lunes, octubre 05, 2015

Una cocinera en los diarios de Virginia Woolf


Nellie Boxall a la izquierda. En el centro, la "nurse" Lotte Hope. A la derecha, Nellie Brittain. La niña es Angelica Bell, sobrina de Virginia Woolf
 
Durante dieciocho años marcó la vida doméstica de los Woolf, como se aprecia en los diarios de Virginia. Quienes vieron Las Horas, tal vez recuerden una escena en la que ella participa. Nelly (Linda Bassett) sube a hablar con Virginia Woolf (Nicole Kidman), para pedirle instrucciones acerca del almuerzo, pero la novelista, concentrada en la escritura de La señora Dalloway, no permite la interrupción. Le dice a Nelly que bajará después a la cocina y, un tanto perturbada, trata de retomar el hilo. Todo había ido bien esa mañana, por haber estampado la estupenda frase del inicio: “La señora Dalloway dijo que ella misma se encargaría de comprar las flores”, como leemos para siempre en esa novela extraordinaria que le costó lo suyo a la escritora. 

Poco más tarde Virginia fue a la cocina y vio que Nelly cortaba un trozo de carne. Antes de que le preguntara qué iba a preparar con eso, Nelly le informó: “Usted estaba muy ocupada y nadie me dio instrucciones, así que decidí hacer un pastel de cordero”. Sin contrariarse, la escritora le añadió una tarea inesperada. Esa tarde vendría Vanessa con sus hijos, y Virginia quería servirles té chino y galletas de jengibre, pero no tenía en casa ni lo uno ni lo otro. Asi que le pidió a Nelly que fuese a Londres a buscarlos (no olvidemos que por esos años los Woolf vivían en Richmond). Nelly dejó la carne a medio cortar, se quitó el delantal, lo tiró al piso y se fue de mala gana para Londres a cumplir con su mandado.
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Si vamos a los diarios que Virginia Woolf llevó desde 1925 a 1930, el primer nombre propio que encontraremos será el de Nellie Boxall o simplemente “Nelly”, como escribe con frecuencia la diarista. La frase que esa vez (6-01-25) le dedicó es de una elocuencia fulminante, que podría haber servido para el inicio de la gran novela inglesa sobre el servicio doméstico que ella no llegó a escribir, pero a la que se aproximó bastante en sus cuadernos personales:  

“Hoy Nelly ha presentado su dimisión número 165”.  
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A lo largo de los diarios son tantas las ocasiones en que la escritora da cuenta de sus conflictos con Nelly, que llega un momento en que se imagina ser la futura lectora de sus diarios y anota esta inesperada maravilla: 

Si yo estuviera leyendo este diario, si fuera un libro que cayera en mis manos, creo que me fijaría con especial interés en el retrato de Nelly e inventaría una historia, quizás haría que toda la historia girase en torno a ella; eso me divertiría”. Y añade: “Su carácter, nuestros esfuerzos por librarnos de ella, nuestras reconciliaciones”. 

Cuando llegué a esa entrada del 15 de diciembre de 1929, yo, que venía subrayando todas las referencias a Nelly, tuve -como a muchos otros lectores les puede haber ocurrido- la sensación de que había sido sorprendido por la autora. En un diario en el que son muchas las referencias a la vida literaria y abundantes las menciones a Keynes, Roger Fry, Vanessa Bell, Lytton Strachey y Eliot, entre otros grandes, estar pendientes de Nellie Boxall era como abusar de la confianza y meterse, cual Pedro por su casa, en la cocina. Claro, de eso se trata también en diarios como los de Virginia Woolf, pero a uno no dejan de asombrarlo ciertos azares concurrentes o algunas líneas autorreferenciales…
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Que se soportaran tanto tiempo los Woolf y Nellie Boxall, tuvo su razón, precisamente, en la cocina. Aparte del valioso testimonio que aportan los diarios de la autora de La señora Dalloway a los estudios sobre la vida londinenese en esos tiempos (en particular, a la vida en Bloomsbury), su mirada privilegia la gastronomía casera. A sentirse bien la ayudaba un pollo asado por su cocinera excelsa. Y cómo la entristecia que, por su carácter indócil, Nelly se negara a veces a hacerle mermelada de naranja. Un día, tras dimitir por enésima vez, Nelly se fue refunfuñando. Al rato regresó directo a su oficio, como si nada. Sólo informó: "Fui a buscar una crema para hacer la cena. No podía dejarlos sin comida".  

“Nelly cocina admirablemente”, escribió Virginia. Lo dijo todo.
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Cuando terminé la lectura de los diarios, busqué más datos sobre Nellie Boxall y supe, como era de suponer, que el tema de la servidumbre doméstica de Virginia Woolf ha dado para varios estudios. Así, en el 2008 se publicó uno titulado Mrs. Woolf and the servants. An Intimate History of Domestic Life in Bloomsbury. Lo escribió Alison Light y fue publicado por Bloomsbury Press. Por una reseña de ese libro me enteré de que Nellie Boxall, después de haberle trabajado por mucho tiempo a los Woolf, sirvió en la casa del gran actor Charles Laughton y tuvo desde entonces “una vida más glamorosa”.  

Pienso ahora que la amable y rubicunda imagen del admirado Laughton mucho le debe a la estupenda cocina de Nellie Boxall.

1 comentario:

hjorgev dijo...

Muy buena entrada, Biscuter. Gracias.
Saludos desde Alemania
HjV