Mr. Torrance (Jack Nicholson en El Resplandor) moja
una lonjita de bacon en la yema. Apetece de sólo mirarla:
sábado, septiembre 24, 2016
Literatura y gastronomía (lecturas de algunos clásicos)
El simposio
Algunos viejos
textos sobre literatura y gastronomía
“Las metáforas de alimentos no son extrañas a la
Antigüedad. Píndaro alaba a su poesía porque ofrece algo de comer. La palabra
“sátira” (satura) significa “olla podrida”. Quintiliano habla de la dieta de
leche que necesitan los principiantes. Sin embargo, la Biblia fue la fuente
principal de este tipo de metáforas. En la historia de la Redención cristiana,
el saboreo del fruto prohibido y la institución de la cena eucarística son
episodios culminantes. Cristo llama bienaventurados a los que tienen hambre y sed.
En el Evangelio de San Juan Jesús distingue entre los manjares perecederos y el
manjar qui permanet in vitam aeternam.
A los cristianos recién convertidos se les compara con niños pequeños, que sólo
pueden tomar leche, y no alimentos sólidos.
La literatura eclesiástica varió abundantemente
estas imágenes y otras análogas. No podremos detenernos en este aspecto.
Digamos tan sólo que San Agustín declara justificadas las metáforas de
alimentos; afirma que el que aprende tiene algo en común con el que come; a
ambos hay que aderezarles los manjares con condimentos (…)
San Gregorio Magno dice que los escritos de San
Agustín son harina de trigo mientras que los suyos no son sino salvado (…).
Dante desarrolló con gran amplitud las metáforas de alimentos. El Convivio es cena para todos cuanto
tengan hambre de ese “pan de los ángeles” que es el saber. Dante mismo confiesa
no estar sentado “a la bienaventurada mesa”; sólo recoge las migajas de que de
ella caen. Dante ofrece el manjar de sus canciones y lo acompaña con el pan de
cebada de su comentario”.
(Ernst Robert Curtius, Literatura Europea y Edad Media
Latina, Vol I)
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Un ejemplo
de Homero
Néstor acaba de llegar a su tienda con un
guerrero herido. Apenas los ve, ella busca las cebollas y la copa de cuatro
asas para su particular “kykeon”, porque nada mejor para animar la exquisitez
de las cebollas que ese brebaje eleusino.
Al igual que Circe, ella le añade un poquito de
miel al vino de Pramnio, raspa el queso de cabra en un rallo de bronce y le espolvorea
la harina flor como lluvia sagrada. Acompaña con miel fresca las cebollas.
Parece una diosa cuando sirve sus manjares y
bebidas.
Se llama Hecamede. Está acá, en la Ilíada:
Cuando
aquellos hubieron llegado a la tienda del Nélida, descendieron del carro al
vivífico suelo, y Eurimedonte, servidor del anciano, desunció los corceles.
Néstor y Macaón dejaron secar el sudor que mojaba sus corazas, poniéndose al
soplo del viento en la orilla del mar; y penetrando luego en la tienda, se
sentaron en sillas. Entonces les preparó una mixtura Hecamede, la de hermosa
cabellera, hija del magnánimo Arsínoo, que el anciano se había llevado de
Ténedo cuando Aquiles entró a saco en esta ciudad: los aqueos se la adjudicaron
a Néstor, que a todos superaba en el consejo. Hecamede acercó una mesa
magnífica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima fuente de bronce con
cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y sacra harina de flor, y
una bella copa guarnecida de áureos clavos que el anciano se había llevado de
su palacio y tenía cuatro asas –cada una entre dos palomas de oro- y dos
sustentáculos. A otro anciano le habría sido difícil mover esta copa cuando
después de llenarla se ponía en la mesa, pero Néstor la levantaba sin esfuerzo.
