jueves, enero 04, 2007

La calle olía a cocina




04-01-07: Comencé el año con una casi febril dedicación a la lectura. Mejor dicho: a la lectura voraz de los libros de Cesare Pavese. Pero he aquí que entre las páginas pavesianas afloró –como debe ser- el tema de la cocina y sus afines. Así, hoy resucitó de un libro que no era suyo (era de Pavese, por supuesto), un texto de mi querido Jaime Gil de Biedma. Aclaro: eran dos hojas que yo había guardado ahí. Como creo que esas páginas se avienen con plenitud a la sensualidad invocada por este blog, las copio de seguidas:

TODOS LOS OLORES

De paso por San Luis, camino del casino,
reconozco de pronto un olor
y casi me detengo:
alguien está friendo con aceite de oliva
y me toma con fuerza.

El olor de los barrios humildes
del litoral de España: pescado frito.

El olor a diario y el olor a pobre
cambian mucho de país a país.
Conozco el aroma a pescado seco,
a mango verde y a
bagong de casa de David
y de mil casas miserables de Manila, olido al pasar.
Es el olor familiar de una cocina extraña.
en las casas ricas,
confundido con el del lechón asado.


Arroz hervido, que huele a almidón
y sabe levemente a saco.

Aroma denso y poroso de los cocos.

Papayas que evocan sol y sombra,
oreo y manchas de humedad,
y traen impotencia.

Olor a escarcha y fuego de leña verde,
pavesas en el aire.

La Nava, años de la guerra civil,
camino de la escuela en las mañanas.

Años de verano,
cuando aspiraba con delicia
un mazo de naipes viejos que olía a mí mismo.

(...)

Cocido y cuero recién curtido: Salamanca.

El olor de la casa alquilada un verano en Puigcerdá,
reconocido diecisiete años después
en un cuarto de baño
de la calle del Marqués de Valdeiglesias,
en Madrid.

El olor a campo y a estiércol del ganado,
que en todas partes nos recuerda nuestra patria.

El olor a lápiz de los profesores,
en el colegio.

En algún jarrón hay ramas de pino en flor:
el detalle es extraño,
porque no íbamos en primavera.

El olor a cuerpo y prendas miserables.


Los vagones del metro.

Madrid: carne recalentada y ropa de difunto
y un deje de grasa de chorizo,
para fijar el aroma igual que el barniz de una pintura.

Londres: lana húmeda, chocolatinas baratas,
verduras tristes.

París: sé que tiene un olor, pero se escapa.


El poema que acaban de leer no es un poema de Gil de Biedma. Es un párrafo de su diario que me atreví un día a disponer en versos, procurando ejercicios para un taller de lectores ociosos, pero aplicados. También el título es una arbitrariedad por la que no podemos culpar a Jaime Gil.

3 comentarios:

Manuel Allue dijo...

Estupendo ejercicio, ¿es así?. Bellísimo. Lo mejor, con lo que me quedo y guardo y seguramente utilizaré mil veces, la grasa de chorizo de Madrid, un deje, "para fijar el aroma igual que el barniz de una pintura".

Saludos pavesianos y ¿biedmanos?. Es muy feo biedmanos. Y Jaime Gil no se lo merece. Buscaré.

Biscuter dijo...

Sí, es un ejercicio que había olvidado y que apareció ayer sin que lo estuviera buscando.

Puesto a calificar una marca de ginebra como muy vinculada a nuestro poeta, Vázquez Montalbán optó por decir simplemente: "La ginebra Bombay es "muy Gil de Biedma".

Convengo contigo: "Biedmano" es muy feo.

Gracias, Manuel, por tu comentario.

Anónimo dijo...

Bello ejercicio sin duda, olores y recuerdos van tan ligados, al parecer es importante sensibilizarse en cuanto al olfato si es que uno quiere recordar. Mi abuelo Gámez, que a sus 87 años tiene una memoria tan extraordinaria que muchas veces pensé que él inventaba las fechas y los lugares por la exactitud con que narra sus historias, pero al pasar de los años sus cuentos son consistentes, mi abuelo, recuerda mucho los aromas que habían, sus recuerdos huelen. También recuerda las comidas que disfrutó, será que los sabores también tiene que ver con la memoria??
Saludos desde los fogones andinos