lunes, abril 12, 2010

La conjura de los necios y otra nota


1. El consistorio de los necios sesiona a mitad de la mañana. Allí se ejerce la sordidez mediante discursos y órdenes cerriles. El mal gusto es su inequívoca seña de identidad. El receso lo dedican al consumo de chatarra y lo hacen a dos carrillos como monja boba. Después retoman el triste ritual de la conjura. Obsesivos, trabajan sólo para la destrucción de sus envidiados. Uno de sus propósitos más claros es “encochinar” todo cuanto funcione bien y marque un rumbo distinto de cultura. La degradación es su lema y la conseja indecente su instrumento de trabajo predilecto. Se encompinchan con todo aquel que posea sus mismos enconos y miserias o sufra como ellos por la excelencia ajena. No tienen límites morales y de la sesión pública pasan a la nocturnidad para confabularse con alevosía en la urdimbre de cualquier treta. Debo advertir de una vez a los lectores –para evitar posibles desplazamientos- que estoy evocando ad libitum una novela extraordinaria titulada La conjura de los necios, escrita por John Kennedy Toole y publicada después de su muerte. Esa obra fue todo un acontecimiento editorial. Su autor la había escrito a comienzos de los sesenta, pero no encontró editor que la aceptase. Toole se suicidó en 1969 y su madre tomó el testigo para seguir buscándole publicación idónea a la novela. Pasaron algunos años y en 1980, por el entusiasmo del escritor Walker Percy, apareció este libro divertidísimo, corrosivo y pícaro que recorre lugares oscuros de Nueva Orleans y nombra al Mississippi de una manera iconoclasta. En La conjura de los necios se come bastante. Y mal. Se comen perros calientes con dudosas salchichas de caucho, cereal y tripa. Ignatius, el gran personaje de la novela, glotón imparable, se convierte en vendedor ambulante de comida y, como era previsible, fracasa, por devorarse diariamente más de la mitad de la mercancía. Una sociedad decadente, ahíta de perversiones culturales, autodestructiva en muchas de sus estrategias de desarrollo, es el telón de fondo de esta novela que estimuló en un lector el negocio de la comida rápida, pero no con chatarra, sino con platos sencillos y nobles. En una calle de Nueva Orleans una estatua del obeso Ignatius Reilly da cuenta del éxito de este libro que puso a los necios, como debe ser, en su plato o en su lápida.

2. Vemos unas mesas opulentas en los jardines de Amílcar, cuya ausencia ha sido aprovechada por sus mercenarios para acometer un larguísimo festín. La escena ocurre en las páginas iniciales de Salammbó. Flaubert la describe de manera suntuosa. La gula literaria termina imponiéndose sobre la otra, porque la otra no es gula sino voraz zafiedad. Los bárbaros se hartan y Flaubert se deleita cuando refiere ese hartazgo brutal de soldados de diversa procedencia: ligures, lusitanos, baleares, libios, cántabros, griegos, negros, fugitivos de Roma y arqueros de Capadocia. Los vemos tumbados sobre cojines engullendo enormes pedazos de carne, “con la postura pacífica de los leones cuando despedazan su presa”. Miran las mesas llenas de antílopes, pavos reales y corderos cocidos al vino dulce, piernas de camella y de búfalo, erizos al garo, trufas, camarones fritos y lirones al almíbar y se excita la “codicia de los estómagos” por tanta “comida nueva”. A mí no me provoca comer, sino seguir leyendo, detenerme en los momentos de embriaguez cuando los soldados deliraban en cien lenguas y pedían más vino, carne, oro y mujeres. Y seguir hasta el instante cinematográfico en que aparece Ella en el umbral y desciende, lenta y majestuosa, las escaleras. Hablará o cantará en un viejo idioma cananeo, pero luego, por gentileza, se habrá de dirigir a los bárbaros en sus propias lenguas y éstos encontrarán en esa voz “la dulzura” de cada una de sus patrias. Ella, Salammbó, es la maga que cierra el festín y decreta que Flaubert ha atrapado de nuevo a sus lectores.

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