lunes, noviembre 09, 2009

 

Bello en tres tiempos


1. Antes del desayuno el joven poeta tomó la pluma para escribir los versos pendientes del poema de anoche. Quiso estampar en ellos su conciencia del paisaje y su amorosa visión de la heredad auténtica. Pronto habría de leerlos en la concurrida casa de Javier. Tal vez se los dedique al visitante alemán que tanto fervor había mostrado por Caracas. Tal vez. Lo cierto es que el poeta ya ha encontrado la forma para expresarse: la oda. Sus lecturas abundantes y fecundas, le permiten ahora ser diestro en clásicas composiciones. Su Horacio y su Fray Luis están bien asimilados. También lo están sus tópicos. Pero ni Horacio ni Fray Luis lo han hecho mudar de afectos ni lo han desprovisto de sus lares.

Caraqueño para siempre, antes del desayuno, el joven poeta tomó la pluma para escribir los versos pendientes del poema de anoche: “Tú, verde y apacible/ ribera del Anauco,/ para mí más alegre/ que los bosques idalios”. Y siguió así, culto y sereno, tejiendo su pasión por las aguas cristalinas que atraviesan el hermoso valle del Avila. Mientras el café y el pan esperaban en la mesa, la poesía venezolana comenzaba con firmeza a abrirse paso.

2. Es el año 1820 y estamos en la tertulia londinense de Francisco Antonio Zea. A ella asiste hoy el guatemalteco Antonio José de Irisarri, representante, de algún modo, de toda América Latina, por su vocación continental. Esta vez habla en nombre de Chile. Le acaban de presentar a uno de los contertulios habituales, con el que inicia una reveladora charla. Mediante ella, Irisarri descubre uno de los secretos mejor guardados de Londres: la enorme sapiencia de un americano. Tal será la efusión que produce en él este personaje, que a los pocos días le enviará una carta a O’ Higgins con estas palabras entusiastas: “Hay aquí un sujeto de origen venezolano por el que he tomado particular interés y de quien me considero su amigo: le he conocido hace poco, y nuestras relaciones han sido frecuentes por haber ocupado ciertos destinos diplomáticos, en cuya materia es muy versado, como también en otras muchas. Estoy persuadido que de todos los americanos que en diferentes comisiones esos estados han enviado a estas cortes, es este individuo el más serio y comprensivo de sus deberes, a lo que une la belleza del carácter y la notable ilustración que le adorna”. Quizá Irisarri no supo que ese mismo año el caraqueño expresó en versos su infinita nostalgia por la Patria. Había llegado la ansiada primavera a Londres y todo el mundo renació de alegría, menos él, quien tomó la pluma para describir, con tanta maestría como aflicción, ese momento inolvidable: “No para mí, del arrugado invierno/ rompiendo el duro cetro, vuelve mayo/ la luz al cielo, a su verdor la tierra./ (…)/ Que a quien el patrio nido y los amores/ de su niñez dejó, todo es invierno”. Nueve años después y tras sucesivas muertes de seres entrañables, el caraqueño viajará a Chile.

3. El viejo poeta escribe lentamente. Lucha contra el sueño vespertino. El suculento charqui del almuerzo tal vez lo esté llevando a la modorra. Pero ahí va. Tiene que cumplir su cometido. Ha pedido un poco más de manjar de chirimoya para recuperar fuerzas. No sólo es un educador reconocido o el más admirable conocedor de nuestra lengua. Es también el legislador civil de sus patrias y todos esperamos por su prosa jurídica para iluminar con acierto nuestros tratos cotidianos. Siente ahora la miel en sus labios y, por fin, escribe: “Las abejas que huyen de la colmena y posan en árbol que no sea del dueño de ésta, vuelven a su libertad natural, y cualquiera puede apoderarse de ellas, y de los panales fabricados por ellas, con tal que no lo hagan sin permiso del dueño en tierras ajenas, cercadas o cultivadas, o contra la prohibición del mismo en las otras; pero al dueño de la colmena no podrá prohibirse que persiga a las abejas fugitivas en tierras que no estén cercadas ni cultivadas”.

Sonríe satisfecho. Ha redactado el artículo 620 del Código Civil chileno y se dispone ahora a entregar a la siesta su cuerpo complacido.

lunes, noviembre 02, 2009

 

Desayunando con Cantaclaro


Nos recordaba Rafael Arráiz Lucca en su excelente artículo del pasado domingo que este año se cumplieron tres aniversarios redondos de Rómulo Gallegos: 125 de su nacimiento, 40 de su muerte y 80 de Doña Bárbara. Para completar el cuadro habría que agregar una cuarta conmemoración galleguiana: el centenario de la revista La Alborada, que se cumplió en enero. Como se sabe, esa publicación dio nombre a un grupo literario que integraron Gallegos, Julio Planchart, Salustio González Rincones, Julio H. Rosales y Enrique Soublette. Este último, por cierto, hombre de fortuna, financió la revista. Ocho números, de enero a mayo, bastaron para que el grupo se convirtiera en referencia ineludible de la historia literaria de Venezuela. Y no era para menos, como lo evidencia la importancia indiscutible de dos de sus miembros: Gallegos y González Rincones.

