miércoles, noviembre 26, 2014

Un relleno de cocina pícara


Estebanillo González
 
Leo un viejo ensayo de Juan Goytisolo sobre Estebanillo González y me reencuentro con las tretas de la cocina taimada y vivaracha. Pienso que frente al bellaco González, el pícaro cumanés de Salomón (la novela de Gustavo Luis Carrera), es casi un mojigato. El Estebanillo les daba a los soldados atún podrido y se guardaba el bueno, con una parte para sus jefes, sobornables y tragones. Salomón, aunque se esmerara en la vitualla de los oficiales, también les cocinaba sabroso a los marineros, y no engañaba con la materia prima usada en los condumios. Claro, comía lo que daba gusto (y más de lo que le tocaba, por supuesto), pero se mostraba solidario y se lucía con los aliños.  

La cita de Goytisolo me hizo recordar, además, el “relleno imperial aovado”, que tanto atraía a Alvaro Cunqueiro, y del que habló, quizá por vez primera en nuestra lengua, el bergante Estebanillo. Esta anotación, al fin y al cabo, es para copiar la versión que del fabuloso relleno nos legó el más impenitente truhán de la picaresca española:   

Repare vuesa merced en este relleno, porque es lo mismo que el juego del gato al rato: este huevo está dentro de este pichón, el pichón ha de estar dentro de una perdiz, la perdiz dentro de una polla, la polla dentro de un capón, el capón dentro de un faisán, el faisán dentro de un pavo, el pavo dentro de un cabrito, el cabrito dentro de un carnero, el carnero dentro de una ternera y la ternera dentro de una vaca. Todo esto ha de ir lavado, pelado, desollado y lardeado fuera de la vaca que ha de quedar con su pellejo, y cuando se vayan metiendo unos en otros, como cajas de Inglaterra, para que ninguno se salga de su asiento, lo ha de ir el zapatero cosiendo a dos cabos  y, en estando zurcidos en el pellejo y panza de la vaca, ha de hacer el sepulturero una profunda fosa, y echar en el suelo della un carro de carbón, y luego la dicha vaca, y ponerle encima el otro carro, y darle fuego cuatro horas, poco más o menos. Y después, sacándola, queda todo hecho una sustancia y un manjar tan sabroso y regalado, que antiguamente lo comían los emperadores el día de su coronación. Por cuya causa, y por ser el huevo la piedra fundamental de aquel  guisado, le daban por nombre relleno imperial aoavado 

Goytisolo concluye su ensayo (está en El furgón de cola) destacando la contumacia marrullera de Estebanillo, quien, ya viejo, lejos de arrepentirse, logró que Felipe IV le concediera una licencia para abrir “una casa de conversación y juego de naipes en la ciudad de Nápoles”. Goytisolo se lo imagina, “rodeado de fulleros como él, amancebado con alguna damisela y con una cantimplora de clarete al alcance la mano”. 

martes, noviembre 25, 2014

Cebollas asadas

 
Hecamede y Néstor

Con un guerrero herido, Néstor acaba de llegar a su tienda. Apenas los ve, ella busca las cebollas y la copa de cuatro asas para su particular ‘kykeon’, porque nada mejor para animar la exquisitez de las cebollas que ese brebaje eleusino.  

Ella, al igual que Circe, le añade un poquito de miel al vino de Pramnio, raspa el queso de cabra en un rallo de bronce y le espolvorea la harina flor como lluvia sagrada. Acompaña con miel fresca las cebollas.  

Parece una diosa cuando sirve sus manjares y bebidas.  

Se llama Hecamede. Está en La Ilíada.

lunes, noviembre 24, 2014

Desayuno en Jerusalén



Isidoro Blaisten

Cinco de la mañana. Abro un libro de Isidoro Blaisten y encuentro al autor de visita en Jerusalén. También allí amanece. El escritor abre la ventana de Mishkenot Sha’ananim y ve “la muralla de la ciudad vieja, la Columna de David y el Domo de la mezquita de Omar en la luz de oro”. Yo abro mi ventana y veo el valle del Turbio. Pero el asunto no está ahí. Es que Blaisten y yo hemos repetido a la vez los dos versos del poema Mañana de Ungaretti: M’illumino/ d’immenso. No es azar concurrente. Es uno de los lugares más comunes y hermosos del asombro.

Dice Blaisten en su texto: “Entendí que el infinito ilumina y por qué miles y miles de hombres se repetieron durante siglos estas palabras: ‘El año que viene en Jerusalén’”.

