Sylva Koscina, preside la mesa en The Secret War of Harry Frigg (1968)
Sylva Koscina es la joven y bella condesa de
Montefiore, cuyo castillo sirve de cárcel a unos generales apresados por los
italianos durante la segunda guerra. Uno de los altos oficiales norteamericanos
(hay también un francés y un inglés) es un falso general, infiltrado en el
grupo para organizar la fuga, y convertirse entre ellos -y sólo por esa razón-
en un inesperado primus inter pares.
Se trata del soldado Frigg (Paul Newman), experto en escapes y aparentemente
algo tarambana. Una noche la condesa les ofrece una cena, en la que todos,
menos el soldado, exhiben holgada solvencia gastronómica. El menú incluye
espárragos a la crema, lo que provoca el erudito comentario de uno de los
generales, quien cita a Catón, a propósito de su cultivo. Justo cuando dice que
el escritor romano recomendaba cubrir con estiércol su siembra, Frigg se
llevaba el primer espárrago a la boca. Al oír “estiércol” se detiene y devuelve
el noble vegetal al plato.
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He recordado esa divertida escena de Comando
secreto (The Secret War of Harry Frigg, 1968, de Jack Smight), por otro
detalle del convite. La condesa les propuso un juego: si los tocara estar
presos en un restaurante, cuál elegirían. La respuesta debían darla en cinco
segundos. Todos nombran restaurantes de Londres, Nueva York, París e incluso,
de Detroit. Cuando le toca su turno, el abrumado Frigg no encuentra qué decir,
pero la indulgente condesa lo auxilia, informándole que se valen también
lugares regionales. Para aclararle aún más, le pregunta cuál es su lugar de origen.
“New Jersey”, responde Frigg. Ella le propone entonces que mencione algún
restaurante de allí, y él refiere un sitio, cuyo nombre no recuerda, ubicado en las afueras de Paterson, donde servían “chuletas de cerdo”. "¿Con qué salsa?" inquiere uno de los
generales, y Newman contesta: “Ketchup”. Todos se miran ocultando la sonrisa y expresando su estupor.
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En una reciente entrevista de prensa, el gran
cocinero Jöel Robuchon, recusó -sin rodeos de ningún tipo- las listas de “los
mejores restaurantes del mundo”, hoy en día muy en boga. Llegó a afirmar que no
hay ninguna legitimidad en ellas y adujo conocimiento de causa para hacerlo,
por haber sido jurado alguna vez. Reveló que varios de sus colegas votan por
restaurantes que no han visitado, y añadió, en clara alusión al establecimiento
de Copenhague que ostenta hoy el primer lugar en el “mundo” (entiéndase “mundo
gourmet”), el que se incluya en la lista a “sitios donde ha habido graves
intoxicaciones”. Fueron esos polémicos asertos de Robuchon los que me llevaron
a recordar a Sylva Koscina en la citada película, por su juego al margen del “mutuo bombo” y la
publicidad, legitimado por la experiencia directa, el recuerdo y el
gusto, con el sólo límite cultural que Pierre Bourdieu denominó “la
distinción”.
Quizá los generales y Frigg (sobre todo Frigg)
escogerían después como el mejor restaurante de sus vidas, la casa-cárcel de Sylva
Koscina, en esa vieja comedia artesanal que, no por “ligera”, dejó de ser
pícara y entretenida. De seguro, allí no se intoxicaron, y eso, desde luego,
debe influir a la hora de poner los puntos.
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