Sin restarle méritos a Julio H. Rosales (autor de un cuento inolvidable) y al resto de sus compañeros, el autor de Doña Bárbara y el poeta darianamente “raro” de La yerba mala, representan hoy en día a los “alborados” de mayor estima. No siempre fue así, en virtud del tardío descubrimiento de Salustio, por parte de la crítica venezolana. Hubo que esperar hasta 1977 para que los venezolanos nos encontráramos con la sorpresa de un autor de comienzos del siglo XX adelantado a las vanguardias, a las máscaras autorales y al cruce de géneros, en pleno apogeo del modernismo y sus epígonos. Debemos a una antología preparada y prologada por Jesús Sanoja Hernández ese descubrimiento que maravilló al grupo poético Guaire que poco más tarde encabezaría, precisamente, Rafael Arráiz Lucca. Los compañeros de González Rincones jamás se imaginaron que el futuro le depararía a éste lecturas fervorosas y asombradas. Ahora sabemos nosotros que la recepción literaria tiene sus propias leyes y que como diría Guillermo Sucre los “poetas de su tiempo llegan a destiempo”.

Pero volvamos a Gallegos, a quien releo con enorme placer estos días. Vayamos con él al llano, nuevamente, porque allí nos espera un desayuno suculento que doña Nico preparó para agasajar a Rosángela. Estamos a media mañana en las páginas musicales de Cantaclaro, a punto de probar la sabrosura de unas arepas doraditas, recién levantadas del negro budare, que nos están haciendo la boca agua. Los afanes culinarios de doña Nico no tienen parangón en estas tierras y hoy exhiben mejores resultados. Con su voz ronca acaba de anunciarnos el inicio del condumio y todos nos acercamos a la mesa humeante. Ya hemos olvidado la inmancable tacita de café del amanecer y nos aprestamos para halagar copiosamente nuestro gusto. Pueblan la casa los olores de la carne macerada. El banquete incluye caraotas negras, “carne asada, gorda y sangrante, sin aliños que alteren su sabor (…), lomo de cerdo o de lapa adobado con orégano oloroso”, huevos fritos, suero picante, chireles en leche para la miga del pan, queso de mano y café “tinto y aromoso”. Cantaclaro es hoy una orgullosa fiesta llanera de olores y sabores, sustanciosos y sencillos. Lo es, porque todas las viandas fueron hechas con cariño y la mesa puesta con el don sagrado de la gratitud. Los lectores-comensales de esta obra milagrosa salimos felices de la casa.

Desde el llano adentro vengo/ tramoliando este cantar./ Galleguiano me han llamado./ ¿Quién se atreve a replicar? ¡Ah caramba, compañero!/ No lo puedo remediar,/ que acabe diciendo en versos/ lo que empecé a conversar.

lunes, octubre 26, 2009

 

Caminos de palma y sol

Leonardo Ruiz Tirado

"(...) parece que va soñando/ con la sabana en la sien"
Alberto Arvelo Torrealba
También los ríos son caminos. Son, precisamente, los “caminos que andan”, según el límpido decir de Alberto Arvelo Torrealba. Por éstos y por los otros, los de “palma y sol”, pasaron los héroes de nuestra independencia y un poco más tarde, los rebeldes de la Guerra Federal. Pasaron Bolívar y Zamora, quienes ahora forman parte de un imaginario llanero que se expresa bellamente en la música, en la poesía y en el relato oral de las leyendas, las de raíces mágicas y las de orígenes históricos, cuyas tramas se entrecruzan como las cantas y los rejos. Leyendo al autor de Glosas al Cancionero y oyendo la famosa canción de Eladio Tarife, llegué el sábado a Barinas, para compartir con Benito Yrady y el Centro de la Diversidad Cultural, una jornada en homenaje a los cultores del Llano. La lluvia nos acompañó casi toda la mañana y al ver las calles anegadas, recordé los versos donde el ya citado poeta dice que en Puerto Nutrias “a veces están las calles azules” y son como “una guitarra con bordones de agua dulce”.

