lunes, agosto 21, 2006

Por lorquianas, por bulerías




Han pasado setenta años del fusilamiento de Lorca y su obra sigue creciendo, indetenible. No lo digo porque se le hayan añadido algunos textos inéditos, sino porque continúa ganando lectores, que es un modo –el mejor- de mantener viva una obra literaria y de hacerla nueva y distinta, según la teoría de la recepción o según el Borges de Pierre Menard, autor del Quijote, anterior a esa teoría y axiomáticamente infalible. Lo cierto es que la poesía, el teatro y la prosa de Lorca están aún con nosotros, con sus misterios y su gracia intactos.

Pocas obras literarias del siglo XX lograron una conexión tan intensa y genuina con el alma popular como la de Federico García Lorca. El poeta de Granada entró de lleno al mundo gitano-andaluz y se dejó llevar por sus enigmas, para extraer después el fulgor del flamenco y esparcirlo bellamente mediante su Romancero, su Poema del Cante Jondo, sus canciones y su teatro incomparable. Entre los poetas del 27 Lorca fue el único que comprendió y sintió la hondura de una sabiduría primordial. Por eso, algunos de sus contemporáneos lo acusaron de “andalucista” y llegaron a burlarse, pobrecitos ellos, de su estrecha relación con lo gitano. Pienso que ese vínculo auténtico es uno de los secretos de su perennidad y de su fuerza, sin duda, más que literaria, cultural.

En una de sus magistrales conferencias, la dedicada a las nanas infantiles, Lorca hace una referencia a la dulcería española. Creo que esa referencia genial nos permite explicar el llamado patrimonio intangible de la cultura como una genuina emoción viva y no como gélida escenografía o como piedra apenas sensitiva. Cito las insustituibles palabras de Federico:

Todos los viajeros están despistados. Para conocer la Alhambra de Granada, por ejemplo, antes de recorrer sus patios y sus salas, es mucho más útil, más pedagógico comer el delicioso alfajor de Zafra o las tortas alajú de las monjas, que dan, con la fragancia y el sabor, la temperatura auténtica del palacio cuando estaba vivo, así como la luz antigua y los puntos cardinales del temperamento de su corte”.

Ese párrafo, donde se expresa la vitalidad cultural del patrimonio gastronómico, vale por muchos tratados de antropología, por varios ensayos arquitectónicos y hasta por toda una declaración de la UNESCO sobre patrimonio inmaterial. Continúa Lorca:

En la melodía, como en el dulce, se refugia la emoción de la historia, su luz permanente sin fechas ni hechos. El amor y la brisa de nuestro país vienen en las tonadas o en la rica pasta del turrón, trayendo viva vida de las épocas muertas, el contrario de las piedras, las campanas, la gente con carácter y aun el lenguaje”.

Perdónenme los especialistas o académicos del patrimonio cultural, pero en esas frases de Lorca está contenido, sencilla y hermosamente, lo fundamental de sus búsquedas intelectuales. La geografía espiritual del flamenco, recorrida por el poeta del “Romancero Gitano”, pasa sobre todo por el oído y por el gusto.

Vamos hoy a la cocina, por lorquianas, por bulerías. Indaguemos en el recetario de las monjas dominicas del Monasterio de Santa Catalina de Zafra en Granada y hagamos alguno de esos dulces almendrados, melosos y antiguos. Bebamos después, como se debe, resolí de Jaén. Y olé.

2 comentarios:

Manuel Allue dijo...

¡Bravo!

Biscuter dijo...

Gracias por tu generoso comentario