lunes, diciembre 11, 2006

Venimos de la mesa y hacia la mesa vamos



Diferencias literarias sobre los alimentos

1. Lo fascina el olor sideral de la flor del café, así como el sabor azul de la vainilla. Su memoria alberga conservas de piña y el milagro del pan por la mañana. Puede señalar sobre la tierra la fruta velluda del guamo y asociarla a su padre venido de otros cielos. Ve a Vibonati en este pueblo. Y ve la hoja aceitosa y morada del tártago y siente el silencio profundo de la tarde. Y ese silencio le depara palabras para nombrar los fantasmas que rodeaban al inmigrante, solo, devorado, mudo, con su garrafa de aguardiente para la noche, con su perro y sus estrellas de otro mundo. Padre suyo, padre de su sangre. Y de su poesía. Vicente Gerbasi, el hijo, vino también de las mesas agrestes y hacia ellas todavía se eleva su voz perenne, inmensa, saboreable. Heredó el vino de los dioses nocturnos. Gerbasi, autor de Mi padre, el inmigrante, es uno de los indiscutidos fundadores de la modernidad literaria en Venezuela.

2. Se iba al mar con los pescadores para ver de cerca esa lujosa ciencia de la espera. Le regalaban el quehacer de un hombre. Después lo dejaban revolver en las cestas y palpar uno a uno los pescados. Lubinas, lenguados, salmonetes. Esa sensualidad suprema le era permitida porque conocía el nombre de los peces, aun de los más raros, y el de los caladeros, y las señas de las lejanas rocas submarinas. El joven entendía de nudos y de velas y del modo de armar los aparejos. Por eso lo llevaban con ellos muchas veces. No supo nunca, sin embargo, cómo era aquello en los días peores, cuando el viento del norte roe las entrañas y el mar nos enceguece. Tiempo después registraría el olor a brea y a pescado en un poema inolvidable. Disfrutemos hoy de una corvina a la brasa en homenaje a Carlos Barral (y de paso a San Josep Pla), que así se llamaba el memorioso poeta del mar y de la pesca. Su libro Metropolitano está mereciendo desde hace tiempo una buena relectura.

3. No faltaba mucho tiempo para que el cartero le entregara a Cósima Wagner aquella famosa carta que él, apasionado, le escribiría una tarde. Mientras tanto, seguía reflexionando sobre su propia inteligencia y tomando la pluma para determinar en frase indeleble que la mejor cocina era, sin duda, la del Piemonte. Ya había dicho que mucho más importante que la teología era el tema de la alimentación. De ese tema depende la salvación de la humanidad, afirmó con su estilo inigualable de pensador heterodoxo y díscolo. Recusó los usos alimentarios de sus paisanos alemanes, propiciadores, según él, de una lastimosa indigestión espiritual. Poco antes de sumirse por entero en la locura, el filósofo se dedicó al consumo exclusivo de frutas y pudo comprobar lo que ya antes había dicho de la ciudad de Turín: “Lo que más me halaga hasta el presente es que las viejas vendedoras de fruta y verdura se desviven por elegirme las uvas más maduras”. El autor de la más lúcida crítica de la razón dietética moriría en 1900. Famosamente se llamaba y se llama Friedrich Nietzsche. ¡Bollito misto y mucho dolcetto a su salud!

4. Escribe sobre su casa, como Proust, como Lezama. Lo une a ellos el gusto por algún plato, la ostentación de unos huevos pasados por agua o el recuerdo de alguna vieja mujer de la familia. Su abuela pasaba las mañanas en la cama, tapándose con un grueso edredón y apoyada en enormes almohadas de plumas. Allí desayunaba. De ella el escritor aprendería el supremo placer de tomar un sorbo de té azucarado mientras se tiene en la boca un trozo de queso blanco duro. En estos días estarán entregándole a Orhan Pamuk –de ese escritor se trata- el Premio Nóbel de Literatura.

4 comentarios:

Mil Orillas dijo...

Un post inmejorable...

Delicioso...


saludos madrileños

Anónimo dijo...

Un post inmejorable...

Delicioso...


saludos madrileños

Biscuter dijo...

Muchas gracias. Saludos desde Salsipuedes

Manuel Allue dijo...

Precioso. Pero me fastidiais porque me ogbligais a rebuscar, a repasar, a releer (a reencontrar).

Gracias y un abrazo.