miércoles, enero 29, 2014

Abismo y poesía






Dos vueltas al parque y la mañana fresca.

La memoria procede por destellos. Acabo de recordar a Eduardo Gil, con quien iniciamos una bella experiencia de teatro en aquella casa de estudios fundada hace quince años.

Son muchas las imágenes a convocar. Algunas llegan solas: la de Carlos Miguel, que hoy también estaría de cumpleaños; las de Cuchi, el Turco y Ramón, compañeros de esa alborada, apostando a un sueño en medio de las hostilidades…

El cine-club, que se llamaba En construcción, tal vez daría hoy El camarógrafo.

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El azar concurrente era voz por los pasillos y en el taller de lectura se coreaba un verso de Lezama:

Paso es el paso del mulo en el abismo

Siguen llegando las imágenes… y unas palabras de María Zambrano:

Experiencia es revelación y es historia, historia verdadera que prosigue bajo la apócrifa.

domingo, enero 19, 2014

Mousse de plátano





Ruibarbo

Sólo para anotar que en el almuerzo de hoy recordamos al gran Amadeo Mazzucato, con su deliciosa mousse de plátano y queso azul, y que el ruibarbo con papelón fue el virrey de la mesa.

Alabada sea Cuchi, hoy, víspera de su cumpleaños.

martes, diciembre 31, 2013

Una imagen para el año nuevo



En el parque cerrado, las sombras. 


En la mesa, una imagen recreada por Borges. 

Y en los versos, la seda:

“La mano de Virgilio se demora
sobre una tela con frescura de agua
y entretejidas formas y colores
que han traído a su Roma las remotas
caravanas del tiempo y de la arena”.
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¡Feliz año para todos!

lunes, diciembre 23, 2013

Hallacas de Viena y de Liverpool



Hoy, día de hacer las de la casa, recordé estas dos viejas notas que hablan de la hallaca como patria:

HALLACAS EN VIENA 

Corrían los años cincuenta. Un joven intelectual venezolano se encontraba en Europa estudiando filosofía. Primero en París. Después en Viena. Su inmensa capacidad para los idiomas le había abierto con prontitud las puertas a numerosas experiencias y culturas. Iniciado ya en diversos conocimientos, forjaba con rigor su temprano espíritu de sabio.

Hizo viajes y se aproximó a algunos lugares del continente vecino. Un día se quedó solo y sin dinero en Estambul y su olfato de llanero lo salvó: se fue al campo donde encontró la ayuda que le estaba destinada. Siguió su camino y se topó con el Mediterráneo, esa otra llanura, temblorosa y penetrable. Sintió el abismo ante sí y recordó la poesía de la belleza y lo terrible. Creyó haber añorado por un instante, y muy vagamente, el suelo firme de Nutrias. 

Como un personaje de Flaubert, nuestro joven filósofo conoció también “la melancolía de los barcos, los fríos despertares bajo las carpas, el aturdimiento de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las simpatías interrumpidas (…). Frecuentó el mundo, y tuvo otros amores”. 

Volvió a Viena para visitar nuevas razones y doctrinas. Las encontró vacías, sin aliento. Pensó en el amor como la vía serena y fecunda de la clarividencia y escribió: “Que las muchas pedagogías, metodologías, psicologías, disquisiciones esquemáticas, estadísticas, discusiones sobre escuela y sociedad, con toda su importancia instrumental, no impidan al maestro escuchar el fluir de la gran savia, ni le hagan olvidar que el rosal extiende sus brazos ciegos hacia el sol por amor a la ignorada rosa”.

Se fue haciendo habitante del mundo, “muy antiguo y muy moderno, audaz, cosmopolita”, hasta que un día reparó que tal vez no había dejado de ser también un hombre de Palmarito o del Parque Ayacucho. En ese momento crucial de su vida, se dijo en silencio: 

-Llevo varios años en Europa y no he tenido nostalgia ni por mi madre ni por los crepúsculos de Barquisimeto. No me han hecho falta ni el himno nacional ni la bandera de Miranda. 

Su cuerpo por un instante fue atravesado por una helada ráfaga de culpa venezolana, pero volvió a sus libros griegos, sin ningún especial remordimiento.

