martes, julio 31, 2012

UN PROFESOR DE HISTORIA DEL ARTE

GERARD TER BORCH. Dama en su tocador.

Me desperté pensando en la mirada de una dama de Gerard ter Borch. Desde un párrafo de Gombrich nació mi intriga. El gran maestro de la Historia del Arte comentó un catálogo de una exposición sobre “maestros de la pintura de género holandesa del siglo XVII”, con la sensibilidad y sensatez que él le atribuye a otros y que sus lectores apreciamos en todos sus escritos. Destacó en el autor de los textos, Peter C. Sutton, del Museo de Arte de Filadelfia, el esmero en ver más allá de lo que la vista dice, y dio un ejemplo precioso de ese elogio. Cito su cita espléndida:

Ter Borch fue el maestro del refinamiento, no sólo en cuanto a sus motivos socialmente elevados y su técnica sin par –representaciones de raso y tul como para derrotar a un ejército de imitadores y copistas-, sino también en lo relativo a la psicología. Se puede hacer inventario de asociaciones y de posibles simbolismos de objetos sobre el tocador, o discutir las repercusiones de detalles del vestuario y el mobiliario, pero la mirada abstraída de la mujer que se toca el anillo es sumamente significativa”.

¿Qué le agradó a Gombrich del comentario de Sutton? Le agradó leer en esas palabras “una respuesta sensible a los elementos esenciales de una obra maestra menor, precisamente porque contiene elementos objetivos y subjetivos”. Compartió con entusiasmo el modo equilibrado de Sutton para salirse de la lectura rotulada y permitir sin énfasis el surgimiento de esta pregunta: “¿Está sólo soñando despierta mientras se quita sus joyas, o le da vueltas a cuestiones de más peso, de romance o matrimonio?”.

El profesor Gombrich interrumpe a Sutton y repregunta: “…¿es cierto que está jugando con el anillo, o se lo está quitando? ¿No es más probable que se lo ponga después de lavarse las manos y que ahora espere con cierta impaciencia que la doncella la prepare por fin? Puede que el artista no quisiera que nosotros lo supiéramos, pero lo que sin duda deseaba que observásemos era su maestría en la representación del raso, el tul y otros materiales que Sutton admira con tanta razón”.

Gombrich admira y propone la pluralidad de las miradas. Sin recusar el casillero del significado obvio, elogia en Sutton la discreta ventana abierta a los enigmas.

Miro de nuevo a la dama en su tocador y la dejo así, en su misterio.

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