a una experiencia de ese tipo. Un cocinero profesional, ducho en diversidades culinarias, se remontó a su niñez para entregarnos los platos que su madre preparaba cotidianamente. Viajó hasta La India, la que habita en su memoria, y concibió un amplio menú que forma parte entrañable de su historia personal. Sin duda, sus enormes conocimientos y destrezas de hoy en día jugaron un rol estelar en los buenos resultados, pero más pesó la circunstancia de que cocinó con el gusto esencial que le otorgan la sangre y la cultura propias. Cuando se cocina lo que se ama desde la infancia, hay algo más que una buena comida. Hay una ofrenda.

Hasta el más despistado sabe que me estoy refiriendo a Sumito Estévez, quien volvió a los fogones barquisimetanos de Francisco Abenante, para trasladarnos esta vez al Punjab familiar de su infancia merideña. Además del basmati, varios platos regionales de La India, sin desdoro alguno de las técnicas empleadas para su elaboración, fueron preparados y servidos con la alegría ritual de quien comparte algo de sí mismo. Y ese es, por supuesto, el sello intransferible de un buen trabajo culinario. La excelente sopa de arveja amarilla, con yogur y pepino, el sabrosísimo pollo tandoori, el opulento cordero con salsa de tamarindo, los camarones con leche de coco, los estupendos garbanzos guisados en salsa de tomate, los vegetales con cúrcuma y un postre inolvidable constituido por halvá de zanahoria y bolas de sémola, fueron esa noche en El Círculo las señas de la noble tradición gastronómica que lleva en su segundo apellido el famoso cocinero Sumito Estévez Singh.

domingo, noviembre 29, 2009

Chile en el corazón

La embajadora Urbaneja entrega reconocimiento a Cruz del Sur Morales y a Damaris Loyo

Escribo estas líneas en Santiago de Chile, con la emoción aún intacta de una clausura espléndida. Hace pocas horas concluimos con una hermosísima actividad musical y gastronómica una programación en homenaje a Andrés Bello, compatriota común de venezolanos y chilenos. Fue una fiesta inolvidable. Una fiesta que se merecían todos los que participaron e hicieron posible el brillo y la calidez de las jornadas bellistas que, desde el 23 de noviembre hasta el sábado 28, se realizaron en diversos espacios académicos y culturales de la capital de Chile. Hoy Bello está de cumpleaños. Venimos de celebrarlo con los aguinaldos de Cecilia Todd y con el panorama culinario de la Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida que Cruz del Sur Morales diseñó para la imponderable comida de anoche. Cecilia estuvo como nunca, desplegando su encanto mediante una preciosa selección navideña que incluyó composiciones y poemas de los juglares Otilio Galíndez y Aquiles Nazoa. Fue el feliz inicio del ágape. Después le rendiríamos tributo al paisaje gastronómico de Andrés Bello.

Durante una semana la Embajada de Venezuela en Chile llevó a lugares emblemáticos de la academia y la educación una lectura diversa (pero integral) de Andrés Bello. Nos correspondió a nosotros, gente de la UNEY, el inmenso honor de conducirla. Así, pudimos compartir reflexiones, dudas y conocimientos con destacados intelectuales y juristas chilenos, acerca de la vigencia intelectual del gran caraqueño. Con Miguel Rojas-Mix, el lunes, en la Universidad de Chile, convocamos el carácter fundacional de la obra de Bello. Carmen Norambuena, decana de Humanidades de esa institución y su equipo, fueron nuestros anfitriones. El martes nos recibió la Biblioteca Nacional y pudimos alternar Luis Rubilar Solís y yo acerca del imaginario pedagógico de Bello, ante un público plural que tuvo una participación fecunda. Allí estaban, desde un hijo de Radomiro Tomic hasta una representación mapuche, pasando por estudiantes, académicos, periodistas, poetas y dirigentes sociales. El miércoles la sede de la Embajada venezolana sirvió de escenario para un Taller de Formación Docente que tuvo como resultado la formulación de una propuesta de Cátedra Permanente Andrés Bello. Maestros y profesores universitarios analizaron junto a nosotros diversas vías para fortalecer nuestros sistemas educativos. Allí compartí nuevamente con el profesor Rubilar Solís. Esta vez fueron cuatro horas de sesión ininterrumpida, premiada luego con un almuerzo elaborado por Cuchi y Damaris, con una deliciosa crema de caraotas, seguida por un opulento tarcarí de ovejo que dio paso al increíble y nunca bien ponderado manjar de coco (esta vez con parchita y no con guayaba) que, por cierto, Cruz del Sur Morales debería patentar algún día por su excelencia milagrosa. La Academia Diplomática, con sus directores, embajadores, profesores y estudiantes nos recibió el jueves. En esa noble casa tuve la satisfacción (y el compromiso) de dar una conferencia al alimón con mi amigo y excompañero del Comité Jurídico Interamericano, Eduardo Vio Grossi, uno de los mejores internacionalistas de América Latina. Hablamos de los aportes de Bello a esa rama del Derecho y de su vigencia en nuestras movidas diplomacias americanas. El viernes fue la Universidad de Chile, la Casa de Bello, que le dicen, el lugar donde nos dimos cita para conversar sobre varios aspectos de la obra humanística del fundador y primer rector de esa institución. No voy a reseñar lo sucedido, pero en verdad, fue memorable. Homenaje y profanación. Discursos contrapuestos. En fin, una sesión plural, como debe ser en estos casos (y en otros) en los que cualquier unanimidad resultaría patológica.