Ese mismo año, por el mes de diciembre, el invierno vienés llegó con una nieve hermosa que cubrió calles y techos con blandura. Se acercaba la navidad. El joven filósofo sintió que el tiempo era propicio para la morosa conversación con los amigos y para el deleite pausado de la poesía, y se fue entregando al ritmo que marcaba la blancura austríaca. 

Leyó con lento goce las primeras páginas del Convite de Alighieri y se detuvo en la metáfora del pan. Pensó en el pan mismo y no en la imagen de sabiduría que Dante encontraba en esa palabra. Mientras buscaba en Curtius una reflexión sobre la metáfora culinaria, lo conmovió de repente un remoto recuerdo. Su memoria convocó olores y sonidos, y poco a poco fue apareciendo el sabor de un plato, opulento, inolvidable. 

Sintió que algo de su tierra le estaba haciendo falta, una falta voraz, indetenible. Se olvidó de la nieve y del Dante, y casi con desesperación quiso comerse ese pastel insuperado. Lo imaginó en su mesa, verde que te quiero verde, reviviendo el color de las hojas que desplegaban sus manos ávidas. Adentro estaba la imponderable hallaca de su infancia. En ese instante supo que, a su vez, ella albergaba un tesoro: su madre, los espléndidos crepúsculos de Barquisimeto, las aguas del Apure, su vieja casa de Palmarito y la bandera de Miranda. 

“Resulta que todo estaba en la hallaca” repitió para sí el filósofo, que, como ya lo habrán acertado algunos amigos, se llama José Manuel Briceño Guerrero, autor del Discurso Salvaje y de muchos otros libros sabios.
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HALLACAS EN LIVERPOOL

Son larenses e historiadores. Ambos provienen de las aulas tocuyanas de don Egidio Montesinos. En este momento también son diplomáticos y se encuentran muy lejos de su patria. Uno de ellos ha estado escribiendo un libro sobre la esgrima moderna. El otro ha hecho anotaciones acerca de las neurosis de hombres célebres. Pero esta mañana de 1891, en Liverpool, se les ve atareados en otra cosa. 

Es diciembre y ya casi no falta nada para el 24. Días atrás decidieron celebrar juntos la navidad y hacerlo a la manera venezolana, para mitigar fríos y distancias. Así, se trazaron la difícil tarea de hacer hallacas. Por suerte, un trinitario tiene en Londres un abasto donde se expenden productos tropicales. Allí consiguieron el maíz, que terminaron pilando arduamente en un mortero de madera. Nada los detuvo, ni la casi imposible prueba de conseguir las hojas. Se valieron de sus funciones consulares para tener acceso al único lugar que albergaba, en rigurosa calefacción, la inhallable y costosa planta: el Jardín de Aclimatación de Londres. Atravesaron un largo periplo burocrático que exigió hasta la opinión técnica de la Sociedad de Historia Natural para cortar sólo cinco hojas de un plátano británicamente custodiado. 

La proeza está a punto de consumarse. Asaron con esmero las hojas en el fuego de la chimenea y prepararon el guiso siguiendo las indicaciones que uno de ellos (el mayor) conoce bien. Para darse ánimo silbaron un valsecito tocuyano cuando se dispusieron a probar el portentoso picadillo elaborado con carne de res y de cerdo, trozos de tocino y de gallina. La música les dio suerte: el guiso quedó exquisito. 

En este momento, uno amarra la décima y última hallaca de esta hazaña culinaria. Todos suspiran.

Son larenses e historiadores, y ahora son héroes de la cocina. El primero tiene 33 años. Se llama Lisandro Alvarado, aunque prefiera presentarse como Perico el de los Palotes. El otro tiene 30 y ya se le conoce como el doctor Gil Fortoul.

(Esta maravillosa anécdota la contó Aníbal Lisandro Alvarado en su valioso libro Menú-Vernaculismos, Edime, Caracas-Madrid, 1953, y la recogió Beatriz Páez de Salamé en Hallacas, aromas de una tradición)

miércoles, diciembre 11, 2013

De la cocina romana a la de Angélica


 
Busco dos palabras: tapsia y silfio.

