domingo, mayo 06, 2007

La lengua en salsa


En el principio no fue el verbo. Fue la candela, que una vez domesticada permitió la aparición de la palabra. Desde entonces no paramos de hablar, y entre otras cosas, no paramos de hablar de cocina. Literalmente o no, la cocina es uno de los temas más sabrosos que conversarse puedan. Tiene la virtud de convocar una amplia gama de expresiones sensoriales que convierte en goce especial cualquier evocación de una comida excelente. Basta una tertulia acerca de alguna comilona memorable para despertar el apetito del más desganado de los hugonotes. Bien sabemos que los estudiosos de la lengua se sienten atraídos por esa imponderable vivacidad del tema culinario. Sería deseable que su interés vaya acompañado de una buena sazón escritural, tan poco frecuente como un “bienmesabe” de restaurante que no resulte sólo una mala torta de coco. No siempre merecemos las inepcias del servicio, sea éste literario o gastronómico.

Llamar a las cosas por su nombre exacto, como quiso alguna vez el poeta Juan Ramón Jiménez, no es sólo un asunto de inteligencia. Es sobre todo un asunto de sensibilidad. El pueblo, que siempre le ha dicho pan al pan y vino al vino y que no tolera la impostura, también es ducho en la metáfora alimentaria, en el ingenio verbal y en la ironía para nombrar platos y bebidas. Son innumerables los ejemplos del buen decir culinario que representan aportes al habla cotidiana y que han hecho de los cocineros unos estupendos creadores de palabras y de dichos. La belleza de viejas expresiones de la cocina, la sencillez de algunos nombres, la picardía para denominar ciertos platos o la impudicia para bautizar, por ejemplo, a las catalinas, hacen del lenguaje de la comida una enorme cantera de enseñanzas culturales. Algunos idiomas desaparecidos o a punto de extinguirse, pueden encontrar su tabla (o mesa) de salvación en la cocina.

Olvidamos la lengua que aprendimos de niños, pero nunca el olor de la albahaca. Perdemos palabras, pero no el recuerdo de texturas o de sabores disfrutados en la vieja casa. Esa fuerza de la memoria alimentaria ayuda notablemente a la preservación de lenguas y de culturas. Las numerosas migraciones de hoy constituyen un estupendo laboratorio para verificar el anterior aserto. Estoy seguro de que la posibilidad milagrosa de la comida como santo y seña de la identidad, mantendrá vivos a nuestros abuelos donde quiera que nos encontremos. No haber olvidado el sabor del aliño que le ponemos al pescado o su modo de cocción, es la mejor manera de obtener una pista para recuperar las palabras perdidas de nuestra infancia, las ancestrales iniciales de la tierra, la poesía y la cultura que nos pertenece y a la que pertenecemos.

El lenguaje que usamos para la cocina y la comida está lleno de afectos, de sentimientos, de historias, de memorias personales y colectivas. Así, la olleta de gallo será siempre para mí la imagen de mi abuela tocuyana Ana París de Castellanos. También el caldo de leche de los desayunos, o el alfeñique para la merienda, o las hallacas que Cuchi tuvo la sabiduría de hacerlas perdurables. Por virtud de la cocina, recuerdo sabores y palabras. Recuerdo el amasijo de Abelardo y recuerdo la palabra “amasijo” para nombrar deliciosamente el pan de Tunja. Todos tenemos la doméstica gloria de esos paraísos.

Definitivamente, estamos hechos de cocina y de palabras que se cocieron en sus ollas.

8 comentarios:

delantal dijo...

Me encanta ese nick, Biscuter, supongo prestado de Vázquez Montalbán.
Candela es una de las más bellas palabras de la lengua que compartimos.
Esta misma tarde estaba pensando que los recuerdos de mi niñez son una caja de olores y que sin olfato no se puede, no se sabe guisar.
Un placer haberte descubierto a través de Manuel Allue.
saludos

Antonio Gámez dijo...

"Nada Hay donde no existe la palabra" dijeron, tu dices: "Ni la palabra existe sino existe la cocina".
Saludos Biscuter desde una tierra más alta pero menos firme.

Henry S. dijo...

Que delicia de texto

Un abrazo

Tecnorrante dijo...

Hace poco me terminé el poquito chigüire que quedaba en la nevera, en unas empanadas de chigüire que me recordaron mis días de aquel zagaletón que corría con sus hermanitos por la cocina de la casa de mi abuela, mientras ésta preparaba los platos de semana santa.

Na' tan güeno.

Abrazos a los Biscuters.

Biscuter dijo...

Gracias, amigos, por sus comentarios.

Delantal, efectivamente, el nick Biscuter se debe a mi admiración por Vázquez Montalbán. Creo que es la primera vez que alguien lo advierte de manera expresa, salvo que lo haya hecho nuestro común amigo Manuel Allue y yo no lo recuerde.

Antonio, en algún momento voy a tomar prestada tu frase. Es estupenda.

Tecnorrante, recuerdo que tenemos pendiente un ágape en torno a algunos platos barineses.

Henry S, te avisaré con tiempo si voy a Madrid en julio.

Abrazos a todos.

Biscuter

PUNTIYO dijo...

Literatura de nivel.
mi enhorabuena al escritor

pochogarcés dijo...

Hola Freddy, no sabia de este blog y lo he visto por casualidad! Tengo ya rato leyendo y me gusta mucho.
Un gran saludo!

Biscuter dijo...

Gracias a Puntiyo y al Pocho por sus comentarios generosos.

Pocho, te felicito por el reciente reportaje en el que apareciste con tus hermanos. Saludos a todos, y a Porfirio.

Freddy