Cuando retornó a su país, Blaisten volvió a San Telmo y recordó a los beduinos “galopando contra el crepúsculo, parcos y nobles, vestidos de negro” y los vio “igualitos al gaucho entrerriano”. Esa imagen le permitió confirmar que el loco Sarmiento tenía razón: “el gaucho viene de allá”.

El libro de Blaisten se titula Cuando éramos felices. Desde los días del 92 en que no dejaba en paz ninguna de sus páginas, no había vuelto a abrirlo. Su apairción esta mañana ha renovado mi entusiasmo. El humor judío de Blaisten y la música de su prosa, a medio camino entre el ensayo y el cuento, me agradan tanto como su nostalgia de entrerriano en Buenos Aires.
 --

Ahora viene el desayuno que un joven les trae a Isidoro y a Graciela, en su departamento del edificio que Sir Moses Montefiore comenzó a construir en 1857. Los Blaisten-Melgarejo se sorprenden. La bandeja es enorme: medio kilo de requesón, once fetas de pastrom, cuatro huevos duros, dieciséis rodajas de pepino salado, medio kilo de aceitunas del Monte de los Olivos, un litro de leche de las granjas colectivas, cinco sobrecitos de café soluble, un pan Goldstein de centeno, un koilescht, un arenque de ojos pícaros, un pote de crema de kibutz y tres cuartos kilos de galletitas crocantes.

Dice Isidoro que Graciela exclamó: “¡Isidoro, el régimen!” y él le respondió: “Tanta eternidad debe ser alimentada”. Y en ese instante, el mozo volvió con otra bandeja. Pidió disculpas por haberse olvidado de kilo y medio de strudel de manzana, dos docenas de naranjas Iaffo y una jarra de jugo de pomelo. Después de poner la bandeja en la mesa, les entregó una carta de bienvenida del alcalde de Teddy Kollek, alcalde de Jerusalén.

Los dejo con Blaisten para que les hable del almuerzo.

Comparado con el almuerzo, el desayuno se convirtió en una mísera pitanza. Comimos pavos, gansos y patos. Comida sefardí, marroquí y ucraniana. Comimos falafel árabe y kepi musulmán. Si alguna vez yo levantaba los ojos hacia la iglesia rusa de Santa María Magdalena, o hacia el huerto de Getsemaní, o hacia la fuente del sultán Suleimán el Magnífico, siempre encontraba una voz preocupada que me decía en castellano: ‘¿Qué te pasa, Isidoro? ¿Por qué no comés?’. Y entre la hospitalidad israelí, la caridad cristiana y la prodigalidad musulmana, yo comía y comía en el centro justo del mundo donde convergen las tres civilizaciones”.

El guía de los esposos Blaisten-Melgarejo era Moshe Liba, quien, por cierto, fue embajador de Israel en Venezuela. Tuvo la iniciativa de agenciarles un raro privilegio: la visita a una yeshivá (escuela de rabinos). Allí los recibieron “con una enorme mesa tendida con mantel de lino” y llena de beigalaj, blintzes, tartas de requesón, vareñe de ciruela y humeantes tazas de té”. Alguien les advirtió que no comieran, porque si lo hacían, iban a llegar saciados al almuerzo. Y el almuerzo, dice Blaisten, fue “inenarrable”. Y lo dijo en serio: no lo narró, para aflicción de los golosos, entre los que me incluyo, y para satisfacción de quienes aman la gracia de ese giro. También me incluyo en esa lista.
 --

De más está decir que la crónica De San Telmo a Jerusalén es una delicia.

lunes, noviembre 03, 2014

Anotación con té


J.D. Salinger

Es octubre todavía y siguen los libros en la mesa. El anotador, que procede por tanteos, divisa un recodo, pero cuando está a punto de volver a su cuaderno para copiar una cita de George Boas, se le ocurre abrir el volumen que sacó anoche y comienza la fascinación.
--   

Esta es la parte sórdida o emotiva del relato, y la escena cambia. Los personajes cambian, también. Yo todavía ando por este mundo, pero de aquí en adelante, por motivos  que no me es permitido revelar, me he disfrazado con tanta astucia que ni el lector más inteligente puede reconocerme.
-- 

Pero el lector también cambia y en su relectura no tiene tanto interés en averiguar identidades. Ahora disfruta la adivinanza del niño y mira las paredes de su casa, que, como habían convenido, acaban de encontrarse en la esquina. Se imagina que está en Devon y acaban de traerle té y tostadas con canela.
-- 