En virtud de la lluvia, el teatro fue llenándose muy poco a poco y gracias a esa circunstancia pude conocer y hablar un buen rato con Eladio Tarife, llanero de Arismendi, hombre de palabra fácil y de buen humor, quien pocas horas después sentiría una vez más la emoción de oír a todo el público corear su ya indispensable Linda Barinas, nueva seña de identidad de sus paisanos y cálido elogio de la tierra y de sus tardes. También tuve la fortuna de ver al poeta Leonardo Ruiz Tirado, mi amigo de siempre, cuyo formidable libro Leer Llano me acompaña desde hace varios días. En sus páginas encontré el respaldo conceptual para la intervención que hice esa mañana. No se trata sólo de leer a Gallegos y a los Arvelo (a Alfredo, a Enriqueta y a Alberto) o a Humberto Febres, Jesús Enrique Guédez y Enrique Mujica, revisitados todos por Leonardo, sino, sobre todo, de leer el paisaje cultural del Llano y hacerlo, no como “folklore”, sino como materia poética, como mito o como humus de un país que hemos ido banalizando con estereotipos y que requiere con urgencia comprenderse a sí mismo de manera auténtica, abandonando las gríngolas de ciertos métodos académicos adoptados por los espacios hegemónicos del conocimiento para vedarnos buena parte de la realidad. El libro de Leonardo nos invita a ese esfuerzo. El lo dice de este modo: “…la lectura que se vino realizando de nuestro país, de nuestra literatura, de nuestras tradiciones orales, de nuestra espiritualidad, desde esos centros de dominación ideológica y desde hace ya siglos (acentuada y sistematizada con la ´modernización´ del estado venezolano a partir de los pactos políticos post-gomecistas), salvo algunas excepciones, ha sido desafortunadamente contaminada de parcialidades, ocultamientos y mistificaciones”.

La geografía de Venezuela debe ser mirada con otros ojos. Ver sus paisajes como si los estuviésemos contemplando por vez primera, no es imposible. Sé que nuestros poetas nos ayudarán en ese propósito. Uno de ellos, Eladio Tarife, me dijo ayer que si cultivamos el amor por los lugares, nos irá mucho mejor en esta vida. También pueden iluminarnos los cronistas y algunos universitarios como Pedro Cunill Grau, quien, por cierto, acaba de publicar un bello paseo por los paisajes llaneros de Rómulo Gallegos, que comentaremos pronto en este sitio. Hoy basta con Leonardo y su Leer llano, editado por El perro y la rana a finales del 2007. Sus páginas me auxiliaron hace unas horas a salir del trance de hablar de llaneridad ante llaneros. A ellas debo también una nueva y lúcida aproximación a la inmensa poesía de Enriqueta Arvelo Larriva, cuya voz de Barinitas es un regalo universal.
http://www.goear.com/listen/25cbfe8/linda-barinas---llaneras-eladio-tarife

lunes, octubre 19, 2009

 

Para la historia regional de la infamia

Mario Briceño Iragorry

Esta pequeña historia puede leerse toda en el decreto de un gobernador. Allí están condensadas sin mayores alardes la imponderable calidad de una bajeza y la ignorancia de los embaucados en ella. El pseudo cronista y los funcionarios que lo secundaron parecen cortados por la misma medida ética y educados por una idéntica pedagogía del odio. La única diferencia entre ellos tal vez resida en un mayor o menor grado de inepcia para la actividad pública o en un grado mayor o menor para el ejercicio del descaro. Amotinados, con el aplomo que otorga la incultura y la engañosa seguridad de los cargos que ostentan, los autores del decreto hurgaron previamente en el pasado y revivieron rencillas personales. Pasaron a ser lo que un personaje dijo de Pedro Páramo en la gran novela homónima: “un rencor vivo”. Dicho sea en todos los sentidos de esta frase: “son ahora rencores que se arrastran”.

El objeto de la vileza que los mueve es nada menos que la egregia memoria de un venezolano ilustre. Quieren derribarla. Ilusos, creen poseer la fuerza para ello. El procedimiento empleado es elemental y de uso inveterado por parte de los abyectos: la media verdad y la calumnia. Con ellas acuden a la vulgar y socorrida patraña de armar un expediente con retazos aislados de una vida, amputándole su grandeza y dignidad. Juzgan hechos y conductas fuera de su contexto, con el previsible resultado de la desfiguración histórica. Nada los detiene. Buscan vengar a un antepasado que se inventan o resarcirse por una afrenta que se imaginaron alguna vez, en virtud de sus atávicos complejos. Por un instante alcanzan el feliz espejismo de tapar el sol con un dedo y se dan por satisfechos cuando terminan de firmar el impresentable decreto. Amparados en la fugaz inmunidad de un cargo y en alguna triste convicción leguleya, hacen públicos sus dislates, a costa del Estado, por supuesto. Y celebran, sin percatarse del clamoroso ridículo que significa la “hazaña” de pretender mancillar un patrimonio moral de nuestro pueblo.

Lastimosamente, no es ficción lo ocurrido ni pasó hace mucho tiempo. La historia es reciente y cercana. El decreto es el número 277 y para evitar cualquier verosímil desplazamiento de nombres que a esta altura podría estar generándose en algún lector, aclaro de una vez que me estoy refiriendo al decreto del gobernador del Estado Trujillo fechado el 30 de julio del presente año, mediante el cual se declaró paladinamente a Mario Briceño Iragorry traidor a la patria y se le arrebató su nombre a la Biblioteca Pública Central de su estado. Cometo la impudicia de transcribir uno de sus párrafos antológicos:

“Considerando
Que Mario Briceño Iragorry regaló el 19 de Diciembre de 1927, en un acto de lisonja al Dictador Juan Vicente Gómez, la mesa donde El Libertador firmó la Proclama de Guerra a Muerte, como lo denuncia el francés Francis Benet en su Obra Guía General de Venezuela, publicada en 1929. Hecho que puede considerarse como traición a la Patria por atentar contra el Patrimonio Histórico”.


Sin duda, los valores que encarna el nombre de Mario Briceño Iragorry no pueden ser borrados por nadie, menos aún por el infeliz decreto de alguien ignorante o mal asesorado. Pero el hecho es escandalosamente sintomático y revela la inmensa necesidad de comenzar a aplicar la novísima Ley Orgánica de Educación para la formación, no sólo de mejores ciudadanos, sino también de mejores dirigentes. En este espacio, donde hemos citado muchas veces a Don Mario, a propósito del tema de la soberanía alimentaria, no podíamos guardar silencio ante ese desafuero.

lunes, octubre 12, 2009

 

Majan sal de salmorejos





No menos clara que Bagdad o que el Cairo, según Borges, es esta ciudad de los omeyas en la que siempre se escucha el laborioso rumor de una fuente. Ayer sentí que esa música incesante es capaz de aliviarnos del calor de este otoño cordobés y de enviarnos, además, algunas señales enigmáticas. Caminaba por la judería y la escuché. Quise saber de dónde manaba esa agua balsámica y fui llegándole de oídas hasta ubicarla a mi izquierda, en una calle estrechísima. A pocos pasos estaba la fuente, cristalina y generosa. Me acerqué a ella y percibí por un instante la inmensa soledad de ese espacio. Miré a mi alrededor y vi paredes blancas, puertas cerradas y ventanas entreabiertas. Atisbé patios frescos y aromosos y de pronto me sentí embestido por la belleza.

“No hay otra en este mundo”, escribió alguna vez Pablo García-Baena, al referirse a la belleza de Córdoba. Lo recordé al percatarme del inusual momento que acababa de vivir. Recordé asimismo que la noche anterior había pasado cerca de su casa y que en la habitación del hotel leí esta mañana sus serenos poemas de Junio. Sitiado por la blancura, en una mínima plaza de la judería, íngrimo, supe que compartía con los habitantes invisibles de ese lugar, la salmodia eterna del agua y la sombra vespertina de todas las culturas cordobesas. También vinieron a mi memoria los radiantes versículos que Alvaro Mutis dedicó a su paso por Córdoba, para darnos la noticia de que fue allí, en una calle cualquiera, llena de turistas, donde tuvo la imposible y ebria certeza de estar, por fin, en España. Me dije, entonces, que algo misterioso tiene esta ciudad cuando uno se deja llevar por alguna de sus voces secretas. Y sentí piedad por los turistas, que en enormes cantidades pisan las calles romanas, se toman fotos con las fachadas mozárabes al fondo y se arrodillan a veces en las intromisiones cristianas de la Mezquita, para salir, banales y vacíos, a agregar galones audiovisuales a su oficio.

Volví al hotel y busqué de nuevo el libro de García-Baena, como quien busca a alguien para contarle sus dichas. Miré en el índice y de una vez me fui hasta el poema Córdoba y repetí en alta voz sus versos plenos y finísimos: “No había más belleza en este mundo./ Por las calles de cal, cuando furtiva/ ajena sombra iba enamorada,/ incansable de sol a sol,/ tejiendo el embeleso luna a luna,/ telones de murallas, celosías/ de altas clausuras,/ palmas de sombras sobre tapias blancas,/ era ya sólo amor el escenario,/ la letanía armoniosa de los nombres”. Ahí estaba todo: la ciudad y sus fantasmas, la historia y sus sobrevivientes, las calles y sus visitantes y yo mismo, sacado del despiste por el rumor del agua y favorecido por un azar concurrente que me hizo perenne morador de una plaza exclusiva. Sin duda, era para celebrarlo con otro poema del gran Rafael de San Pedro y San Pablo García-Baena. Leí entonces La cocina de los ángeles y al toparme con el octosílabo “majan sal de salmorejos”, la suerte estaba echada. Me fui hasta “El Caballo Rojo”, en la Cardenal Herrero, y cumplí con un ritual que Cuchi me había pedido que cumpliera, en honor de una amiga cordobesa: comer salmorejo en ese sitio. Lo hice y me supo a gloria. Nada que ver con uno que había probado el día anterior. El legendario plato campesino de Córdoba me permitió rubricar con alegría una jornada espléndida.
Fino y salmorejo se dieron anoche la mano para sugerirme esta euforia literaria, que dedico a Isabel de Pérez, la amiga cordobesa que cocina como los ángeles.

lunes, octubre 05, 2009

 

¿Qué comía El Brujeador?