Me topé con la primera en una página de Historia de la comida, un estupendo libro de Felipe Fernández-Armesto, que, además de informar, entretiene:

“La planta más preciada por su sabor en la antigua Roma era la tapsia, una hierba que nunca se domesticó con éxito. La importaban de Cirene, después de haberse introducido desde su país de origen en la cercana Libia, presumiblemente por dispersión natural de las semillas. Los nativos, y los gourmets griegos para los que cosechaban la planta, sólo mordisqueaban los extremos, pero los romanos se comían todo el tallo y la raíz, cortados a trozos y conservados en vinagre. Las cosechas excesivas para cubrir las demandas de los romanos condenaron a la tapsia a la extinción. Su diseminación desde Libia fue la única transmisión documentada de una planta alimenticia en la Antigüedad”.

El silfio se me apareció en un recetario de cocina romana, en el que también se menciona la tapsia:

“Silphium: es el nombre griego del laserpicio. Se identifica con el actual comino o con la tapsia”.

En el glosario que viene en De re coquinaria de Apicio (edición hecha por Attilio A. Del Re), encuentro que la entrada “Silfio” remite a la de “Laser”. En ella se dice que el ajo sustituye al laser, que es imposible conseguir hoy, y que esa asfétida a su vez “sustituyó, ya en el siglo I d.C. al verdadero laser cyrenaicum, llamado silfio y extinguido en la época de Nerón por causas desconocidas. Aunque no nos guste, es una sustitución obligada, sobre todo porque Apicio parece detestar el ajo y no lo prescribe casi nunca”.

La entrada concluye con un lamento: “no sabremos nunca la diferencia entre silfio y laser, laser vivum y laseris radicem, que son respectivamente la resina, la hoja fresca y la raíz. Todas tenían propiedades y usos diferentes. En el texto latino, estas distinciones parecen importantes, pero, ¡ay! para nosotros es algo irrecuperable”.
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Voy después al Diccionario Botánico para Cocineros de Andoni Luis Aduriz y François-Luc Gauthier, quienes indican que el silfio es un antiguo condimento romano (silphium), una resina muy parecida a la asafétida, “aunque de sabor más suave”.

Ante lo incierto de la especie que lo produce, los autores del diccionario agregan, con más audacia que rigor, esta imaginativa sugerencia:

“Se puede crear un sucedáneo de silfion con hojas y tallos de apio de monte y angélica, miel y bayas de enebro”.

Retengo una palabra: angélica. Con ella concluyo el juego y me doy por satisfecho cuando leo que Arzak ha sabido sacarle provecho a la "Hierba del Espíritu Santo", como también le dicen a la angélica. Al gran cocinero vasco le ha deparado el especial sabor de un helado y la fragancia de unas ostras con piquillo.
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“Angélica te llamas”, digo ahora con Maelo, mientras recuerdo aquella nube "que se extiende lentamente en despejado cielo azul". La planta más preciada por su sabor en la antigua Roma era la tapsia, una hierba que nunca se domesticó con éxito. La importaban de Cirene, después de haberse introducido desde su país de origen en la cercana Libia, presumiblemente por dispersión natural de las semillas. Los nativos, y los gourmets griegos para los que cosechaban la planta, sólo mordisqueaban los extremos, pero los romanos se comían todo el tallo y la raíz, cortados a trozos y conservados en vinagre. Las cosechas excesivas para cubrir las demandas de los romanos condenaron a la tapsia a la extinción. Su diseminación desde Libia fue la única transmisión documentada de una planta alimenticia en la Antigüedad”.

El silfio se me apareció en un recetario de cocina romana, en el que también se menciona la tapsia:

“Silphium: es el nombre griego del laserpicio. Se identifica con el actual comino o con la tapsia”.

En el glosario que viene en De re coquinaria de Apicio (edición hecha por Attilio A. Del Re), encuentro que la entrada “Silfio” remite a la de “Laser”. En ella se dice que el ajo sustituye al laser, que es imposible conseguir hoy, y que esa asfétida a su vez “sustituyó, ya en el siglo I d.C. al verdadero laser cyrenaicum, llamado silfio y extinguido en la época de Nerón por causas desconocidas. Aunque no nos guste, es una sustitución obligada, sobre todo porque Apicio parece detestar el ajo y no lo prescribe casi nunca”.