Al lector le gustaría ensayar unas anotaciones que hablasen de ese cuento formidable, pero sabe que para hacerlo debe volver de la lectura “con todas las facultades intactas”. Y de eso nadie está seguro.
--

Suena el teléfono. Es Luisana desde Buenos Aires.
--

(El relato de Salinger aludido y citado acá: Para Esmé, con amor y sordidez)

jueves, octubre 23, 2014

Sazón y poesía


 
Una dijo palabras al rescoldo, y la otra, domésticas plegarias. Así compusieron Mujeres, artes y oficios, el hermoso libro de la casa por dentro que hace poco publicó Comunicarte, en Córdoba, Argentina, y que ahora leo, no solo con enorme gusto, sino también con apetito. Una se llama María Teresa Andruetto. La otra, Silvia Barei. A la primera la conocía por una novela estupenda, “Lengua madre” (Mondadori, 2010). A la segunda, gratamente la descubro ahora.  

Son dos libros que dialogan en uno. Mejor dicho, dos casas que se acercan para oírse. En una, todo se hace en la cocina. En la otra, se preparan milanesas y se lee. En ambas, cercanas al fuego, las palabras se mantienen vivas, recuerdan la receta o la reiventan y acompañan el antiguo rito de aproximarse a Dios en las hornillas.  

María Teresa (“la Tere”, como oí que la llamaba Silvia) expresa en estos versos su liturgia: 

Extiende
un manto inmaculado
sobre la tabla.
Eres
una vestal que coloca
en el retablo
los elementos sagrados.
Un corazón de miga.
Unos platos de terracota.
Un vino grana.
Una vestal que elabora
hostias profanas
y en la mitad de los días
da comunión a la casa 

(Celebración) 

Silvia, dice las cosas como son. Además, las pierde y las consigue y las vuelve a perder y las consigue. Y así:
 

Dicen que el mundo está lleno de cosas
independientes de nosotros.
Ellas están allá afuera
y se encargan de aparecer y desaparecer
de nuestras vidas
con toda premeditación
como duendes menores que se creen acaso
imprescindibles. 

La tapa de la azucarera,
las llaves, los anteojos,
el salero, el peine y la billetera. 

La pinza, el martillo,
el hilo azul del costurero,
el libro de Emile Cioran,
los crucigramas, el anillo que más quiero. 

La invitación al festejo, la lapicera,
la pintura de uñas, el pañuelo bordado,
el abrelatas, las tijeras, el paraguas,
el diario y hasta el poema empezado. 

Y es inútil batallar con ellas:
las cosas se van con trucos formales
que nos desconciertan. 

Y vuelven el día en que nadie las espera
como el instante de la lluvia antes de caer
como la fotografía
que trae el ausente
/lucha interior con el habitante que no sé dominar/
cosas
que creíamos ya
perdidas para siempre 

(Las cosas como son)
-- 

El libro que es dos libros, también es para mí un tercero. Como quedó semiescondido en una de las líneas iniciales de esta nota, leyéndolo, recordé La casa por dentro, de nuestra Luz Machado. Para invitarlo al diálogo, ahora lo busco y no lo encuentro. Razón tiene Silvia Barei: las cosas –libros, sobre todo- son duendes que se esconden y vuelven un dia de repente.
-- 

Para el postre de hoy, María Teresa Andruetto escribió su arte poética: 

Batir un mano de claras
hasta que se vuelvan nieve.
Esparcirle el azúcar
como una lluvia tenue.
Después
disolver el chocolate
en manteca
y echar esa lava
caliente
a la espuma que crece.
Perfumar con oporto
o con otra bebida fuerte
y sentarse a esperar
que el amor,
ese Dios implacable,
te castigue
o te premie. 

(Espuma de chocolate)
-- 

El libro, además, está bellamente ilustrado por seis artistas, todas mujeres. Lo contemplo, mientras percibo, como decía Lezama en su famoso poema de la casa, “las aromosas costumbres del café”.  

