domingo, julio 02, 2017

La fábula de Venecia y un gourmet inglés



A.J.A. Symons

Domingo de viento y de lluvia. Llegaron juntos, a eso de las cuatro. Recordé a Guillevic, pero no por el viento, sino por una silla que tropecé cuando iba a la cocina, sin encender la luz. “Tiene su mundo propio/ y le basta”, repetí. Entré a la cocina y mientras esperaba que el café estuviera listo, oí la copiosa charla del viento y de la lluvia. Arrecia en este instante.
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En la mesa dialogan otros dos sobre un tercero. El primero, Mario Praz, glosa al segundo en un episodio formidable del Barón Corvo:

Su elección como miembro de la Reale Società Canottieri Bucintoro habría ocurrido después de un curioso incidente debido a su pasión por la natación y por el arte de remar a la veneciana. Un día, al dar una vuelta demasiado brusca en el Canal Grande, cayó al agua con la pipa en la boca. Nadando enérgicamente bajo el agua emergió donde nadie lo esperaba, lejos de su lancha, con aire siempre solemne y con la pipa en la boca. Al subir, vacio con flema el tabaco mojado de la pipa, la llenó con el de su bolsita de goma, hizo que le dieran fuego, y diciendo tan sólo: Adelante, volvió a remar. Esta extravagancia de inglés flemático de comedia no sería la única. Desde 1908 hasta 1913 la figura de este loco inglés de cincuenta años con aire de siniestro eclesiástico –cabellos grises muy cortos, ojos miopes detrás de un par de gruesos lentes, nariz puntiaguda, mentón agresivo, labios sutiles- fue, parece, la fábula de Venecia”.

En una nota al pie de página, Mario Praz da cuenta de la amplia bibliografía sobre Corvo que siguió al libro de A. J. A. Symons, su primer biógrafo e interlocutor de Praz esta mañana. No sé si, como el biografiado, que pertenecía más al mundo de los ángeles caídos que al de los hombres (Praz dixit), Symons pasó a ser uno de los personajes que interesara al erudito romano, pero lo cierto es que por la semblanza que de él hizo Julian, su hermano menor, resulta inevitable suponer que sí:

En otro lugar he escrito ampliamente sobre el autor de En busca del barón Corvo (…). Sin embargo, para quienes no sepan nada de A. J. A. Symons salvo lo que lean en este libro, diré que escribió En busca del barón Corvo a los treinta y tres años y que falleció cuando tenía cuarenta y uno; que fue un dandy, un gourmet, un bibliófilo y uno de los fundadores de la Wine and Food Society, así como del First Edition Club; que era un gran coleccionista de objetos victorianos (este paréntesis es mío, FCC, y lo hago sólo para remarcar una parcial afinidad con Praz); que se pasó la vida caminando sobre una cuerda floja en cuestiones de dinero, cuerda que hasta el final inexplicablemente soportó su peso (…). Abandonaba sus proyectos seducido por los placeres del vino y de la mesa, de los libros y las cajitas de música, así como por el placer aún mayor que representaba el convertirse en un experto en todas estas cosas. Teóricamente, dichos placeres eran simples elementos accesorios en su búsqueda de fama y posesión, pero rápidamente se convirtieron en metas por derecho propio que le brindaban la satisfacción de descubrir una nueva cajita musical o un vino de una cosecha que desconocía…”

Estas palabras de Julian Symons nos dan la pista para encontrar en el libro de su hermano mayor (En busca del barón Corvo) no sólo la biografía de Frederick Rolfe, sino también la autobiografía entrelíneas de A. J. A. Symons, quien por saber mucho más sobre el barón, se llegaba hasta Abercorn Place para visitar a Christopher Millard, el excéntrico que le descubrió a Rolfe, mientras le servía una copita de un Valdepeñas razonable, comprada a bajo precio en la bodega de un importador amigo. Y aunque la pobreza no ayudara mucho –todo hay que decirlo- el vino acompañaba siempre una porción de algún Stilton muy selecto.
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Domingo sin sol y sin vueltas al parque. Claro, todavía no escampa.

lunes, abril 17, 2017

Gastronómicamente hablando, el exiliado...





Joseph Brodsky

El escritor, en el exilio, mira una fotografía y recuerda que vivió en una ciudad “teñida del color del vodka helado”, y que su ropa resultaba molesta “y traicionaba la proximidad del Ártico”. El escritor se fija en las cacerolas esmaltadas que en la cocina le infundían confianza en el futuro, y le da las gracias a la compañía Kodak, por las copias en las que “las aves del Paraíso cantan a pesar de que las ramas no se muevan”.
El escritor entra al arquetipo del viajero y siente que encaja en el de Ulises cuando come. Así, se dirige a los “otros” y les dice:

Aunque nunca he dominado vuestro
idioma, libre de pronombres y gerundios,
he aprendido a comer caballa envuelta en hojas de palmeras
y a preferir patas crudas de tortuga,
con su sabor a lentitud. Gastronómicamente hablando,
debo admitir que estos años,
desde que vine a encallar aquí, han sido un viaje sin paradas,
y al final no sé dónde estoy.
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Al nómada lo acompañan las imágenes de su lugar primero, que, en su caso (él es Brodsky, ya se sabe) se llamaba todavía Leningrado. Refiere, entonces, bellamente, una que lo hizo más que dichoso:

Y luego fue también el Citroën 2CV que vi una vez aparcado en una calle vacía de mi ciudad natal, junto al pórtico con cariátides del Ermitage. Semejaba una mariposa ligera pero resistente, con sus alas plegadas de hierro acumulado, como los hangares de los aeródromos de la Segunda Guerra Mundial o las camionetas policiales de la actualidad.

Me quedé observándolo con atención, al margen de cualquier interés personal. Sólo tenía veinte años, y ni conducía ni aspiraba a conducir…

Allí estaba, ligero e indefenso, carente por completo de la amenaza asociada a menudo a los automóviles. Parecía más fácil que uno pudiera hacerlo daño, que lo contrario. Nunca he visto un objeto de metal tan poco enfático como aquél. Resultaba más humano que algunos de los transeúntes y, en su imponente simplicidad, se asemejaba a las latas de carne de la Segunda Guerra Mundial que yo aún conservaba sobre el alféizar. No encerraba secreto alguno. Yo sólo quería meterme en él, ponerlo en marcha (no porque quisiera emigrar sino porque meterse en él debía de ser como ponerse una chaqueta, o, mejor dicho, una gabardina) e ir a dar una vuelta. Con los salientes laterales de sus ventanillas, parecía el rostro de un miope con gafas que llevara alzado el cuello de la camisa. Si mi recuerdo no me engaña, lo que sentí allí, mirando fijamente aquel coche, fue felicidad.
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El exiliado, que, gastronómicamente hablando, puede estar en todas partes (incluido su lugar de origen), hoy se desayuna con huevos y escribe, como corresponde “Ab ovo” (“Alighieri pensaba que era la comida más sana”), mientras trata de entender qué decían aquellas hermosas ramas de su juventud.

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(Los poemas a los que pertenecen los versos citados son: Infinitivo y Ab ovo, respectivamente. Ambos del libro Etcétera. El texto en prosa corresponde al ensayo Botín de guerra, del libro Del dolor y la razón)

Tajín de cordero





 
Una rápida hojeada a Las voces de Marrakech de Canetti, y entro a la cocina, preparado. Me recibe el aroma del cordero y por un instante me imagino en Tánger. A Cuchi se le ocurrió hacer tajín para usar el “ras al hanout” que nos trajo Fabricio en diciembre, con cuscús incluido en el regalo. No se diga nada del recipiente, tajín también, como su contenido. Sólo la gratitud que precede y sigue a este antiguo disfrute.