Rómulo Gallegos
No hay manera de eludir su ominosa presencia. Los lectores sabemos que está ahí, aunque los otros personajes no lo estén viendo. Se esconde o se hace el dormido, pero está. Acecha siempre. Infunde terrores antiguos y emociones funestas. Intruso, viaja en el bongo para mostrar de modo oblicuo sus peligrosas credenciales. En muy pocas líneas sabremos todo sobre él. Más que torva, su imagen es indeleble. No podemos borrarla. Gravita en nosotros cuando estamos íngrimos y nos acompaña llano adentro, Cunaviche adentro, Gallegos adentro, Doña Bárbara adentro. Es uno de los grandes malos de la literatura venezolana de todos los tiempos. El autor no tuvo desperdicio alguno cuando trazó su silueta, le puso nombre y presentó su carácter. Lo llamó Melquíades Gamarra y lo introdujo en aquel legendario bongo que remontó el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha. Lo mentaban “El Brujeador”. No sólo asesinaba por el sueldo y otros beneficios. Lo hacía con un gusto insobornable. Con ese mismo gusto debió comer sus raciones de viajero. Por eso viene hoy a este espacio.

Melquíades Gamarra, el tenebroso, fue el primer personaje que almorzó en Doña Bárbara. Sacó el alimento de su “porsiacaso” y nos dejó un enigma más de su figura. ¿Qué comió esa tarde el demonio en persona? Gallegos no lo dice, aunque en una versión original haya suministrado algún dato que ahora no nos sirve de mucho. Lo bueno de esa ausencia de información es que podemos especular e inventarnos un menú de la malicia. Así, podríamos hablar de alguna pócima preparada por la Doña para mantenerlo alerta y hacerlo más impío. También podríamos buscar en alguno de sus ancestros lejanos una costumbre amazónica e imaginarlo ingiriendo mañoco y yucuta, pero eso sería fabular en exceso. Limitémonos a las señas del tiempo y el espacio y a la frugalidad propia de los protervos. Recordemos que no suelen ser gordos ni glotones los taimados. No olvidemos tampoco que estaba en el llano y que ya el régimen alimentario de la zona tenía unos componentes conocidos. Volvamos a la realidad y propongamos una ingesta verosímil: también “El Brujeador” era mortal y en su “porsiacaso” llevaba casabe y queso, como todo el mundo. Puesto a considerarlo mejor pagado por su jefa, de quien era un obsecuente estimadísimo, agrego que su bastimento incluía algo más: aparte de casabe y queso, contenía carne seca y papelón. Seguro que llevaba papelón. Acompañante y postre a la vez, esa delicia no podía faltar en un profesional de la llanura, aunque éste, como era el caso, tuviese sólo aviesas intenciones.

Dejemos a Melquíades Gamarra en su almuerzo de viajero fluvial y sigamos leyendo la novela. Ya tendremos ocasión de toparnos con él en otras páginas (aunque en todas parece que pudiera salirnos ese infame). Encontraremos olores y sabores del llano y más miedos, pero también alegrías. Volvamos, pues, a Doña Bárbara y a todo Rómulo Gallegos, con la mirada que tenemos hoy, sin pensar tanto en códigos literarios o en ideologías y, sobre todo, sin los prejuicios de quienes, por adeco, lo creyeron superado o anacrónico. Siento que sus libros pueden ayudarnos a comprender la patria y a dejarnos tentar por sus paisajes prodigiosos. ¿No es eso suficiente?

lunes, septiembre 28, 2009

 

Sin maíz no hay país


Sin maíz no hay arepas ni tortillas. Sin maíz no hay cachapas ni polentas. Sin maíz no hay chicha ni atol. Sin maíz no hay hallacas ni hallaquitas. Sin maíz no hay bollos ni bollos pelones. Sin maíz no hay manduca ni cotufas. Sin maíz no hay tamales ni pupusas. Sin maíz no hay gorditas ni pozoles. Sin maíz no hay masa ni mazamorra. Sin maíz no hay cuerpo ni alma americanos. Sin maíz no hay historia ni literatura. Sin maíz no hay silva a la agricultura de la zona tórrida ni cantos de pilón. Sin maíz no hay alegría de la tierra ni fiesta de las turas. Sin maíz no hay agua ni pájaros. Sin maíz no hay danza ni poesía. Sin maíz no hay cielo ni tierra. Sin maíz no hay raíces ni memoria. En realidad, sin país no hay pan ni vida para nosotros.

El 29 de septiembre, en la UNEY, uniremos nuestra voz a la hermosa campaña que iniciaron los campesinos de México para defender su alimento milenario, ante la agresión de un sistema económico capaz de llevarse todo por delante. Transcribo algunas de las medidas que las organizaciones campesinas mexicanas han propuesto para su país y que pueden estimular acciones similares en países como Venezuela (donde ya adelantamos algunas), para alcanzar la difícil soberanía alimentaria de estas tierras:

“1. Sacar al maíz y al frijol de los acuerdos o tratados de libre comercio (esto en Venezuela, por fortuna, no aplica). Instalar un mecanismo permanente de administración de las importaciones y exportaciones de maíz y frijol (y sus derivados y subproductos) por parte del Estado.
2. Prohibir la siembra de maíz transgénico. Protección y mejoramiento del patrimonio genético de los maíces autóctonos e incentivo a la producción de maíces nativos y orgánicos.
3. Aprobar el Derecho Constitucional a la Alimentación y la Ley de Planeación para la Soberanía y Seguridad Agroalimentaria y Nutricional.
4. Luchar contra los monopolios del sector agroalimentario: Evitar el acaparamiento y la especulación así como la publicidad engañosa de alimentos "chatarra".
5. Promover que el maíz mexicano y las expresiones culturales que involucra se inscriban tan pronto como sea posible en la Lista de Patrimonio Oral e intangible de la Humanidad, por la UNESCO.
6. Control de precios de la canasta alimentaria básica, garantizar el abasto y crear una reserva estratégica de alimentos. Promover el consumo de alimentos campesinos, y el comercio justo.
7. Reconocer los derechos de los Pueblos originarios y proteger los territorios campesinos y sus recursos naturales estratégicos.
8. Proteger y promover a los pequeños productores.
9. Impulsar la conservación de los bosques y selvas mediante el manejo sustentable de los recursos naturales a través de la organización y gestión comunitaria.
10. Garantizar el principio de equidad de género en las políticas rurales, así como el reconocimiento pleno de los derechos humanos, ciudadanos y laborales de los jornaleros agrícolas y los trabajadores migrantes”.

Todos los hombres de maíz hoy decimos esta frase:
Sin maíz no hay país.

lunes, septiembre 21, 2009

 

El maíz como raíz



Recuerdo la vieja pregunta ante la cerbatana y se la hago de nuevo, ahora que la veo en el balcón. Entiendo que me está respondiendo con su largo silencio. Creo saber así que los pericos volvieron a darse el gusto de siempre (1). No obstante, ahí sigue el maíz. Contra viento y marea, continúa siendo pródigo. Da para todos. Señor de la espigada tribu, hincha de nuevo su grano, en estos tiempos hostiles, donde no basta con cantarle, como famosamente hizo Andrés Bello en su silva. Hay que defenderlo porque contra él testifican los torvos inspectores del mercado y los “buenos ecologistas” del etanol. Por ese motivo (entre otros), el próximo 29 de septiembre, celebraremos en América Latina su día. Los mexicanos dirán “sin maíz, no hay país”. Y nosotros lo saludaremos de nuevo como raíz de nuestra cultura, como el alimento sagrado que une y alimenta a los americanos, provenientes todos de su vasto y variado linaje.

No voy a repetir lo que todos sabemos, aunque de tanto saberlo, algunos lo olvidan: que somos de maíz… Prefiero comentarles un bello libro de entretenimientos elaborado por las mexicanas Obdulia Ibarra y Teresa Blanco, publicado por Conaculta, con motivo de la exposición Sin maíz no hay país, que en el año 2003 fue montada en el Museo Nacional de Culturas Populares, en Coyoacán. El libro reproduce, precisamente, algunos textos de esa exposición y nos pasea por ella con un ingenio lúdico admirable. Pienso en un viejo proyecto nuestro de un Museo de la Alimentación y encuentro que en la experiencia mexicana podríamos encontrar, además de un buen estímulo, un modelo aleccionador. Pero vayamos al divertido libro que hace el milagro de contar en breves líneas las maravillas de nuestro mítico cereal. Aparte de crucigramas con recetas, sopa de lenguas, laberintos, mapas, murales y refranes, encontramos en él una información valiosísima acerca de la diversidad del maíz, obtenida por la antigua sabiduría tecnológica de los mexicas, duchos en la experimentación genética, mucho antes de que nuestras universidades y laboratorios redescubrieran el agua tibia. Sabemos por eso que hay maíz pepitilla, maíz bolita, maíz cacahuacintle, maíz cónico norteño, maíz palomero toluqueño, maíz conejo, maíz chapalote, maíz jala, maíz dulce, maíz nal-tel, maíz corniteco, maíz blando de Sonora, maíz reventador, maíz serrano de Jalisco, maíz tuxpeño, maíz zamorano, maíz elotillo. Sabemos, además, que podemos hacer numerosos platos que tienen su lugar de origen y sus precisas (y preciosas) señas de identidad. Así, podemos degustar las delicias de los tamales oaxaqueños, los papadzules, los menudos de la frontera, los menjengues, los zacahuiles, las sopas de chipilín, las gorditas de tierras negras, los chileatoles, las gallinas pintas, los pozoles colimenses, los panes de maíz, los pozoles jaliscienses, los tatishitles, los huchepos y los tlaxcales, partiendo de la Baja California y llegando a Yucatán, pasando por Colima, Chiapas, Chihuahua, Estado de México, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Morelos, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca y Querétaro. ¿A qué lugar corresponden los platos de la melodiosa enumeración anterior? La respuesta está en el libro, por supuesto. En él se nos invita también a incursionar gozosamente en la geografía gastronómica de un país que no podemos explicar sin la presencia poderosa del espléndido alimento. No faltan tampoco en sus páginas reflexiones acerca de las amenazas que se ciernen sobre nuestro patrimonio cultural. Olvidaba decirles el título del libro… Se llama Sin maíz no hay juego.

El corazón de Venezuela también es de maíz. Por eso, el próximo 29, nosotros, inveterados comedores de arepas, celebraremos el día con manducas, cachapas, mazamorra, hallacas, hallaquitas, empanadas y bollos pelones. Y beberemos chicha, para rematar una jornada donde a más de uno sorprenderemos con las manos en la masa.
(1): La primera referencia es a la pregunta que se le suele hacer a la cerbatana: "¿Cómo está el maíz?". La otra es al refrán: "El primer maíz es de los pericos".

lunes, septiembre 14, 2009

 

Celebración por Rafael Cadenas

Rafael Cadenas

Los comedores de serpientes no se sacian. Comen con la voracidad que les otorga su indómito deseo. Devoran con deleite carne de víbora en salsa agridulce y beben vino de serpiente para aliviar los dolores de espalda. Aman el estofado de cobra y tienen especial predilección por su vesícula biliar, que, según dicen, potencia la virilidad. Sus interdictos religiosos en materia de ingestas no abarcan crótalos ni a ningún bicho que se arrastre. Es tal la demanda de serpientes en esas tierras que algunas especies de apetitosas cuaimas están a punto de extinguirse. Eso leí en una nota de prensa, probablemente exagerada, que da cuenta de las prácticas gastronómicas de Vietnam y de China. Recordé el clamoroso inicio de un legendario poema de Rafael Cadenas y fui a la biblioteca por sus libros, para celebrar, leyéndolo, el importante premio que acaba de otorgársele en México. Me olvidé de la nota culinaria de Indochina y leí de nuevo en voz alta: “Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor”…

Busqué en Obra entera (F.C.E, México, 2000) varias páginas que me son entrañables, pero no me detuve en ninguna de ellas. Esta vez me atraparon las Anotaciones. En sus límpidas y sencillas líneas, Rafael Cadenas reflexiona sobre la poesía y sobre el poeta de nuestro tiempo con una profundidad que ya quisieran para sí algunos tratadistas de éticas y estéticas, duchos en “filosofar” desde sus atavíos racionales y sistémicos. Invito a los lectores a acudir a esas páginas sabias que no sólo iluminan cualquier aproximación a la obra poética del autor, sino que también pueden ayudarnos a afrontar la misteriosa realidad que habitamos. Rafael Cadenas comparte en ellas su temple, su modo de estar en el mundo y de aceptarlo como enigma. Anotaciones es una amable confluencia de poesía y pensamiento, sin pretender ser ni una cosa ni otra. Corrijo. Es una armoniosa convocatoria a deslastranos de cierta “poesía”, de cierto “pensamiento”. El hilo que conduce su escritura fragmentaria es producto de una vivencia (tal vez de unas “videncias”), no de un análisis “riguroso”. Hay lecturas, desde luego, pero lecturas que son diálogos. Uno de ellos, muy frecuente en Cadenas, con su querido Rilke. La poesía como presencia, como lento hacer, “paso a paso, desde una escasez” es una explícita enseñanza rilkeana que nuestro autor “anota” para tranquilizarse y tranquilizarnos.

Rafael Cadenas no está por encima del bien y del mal. Por eso no nos “dicta” sus convicciones ni habla desde la cátedra. Nos permite, simplemente, compartir sus preguntas y acompañar nuestras inseguridades comunes. Hoy, leyendo Anotaciones, siento que su lucidez nos ampara de algún modo, aunque jamás haya sido ese el propósito de su autor. Así, uno se anima cuando lee, por ejemplo, estas palabras: “La indigencia del mundo es tal que a cualquiera que ame las letras hay que darle la mano. Es un militante del partido más necesario que existe”.