Anoche cerramos con deleite y placer esta incursión bellista de la UNEY en Chile. Digo deleite y placer para quienes comimos solamente, gracias al inmenso trabajo de las dos representantes yaracuyanas que hicieron lo más importante del convite. Para ellas el reconocimiento de nuestra eficiente y entusiasta embajadora María de Lourdes Urbaneja, no se hizo esperar. Nos interpretó a todos en sus palabras de gratitud. La ensalada de piña, la fosforera que recordó el amor de Bello por la hermana del Mariscal Sucre, la polenta, la naiboa, el cocuy con aroma de sarrapia, todo ello y la apoteosis de un postre que fue como una hallaca dulce, por lo armoniosamente multisápido del mismo: torta de chocolate y merey con crema inglesa y cambures en almíbar de Sauvignon Blanc y tabasca, todo eso, digo, sirvió para darle sabor y gusto a un encuentro chileno-venezolano que debería tener continuidad. Por eso, Cruz del Sur Morales, quien concibió totalmente el menú, y Damaris Loyo, con quien lo elaboró para 150 personas, recibieron la ovación de un público alborozado que incluía músicos, rectores, embajadores, poetas, científicos y hasta a un polémico candidato presidencial.

A Cuchi: ¡chapeau!

lunes, noviembre 23, 2009

Andrés Bello y la soberanía alimentaria

Afiche de las jornadas en homenaje a Andrés Bello organizadas por la
Embajada de Venezuela en Chile y la UNEY

Fundar nuestra América después de la independencia lograda en Ayacucho, no fue sólo una actividad política. Fue, básicamentente, un enorme esfuerzo cultural. Lo entendió así nuestro principal e indiscutible emancipador en ese ámbito: Andrés Bello. Por esa razón, evocar su nombre y situarlo en el lugar cimero que le corresponde, es algo que no podemos obviar a la hora de celebrar el Bicentenario de las gestas libertarias en estas tierras que conforman lo que José Martí llamó con sencillez y sabiduría: “Nuestra América”.

Andrés Bello fue un genio de la creación y la mediación cultural. Hizo lo que pudo -y lo que le dejaron hacer-, superando dificultades, envidias e incomprensiones. Su labor intelectual en Chile tiene las características de un heroísmo jamás cantado por la épica y que alguien llamó alguna vez con acierto, heroísmo secreto. Poner orden civil en el caos inicial de los pueblos de América no es poca cosa. Bello lo alcanzó en la naciente república chilena, donde hoy ocupa el sitial histórico que merece, a pesar de algunos tiempos de desmemoria o de incuria. Merced a su inmensa preparación, ese orden se convirtió en un sólido soporte republicano que permitió la formulación de una política exterior idónea basada en el principio de la solidaridad y en la elaboración de normas adecuadas de Derecho Civil para hacer propicia y pacífica la vida cotidiana.

Pero no fue sólo eso. El copioso bagaje humanístico de Andrés Bello, puesto al servicio de la identidad latinoamericana, lo llevó a diseñar -mediante una amplia visión de la lengua española y un talento gramatical inusitado- un uso lingüístico propio de estas tierras. Recordemos esta afirmación suya: “Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Castilla y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias”. Y así, pudo el español nuestro ser español de América y luego, español de Chile o español de Venezuela. “No tengo la pretensión de escribir para los castellanos. Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispano América”, dijo una vez. Y en efecto, para nosotros escribió su prodigiosa Gramática, por la cual Amado Alonso y Pedro Henríquez Ureña lo llamaron “el más genial de los gramáticos de lengua española y uno de los más perspicaces y certeros del mundo”. A partir de un orden, exaltó nuestras peculiaridades idiomáticas y le dio cauce ordenado a la diversidad, facilitando la evolución y transformación de la lengua, con aportes nacionales y regionales, hasta conformar lo que Ernesto Sábato (citado por Edgar Colmenares del Valle) llamó “una sola y magna patria”, es decir, esa fecunda patria verbal que sin Andrés Bello nos hubiese costado muchísimo tener.

Algo más hizo Bello por la emanciación cultural de América: reivindicó nuestros lugares. Lo hizo con su poesía, clásica y europea en sus formas y absolutamente americana en sus motivos y en su espíritu. Los cronistas viajaron a estas regiones equinocciales y se asombraron con sus riquezas. Nos dejaron páginas espléndidas y también el relato de una mirada europea que siempre pensó en conquistar y dominar. Algunos nos vieron con desdén. Otros sólo fueron elogiosos con la naturaleza, y unos pocos, piadosos con los pueblos autóctonos. En fin, se construyó un discurso exterior, a veces “buensalvajista” y otras muchas demonizador. Por eso, para fundar repúblicas necesitábamos otro discurso o un mensaje donde nos nombrásemos a nosotros mismos y nos sintiéramos entrañablemente expresados. Andrés Bello, desde Londres, fue el primero en hacerlo. No le bastó con la enumeración idílica de quien siente nostalgia por su paisaje. Forjó un proyecto de fundación. Recordó que la cultura es también agricultura y trabajo.

Si hoy, con tantas asignaturas pendientes aún, volvemos a leer con atención su Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida, veríamos con claridad el proyecto de Bello y nos diríamos que eso de la soberanía alimentaria no lo estamos inventando ahora, ni nosotros ni los compañeros europeos o canadienses de Vía Campesina y que en la Silva está la mejor vindicación de nuestro paisaje agrícola, una vindicación que nunca como antes necesitamos más.

lunes, noviembre 16, 2009

El paisaje gastronómico de Bello


Un joven de veinticinco años, para entonces oficial segundo de la Capitanía General de Venezuela, llamado Andrés de Jesús, María y José, hijo mayor de una familia huérfana de padre (Bartolomé Bello había fallecido en Cumaná en 1804) “arrancó hierbas, cortó ramas y esparció tierra” en Fila de Mariches. Era el 16 de diciembre de 1806. El joven dio así cumplimiento a un ritual previsto en el derecho indiano: tomar posesión de un terreno que su familia había recibido en arrendamiento perpetuo, con el propósito de fundar una pequeña plantación de café. Le debemos a la acuciosidad de Pedro Grases la recuperación de esa importante escena campestre en la vida de Andrés Bello. Y algo más: la imagen vitalmente agrícola de quien años después cantaría en Londres las maravillas de nuestros frutos campesinos. Bello llamaría la finca “El Helechal” y, según la amable hipótesis de Grases, allí estuvo ubicada su visión primigenia y personal del cultivo del “arbusto sabeo”, vestido de jazmines y perfumado por la fecunda zona, cuya ladera “adorna el cafetal”. En pos de un cafecito de Andrés Bello, intentemos un breve y parcial recorrido por el paisaje gastronómico de su Silva inagotable.

