miércoles, mayo 09, 2012

Diferencias sobre la razón provinciana




"Yo nací provinciano en los domingos de desigual memoria"
JOSE ANGEL VALENTE

Una elocuente frase de Adriano González León podría hacer inútil este artículo. El autor de País Portátil redondeó un día su idea acerca de los lugares de la escritura, diciendo que "un escritor es un escritor, en Guardatinajas o en París". Podría dejarme llevar por esa atractiva y afilada navaja de Occam que acuñó el trujillano en una entrevista de los años 60 y dar por zanjado el asunto. Pero no. Creo que el tema admite algunas variaciones (o diferencias, en el viejo sentido musical de la palabra), como las que intentaré de seguidas, sin otro afán que el de subrayar ciertos achaques o trastornos.

1. Contaba Javier Marías hace poco, que sus últimas cuatro novelas las escribió parcialmente en Soria, una ciudad recoleta, pequeña y con prosapia literaria, como lo saben los lectores de Bécquer, Machado y Gerardo Diego. Allí Marías encontraba la calma necesaria para la escritura, así como un amable refugio. Contemplar desde una ventana el parque llamado la Dehesa, era para él un regocijo. Pero ahora resulta que Soria ha sido asaltada por los profesionales del ruido y de la juerga y al escritor no le ha quedado más remedio que despedirse de ella, con tanta pena como indignación. Relata Marías que ya Soria no es lo que era, porque desde hace un lustro las fiestas de la calle se fueron volviendo rutinarias. No anunció Marías si ya había escogido un nuevo lugar para su retiro literario o si ahora va a escribir todo en Madrid y dejará de tener, castellanos o no, refugios para su trabajo. Lo cierto es que el autor de Tu rostro mañana prefería para algunos momentos de creación el ambiente de provincia. No se trata de un caso excepcional. Por el contrario, son muchos los escritores que se alejan de las metrópolis para acometer sus proyectos literarios en sitios de sosiego. Concluida la tarea, retornan a la capital donde los espera el ritmo vertiginoso al cual están acostumbrados. Infortunadamente, el ejemplo de una Soria sobresaltada no es excepcional. Ya muchos lugares, antaño silenciosos, han dejado de ofrecer la paz que algunos escritores requieren y desean para su oficio. Así, y aunque parezca "fin de mundo", como decían nuestros abuelos, podría dar lo mismo Caracas que Sanare y hasta sería retocable una vieja frase española, para decir, por ejemplo: "Tanto monta monta tanto, Barquisimeto como San Fernando".

Hace apenas un instante, cuando mencioné un entrañable topónimo larense, por mi mente pasó silbando un viejo título de Escalona Escalona, que espero no se haya convertido en una cruel ironía: Sanare, puramente paraíso. Confío en que Sanare aún sea albergue idóneo, temporal o permanente, de escritores no aturdidos por el rebullicio de cornetas.

2. Podrá decirse de ellas que han sido asediadas por el crimen, que una espantosa estética invadió sus fachadas o que han perdido árboles y sombras y son ahora un campamento a la intemperie que copia lo peor de las ciudades grandes. Todo eso podemos imputarles, pero lo que nadie puede negar es que muchas de esas ciudades pequeñas del interior, siguen siendo enormes infiernos morales, lo que comporta una insuperable ventaja para los escritores que se ocupan de la miseria humana. Son museos in situ de la envidia y de las cayapas que promueven sus pandillas contra todo lo que signifique un peligro para su modorra cultural. Algunas, por más capitales de estado que sean, contienen un campo edénico para la insidia, la ignorancia y la impunidad de los mediocres. Quien ose allí poner en marcha el reloj de El Forastero galleguiano, es echado de inmediato, y si hace alguna oposición cívica, lo acribillan, precisamente, por no ser desaforado. Como se sabe, la Ley de Lynch está vigente en esas taimadas comarcas de la barbarie. No debemos escatimar elogios: son tozudas y efectivas en la preservación de ingratitudes, enconos y arcaísmos. No me quejo. Constato una inmejorable fuente para la literatura de la sordidez ética y de los pesimismos.

