lunes, abril 21, 2014

El caldo de la añoranza


 
Era cocinera, pero entre sus especialidades no estaba el arroz con camarones. Hablo de Lázara Davis, una mulata de Puerto Rico que vivía en Ginebra y cuyo marido la comprometió -sin decírselo- a prepararle ese plato a un invitado ilustre. 

La historia está contada en el primero de los Doce cuentos peregrinos, un libro que es un verdadero deleite para quienes, por perversión profesional o por puro gusto, también buscamos complicidades gastronómicas en la literatura.  

Sin haber revisado todavía las numerosas páginas en las que García Márquez habla de comida, hoy la memoria me trajo ese cuento (Buen viaje, señor presidente). Me lo trajo, no sólo por la comida. También por la inolvidable ciudad de Ginebra, a la que borgeanamente adoro, con sus jardines y su tranvía…

Puesto a recordar, busqué en las memorias de García Márquez estas líneas que bien podrían servirme para seguir hablando de la cocina como enorme lugar de soberanía y resistencia: 

En el comisariato de la compañía bananera se vendían a precios de ocasión las manzanas de California envueltas en papel de seda, los pargos petrificados en hielo, los jamones de Galicia, las aceitunas griegas. Sin embargo, nada se comía en casa que no estuviera sazonado en el caldo de las añoranzas: la malanga para la sopa tenía que ser de Riohacha, el maíz para las arepas del desayuno debía ser de Fonseca, los chivos eran criados con la sal de La Guajira y las tortugas y las langostas las llevaban vivas de Dibuya”.

sábado, abril 19, 2014

De la ingravidez y el chocolate



Laura Betti levitando en Teorema, de Pasolini


Caracas, 1968. Cuando le comenté el pasaje del chocolate, lo primero que Toto me dijo fue que él también conocía una fórmula para levitar.  Lo halagué, preguntándole:

-¿Tan buena como su “Delmara”, que cura las enfermedades de piel?

-Mejor, me dijo.

Guardó silencio. Por un momento pensé que buscaba en su memoria los componentes de la pócima, hasta que, como retornando de un viaje, comentó:

-Acabo de ver a mi mamá… Pero anda, busca el párrafo del chocolate.

Abrí el libro y leí:

-Un momento –dijo. Ahora vamos a presenciar una prueba irrefutable del infinito poder de Dios.

El muchacho que había ayudado a misa le llevó una taza de chocolate espeso y humeante que él se tomó sin respirar. Luego se limpió los labios con un pañuelo que sacó de la manga, extendió los brazos y cerró los ojos. Entonces el padre Nicanor se elevó doce centímetros sobre el nivel del suelo”.

Toto de Lima le dispensó a García Márquez una sonrisa cómplice. Ese fue todo su comentario. De inmediato me llevó al laboratorio y puso en mis manos un pequeño frasco, diciéndome:

-Aquí están tus doce centímetros de soledad. Pero cuidado, no vayas a usarlos todavía. Ten paciencia.  

Cosas de Toto, me dije en silencio. Al retirarme vi, como siempre, el gran retrato de doña Clotilde Lara, madre de los De Lima.
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San Felipe, 2011. Una tarde, preparando con Vladimir Delgado la programación del cine-club “En construcción”, le pedí que buscara a Pasolini. Le encomendé especialmente Teorema. A los pocos minutos yo tenía en mis manos una copia de la película, que, con otras, me llevé para verlas esa noche. Me entretuve primero con  Uccellacci e uccellini y recordé a Mariano cantando los créditos iniciales de la película el día que la vimos en Caracas, en el año 71. Cuando salimos del Cine Prensa, Marianito no dejaba de decir: “…dirigendo rischiò la reputazione Pier Paolo Pasolini” y yo le respondía: “Uccellacci e uccellini”.

Cuando llegué a “Teorema” ya tenía mucho sueño, pero persistí, casi en vano. Sólo me despabilé al ver a Laura Betti bebiéndose el menjurje de pringamosa que le ofrecieron los niños, y esperé la escena que deseaba: la de la levitación. Ahí estaba Laura, muy por encima del techo de la casa, mientras las campanas celebraban el milagro.
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Diez años antes del reencuentro con esa escena, sin buscarlo, apareció en una cesta de libros el frasquito que mi maestro Toto de Lima me dio aquella tarde remota. Le referí la historia a Eduardo Gil, quien por entonces guiaba el teatro de la universidad sanfelipeña. Ambos convenimos en que valdría la pena hacer la prueba. Se lo comentamos a Elsy Loyo, nuestra primera actriz y directora, porque nos parecía la persona con los atributos indicados para el experimento. Ella convino, y optó por el chocolate. Le pedimos a Cuchi que lo preparara con soconusco. No sabemos si le agregó alguna yerba o alguna gota del bebedizo de Toto. Lo cierto es que Elsy no nos defraudó. En un ensayo privado la vimos elevarse poco más de diez centímetros. Nos asustamos, desde luego, y no lo hicimos más. Los cuatro guardamos el secreto.
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Después de haber visto la escena de Laura Betti, sentí confianza en la fórmula de Toto. Puse unas gotas de “Levilima” (así se me ocurre que podría llamarse) en una taza de chocolate y bebí.