El menú se abre con una ensalada de piña y granada, recordando estos versos: “Para tus hijos la procera palma,/ su vario feudo cría,/ y el ananás sazona su ambrosía”. La fruta más hermosa de la tierra, sazón de la ambrosía y ambrosía ella misma, nos saluda en las mesas americanas, con el esplendor barroco de su forma y de sus jugos. La acompañan esta vez las legendarias granadas del Paraíso, que eran también las del patio de la casa caraqueña de los Bello López, nunca olvidadas por el maestro. “¡Aquellos granados!”, escribió, nostálgico, en una carta dirigida a su hermano Carlos. Aquellas granadas y sus granitos, están acá, haciéndole alegre compañía a la piña en esta fiesta de la entrada.

País de peces y mariscos varios, Chile le recordó muchas veces a Bello la antigua Cumaná donde vivió y murió su padre. Una fosforera oriental será entonces el siguiente plato, con el cual emprenderemos un diálogo bellista del Caribe con el Pacífico y con el “…pueblo también, cuyos hogares/ a sus orillas mira el Manzanares”. Suculenta, la fosforera, es fama que levanta muertos y no estamos acá para desperdiciar la vida. Así que habrá en esta ocasión fosforera en abundancia para todos.

El “jefe altanero de la espigada tribu” no puede faltar en nuestro paseo. Una polenta, no sé todavía si de cochino o de gallina, hará su aparición en el convite. Para Bello el maíz era algo más que un alimento. Era un dios de estas tierras. Era una seña de la sagrada identidad americana. Era (y es) una forma de resistencia. Pese al trigo sembrado por los españoles, los criollos nos hicimos grandes comedores de arepas, como nuestros padres antiguos y le dimos diversos usos al maíz, impidiendo que dejara de depararnos uno de nuestros panes de cada día. Convertido en polenta, el maíz es la ufanía central de este condumio.

Pertenezco a la golosa estirpe de los “postreros”, esos seres que suelen guardar espacio adecuado y suficiente para el disfrute final de las comidas. Por esa razón ya la boca se me está haciendo agua. Sé que está anunciada una torta de chocolate y merey que será servida con cambures en almíbar, vale decir, la apoteosis bellista de la zona tórrida. La consagración del cacao como auténtico manjar de los dioses. Andrés Bello, quien halagó la necesaria protección de su cultivo (“…ampare/ a la tierna teobroma en la ribera/ la sombra maternal de su bucare”), no habría dejado de festejar su destino en esta mesa, al lado del cambur. Símbolo de cierta pureza agrícola porque “escasa industria bástale”, el banano “desmaya el peso de su dulce carga” para prodigarse como uno de los mayores regalos que la Providencia concedió “con manos largas” a los habitantes de la felicidad ecuatorial. No conformes con rubricar de modo tan sabroso esta incursión al paisaje gastronómico de Andrés Bello, podemos agregar la presencia de la naiboa, para darle paso también al casabe (“…su blanco pan la yuca”) y al persistente papelón que viene de “la caña hermosa,/ de do la miel se acendra”.

¿Bebidas? Andrés Bello tuvo la precaución de preverlo todo en la Silva cimera. Así, nos dijo: “El vino es tuyo, que la herida agave”. Por eso, además de café, habrá cocuy de Lara, que es la mejor bebida de estas tierras sedientas.

lunes, noviembre 09, 2009

Bello en tres tiempos


1. Antes del desayuno el joven poeta tomó la pluma para escribir los versos pendientes del poema de anoche. Quiso estampar en ellos su conciencia del paisaje y su amorosa visión de la heredad auténtica. Pronto habría de leerlos en la concurrida casa de Javier. Tal vez se los dedique al visitante alemán que tanto fervor había mostrado por Caracas. Tal vez. Lo cierto es que el poeta ya ha encontrado la forma para expresarse: la oda. Sus lecturas abundantes y fecundas, le permiten ahora ser diestro en clásicas composiciones. Su Horacio y su Fray Luis están bien asimilados. También lo están sus tópicos. Pero ni Horacio ni Fray Luis lo han hecho mudar de afectos ni lo han desprovisto de sus lares.

Caraqueño para siempre, antes del desayuno, el joven poeta tomó la pluma para escribir los versos pendientes del poema de anoche: “Tú, verde y apacible/ ribera del Anauco,/ para mí más alegre/ que los bosques idalios”. Y siguió así, culto y sereno, tejiendo su pasión por las aguas cristalinas que atraviesan el hermoso valle del Avila. Mientras el café y el pan esperaban en la mesa, la poesía venezolana comenzaba con firmeza a abrirse paso.

2. Es el año 1820 y estamos en la tertulia londinense de Francisco Antonio Zea. A ella asiste hoy el guatemalteco Antonio José de Irisarri, representante, de algún modo, de toda América Latina, por su vocación continental. Esta vez habla en nombre de Chile. Le acaban de presentar a uno de los contertulios habituales, con el que inicia una reveladora charla. Mediante ella, Irisarri descubre uno de los secretos mejor guardados de Londres: la enorme sapiencia de un americano. Tal será la efusión que produce en él este personaje, que a los pocos días le enviará una carta a O’ Higgins con estas palabras entusiastas: “Hay aquí un sujeto de origen venezolano por el que he tomado particular interés y de quien me considero su amigo: le he conocido hace poco, y nuestras relaciones han sido frecuentes por haber ocupado ciertos destinos diplomáticos, en cuya materia es muy versado, como también en otras muchas. Estoy persuadido que de todos los americanos que en diferentes comisiones esos estados han enviado a estas cortes, es este individuo el más serio y comprensivo de sus deberes, a lo que une la belleza del carácter y la notable ilustración que le adorna”. Quizá Irisarri no supo que ese mismo año el caraqueño expresó en versos su infinita nostalgia por la Patria. Había llegado la ansiada primavera a Londres y todo el mundo renació de alegría, menos él, quien tomó la pluma para describir, con tanta maestría como aflicción, ese momento inolvidable: “No para mí, del arrugado invierno/ rompiendo el duro cetro, vuelve mayo/ la luz al cielo, a su verdor la tierra./ (…)/ Que a quien el patrio nido y los amores/ de su niñez dejó, todo es invierno”. Nueve años después y tras sucesivas muertes de seres entrañables, el caraqueño viajará a Chile.

3. El viejo poeta escribe lentamente. Lucha contra el sueño vespertino. El suculento charqui del almuerzo tal vez lo esté llevando a la modorra. Pero ahí va. Tiene que cumplir su cometido. Ha pedido un poco más de manjar de chirimoya para recuperar fuerzas. No sólo es un educador reconocido o el más admirable conocedor de nuestra lengua. Es también el legislador civil de sus patrias y todos esperamos por su prosa jurídica para iluminar con acierto nuestros tratos cotidianos. Siente ahora la miel en sus labios y, por fin, escribe: “Las abejas que huyen de la colmena y posan en árbol que no sea del dueño de ésta, vuelven a su libertad natural, y cualquiera puede apoderarse de ellas, y de los panales fabricados por ellas, con tal que no lo hagan sin permiso del dueño en tierras ajenas, cercadas o cultivadas, o contra la prohibición del mismo en las otras; pero al dueño de la colmena no podrá prohibirse que persiga a las abejas fugitivas en tierras que no estén cercadas ni cultivadas”.

Sonríe satisfecho. Ha redactado el artículo 620 del Código Civil chileno y se dispone ahora a entregar a la siesta su cuerpo complacido.

lunes, noviembre 02, 2009

Desayunando con Cantaclaro


Nos recordaba Rafael Arráiz Lucca en su excelente artículo del pasado domingo que este año se cumplieron tres aniversarios redondos de Rómulo Gallegos: 125 de su nacimiento, 40 de su muerte y 80 de Doña Bárbara. Para completar el cuadro habría que agregar una cuarta conmemoración galleguiana: el centenario de la revista La Alborada, que se cumplió en enero. Como se sabe, esa publicación dio nombre a un grupo literario que integraron Gallegos, Julio Planchart, Salustio González Rincones, Julio H. Rosales y Enrique Soublette. Este último, por cierto, hombre de fortuna, financió la revista. Ocho números, de enero a mayo, bastaron para que el grupo se convirtiera en referencia ineludible de la historia literaria de Venezuela. Y no era para menos, como lo evidencia la importancia indiscutible de dos de sus miembros: Gallegos y González Rincones.

Sin restarle méritos a Julio H. Rosales (autor de un cuento inolvidable) y al resto de sus compañeros, el autor de Doña Bárbara y el poeta darianamente “raro” de La yerba mala, representan hoy en día a los “alborados” de mayor estima. No siempre fue así, en virtud del tardío descubrimiento de Salustio, por parte de la crítica venezolana. Hubo que esperar hasta 1977 para que los venezolanos nos encontráramos con la sorpresa de un autor de comienzos del siglo XX adelantado a las vanguardias, a las máscaras autorales y al cruce de géneros, en pleno apogeo del modernismo y sus epígonos. Debemos a una antología preparada y prologada por Jesús Sanoja Hernández ese descubrimiento que maravilló al grupo poético Guaire que poco más tarde encabezaría, precisamente, Rafael Arráiz Lucca. Los compañeros de González Rincones jamás se imaginaron que el futuro le depararía a éste lecturas fervorosas y asombradas. Ahora sabemos nosotros que la recepción literaria tiene sus propias leyes y que como diría Guillermo Sucre los “poetas de su tiempo llegan a destiempo”.

Pero volvamos a Gallegos, a quien releo con enorme placer estos días. Vayamos con él al llano, nuevamente, porque allí nos espera un desayuno suculento que doña Nico preparó para agasajar a Rosángela. Estamos a media mañana en las páginas musicales de Cantaclaro, a punto de probar la sabrosura de unas arepas doraditas, recién levantadas del negro budare, que nos están haciendo la boca agua. Los afanes culinarios de doña Nico no tienen parangón en estas tierras y hoy exhiben mejores resultados. Con su voz ronca acaba de anunciarnos el inicio del condumio y todos nos acercamos a la mesa humeante. Ya hemos olvidado la inmancable tacita de café del amanecer y nos aprestamos para halagar copiosamente nuestro gusto. Pueblan la casa los olores de la carne macerada. El banquete incluye caraotas negras, “carne asada, gorda y sangrante, sin aliños que alteren su sabor (…), lomo de cerdo o de lapa adobado con orégano oloroso”, huevos fritos, suero picante, chireles en leche para la miga del pan, queso de mano y café “tinto y aromoso”. Cantaclaro es hoy una orgullosa fiesta llanera de olores y sabores, sustanciosos y sencillos. Lo es, porque todas las viandas fueron hechas con cariño y la mesa puesta con el don sagrado de la gratitud. Los lectores-comensales de esta obra milagrosa salimos felices de la casa.

Desde el llano adentro vengo/ tramoliando este cantar./ Galleguiano me han llamado./ ¿Quién se atreve a replicar? ¡Ah caramba, compañero!/ No lo puedo remediar,/ que acabe diciendo en versos/ lo que empecé a conversar.

lunes, octubre 26, 2009

Caminos de palma y sol

Leonardo Ruiz Tirado

"(...) parece que va soñando/ con la sabana en la sien"
Alberto Arvelo Torrealba
También los ríos son caminos. Son, precisamente, los “caminos que andan”, según el límpido decir de Alberto Arvelo Torrealba. Por éstos y por los otros, los de “palma y sol”, pasaron los héroes de nuestra independencia y un poco más tarde, los rebeldes de la Guerra Federal. Pasaron Bolívar y Zamora, quienes ahora forman parte de un imaginario llanero que se expresa bellamente en la música, en la poesía y en el relato oral de las leyendas, las de raíces mágicas y las de orígenes históricos, cuyas tramas se entrecruzan como las cantas y los rejos. Leyendo al autor de Glosas al Cancionero y oyendo la famosa canción de Eladio Tarife, llegué el sábado a Barinas, para compartir con Benito Yrady y el Centro de la Diversidad Cultural, una jornada en homenaje a los cultores del Llano. La lluvia nos acompañó casi toda la mañana y al ver las calles anegadas, recordé los versos donde el ya citado poeta dice que en Puerto Nutrias “a veces están las calles azules” y son como “una guitarra con bordones de agua dulce”.

En virtud de la lluvia, el teatro fue llenándose muy poco a poco y gracias a esa circunstancia pude conocer y hablar un buen rato con Eladio Tarife, llanero de Arismendi, hombre de palabra fácil y de buen humor, quien pocas horas después sentiría una vez más la emoción de oír a todo el público corear su ya indispensable Linda Barinas, nueva seña de identidad de sus paisanos y cálido elogio de la tierra y de sus tardes. También tuve la fortuna de ver al poeta Leonardo Ruiz Tirado, mi amigo de siempre, cuyo formidable libro Leer Llano me acompaña desde hace varios días. En sus páginas encontré el respaldo conceptual para la intervención que hice esa mañana. No se trata sólo de leer a Gallegos y a los Arvelo (a Alfredo, a Enriqueta y a Alberto) o a Humberto Febres, Jesús Enrique Guédez y Enrique Mujica, revisitados todos por Leonardo, sino, sobre todo, de leer el paisaje cultural del Llano y hacerlo, no como “folklore”, sino como materia poética, como mito o como humus de un país que hemos ido banalizando con estereotipos y que requiere con urgencia comprenderse a sí mismo de manera auténtica, abandonando las gríngolas de ciertos métodos académicos adoptados por los espacios hegemónicos del conocimiento para vedarnos buena parte de la realidad. El libro de Leonardo nos invita a ese esfuerzo. El lo dice de este modo: “…la lectura que se vino realizando de nuestro país, de nuestra literatura, de nuestras tradiciones orales, de nuestra espiritualidad, desde esos centros de dominación ideológica y desde hace ya siglos (acentuada y sistematizada con la ´modernización´ del estado venezolano a partir de los pactos políticos post-gomecistas), salvo algunas excepciones, ha sido desafortunadamente contaminada de parcialidades, ocultamientos y mistificaciones”.

La geografía de Venezuela debe ser mirada con otros ojos. Ver sus paisajes como si los estuviésemos contemplando por vez primera, no es imposible. Sé que nuestros poetas nos ayudarán en ese propósito. Uno de ellos, Eladio Tarife, me dijo ayer que si cultivamos el amor por los lugares, nos irá mucho mejor en esta vida. También pueden iluminarnos los cronistas y algunos universitarios como Pedro Cunill Grau, quien, por cierto, acaba de publicar un bello paseo por los paisajes llaneros de Rómulo Gallegos, que comentaremos pronto en este sitio. Hoy basta con Leonardo y su Leer llano, editado por El perro y la rana a finales del 2007. Sus páginas me auxiliaron hace unas horas a salir del trance de hablar de llaneridad ante llaneros. A ellas debo también una nueva y lúcida aproximación a la inmensa poesía de Enriqueta Arvelo Larriva, cuya voz de Barinitas es un regalo universal.

lunes, octubre 19, 2009

Para la historia regional de la infamia

Mario Briceño Iragorry

Esta pequeña historia puede leerse toda en el decreto de un gobernador. Allí están condensadas sin mayores alardes la imponderable calidad de una bajeza y la ignorancia de los embaucados en ella. El pseudo cronista y los funcionarios que lo secundaron parecen cortados por la misma medida ética y educados por una idéntica pedagogía del odio. La única diferencia entre ellos tal vez resida en un mayor o menor grado de inepcia para la actividad pública o en un grado mayor o menor para el ejercicio del descaro. Amotinados, con el aplomo que otorga la incultura y la engañosa seguridad de los cargos que ostentan, los autores del decreto hurgaron previamente en el pasado y revivieron rencillas personales. Pasaron a ser lo que un personaje dijo de Pedro Páramo en la gran novela homónima: “un rencor vivo”. Dicho sea en todos los sentidos de esta frase: “son ahora rencores que se arrastran”.

El objeto de la vileza que los mueve es nada menos que la egregia memoria de un venezolano ilustre. Quieren derribarla. Ilusos, creen poseer la fuerza para ello. El procedimiento empleado es elemental y de uso inveterado por parte de los abyectos: la media verdad y la calumnia. Con ellas acuden a la vulgar y socorrida patraña de armar un expediente con retazos aislados de una vida, amputándole su grandeza y dignidad. Juzgan hechos y conductas fuera de su contexto, con el previsible resultado de la desfiguración histórica. Nada los detiene. Buscan vengar a un antepasado que se inventan o resarcirse por una afrenta que se imaginaron alguna vez, en virtud de sus atávicos complejos. Por un instante alcanzan el feliz espejismo de tapar el sol con un dedo y se dan por satisfechos cuando terminan de firmar el impresentable decreto. Amparados en la fugaz inmunidad de un cargo y en alguna triste convicción leguleya, hacen públicos sus dislates, a costa del Estado, por supuesto. Y celebran, sin percatarse del clamoroso ridículo que significa la “hazaña” de pretender mancillar un patrimonio moral de nuestro pueblo.

Lastimosamente, no es ficción lo ocurrido ni pasó hace mucho tiempo. La historia es reciente y cercana. El decreto es el número 277 y para evitar cualquier verosímil desplazamiento de nombres que a esta altura podría estar generándose en algún lector, aclaro de una vez que me estoy refiriendo al decreto del gobernador del Estado Trujillo fechado el 30 de julio del presente año, mediante el cual se declaró paladinamente a Mario Briceño Iragorry traidor a la patria y se le arrebató su nombre a la Biblioteca Pública Central de su estado. Cometo la impudicia de transcribir uno de sus párrafos antológicos:

“Considerando
Que Mario Briceño Iragorry regaló el 19 de Diciembre de 1927, en un acto de lisonja al Dictador Juan Vicente Gómez, la mesa donde El Libertador firmó la Proclama de Guerra a Muerte, como lo denuncia el francés Francis Benet en su Obra Guía General de Venezuela, publicada en 1929. Hecho que puede considerarse como traición a la Patria por atentar contra el Patrimonio Histórico”.


Sin duda, los valores que encarna el nombre de Mario Briceño Iragorry no pueden ser borrados por nadie, menos aún por el infeliz decreto de alguien ignorante o mal asesorado. Pero el hecho es escandalosamente sintomático y revela la inmensa necesidad de comenzar a aplicar la novísima Ley Orgánica de Educación para la formación, no sólo de mejores ciudadanos, sino también de mejores dirigentes. En este espacio, donde hemos citado muchas veces a Don Mario, a propósito del tema de la soberanía alimentaria, no podíamos guardar silencio ante ese desafuero.

lunes, octubre 12, 2009

Majan sal de salmorejos





No menos clara que Bagdad o que el Cairo, según Borges, es esta ciudad de los omeyas en la que siempre se escucha el laborioso rumor de una fuente. Ayer sentí que esa música incesante es capaz de aliviarnos del calor de este otoño cordobés y de enviarnos, además, algunas señales enigmáticas. Caminaba por la judería y la escuché. Quise saber de dónde manaba esa agua balsámica y fui llegándole de oídas hasta ubicarla a mi izquierda, en una calle estrechísima. A pocos pasos estaba la fuente, cristalina y generosa. Me acerqué a ella y percibí por un instante la inmensa soledad de ese espacio. Miré a mi alrededor y vi paredes blancas, puertas cerradas y ventanas entreabiertas. Atisbé patios frescos y aromosos y de pronto me sentí embestido por la belleza.

“No hay otra en este mundo”, escribió alguna vez Pablo García-Baena, al referirse a la belleza de Córdoba. Lo recordé al percatarme del inusual momento que acababa de vivir. Recordé asimismo que la noche anterior había pasado cerca de su casa y que en la habitación del hotel leí esta mañana sus serenos poemas de Junio. Sitiado por la blancura, en una mínima plaza de la judería, íngrimo, supe que compartía con los habitantes invisibles de ese lugar, la salmodia eterna del agua y la sombra vespertina de todas las culturas cordobesas. También vinieron a mi memoria los radiantes versículos que Alvaro Mutis dedicó a su paso por Córdoba, para darnos la noticia de que fue allí, en una calle cualquiera, llena de turistas, donde tuvo la imposible y ebria certeza de estar, por fin, en España. Me dije, entonces, que algo misterioso tiene esta ciudad cuando uno se deja llevar por alguna de sus voces secretas. Y sentí piedad por los turistas, que en enormes cantidades pisan las calles romanas, se toman fotos con las fachadas mozárabes al fondo y se arrodillan a veces en las intromisiones cristianas de la Mezquita, para salir, banales y vacíos, a agregar galones audiovisuales a su oficio.

Volví al hotel y busqué de nuevo el libro de García-Baena, como quien busca a alguien para contarle sus dichas. Miré en el índice y de una vez me fui hasta el poema Córdoba y repetí en alta voz sus versos plenos y finísimos: “No había más belleza en este mundo./ Por las calles de cal, cuando furtiva/ ajena sombra iba enamorada,/ incansable de sol a sol,/ tejiendo el embeleso luna a luna,/ telones de murallas, celosías/ de altas clausuras,/ palmas de sombras sobre tapias blancas,/ era ya sólo amor el escenario,/ la letanía armoniosa de los nombres”. Ahí estaba todo: la ciudad y sus fantasmas, la historia y sus sobrevivientes, las calles y sus visitantes y yo mismo, sacado del despiste por el rumor del agua y favorecido por un azar concurrente que me hizo perenne morador de una plaza exclusiva. Sin duda, era para celebrarlo con otro poema del gran Rafael de San Pedro y San Pablo García-Baena. Leí entonces La cocina de los ángeles y al toparme con el octosílabo “majan sal de salmorejos”, la suerte estaba echada. Me fui hasta “El Caballo Rojo”, en la Cardenal Herrero, y cumplí con un ritual que Cuchi me había pedido que cumpliera, en honor de una amiga cordobesa: comer salmorejo en ese sitio. Lo hice y me supo a gloria. Nada que ver con uno que había probado el día anterior. El legendario plato campesino de Córdoba me permitió rubricar con alegría una jornada espléndida.
Fino y salmorejo se dieron anoche la mano para sugerirme esta euforia literaria, que dedico a Isabel de Pérez, la amiga cordobesa que cocina como los ángeles.

lunes, octubre 05, 2009

¿Qué comía El Brujeador?

Rómulo Gallegos
No hay manera de eludir su ominosa presencia. Los lectores sabemos que está ahí, aunque los otros personajes no lo estén viendo. Se esconde o se hace el dormido, pero está. Acecha siempre. Infunde terrores antiguos y emociones funestas. Intruso, viaja en el bongo para mostrar de modo oblicuo sus peligrosas credenciales. En muy pocas líneas sabremos todo sobre él. Más que torva, su imagen es indeleble. No podemos borrarla. Gravita en nosotros cuando estamos íngrimos y nos acompaña llano adentro, Cunaviche adentro, Gallegos adentro, Doña Bárbara adentro. Es uno de los grandes malos de la literatura venezolana de todos los tiempos. El autor no tuvo desperdicio alguno cuando trazó su silueta, le puso nombre y presentó su carácter. Lo llamó Melquíades Gamarra y lo introdujo en aquel legendario bongo que remontó el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha. Lo mentaban “El Brujeador”. No sólo asesinaba por el sueldo y otros beneficios. Lo hacía con un gusto insobornable. Con ese mismo gusto debió comer sus raciones de viajero. Por eso viene hoy a este espacio.

Melquíades Gamarra, el tenebroso, fue el primer personaje que almorzó en Doña Bárbara. Sacó el alimento de su “porsiacaso” y nos dejó un enigma más de su figura. ¿Qué comió esa tarde el demonio en persona? Gallegos no lo dice, aunque en una versión original haya suministrado algún dato que ahora no nos sirve de mucho. Lo bueno de esa ausencia de información es que podemos especular e inventarnos un menú de la malicia. Así, podríamos hablar de alguna pócima preparada por la Doña para mantenerlo alerta y hacerlo más impío. También podríamos buscar en alguno de sus ancestros lejanos una costumbre amazónica e imaginarlo ingiriendo mañoco y yucuta, pero eso sería fabular en exceso. Limitémonos a las señas del tiempo y el espacio y a la frugalidad propia de los protervos. Recordemos que no suelen ser gordos ni glotones los taimados. No olvidemos tampoco que estaba en el llano y que ya el régimen alimentario de la zona tenía unos componentes conocidos. Volvamos a la realidad y propongamos una ingesta verosímil: también “El Brujeador” era mortal y en su “porsiacaso” llevaba casabe y queso, como todo el mundo. Puesto a considerarlo mejor pagado por su jefa, de quien era un obsecuente estimadísimo, agrego que su bastimento incluía algo más: aparte de casabe y queso, contenía carne seca y papelón. Seguro que llevaba papelón. Acompañante y postre a la vez, esa delicia no podía faltar en un profesional de la llanura, aunque éste, como era el caso, tuviese sólo aviesas intenciones.

Dejemos a Melquíades Gamarra en su almuerzo de viajero fluvial y sigamos leyendo la novela. Ya tendremos ocasión de toparnos con él en otras páginas (aunque en todas parece que pudiera salirnos ese infame). Encontraremos olores y sabores del llano y más miedos, pero también alegrías. Volvamos, pues, a Doña Bárbara y a todo Rómulo Gallegos, con la mirada que tenemos hoy, sin pensar tanto en códigos literarios o en ideologías y, sobre todo, sin los prejuicios de quienes, por adeco, lo creyeron superado o anacrónico. Siento que sus libros pueden ayudarnos a comprender la patria y a dejarnos tentar por sus paisajes prodigiosos. ¿No es eso suficiente?

lunes, septiembre 28, 2009

Sin maíz no hay país


Sin maíz no hay arepas ni tortillas. Sin maíz no hay cachapas ni polentas. Sin maíz no hay chicha ni atol. Sin maíz no hay hallacas ni hallaquitas. Sin maíz no hay bollos ni bollos pelones. Sin maíz no hay manduca ni cotufas. Sin maíz no hay tamales ni pupusas. Sin maíz no hay gorditas ni pozoles. Sin maíz no hay masa ni mazamorra. Sin maíz no hay cuerpo ni alma americanos. Sin maíz no hay historia ni literatura. Sin maíz no hay silva a la agricultura de la zona tórrida ni cantos de pilón. Sin maíz no hay alegría de la tierra ni fiesta de las turas. Sin maíz no hay agua ni pájaros. Sin maíz no hay danza ni poesía. Sin maíz no hay cielo ni tierra. Sin maíz no hay raíces ni memoria. En realidad, sin país no hay pan ni vida para nosotros.