La entrada concluye con un lamento: “no sabremos nunca la diferencia entre silfio y laser, laser vivum y laseris radicem, que son respectivamente la resina, la hoja fresca y la raíz. Todas tenían propiedades y usos diferentes. En el texto latino, estas distinciones parecen importantes, pero, ¡ay! para nosotros es algo irrecuperable”.
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Voy después al Diccionario Botánico para Cocineros de Andoni Luis Aduriz y François-Luc Gauthier, quienes indican que el silfio es un antiguo condimento romano (silphium), una resina muy parecida a la asafétida, “aunque de sabor más suave”.

Ante lo incierto de la especie que lo produce, los autores del diccionario agregan, con más audacia que rigor, esta imaginativa sugerencia:

“Se puede crear un sucedáneo de silfion con hojas y tallos de apio de monte y angélica, miel y bayas de enebro”.

Retengo una palabra: angélica. Con ella concluyo el juego y me doy por satisfecho cuando leo que Arzak ha sabido sacarle provecho a la "Hierba del Espíritu Santo", como también le dicen a la angélica. Al gran cocinereo vasco le ha deparado el especial sabor de un helado y la fragancia de unas ostras con piquillo.
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“Angélica te llamas”, digo ahora con Maelo, mientras recuerdo aquella nube "que se extiende lentamente en despejado cielo azul".

lunes, diciembre 02, 2013

Macedonio y empanadas de Nicolasa


Macedonio Fernández

Tres vueltas al parque y una página del Museo de la Novela de la Eterna. Macedonio, con una rotunda frase, acaba de informarnos la salida de uno de sus personajes más entrañables: “Nicolasa se va”. 

Sí. Se va la robusta cocinera que había aceptado participar en la historia, con una sola condición: que se le permitiera abandonar por momentos la novela, para ver si no se le derramaba un dulce de zapallo que había dejado en el tercer hervor, para verificar la cocción de cualquiera de sus preparaciones o hacer la rectificación de sal que ellas requieren. El autor, que amablemente había consentido en esa exigencia culinaria, no pudo manejar las ausencias de Nicolasa, y ahora, muy a su pesar, tiene que prescindir de ella. No está de más agregar que le ha endosado a Dios la culpa del sacrificio, por el funesto error de prohibir la ubicuidad. 

Antes de despedir definitivamente a Nicolasa Moreno de la novela, Macedonio Fernández refiere el aroma suntuoso de sus empanadas, así como la frase que ella le dijo a otro personaje en el momento fatal de su salida: 

“…usted, que es hombre de buen apetito, se figurará qué podrá resultar de una novela sin cocinera: una novela de ayunadores”. 

Refiere Macedonio que Nicolasa inventó una unidad de medida gastronómica: “la empanada y media”. La misma tuvo tanto éxito que llegó a ser moneda de curso local y con frecuencia se le mencionaba en los contratos mercantiles de este modo: “Contra reembolso en dinero o empanadas y media”.
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Pienso que Macedonio Fernández es el padre y el abuelo de todas las osadías narrativas que conocemos. Con razón dijo el Turco Saer: El Museo de la Novela de la Eterna vuelve anticipadamente anacrónicos aun a sus herederos (entre lo que me atrevo a contarme)”. 

El maravilloso libro de Macedonio puede abrirse por cualquier página y siempre encontraremos una genialidad citable y fecunda. Hagan la prueba. Yo la hice hoy.  

P.D: A falta de Nicolasa, rememoro el sabor de las prodigiosas empanadas de La Paceña, en Belgrano, conocidas por mí gracias a Eduardo y Luisana, grandes frecuentadores de ese sitio.

jueves, noviembre 28, 2013

Azúcar y caruto

Roberto Burle Marx. Foto del archivo de Fernando Tabora y tomada del blog de Lisa Blackmore
 
 
“Sin azúcar no se comprende al hombre nordestino”. A partir de esa frase Gilberto Freyre emprendió su célebre incursión por la dulcería pernambucana, para legarnos, no sólo el modelo de una peculiar sociología gastronómica, sino también un estupendo recetario de postres caseros y de innumerables chucherías. Leer su libro Azúcar es hacer un viaje desde los antiguos y duros ingenios del Nordeste hasta las mesas hidalgas de Recife, pasando por datos y curiosidades avenidos armoniosamente con el disfrute supremo de la gula.
 