Hoy habrá tallarines al pesto.

lunes, octubre 20, 2014

Sobre algunos modos de servir

 

Gerald Brenan retratado por Dora Carrington
 
En Londres, específicamente en Charlottte Street, tuvo lugar un episodio de comercio gastronómico que Gerald Brenan refirió en su deliciosa Memoria personal. Me refiero a la competencia entre dos restaurantes ubicados frente a frente: el Bertorelli y el Vaiani. Brenan, que vivía por esa época (1925) en el estudio de Roger Fry, era casi vecino de los rivales y todas las noches cenaba en alguno de ellos. El Bertorelli era espartano en todo, incluso en su carta, mientras que el Vaiani se esmeraba en ciertos lucimientos. Pero dejemos que sea el propio Brenan quien eche el cuento y describa los dos criterios comerciales: 

El del lado oeste se llamaba Bertorelli. Uno se sentaba en una mesa de mármol sin mantel y le servían un buen plato de comida apetitosa, seguido de una naranja. No había extras y la servilleta era de papel. En el otro (…) prevalecía una teoría diferente. Mr. Vaiani, un italiano pequeño con aspecto de pájaro, creía que el estilo con que se servían las comidas era más importante que los ingredientes utilizados y se preocupaba de que en todas las mesas hubiera un mantel blanco perfectamente limpio, adornado con un jarrón de cristal y flores de papel, y que cada cubierto tuviera al lado una servilleta de lino primorosamente doblada y un panecillo tierno. Creía también que sus clientes deseaban alimentos raros y exóticos, con el resultado de que manjares como faisán, guaco y urogallo no faltaban en sus menús. Pero como sus precios tenían que competir con los de Bertorelli, se veía obligado a cortar en algo, de manera que compraba las aves de caza muy baratas cuando ya estaban medio podridas (con el faisán este ejemplo se hace discutible, comentario mío, FCC); en cuanto a la salsa de los espaguetis, o bien presentaba el mismo problema o consistía únicamente en puré de tomate de lata. Esta vena de superación hacía de Mr. Vaiani una figura conmovedora. Todo el instinto creador del gran cocinero estaba allí, luchando por afirmarse contra las limitaciones económicas, y de cuando en cuando estallaba en alguna invención sorprendente, como por ejemplo un postre al que dio, muy orgullos, el nombre de Pèche Vaiani. Consistía en melocotones de lata con chocolate por encima. 

Sin duda se comía mejor en el restaurante de Bertorelli, pero descubrí que sus largas mesas sin mantel donde uno se sentaba codo con codo amontonado con otros comensales, cortaban los vuelos del espíritu. Todo confirmaba la falta de personalidad; se trataba de una gasolinera para llenar estómagos vacíos, y por esta razón me sentía con más frecuencia atraído a su rival en la acera de enfrente. La manera como Mr. Vaiani vigilaba discretamente, como un cuervo blanco y negro, las limpísimas mesas mientras sus clientes se inclinaban sobre los platos, era un placer para la vista (…). Yo me sentaba a veces junto a la mesa de un crítico ruso, el príncipe Mirsky, un hombre silencioso y de barba negra que comía con un libro apuntalado frente a él, y me preguntaba si frecuentaría el restaurante de Mr. Vaiani por las mismas razones que yo. Pero no cabe duda de que la calidad de la comida y no su atractivo cuenta más a la larga en la imaginación popular, porque un día el restaurante de Mr. Vaiani se cerró mientras que en el de Bertorelli florecían los manteles blancos y las servilletas, con unos precios ligeramente más altos al verse libre de la competencia de su rival”. 

Nada que añadir, salvo que historias como esa siguen repitiéndose. Con más frecuencia de la que uno desearía, a los servicios de comida pública se les hace inalcanzable el justo medio.  

P. D: El restaurante Bertorelli, aggiornato, tuvo mucho éxito y llegó a ser una importante cadena londinense.

martes, septiembre 30, 2014

El vecino prepara jabalí


El árbol dentro de la casa diseñada por Le Corbusier en La Plata
 
El hombre de al lado (2009), de Mariano Cohn y Gastón Duprat, es la divertida crónica de un tropiezo socio-cultural: dos vecinos, vale decir, dos mundos, comienzan a conocerse a través de una cruenta ventana. La historia transcurre en la casa diseñada por Le Corbusier en La Plata. A riesgo de cometer (es un decir) uno de los tics allí satirizados, confieso que mi interés en el filme fue estimulado por una reciente visita que hice a la Casa Curutchet, junto a Nelson Garrido y mi hijo Martín. Aunque el lugar tiene una enorme importancia en la película, otras son las imágenes que a uno lo asaltan cuando termina de verla. Contiene, entre otras cosas una crítica mordaz a lo que podríamos llamar acá “sifrinismo culturoso”, y allá, “chetismo” de la misma índole. El destacado, joven e insufrible diseñador (Rafael Spregelburd) que vive con su esposa, no menos infumable (Eugenia Alonso), y su hija (Inés Budassi), en la casa de Le Corbusier, es una pieza impecable de esa “simpática”cofradía social del snobismo. Su vecino (Daniel Aráoz), a pesar de rupestre, termina quedando mejor parado en el pugilato de señas culturales. Imposible de omitir sus palabras, ante el primer reclamo que le infiere sin preámbulos el “educado” y políglota diseñador: “Vamos por partes. Buenas tardes, yo soy Víctor. ¿Con quién tengo el gusto?”. 

Una ventana que el vecino quiere para que a su casa le entre un poquito de sol, provoca el conflicto y se convierte en el hilo narrativo del filme. Hay escenas memorables, llenas de humor. En particular, aquellas en las que participa Víctor, el vecino “grasa”, como lo llama Leonardo. Hay otras letales, como una en la que el diseñador está escuchando música con un amigo, en un sofá, con un cuadro de Tulio de Sagastizábal encima. La “sublimada” conversación entre ellos se encarga de tipificarlos, sin necesidad de explicaciones. En otra, Leonardo se asoma al cuarto de la hija, que siempre está aislada y en lo suyo: escuchar música y bailar. Leonardo intenta comunicarse y le dice: “Ah, pusiste ahí los robotitos que te compramos en Nueva York, en el Moma”. Acepto. La película se las aplica.  

Pero a lo que venía: a la comida. Víctor sorprende un día a Leonardo. Desde la desaprensiva y polémica ventana, le acerca -ayudado por un palo y un tobo que cuelga del mismo- un frasco. Le pide a Leonado que lo abra. Éste lo hace y se encuentra con una especie de conserva. “Es jabalí al escabeche”, le informa Víctor. “Probalo, es de mi producción, casero, casero”, añade con orgullo. 

En los créditos finales oiremos, en una especie de epílogo, la voz de Víctor dándonos la receta de ese plato. Yo volví a reír y agradecí el oportuno detalle gastronómico con que se despide esta película inclemente, que no le da tregua a ciertas arrogancias, aunque no le niega a Leonardo algún instante de remota admiración por su cerril vecino.
-- 

Víctor, un “tipo que es un grasa convencido, un pesado super insistente”, al decir de Leonardo, termina dándonos esta receta que comparto: 

“JABALÍ EN ESCABECHE,
 por Víctor Chubelo 

Cortás el jabalí en pedacitos y lo dejás una noche adobado con vino blanco, con mucho ajo picado y laurel. Al otro día lo freís junto con zanahorias en cachos, cebolla y pimienta negra en grano, al gusto. Después le echás un vaso del líquido del adobo y un vaso de vinagre blanco, y cocinás todo un rato más… Ah! y un toque de limón. Y para terminar, todo un frasco y a la heladera. Aguanta un montón… Chaucito. Nos vemos”.

viernes, septiembre 12, 2014

Se aclara un poco aquella cena


La Cabaña, quinta en Ramos Mejía (La Matanza). 1930. No allí, pero sí en una quinta de la calle Gaona, comenzó Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Borges
 
Esa noche, en verdad, Borges comió una ensalada criolla bien surtida y Bioy un cordero asado acompañado con papas fritas. Para el postre, hubo helado y dulce de leche. Borges, como ya se dijo, bebió agua. Bioy, oporto. El espejo reflejó también una bandeja con alfajores de Santa Fe. Los había llevado Borges desde Buenos Aires.  

Como se recordará, el momento que marcó el fin de la sobremesa fue escalofriante. Ambos tenían fijación por los espejos. En uno, predominaba el terror. En el otro, una amable reverencia. A la medianoche, cuando pasaba un ángel en medio del silencio, miraron hacia el fondo del corredor y se sintieron espiados. “Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. 

La “memorable sentencia” que Bioy le atribuyó al heresiarca de Uqbar era, en rigor, una variación de la que aparecía en un texto de su amigo: “La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y afirman”. Está en El tintorero enmascarado de Hákim de Merv, de Historia universal de la infamia. Pero ese dato, a los fines del informe de Borges, no podía ser mencionado.
-- 

Uno o dos años después de la cena en la quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía (capital del partido de La Matanza), Bioy hizo una especie de parodia de la frase. Lo hizo en el que iba a convertirse en el más celebrado de sus libros: La invención de Morel. Allí dirá: “El hombre y la cópula no soportan largas intensidades”. Si bien la idea es otra, ese giro permite un pequeño diálogo con lo abominable.  