Sin embargo, no es ese el único filón que nos deparan tan estupendos criaderos de alacranes. Sus vilezas cotidianas son casi siempre compensadas por maravillas escondidas y por nobles resistencias de la naturaleza, paisaje humano incluido. Así, en algún recodo de pueblos espiritualmente devastados, se enciende de vez en cuando la luz de una memoria. Un lector camina por un parque y va reconociendo al niño que hace mucho tiempo fue. Regresa a la casa y encuentra en Proust un eco de esa vivencia milagrosa. Un joven cronista de su barrio escribe y abre las puertas de su casa a los antiguos dioses vegetales de la aldea, lee a Canetti, se conecta con el mundo, pero ama el suyo, el propio, el que podrá hacerlo un escritor universal por encima de cercanas asperezas.

3. Si algo no se consigue con facilidad en las pequeñas ciudades del interior es ser verdaderamente un solitario. Alguien lo dijo hace muchos años: muchedumbre y soledad se avienen, y Don DeLillo agregó después que en las grandes urbes rige un pacto de intocabilidad. Cada quien a lo suyo, ensimismado, en el metro, en "el ruta", en el auto, en la calle...

El laberinto de la soledad urbana nos invisibiliza, y es probable que en algunos escritores esa realidad de hombre-masa opere como un vigoroso estímulo para la imaginación. Tal vez surja así la Santa María de Juan Carlos Onetti o brote la Aracataca de García Márquez con el nombre de Macondo, en un DF inabarcable. Tanto la primera como la segunda acompañan a sus autores, porque, en definitiva, ellas eran las ciudades míticas (y verdaderas) que llevaban por dentro. Palabra de Cavafis.

4. Escribo estas notas en Barquisimeto, una ciudad donde nacieron en el siglo XX importantes escritores venezolanos que se ausentaron de ella siendo jóvenes. Sin especular acerca de las razones particulares que tuvieron para irse, lo cierto es que su trayectoria literaria la hicieron en Caracas o en el exterior. En un país donde no podía ser fácilmente refutada la afirmación de que "la provincia es monte y culebra", dejar Barquisimeto (o no volver) era casi obligatorio para quien deseaba realizar "carrera literaria". Como se sabe, ésta no es literatura (y con mucha frecuencia nada tiene que ver con ella), pero es una noble ruta de vida cuando se ejerce dignamente y no se anda pensando todo el tiempo en la "nombradía" y el "prestigio". Hoy, por obvias razones de las que esta revista es una evidencia, el interior está dejando de ser desdeñable para esa legítima aspiración curricular.

No estoy seguro de que mis ilustres paisanos no hubieran hecho buena literatura de haber permanecido en la ciudad de las cinco vocales (o de haber retornado a ella). Quizá, sólo habría sido distinta, porque, como bien dijo Adriano, "un escritor es un escritor en Guardatinajas o en París".

(El artículo anterior fue escrito especialmente para la estupenda revista digital BIBLIOMULA. Copio el link correspondiente: http://bibliomula.org/index.php/home/contenido-de-la-edicion/70-diferencias-sobre-la-razon-provinciana.html . La ilustración la he tomado también de BIBLIOMULA, a quienes agradezco me disculpen esta reproducción).

domingo, mayo 06, 2012

Juan Nuño


JUAN NUÑO


Ayer se cumplieron 17 años de la muerte de Juan Nuño. Su hija Ana envió a sus amigos un mensaje con una oportuna cita de Juan sobre la desmemoria:

Un monstruoso Alzheimer colectivo parece apoderarse de las jóvenes generaciones, que no sólo son incapaces de recordar nada, sino que a cada instante tienen que reaprenderlo todo. Está bien creer que el mundo comienza con uno cuando se es joven, pero lo patéticamente grave es actuar como si de verdad sucediera así. Madurar es aceptar la carga de todas las memorias precedentes y sobre todo la formación de la propia”  

(Juan Nuño, La desmemoria, Escuchar con los ojos, Monte Avila, 1993).

Después de leerla fui a un viejo cuaderno y revisé la anotación que hace 17 años hice en mi diario. Juan Nuño murió un viernes y yo lo supe en la mañana del día siguiente. Copio algunos párrafos de lo que entonces escribí:


06-05-95: Sábado. Ayer murió Juan Nuño. Leo la noticia en El Nacional estando ya en el estacionamiento de la universidad, adonde tuve que venir para participar en la aplicación de la llamada Prueba de Aptitud Académica. No tengo con quién compartir el dolor, ni siquiera puedo llamar a Cuchi. No hay teléfono cerca. Además, debo permanecer en el aula casi tres horas, cuidando el examen y llenando planillas. Afortunadamente comparto la responsabilidad con la señora Amalia Hernández, quien se encarga de ordenarlo todo.

