domingo, octubre 08, 2006

El patrimonio cultural también se come



1. Hacer el censo del patrimonio cultural de un país no parece tarea fácil. Dos preguntas elementales saltan siempre a la vista: ¿Qué se incluye y por qué?. Bien. El IPC resolvió ese asunto registrando absolutamente todo cuanto las comunidades consultadas consideren digno de figurar como patrimonio de la cultura venezolana. Esta manga tan ancha del instituto encargado del censo provocó la siguiente exclamación crítica de una funcionaria del mismo organismo: “¡Por el camino que vamos hasta las empanadas van a resultar patrimonio cultural!”. No sabía la pobre que en el momento en que hacía su comentario estaba pasando por su oficina el presidente del instituto, quien al oírla se dio vuelta y le dijo: “Pues sí, el patrimonio cultural también se come y se come muchas veces en forma de empanada”.

Sin entrar a discutir el criterio escogido por el IPC para la realización del indicado censo (tema que requeriría más tiempo y espacio, así como la afinación de una estimativa), me quedaré en la literalidad de las frases citadas, para afirmar, de acuerdo con José Manuel, lo que me parece evidente: que las empanadas sí forman parte del acervo de nuestra cultura, como las hallacas y las arepas.

2. Es evidente que cocinar siempre ha sido un acto civilizatorio. Pasar de lo crudo (o de lo podrido) a lo cocido -lo dijo alguien- fue un relevante paso cultural. “Cocinar hizo al hombre”, dijo otro autor menos citado, pero en mi opinión no menos importante. En efecto, somos lo que cocinamos, pero también somos porque cocinamos. ¿No es acaso un logro cultural de nuestros pueblos indígenas haber convertido el veneno en alimento y regalarnos así esa maravilla que se llama casabe? La tradición culinaria conforma un amplio repertorio vinculado a celebraciones colectivas o familiares que no podemos nunca desdeñar, salvo que decidamos negarnos como seres humanos.

3. ¿Es inmaterial ese patrimonio gastronómico? Lo es, porque forma parte de una dimensión espiritual y de una memoria entrañable. Claro, por ser un patrimonio vivo podemos materializarlo cotidiana o eventualmente y comérnoslo y disfrutar del momento en que se prepara y se consume. Asimismo, de la ocasión en que se evoca haberlo gozado o de aquélla en que se verbaliza en un relato, en un poema o en una canción. Es un patrimonio de emociones, de intercambios, de sabores, de olores. Recuerdo en este instante un poema de Jaime Gil de Biedma que da cuenta de un viaje suyo a Atenas, después de un año atroz. Caminaba por la calle Pandrossou, en el barrio de Plaka, junto a Monastiraki. Era una calle vulgar, con muchas tiendas. En ella Jaime Gil de pronto amó la vida “porque la calle olía a cocina y a cuero de zapatos”. Eso es todo.

4. Las técnicas culinarias y los procesos de cocción, pero igualmente los materiales que se usan en la cocina y la cocina misma como espacio, constituyen elementos importantes de una expresión cultural que bien podríamos llamar gastronómica. Ella incluye, además, el sagrado momento del ágape y de la mesa común, como una rica manifestación de la vida sentimental de nuestros pueblos. Porque hay que decirlo: el patrimonio gastronómico no sólo cumple la función de alimentarnos o de curarnos, también la imponderable y sublime de proporcionarnos placer.

5. Por la comida nos conocemos. Lo saben los etnógrafos. “Dime qué comes y te diré quién eres”, es ya el socorrido retoque gastronómico de un viejo refrán. A partir de nuestros usos, costumbres y gustos en la mesa podemos entablar fecundos diálogos interculturales. Si ese patrimonio nos es arrebatado, nos estaríamos también perdiendo como pueblo y muy poco de nosotros llevaríamos a la enorme mesa de la diversidad cultural.

P.D: Correcto, Manuel Allue, la de la fotografía de este post es Zenobia de Jiménez. En los próximos días se cumplirán 50 años de su muerte, ocurrida en Puerto Rico, tres días después de enterarse de que su marido, Juan Ramón Jiménez, había ganado el Premio Nobel de Literatura.

7 comentarios:

arcana dijo...

simplemente dejo un saludo..
muy interesante
Nanastè

Manuel Allue dijo...

¿Zenobia?

Saludos, M.

Biscuter dijo...

Sí, es Zenobia.

Un abrazo

Manuel Allue dijo...

La pobre Zenobia (¿por qué siempre "la pobre?) estaba sóla en el post, hace unas horas, y sin título que la amparara. Me ha gustado, Freddy & Co., verla ahora en compañía de Jaime Gi y de esa exacta y extensa reflexión sobre la inmaterialidad del patrimonio gastronómico. Ya sé que vostros os dirigís a los espectadores en general pero sobre todo os dirigís a los comensales. Inmateriales somos, polvo, ceniza, nada. Pero las empanadas de allí o de aquí, los bordados talaveranos de Zenobia y "las personas del verbo" tienen, qué os voy a contar, más entidad "material" que la pirámide de Keops o el huerto de palmeras de Elche.

Es una opinión. Saludos muy materiales (un abrazo), M.

Consuelo dijo...

De muchos post que me han gustado, sin lugar a dudas colocaria este entre mis preferidos.

Resultas que en mis manos tengo uno de los catalogos del Patrimonio Cultural Venezolano, especificamente el del municipio Palavecino y sus palabras han encontrado toda su razon de ser en sus paginas.

Llego a mi, via prestamo y he encontrado tanta riqueza en el, que estoy interesada en hacerlo mio. Donde los puedo encontrar? me parece que la labor realizada ha sido excelente¡¡

Nos habla de la tradiciòn oral, de las manifestaciones colectivas, de lo construido...de lo inmaterial, de todo lo que es nuestros: Nuestras costumbres....

Un abrazo a ambos :)

Oswaldo Parra dijo...

Hace poco fui a visitar a un estudiante que hace pasantías en un comedor industrial y me entrevisté con su tutor, un cocinero que hace del comer en la empresa una experiencia enriquecedora.
El menú empezó a incluir, además de los consabidos sopa, seco y jugo; elementos como aceite de oliva y vinagre de vino, una barra de ensaladas a libre disposición de los comensales, y variedad en los sabores, texturas y colores de "la comida del trabajo".
Pues bien, el estudiante me dijo que un recuerdo memorable de sus labores fue que los comensales preguntaban que por que le ponían esas cosas verdes en el plato (brócoli), y que un mes después no querían comer si no tenían vegetales como contornos.
A esto el cocinero no le sorprendió, simplemente dijo: "en cada bocado hay también un bocado de cultura".
Salud.

Biscuter dijo...

Excelente ejemplo, Oswaldo, de cómo la cocina educa.

Saludos