El 29 de septiembre, en la UNEY, uniremos nuestra voz a la hermosa campaña que iniciaron los campesinos de México para defender su alimento milenario, ante la agresión de un sistema económico capaz de llevarse todo por delante. Transcribo algunas de las medidas que las organizaciones campesinas mexicanas han propuesto para su país y que pueden estimular acciones similares en países como Venezuela (donde ya adelantamos algunas), para alcanzar la difícil soberanía alimentaria de estas tierras:

“1. Sacar al maíz y al frijol de los acuerdos o tratados de libre comercio (esto en Venezuela, por fortuna, no aplica). Instalar un mecanismo permanente de administración de las importaciones y exportaciones de maíz y frijol (y sus derivados y subproductos) por parte del Estado.
2. Prohibir la siembra de maíz transgénico. Protección y mejoramiento del patrimonio genético de los maíces autóctonos e incentivo a la producción de maíces nativos y orgánicos.
3. Aprobar el Derecho Constitucional a la Alimentación y la Ley de Planeación para la Soberanía y Seguridad Agroalimentaria y Nutricional.
4. Luchar contra los monopolios del sector agroalimentario: Evitar el acaparamiento y la especulación así como la publicidad engañosa de alimentos "chatarra".
5. Promover que el maíz mexicano y las expresiones culturales que involucra se inscriban tan pronto como sea posible en la Lista de Patrimonio Oral e intangible de la Humanidad, por la UNESCO.
6. Control de precios de la canasta alimentaria básica, garantizar el abasto y crear una reserva estratégica de alimentos. Promover el consumo de alimentos campesinos, y el comercio justo.
7. Reconocer los derechos de los Pueblos originarios y proteger los territorios campesinos y sus recursos naturales estratégicos.
8. Proteger y promover a los pequeños productores.
9. Impulsar la conservación de los bosques y selvas mediante el manejo sustentable de los recursos naturales a través de la organización y gestión comunitaria.
10. Garantizar el principio de equidad de género en las políticas rurales, así como el reconocimiento pleno de los derechos humanos, ciudadanos y laborales de los jornaleros agrícolas y los trabajadores migrantes”.

Todos los hombres de maíz hoy decimos esta frase:
Sin maíz no hay país.

lunes, septiembre 21, 2009

El maíz como raíz



Recuerdo la vieja pregunta ante la cerbatana y se la hago de nuevo, ahora que la veo en el balcón. Entiendo que me está respondiendo con su largo silencio. Creo saber así que los pericos volvieron a darse el gusto de siempre (1). No obstante, ahí sigue el maíz. Contra viento y marea, continúa siendo pródigo. Da para todos. Señor de la espigada tribu, hincha de nuevo su grano, en estos tiempos hostiles, donde no basta con cantarle, como famosamente hizo Andrés Bello en su silva. Hay que defenderlo porque contra él testifican los torvos inspectores del mercado y los “buenos ecologistas” del etanol. Por ese motivo (entre otros), el próximo 29 de septiembre, celebraremos en América Latina su día. Los mexicanos dirán “sin maíz, no hay país”. Y nosotros lo saludaremos de nuevo como raíz de nuestra cultura, como el alimento sagrado que une y alimenta a los americanos, provenientes todos de su vasto y variado linaje.

No voy a repetir lo que todos sabemos, aunque de tanto saberlo, algunos lo olvidan: que somos de maíz… Prefiero comentarles un bello libro de entretenimientos elaborado por las mexicanas Obdulia Ibarra y Teresa Blanco, publicado por Conaculta, con motivo de la exposición Sin maíz no hay país, que en el año 2003 fue montada en el Museo Nacional de Culturas Populares, en Coyoacán. El libro reproduce, precisamente, algunos textos de esa exposición y nos pasea por ella con un ingenio lúdico admirable. Pienso en un viejo proyecto nuestro de un Museo de la Alimentación y encuentro que en la experiencia mexicana podríamos encontrar, además de un buen estímulo, un modelo aleccionador. Pero vayamos al divertido libro que hace el milagro de contar en breves líneas las maravillas de nuestro mítico cereal. Aparte de crucigramas con recetas, sopa de lenguas, laberintos, mapas, murales y refranes, encontramos en él una información valiosísima acerca de la diversidad del maíz, obtenida por la antigua sabiduría tecnológica de los mexicas, duchos en la experimentación genética, mucho antes de que nuestras universidades y laboratorios redescubrieran el agua tibia. Sabemos por eso que hay maíz pepitilla, maíz bolita, maíz cacahuacintle, maíz cónico norteño, maíz palomero toluqueño, maíz conejo, maíz chapalote, maíz jala, maíz dulce, maíz nal-tel, maíz corniteco, maíz blando de Sonora, maíz reventador, maíz serrano de Jalisco, maíz tuxpeño, maíz zamorano, maíz elotillo. Sabemos, además, que podemos hacer numerosos platos que tienen su lugar de origen y sus precisas (y preciosas) señas de identidad. Así, podemos degustar las delicias de los tamales oaxaqueños, los papadzules, los menudos de la frontera, los menjengues, los zacahuiles, las sopas de chipilín, las gorditas de tierras negras, los chileatoles, las gallinas pintas, los pozoles colimenses, los panes de maíz, los pozoles jaliscienses, los tatishitles, los huchepos y los tlaxcales, partiendo de la Baja California y llegando a Yucatán, pasando por Colima, Chiapas, Chihuahua, Estado de México, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca y Querétaro. ¿A qué lugar corresponden los platos de la melodiosa enumeración anterior? La respuesta está en el libro, por supuesto. En él se nos invita también a incursionar gozosamente en la geografía gastronómica de un país que no podemos explicar sin la presencia poderosa del espléndido alimento. No faltan tampoco en sus páginas reflexiones acerca de las amenazas que se ciernen sobre nuestro patrimonio cultural. Olvidaba decirles el título del libro… Se llama Sin maíz no hay juego.

El corazón de Venezuela también es de maíz. Por eso, el próximo 29, nosotros, inveterados comedores de arepas, celebraremos el día con manducas, cachapas, mazamorra, hallacas, hallaquitas, empanadas y bollos pelones. Y beberemos chicha, para rematar una jornada donde a más de uno sorprenderemos con las manos en la masa.
(1): La primera referencia es a la pregunta que se le suele hacer a la cerbatana: "¿Cómo está el maíz?". La otra es al refrán: "El primer maíz es de los pericos".