En ella la mujer, que parecía una diosa, le preparó la bebida: echó vino de
Pramnio, raspó queso de cabra con un rallo de,bronce, espolvoreó la mezcla con
harina blanca y les invitó a beber así que tuvo compuesto el potaje. Ambos bebieron, y, apagada la abrasadora sed, se entregaban
al deleite de la conversación cuando Patroclo, varón igual a un dios, apareció
en la puerta…
(La Ilíada, Canto XI)
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Sobre
Atenas, Platon, Esparta y las sisitias
“Platón es el creador de la nueva forma
filosófica del simposio. El relato literario y la nueva interpretación
filosófica de la antigua práctica social se asocian en él a la organización de
la vida espiritual en su escuela. En la última época de Platón este fondo del
simposio se destaca con gran claridad. Entre los títulos de las obras perdidas
de Aristóteles y de otros discípulos de Platón aparecen mencionadas leyes
minuciosas destinadas a reglamentar los simposios, tal como Platón las
preconizaba en sus Leyes. Al comienzo
de esta obra dedica todo un libro al valor educativo del beber y de las
reuniones de bebedores, defendiendo estas prácticas contra los ataques de que
eran objeto. Esta nueva ética de las reuniones de bebedores, que más adelante
enjuiciaremos, respondía a la práctica ya establecida de reuniones periódicas
de este tipo en la Academia. Platón se declara partidario en la República de la costumbre espartana de
las comidas comunes de hombres, de las sisitias,
y en las Leyes censura la ausencia de simposios como uno de los defectos
morales más salientes de la educación espartana, que sólo se preocupa de
fomentar la valentía y no el dominio de sí mismo. La nueva educación, tal como
la practicaba la Academia, no podía menos de llenar esta laguna.
(…)
La segunda pieza fundamental del sistema
espartano es el servicio militar de los varones jóvenes, considerado como parte
esencial de la educación. Este régimen estaba mucho más desarrollado en Esparta
que en los estados democráticos de Grecia y se prolongaba después de la
juventud por medio de las sisitias y
los ejercicios militares de los hombres de edad avanzada. Como hemos visto,
también estas normas fueron recogidas por Platón en su sistema”.
(Werner Jaeger, Paideia, FCE, 1957)
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“Además del sentimiento de admiración por el
heroísmo guerrero y por la austeridad en las costumbres, los espartanos –puesto
que habitaban en Laconia- legaron al mundo los vocablos “lacónico” y
“laconismo”. Y fue que Licurgo puso empeño en que todos (ya sabemos que apenas
sabían escribir) fuesen breves y concisos en el hablar, con un punto de
altanería y mucha impertinencia. Los espartanos lo tomaron tan en serio que
parece fábula lo que se contaba: A Laconia arribaron gentes expulsadas de Samos
por el tirano Polícrates y en una prolija peroración solicitaron asilo y
alimentos. Los espartanos respondieron que no habían comprendido tan largo
discurso. Mostraron entonces los samios las alforjas vacías y pidieron de
comer. Esta vez se dieron por enterados los espartanos pero indicaron que con
mostrar las alforjas hubiese bastado.
Pretende Plutarco que junto con el dinero
desaparecieran de Esparta los pelitos “no pudiendo haber entre ellos avaricia
ni miseria; gozando todos de abundancia en la igualdad y manteniéndose con poco
su parsimonia. Ciertamente, los espartanos no fueron miserables, pero vivieron
como si lo fueran. Los hombres, por grupos de quince, debían hacer sus comidas
en común y cada uno aportaba la ración necesaria de harina, queso, higos y algo
de carne, a la que se sumaba alguna pieza de caza cuando la había. El guiso más
común fue el llamado “caldo negro”, que debió ser detestable a juzgar por los
ascos de un rey del Ponto que se empeñó en probarlo. Quienes evadían la
asistencia a estas comidas, llamadas sisitias
o fidicias, eran objeto de burlas y
reproches, y a ellas eran llevados los muchachos como a una escuela de
templanza además de ser una ocasión de entrenamiento en el robo de alimentos.
Los espartanos bebieron vino muy moderadamente porque el ciudadano-soldado debía
mantenerse despejado y alerta en todo momento. Desde jóvenes se les enseñaba a
aborrecer la embriaguez mostrándoles esclavos expresamente emborrachados para
que sirvieran de repugnante lección. Fue con motivo de la implantación de las sisitias que Licurgo perdió el ojo (…)
(…) El empeño de acrecentar la población dentro
del rígido marco de la división territorial tenía, fatalmente, que aumentar el
número de los desposeídos y faltos de recursos. Ya muchos hombres no podían
aportar la debida ración a las sisitias,
con lo que se desvirtuó el carácter popular e igualador que quiso dar Licurgo a
la comida en común”
(Isaac J. Pardo, Fuegos bajo el agua. La invención
de Utopía. La Casa de Bello, Caracas, 1983. Primera parte, Aya y
maestra)
--
viernes, julio 15, 2016
Una mesa en el diario de Miranda
Arturo Michelena. Detalle de "Miranda en La Carraca"
El 1 de enero de 1787 Francisco de Miranda da
cuenta de una visita que le hizo a un edecán del príncipe Potemkin. Hablaron de
política. El edecán le dijo “que la Emperatriz había sido solicitada por el rey
de España para que no recibiese a los jesuitas”, y que al rehusarse, le
adivirtió que algún día se iba a arrepentir de haber admitido a semejantes
seres en sus dominios…
El día 2 es invitado por el príncipe a escuchar
“buenos cuartetos de Boccherini y anota que el príncipe desea que lo acompañe
a Kiev…
La entrada del tercer día del año es levemente
gastronómica: “Hubo té a la canela, que madama Sivers (o la condesa) me sirvió
con suma atención. Música y cena en que Su Alteza nos hizo un ‘gruon’ y un
‘fricasée’ por su mano, con espíritu de vino sobre la mesa”.
