martes, octubre 12, 2010

Se llama barro, aunque Miguel se llame


Era una soleada tarde de diciembre del año 66. Ramón Guillermo y yo tomamos el autobús en la carrera 19 y nos dirigimos hacia el Colegio San Vicente de Paúl, que apenas dos años antes había estrenado su moderna sede de la Avenida Lara. Durante el trayecto comentamos la noticia del día: allanamiento en la Universidad Central de Venezuela y cierre de las residencias estudiantiles. Apartando tempranas inquietudes políticas, el tema era de un enorme interés para nosotros, pues al año siguiente seríamos universitarios, y la “casa que vence las sombras” en la antigua hacienda Ibarra, era, precisamente, nuestro próximo destino. Sin embargo, una curiosidad distinta nos acuciaba en ese momento y para satisfacerla nos dirigíamos al que había sido mi Colegio hasta el año 65, como La Salle lo había sido para Ramón hasta la misma época. Eramos entonces dos lisandristas que iban a escuchar la conferencia de un sacerdote de quien nos habían ponderado ampliamente su verbo y su cultura. Se trataba del padre Javier Mauleón, nuevo director del colegio de los paúles y admirado profesor de castellano, según el “informe” que me había suministrado por esos días mi amigo Alexander Torrellas. Queríamos conocerlo y, además, saber quién era ese señor mencionado en el título de la conferencia: “Miguel Hernández y un compromiso con las circunstancias”.

No para mitigar una eventual vergüenza por ese notable bache, debo recordar que faltaban como mínimo seis años para que Joan Manuel Serrat editara su hermosísimo disco hernandiano y que la enseñanza o difusión de la poesía española en nuestro bachillerato llegaba, cuando mucho, hasta García Lorca. Lo cierto es que no sabíamos quién era ese poeta cuyo nombre nos parecía tan común y corriente, que lo asociábamos más a un pulpero del Manteco que a un escritor de aliento universal (más tarde sabríamos que, en realidad, se llamaba “barro”). Llegamos justo a tiempo y nos ubicamos casi a la mitad del auditorio, más cerca de la última fila que de la primera. Sentado, el conferencista comenzó a leer unas cuartillas. Su tono, con un énfasis no exento de calidez, nos sedujo de inmediato y contribuyó, seguramente, a lo que nos ocurrió a lo largo de la conferencia: el deslumbramiento total ante los versos citados esa tarde. Cualquier previo y torpe desdén dictado por el desconocimiento y algún prejuicio superficial, había quedado sepultado por el fervor que ahora nacía en nosotros por esa poesía fulgurante y por un hombre del campo, capaz de estar, en cuerpo y alma, a la altura de sus circunstancias, así en la paz como en la guerra. Salimos del Colegio San Vicente de Paúl, más que con una lección aprendida (que la tuvimos, desde luego), con la íntima convicción de que habíamos recibido un regalo prodigioso. A los pocos meses en una librería de la Avenida Urdaneta de Caracas conseguí dos libros de Miguel Hernández publicados por la editorial Losada. Así, con la famosa elegía a Ramón Sijé, pude llorar en el 67 la temprana muerte del padre de un amigo… Seguí -y sigo- buscando compañía en la palabra lírica y en las composiciones más profundas y sencillas de este increíble poeta de Orihuela, su pueblo y el mío y el de todos sus lectores conquistados de por vida por la humana (demasiado humana) intensidad de sus cantos.

Continuarán pasando los años y siempre recordaré al padre Mauleón diciendo, con la majestad de su acento, las estrofas enjoyadas de la elegía primera que Hernández le dedicó a Lorca: “Cegado el manantial de tu saliva,/ hijo de la paloma,/ nieto del ruiseñor y de la oliva:/ serás, mientras la tierra vaya y vuelva,/ esposo siempre de la siempreviva,/ estiércol padre de la madreselva”.

Cuarenta y cuatro años después de ese descubrimiento he cometido la impudicia de recordarlo, sólo para expresarle mi gratitud, bajo el signo de Hernández centenario, al padre Javier Mauléon, dondequiera que se encuentre.

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