Alguna alteración produjo el tiempo en la pócima, porque, ni yo mismo me percaté de la levitación, que una sola persona -entre muchas-, para usarla en mi contra, afirma en San Felipe haberla visto. Pero, como dijo famosamente Billy Wilder, “esa es otra historia”.

Sigamos, por ahora, probando con el chocolate “espeso y humeante” del padre Nicanor, en la soledad de Macondo.  

martes, abril 15, 2014

El chocolate de los pasos contados

Raimundo Madrazo. Mujer (Aline Masson) bebiendo una taza de chocolate


De vez en cuando vuelvo a los cuatro tomos de una vieja autobiografía que es también una novela o una crónica inacabable que atraviesa dos siglos y dos continentes con la majestad de los recuerdos vivos. Sus páginas tienen el sabor y la gracia del tiempo que convocan, así como los personajes y las cosas de un mundo que ahora nos parece inverosímil.

Hoy volví a encontrarme con la tía Polonia, quien me recuerda un poco (sólo un poco) a la bellísima y misteriosa prima Águeda de Ramón López Velarde.

Polonia se aparece siempre por las tardes, envuelta en un mantón. Viene a merendar. Detrás de ella, inmancable, pasa una criada con una bandeja de plata “provista de dos huecos redondos para las tazas de porcelana y uno largo para los bizcochos”. Trae, además, dos jícaras de soconusco. Todo lo deja en un gabinete y baja por otra bandeja de la que brotarán las ensaimadas compradas en La Mallorquina, que comerán el autor (niño entonces) y sus primos.

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Estamos en la merienda y ya no hay excusa para no cederle la palabra a Corpus Barga, que así firmaba sus libros este señorito que era tío de Ramón Gómez de la Serna, y que ayudó a Antonio Machado a cruzar la frontera en el sombrío año 39, como dicen todas sus semblanzas:

Mi padre y la tía Polonia merendaban sola en el gabinete gris, delante de la chimenea francesa de leña, si era invierno, tan contentas de estar juntas y hablar de sus cosas como de saborear el chocolate. Había entre ellas esa relación tan rara de la vida, más rara que el amor: la amistad verdadera. Los primeros ojos que yo vi naufragando en lágrimas fueron los de mi madre porque se estaba muriendo la tía Polonia, y entonces fue cuando también por primera vi a la muerte…”

El párrafo anterior puede llevarme al tema de la “amicitia” y a alguna página de Séneca… Pero volvamos a la casa madrileña del escritor, que todavía queda soconusco en una de las jarras. 
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Las memorias de Corpus Barga (1887-1957) se titulan Los pasos contados Madrid, Alianza Editorial, 1979.

jueves, abril 10, 2014

La mesa de los Eliot



 T. S. Eliot y Valerie

Cuando Eliot se acercó a la frutería de enfrente y vio moras y fresas, enseguida supo cuál sería el postre: trifle. Se fijó, además, que había frambuesas, cerezas, zarzamoras y grosellas, todas lozanas y radiantes. Mientras hacía su escogencia, pensó en que Valerie iba a celebrar su decisión y le reveló al frutero que todo eso era para la cena que él y su esposa le estaban preparando a su amigo Groucho Marx. Lo dijo con orgullo. Se dirigió después a la sección de verduras y pidió espárragos.

Ya en casa, tras acariciar al gato, Eliot entró a la cocina para decirle a su esposa que lo del postre estaba resuelto, y le entregó complacido los hermosos frutos rojos. Valerie, de acuerdo a las reglas de la buena anfitriona, se ocupaba directamente de la comida. En ese momento rectificaba la sal de la “oxtail soup”. Como lo había previsto su marido, la idea del postre le pareció magnífica y de inmediato dio instrucciones a una de sus ayudantes para que buscara los bizcochos e hiciera la crema para el trifle. Miró los espárragos y los encontró perfectos. Los serviría asados, con mantequilla y pimienta. El menú, incluido el steak con papas, ya estaba completo.

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Como lo reveló Groucho en la divertida carta a su hermano Gummo, la cena fue una gratísima velada. En ella pusieron los Eliot el esmero que merece todo acto importante en sus vidas, y es evidente que ese lo era. Nada más revelador de un espíritu ilustrado que una buena comida hecha en casa, con un impecable vino servido por el anfitrión. Es fama que Eliot estimaba altamente el ritual de la comida y cultivaba el arte sereno de la mesa. El testimonio de Groucho que ayer trajimos a este blog lo confirma.

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Al salir, Julius Henry se despidió también de Gus y recordó que era el gato del teatro y para sorpresa de todos, incluida Eden, recitó las primeras estrofas de un poema de su amigo:

Gus is the Cat at the Theatre Door.

His name, as I ought to have told you before,

Is really Asparagus. That´s such a fuss

To pronounce, that we usually call him just Gus”.

Después agregó: “Por poemas como ese, yo creo que Tom siempre ha sido marxista de mi tendencia Groucho”.

Se escuchaba todavía una sonata de Bartok. El taxista de la International Car Hire esperaba paciente.

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Eso sucedió la noche del 6 de junio de 1964 en el Nro. 3 de Kensington Court Gardens, en Londres. Y si así no sucedió todo, es porque –hay que decirlo- me habré inventado alguna parte, con la asesoría de Cuchi. Como dijo una vez Groucho para justificar algunas travesuras: “¿Y la diversión?"