--
Miranda estaba en la ciudad de Gloubóky.
El 14 de febrero fechará su diario en Kiev,
besará la mano de Su Majestad y asistirá a un almuerzo con mesa para 60
cubiertos. Su Majestad le preguntará por la América española y también por los
grados de calor cuando la temperatura baja en Caracas…
domingo, julio 10, 2016
Un relente desde la magdalena
Juan José Saer
La magdalena de Proust y un comienzo de Saer que
hace las delicias de los “saerianos” (y de las “comas”). Lo recitan de memoria:
“Otros,
ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en invierno, la galletita, sopaban, y subían,
después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante
un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese,
desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo…”
Estoy en la cocina, mojo en el café con leche un
trozo de bizcochuelo y sube el recuerdo: Pepe Cruz me pregunta si he leído La
mayor. Pepe tiene todos los libros de Saer en la biblioteca del
Colegio.
Mañana pasaré por La mayor. Atardece.
--
Como no le gustó para nada la comida brasileña (él se la pierde), decidió ir a comer pasta a un restaurante italiano. Allí lo esperaba una sorpresa: descubrir la presencia de un paisano y amigo que había salido huyendo de Sicilia después de violar la sagrada ley de la “omertá”. ¿Cómo lo descubrió Antonio? La respuesta es sencillamente gastronómica: por el sabor de los deliciosos “spaghetti al nero di seppia” que pidió a la primera consulta de la carta.
Es sabido que la prueba de la magdalena de Proust no requiere verificación. Por eso, cuando Antonio retornó del repentino y fulminante viaje por su memoria, hecho desde su infalible paladar, tomó el celular y llamó al “capo” en Palermo, para decirle, con seguridad incontestable y absoluta, que había encontrado a Marcello, el “traidor” que llevaban 40 años buscando por el mundo. “Ha puesto un restaurante en Río”, añadió, y se fue de vuelta a la mesa para seguir disfrutando del riquísimo plato que sólo su amigo fugitivo sabía preparar con el justo equilibrio de sabores, sin negarle pimienta ni regatearle perejil.
Sin duda, cuatro décadas no son nada para la memoria del gusto, capaz de identificar sazones que delatan autorías.
(Este episodio corresponde a una serie televisiva brasileña llamada Destino: Río de Janeiro).
Almas en mesa
Un plato de Quentin Bell, sobrino de Virginia Woolf
“y la
vajilla heredada de mi pasado matrimonio”
Yolanda Pantin
El poeta no recordó el menú de esa ocasión, ni
el color del mantel. Aparte del vestido almidonado y de luto de la tía, recordó,
nítido, un sonido: el de la vajilla sobre la mesa espléndida. Su tintineo.
Era la hora de comer y la penumbra quieta del
refectorio ayudaba al entresueño.
Ella le escribe al sabio Alvarado y le dice que,
recién llegada de la hacienda, donde pasó una temporada larga, está ahora, “de
rodillas ante una gran caja de madera”, ocupada en “desenterrar de la paja y
los papeles viejos mi vajilla de loza blanca cifrada en azul”. Al terminar la
extensa carta, le dice a don Lisandro:
“…vuelvo a mi vajilla… Voy a revisar una tras
otra en el armario de la loza las largas hileras de platos, a fin de comprobar
si alguno ha sido roto por los vaivenes del viaje y apresurarme así a
reemplazarlo cuanto antes”
(El poeta es López Velarde, en homenaje a su prima
Águeda. Y ella es Teresa de la Parra. No. Corrijo. Ella es María Eugenia Alonso,
la de “Ifigenia”).
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