sábado, enero 12, 2013

AMOR AL PIE DE LA LETRA




 Elsa Triolet y Louis Aragon

1. Comienza la dudosa luz del día y leo el estupendo capítulo que Martine Broda le dedicó a Louis Aragon en El amor al nombre. Para ella, El loco de Elsa es la  versión personal que el poeta tuvo del amour fou surrealista, así como su homenaje al amor cortés, sobre todo en su fascinante forma árabe.

Combinando poemas en prosa con versos libres y composiciones rimadas, Aragon reconstruye un mito antiguo en pleno siglo XX. Lo ubica en Granada para mayor cercanía con formas del modelo andalusí (zéjel y kasida) y con el esplendor de una fabulosa ciudad caída en 1492, el mismo año de la muerte del poeta persa Djamí, cuya obra, influida por el sufismo, es clave en esta variación contemporánea de lo que la brillante ensayista Martine Broda llama “metáfora del amor loco al pie de la letra”.   

Djamí es el autor del poema Medjun y Leila, de donde Aragon toma la vieja leyenda árabe del amor entre unos primos. Resumo el resumen que de ella hace Broda:

El primo, Quays, es poeta y transgrede un tabú al celebrar a su amada antes del matrimonio. Le escribe versos, en los que prescinde de la senhal y menciona el verdadero nombre de la prima: Leila o Layla (“La Noche”). Por quebrantar la regla que obligaba a callar el legítimo amor, no puede haber matrimonio y Leila es entregada a otro hombre. Quays huye al desierto y se pierde entre animales salvajes. Adopta el nombre de Majnún, el Loco. Broda cierra su breve descripción de la leyenda con estas palabras imperdibles: “Quays se deja consumir por su pasión que le lleva a la locura, pero continúa celebrando a Layla. Cuando ésta viene a verle, la despide para quedarse solo con su sueño de amor en ese desierto que es como la metáfora de los lugares áridos de la escritura (…) Separados, los dos amantes  mueren de amor y consuman su unión en la muerte”.      

 “Practico con su nombre/ el juego de amor”. Son los versos de Djamí que Aragon escogió como epígrafe de este libro en el que imagina a un personaje que ama a una mujer (Elsa, la de Aragon) que no existirá sino cuatro siglos y medio más tarde. Todo es cuestión de tiempo y paciencia.

La frase con la que Martine Broda cierra el ensayo acentúa los rasgos literarios de la ancestral pasión aragoniana:

“…el culto de Elsa es un topos lírico”.

2. Leyendo el ensayo de Broda recordé una anécdota de Aragón que contaba Guillén.  Su relato, por cierto, se convirtió también en una anécdota que habría de contar Carlos Barral. Resulta que a Guillén le hacía gracia el amoroso saludo con el que Aragon iniciaba sus conferencias: Messieurs, Mesdames, mon amour. Cuando decía esto último, Aragon miraba a Elsa, siempre presente y siempre compañera. Relata Barral en el segundo volumen de sus memorias, que en un cóctel privado que organizó Jaime Salinas en Barcelona, Guillén les refirió a los poetas catalanes de los 50 que allí estaban, el entrañable saludo, imitando la voz y los gestos de Aragon. Apunta Barral que lo hizo varias veces y de manera magistral. Pocas horas más tarde algunos de los presentes en el cóctel (entre ellos Barral) fueron a cenar a un restaurante y allí coincidieron  con Guillén, a quien otro grupo agasajaba. De Guillén y sus comensales los separaba un tabique, pero pudieron oír que el gran poeta del 27 entretenía a sus compañeros de mesa con el reverencial saludo de Aragon.

Esa noche a Jaime Gil de Biedma le correspondió el honor de hospedar en su casa a Jorge Guillén. Apagadas ya las luces, se oyó un ruido. Creyó Gil de Biedma que su admirado Guillén había tropezado con algo y acudió a ayudarlo. Por fortuna, nada había pasado. El poeta estaba en el baño, frente a un espejo, diciendo una vez más “Messieurs, Mesdames, mon amour”. Tal vez ensayaba el número estelar de sus tertulias, o tal vez, como dice Barral, en el centro de la anécdota quien reinaba "terrible" era el Poeta.

Creo que no se excluyen entre sí esas opciones. Además, son bellas.

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