No es mucho más lo que sabemos de la cena, porque el espejo carecía de las propiedades cinematográficas que Morel inventaría poco después. Sin embargo, hay esperanzas de conocer algo más. En Ramos Mejía se conjetura acerca de un lugar en el que se conserva otro informe: el del cocinero. Éste esperó toda la noche, porque el señor Adolfo le había prometido que lo llevaría a su casa, al finalizar la velada. En efecto, lo llevó. 

Alguien me dijo que durante varios días el cocinero estuvo repitiendo la palabra “heresiarca” y que inventó un nuevo postre con ese nombre. Pero quizá sean sólo ganas de fabular.

jueves, septiembre 11, 2014

Aquella cena


Habían llegado temprano al partido de La Matanza, donde cenaron juntos esa noche. No sabemos con exactitud qué comieron, pero es de suponer que uno de ellos prefirió la frescura de una ensalada con adecuado y límpido aderezo, mientras el otro no se rehusó al cordero patagónico, que el cocinero, contratado sólo para esa noche, les había ofrecido por la tarde. Estaban en una amplia quinta, alquilada para pasar unos días lejos de la atareada capital.  

Los dos amigos hicieron una  larga y animada sobremesa. El hombre de cuarenta años tomaba agua. El de veinticinco, oporto. Aunque esos detalles no aparecen en la célebre noticia que el primero elaboró, los consigno acá por respeto al diligente cocinero, cuya presencia fue preterida en el famoso informe y, además, porque tengo para mí que si esa cena no hubiese estado a la altura de ambos paladares, no habría ocurrido lo que ahora todos celebramos.  

Lo sucedido esa noche ha dado lugar a numerosas tesis doctorales y a una copiosa reescritura de ardides literarios que no parecen agotados todavía. Si a ello agregamos la repercusión que en diversos centros de investigación científica sigue teniendo lo allí descubierto, nadie podrá restarle importancia a este intento de subsanar ciertas omisiones, por más ocioso que parezca. Creo que la gastronómica destaca entre ellas.  

Es sabido que a la medianoche, antes de que uno de los comensales partiera a Buenos Aires, un espejo los acechó desde el fondo de un corredor. En ese espejo también se reflejaron unos platos y unas copas.  

El juego para acercarse a ellos apenas comienza.

martes, septiembre 09, 2014

El banquete de Pessoa


Fernando Pessoa
 
Marchando cinco de Frankfurt 

La frase, que alteré un poco, sumándole tres, la decían en un bar de Las Ramblas, al que iba a comer bocadillos de salchicha, a comienzos de los 70. Desde entonces la repito, mecánica y arbitrariamente, cuando debo emplear el gerundio de “marchar”, y lo hago -por supuesto- con dos, que es el número original de la frase. 

Hoy la recordé, porque antes de salir para el parque a dar mis tres vueltas, leí uno de los relatos escritos por Pessoa cuando todavía no llegaba a los 20. Me refiero a Una cena muy original. Su carácter canibalesco y la procedencia de Hesse de las cinco víctimas, explican la fácil asociación que mi memoria hizo con la vieja expresión casera.  

Pero más que esa forma personal de disminuir el horror del cuento de Pessoa, quiero anotar un párrafo alusivo a cierta beligerancia gastronómica. Es el comienzo del relato, y bien podría verse como la parodia de una contienda peregrina que ha llegado intacta a nuestros días. Copio el trozo mencionado: 

Fue durante la sesión anual número quinientos de la Sociedad Gastronómica de Berlín que el presidente, Herr Prosit, hizo a sus socios la famosa invitación. Claro que la sesión era un banquete. Durante los postres había surgido una acalorada discusión sobre la originaldiad en el arte culinario. La época era mala para todas las artes. La originalidad se hallaba en decadencia. También había decadencia y laxitud en la gastronomía. Todos los productos de la cuisine llamados ‘nuevos’ eran simples variaciones de platillos ya conocidos. Una salsa distinta, una forma ligeramente diferente de condimentar o de sazonar –así se distinguía el platillo más reciente del que existía antes de él-. No había verdaderas novedades. Había tan sólo innovaciones. Todas estas cosas fueron deploradas durante el banquete con unánime clamor, en tonos variados y con diversos grados de vehemencia”. 

Repito: lo anterior no fue escrito ayer, sino en 1907, año en que Pessoa firmó su cuento con el nombre de Alexander Search.  

Dejémoslo así, como señal.