Freyre toma de Machado de Assis (para algunos el más grande novelista latinoamericano del XIX) una idea que le parece científicamente acertada, aunque su origen (o quizá por eso) sea literario: el dulce de coco y la compota de membrillo como “principio social” de los cariocas. Así, más que una Idea hegeliana y esencial, Freyre estima que las preferencias concretas de los paladares son la mejor guía para la comprensión de las culturas. Por eso su interés en la presencia crucial del azúcar en diversos aspectos de la vida brasileña.
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En una ocasión el juego freyriano de los postres predilectos apareció como azar concurrente en nuestras clases de Literatura y Cocina. La lectura de una vieja novela venezolana (“Peonía”) nos había llevado hasta el caruto y mis alumnos más diligentes se esmeraron en encontrar la fruta y preparar algo con ella. Por esos días yo me había traído la quinta edición del libro de Freyre y disfrutaba sus páginas al máximo. Cuando llegué a la lista de los postres favoritos de ilustres brasileños, pedí el auxilio de Cuchi para la debida traducción. Bien se sabe que el lenguaje culinario tiene secretos que las razones del diccionario ignoran.  
 
Cuarenta y tres personajes fueron registrados por Freyre en su inventario de golosos, entre los cuales el dulce de coco se llevó con creces los honores. Hubo dos rarezas, una de las cuales correspondió nada menos que a Roberto Burle Marx, de grata recordación en Venezuela, por su formidable paisajismo en el Parque del Este de Caracas. La otra, al gran educador Mário Palmério. La escogencia de Burle Marx fue la que llegó a nosotros como anillo al dedo: dulce de jenipapo. Inocente todavía de la confluencia mágica, le pregunté a mi traductora qué era eso de “jenipapo”, y Cuchi, a quien ya había fatigado “ad nauseam” con nuestras clases, sonriéndose, me respondió: “¡Caruto, Freddy, caruto!  
 
Poco después el helado de caruto de nuestro amigo Leobardo Zerpa (profesor de la universidad y alumno del curso) fue servido en clases para rendir homenaje a esa nueva y divertida concurrencia del azar.
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(FREYRE GILBERTO.  Açúcar: uma Sociologia do Doce com receitas de bolos e doces do Nordeste do Brasil. 5ta. edición. Global Editora, Sâo Paulo, 2007)

 

miércoles, noviembre 13, 2013

Una cocinera que ayer estuvo de cumpleaños


Contra viento y marea, la mayor intelectual de su tiempo en la América Hispana labró una obra portentosa de la que se vio forzada a abjurar al final de su vida. Sabemos que le tuvo miedo al Santo Oficio, como lo confesó en la Respuesta a Sor Filotea, pero también inferimos que igual o más miedo le tuvieron a ella los torvos fiscales de su talento. 

Lo de siempre: quien no entra por el aro de los dogmas, pasa a ser sospechoso de ominosas conspiraciones contra el orden ideológico que impera. Lo vigilan desde cualquier atalaya, y si los hurones son cercanos (amigos o confesores, como en el caso de Juana) la inspección de la herejía se tiene por triunfante. Pero algo hay que les cuesta mucho: desaparecer del todo las páginas escritas. Incluso, a veces aparecen algunas fuera de catálogo y éste se amplía con nuevas piezas imborrables. Así, en el año 1968 fueron encontrados los Enigmas de Sor Juana. El gran sorjuanista Antonio Alatorre preparó una estupenda edición con los veinte enigmas, escritos, al parecer, poco antes de que la monja diera por concluida su soberbia trayectoria literaria. Los enigmas no están resueltos, dijo Alatorre, y le propuso a los poetas mexicanos que procuraran descifrarlos. Gabriel Zaid, quien relata el hecho, al aceptar la invitación del erudito, ensayó la solución del cuarto enigma: 

¿Cuál es la sirena atroz que en dulces ecos veloces muestra el seguro en sus voces, guarda el peligro en su voz?
 
Dijo Zaid que la respuesta era la fama. Pero como no se trata de una adivinanza, el arcano permanece inalterable para que otros intenten descifrarlo. Asimismo, el mayor de los enigmas sigue en pie y acaba de escribir esta frase: 
El mundo iluminado, y yo despierta.
 
Es una jerónima tan inteligente como hermosa y bien sabemos todos que se llama Sor Juana Inés de la Cruz, poetisa, filósofa, mexicana y cocinera.
 
(Este texto es el final de un artículo publicado hace poco en la revista digital BIBLIOMULA. Este es el link: