martes, mayo 06, 2014

De pavos y de vinos


Carrie Snodgress y el vino
 
Escribo esta anotación a las cinco y media de la tarde. Hoy me levanté a eso de las cuatro de la mañana. Prendí el televisor con la esperanza de encontrarme a Chaplin, pero nada. Me conformé con mirar de nuevo algunas escenas de Diario de una esposa desesperada (1970), una vieja película de Frank Perry.
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Pobrecita la mujer que encarna Carrie Snodgress. Tiene que cargar con dos seres insoportables: el marido y el amante. La agarró el chingo, y buscando un escape, cayó en manos del sin nariz. Pero no fue para verla sufrir que me quedé enganchado a la película. Fue para disfrutar de la fiesta que da el marido, ese “parvenu” indetenible que protagoniza los momentos en los que el director ejerce a placer la burla social más despiadada.  

El insufrible marido de Carrie Snodgress se había empeñado en dar un convite para lucirse entre los integrantes del “selecto” círculo en el que aspiraba insertarse del todo. Por esa razón, contrata a la agencia de festejos más cara de la ciudad, que él cree sigue estando de moda entre los “suyos”.  

La primera decepción la tiene cuando se entera de que el prestigioso francés que está al frente de la agencia no va a asistir, “porque no se habían realizado los arreglos especiales” para que eso ocurriera. Vale decir: no se había contratado y pagado ese privilegio adicional. Así se lo informa el puntilloso jefe del servicio cuando llega a la casa con su diligente y despótica brigada. Desde ese momento hasta el final, todo es un fracaso.   

Los invitados, cansados de comer en todas las fiestas del grupo la misma tortilla servida por la casa Beaumont, comienzan su retirada, cuando,  apremiado por un compromiso más importante, el “simpático” gruñón de la agencia decide cerrar el bar. Así que para el momento de la previsible tortilla, no llegaban a diez los asistentes al sarao convertido ya en monótono velorio.  

Por andar de brejetero, el anfitrión terminó herido en su atorrante orgullo, pero no dio su brazo a torcer. “Todo salió bien”, le dijo a Tina, su paciente “esposa desesperada”. Segundos después de haber proferido ese débil autoengaño, se enteró de que uno de los invitados, nada menos que el último ganador del Premio Pulitzer, le había robado su adorada pieza de artesanía esquimal, bajo la mirada impávida de Tina, quien temerosa de una reacción de su marido, nada hizo contra el “distinguido” choro. Más crueldad para el lastimado “nuevo rico”, imposible.
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Por último, tres detalles de mesa y la bebida:  

1. Al comienzo, la pareja va a cenar a un restaurante italiano, y él pide cordero “al estilo francés”. El mesonero lo corrige de inmediato: “No, aquí lo hacemos al estilo italiano”. 

2. Él pide la carta de vinos y el mesonero le informa que no tienen carta y le ofrece un Barolo. Fiel al aplomo de su ignorancia, Jonathan dice que no, que mejor un Lambrusco. “No tenemos Lambrusco. Sólo Barolo”, le riposta el mozo. Para lucirse, el cliente, resignado, demanda una botella “del 65”. La respuesta que el mesonero le propina a esa dudosa echonería no tiene precio: 

“No. La del 65 fue una mala cosecha. Mejor le traigo del 64”.   

3. Al probar el relleno del pavo en la cena familiar de Acción de Gracias, una de las niñas lo rechaza con asco, dice que está horrible y devuelve su bocado al plato. ¿Por qué ese relleno tan poco tradicional? Resulta que su padre le había pedido a Tina que hiciera un pavo “gourmet”, para romper con la costumbre y ponerse en la onda culinaria del momento. Él mismo buscó la receta en una revista de cocina francesa: Dinde rôtie, farce aux huîtres et herbes.   

A la niña le resultó horrible la combinación, aunque, separados, le gustaran las ostras y el pavo. Por sólo expresar su repulsión, fue severamente regañada y echada de la cena, pero ella, en sus trece, se levantó gallarda y se fue, agradeciendo la alejaran de ese “engendro” incomestible.   

De la referida (es)cena de Acción de Gracias, no puedo omitir un detalle adicional: el vino era un Romanée Saint Vivant, cuyo nombre el padre le exige a las niñas que se aprendan, “para que comiencen desde chicas a saber de buenos vinos.”

Conste que sólo se trata de una modesta película de Frank Perry y no de uno de los excelentes diarios del admirado poeta Alejandro Oliveros, verdadero conocedor de borgoñas. Y de barolos, por supuesto.
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