Alejado de amiguismos, el poeta Rafael Cadenas también está curado de enemistades gratuitas. En Anotaciones escribió estas punzantes frases que presiden la página web de la UNEY desde hace varios meses y que no me voy a privar de transcribir:

Quien nos ataca generalmente sólo tiene una idea de nosotros y contra ella endereza sus acometidas. Jamás se nos acercó para saber cómo éramos porque ya un encono lo impedía. Todo ha sido previo, a pesar del racionalismo que pueda ostentar el agresor, pues el racionalismo es muy inconsciente de su racionalidad. De ahí que la realidad que somos salga siempre ilesa”.

En un país como el nuestro de hoy en día, tan lleno de diatribas, no es extraño que la envidia o la intolerancia intenten invisibilizar la importancia que tiene toda la obra de Rafael Cadenas, así como la felicidad que le produce a sus lectores de siempre el importante premio mexicano que ha obtenido. Que se autocensuren otros. Yo celebro a Rafael Cadenas a la vista de todos.

martes, septiembre 08, 2009

 

Me he de comer esos chiles...

El Bajío por dentro

El Bajío

Me acordé de mis bajíos/ por aquellos mundos tersos
(Alberto Arvelo Torrealba)
Una de las mejores experiencias gastronómicas que he tenido hasta ahora la tuve hace dos semanas en el restaurante El Bajío, del De Efe. Para ser más preciso, debo indicar que el afortunado hecho ocurrió en la sucursal ubicada en Reforma 222, dentro de un interesante centro comercial diseñado por el célebre arquitecto Teodoro González de León. La cocinera Carmen “Titita” Ramírez Degollado es una de las dueñas de ese y de otros “Bajíos”, distribuidos en diversos lugares de la interminable capital mexicana. A ella se deben la altísima calidad de la cocina, el esmerado servicio y el bellísimo ambiente que su restaurante nos prodiga. El Bajío es también un extraordinario ejemplo de cómo la gastronomía ancestral de un país puede ser honra y prez de la mejor cocina pública. Tengo entendido que así supo verlo y apreciarlo Ferrán Adriá cuando tuvo la ocasión de comer allí y de calificarlo como “el mejor restaurante de comida tradicional que había conocido en su vida”.

No voy a hacerle coco a los lectores indicando detalles del espléndido menú, pero tampoco puedo privarme de comentar la excelencia de los chiles en nogada que tuve la ocasión de (re)conocer en la plenitud de su momento anual. Resulta que estamos en la época de los chiles en nogada y no hay restaurante de cocina nacional que no los esté incluyendo ahora en su carta. Por estar casado con una cocinera que adora la cocina mexicana y que desde hace muchos años tuvo la feliz audacia de hacer una versión doméstica del portentoso plato de Puebla, pude vivir la experiencia con la fruición de quien descubre y recuerda a la vez o de quien prueba y comprueba al mismo tiempo… Uso el antiguo tópico de la modestia para dejar inconcluso este párrafo.

Ver los chiles en nogada es ya un disfrute enorme. Para los mexicanos es también un acto de afirmación: ven en el plato los colores de su bandera. Concebidos seguramente por algunas monjas o por los mismísimos ángeles de Murillo, los chiles en nogada son elegantes y majestuosos. Por su sabia composición, constituyen un alarde de la culinaria y por su bella presencia en la mesa, una fiesta de la estética visual. Pero, por sobre todas las cosas, son imponderablemente sabrosísimos. Representan la apoteosis de una gran cocina, que ya tiene en el mole una envidiable exhibición de barroquismo gastronómico, y en numerosos dulces, el catálogo supremo para enaltecer gulas mayores. Me refiero, por supuesto, a la gran cocina de Puebla, que la jalapeña Titita conoce desde niña por sus ancestros poblanos. “Es la misma receta de mi abuela” nos comentó cuando comenzamos a elogiar la excelencia de los chiles en nogada que había hecho traer a nuestra mesa, mesa que Cuchi y yo compartimos no sólo con Titita sino también con los cordiales e inteligentes investigadores Cristina Barros y Marco Buenrostro, sin duda, la mejor compañía posible para el goce de tan rica y noble comida, que incluyó, además, empanadas de plátano y frijol con salsa negra, garnachas orizabeñas, gorditas infladas y, por supuesto, tequila y sangrita, bebidas propiciatorias de la fraternidad en los mejores convites.

Les quedo debiendo, por razones de espacio, la larguísima receta de los chiles en nogada. Ya habrá tiempo para transcribirla. Por ahora, va sólo el recuerdo de una mesa en El Bajío, servida por la auténtica memoria mexicana de una de sus cocineras elegidas.

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