Lo de Juan Nuño me golpea. Fuimos amigos. Vino varias veces a Barquisimeto para atender invitaciones mías. Fue generoso conmigo, no sólo por puntuales y certeros estímulos, sino –y sobre todo- por brindarme su amistad. (…). Para una separata de Letra Continua me cedió su ensayo Kafka en clave judía. En esa época (primer lustro de los 80) tuvimos un breve intercambio epistolar. Recuerdo una carta donde me decía en tono de exclamación,  refiriéndose a mi pasantía por Barcelona: “Castillo Castellanos, con ese par de apellidos que usted carga y viviendo entre catalanes…” (…).

Juan Nuño es una de mis adhesiones más firmes. Lo fue antes de conocerlo personalmente y después, con el trato amistoso, esa adhesión se profundizó. Lo admiraba. Lo admiro. Su talento, su cultura, su inmensa formación filosófica, ocupan un espacio único en Venezuela. Pocos como Juan, tan eficaces en la polémica, en la esgrima intelectual o en el uso apropiado de la argumentación sagaz y pertinente. Poseyó estilo literario, sin atavíos ni manierismos. Sus lectores disfrutamos de ese estilo singular, mientras sus blancos predilectos (los dogmáticos de cualquier especie y color) lo sufrían, más que como estilo, como estilite.

Juan Nuño era a veces demoledor, pero siempre auténtico, genial. Recuerdo su respuesta a una pregunta que decía algo así como “¿Cuál es el episodio bélico que más admira?”. La respuesta fue toda una proclama literaria: “La batalla del Quijote contra los molinos de viento”.

El “temible y ácido” Juan Nuño era también un caballero andante.

(…)

Juan Nuño polemizaba en la calle. No le tenía miedo (ni desdén) a los lances periodísticos. Los protagonizaba y provocaba con gusto. Se deleitaba en ese oficio incisivo. Recuerdo que cuando emprendió en forma continua la publicación de artículos en El Nacional le envié una carta felicitándolo por ellos. Me respondió: “No me felicite por los artículos de El Nacional. Compadézcame, más bien. Cuando pase por Caracas y se decida a llamarme, le contaré, al calor de un grato yantar, el cúmulo de enemistades y otras delicias que me han proporcionado los fulanos artículos”.

(...)

A Juan quizá le hubiera gustado que en este momento lo recordáramos con Borges: “Con vino rojo hemos brindado a tu salud…”.

domingo, febrero 05, 2012

Las frutas mexicanas


Son Yuri y Edmundo hablando de las frutas mexicanas, de las oriundas y las adoptadas. Están en el hermoso puesto de frutas de la señora María de los Angeles, en el mercado Martínez de la Torre de la colonia Guerrero y nos trasmiten con placer un conocimiento amable que es también una historia de la cultura. Vayamos con ellos a su ilustrado paseo, a su pasión por México y sus frutas. Sencillamente, da gusto este video:

lunes, enero 30, 2012

Décimo tercer aniversario de la UNEY

Chema Madoz. Arco

Su breve recorrido académico está signado por un amplio espíritu humanístico, nada frecuente hoy en las casas de estudio del país. Sus nobles desafíos intelectuales frente a las incomprensiones y la medianía, su audacia contra el espacio hostil y la tozudez fascista, su afán de formación para la libertad, la creación y el diálogo;  y su capacidad de resistir todos los embates (aún los que parecen definitivos, ciegos y sordos), son rasgos que la identifican a lo largo de estos trece años, felices y duros, a la vez.

La UNEY pasa con regocijo y orgullo (y cierta majestad, todo hay que decirlo) por el arco de libros y literatura, de ciencia, diseño, cocinas, cuerpos, imaginación y arte, que, desde el 29 de enero de 1999, marcó su entrada a la educación universitaria de Venezuela y el mundo. Allí, entre los libros, está su alma, lejos, muy lejos de mustias autoridades "in partibus", incapaces, por fortuna, de invadir los intangibles.

Celebramos la fidelidad, la confianza y el apoyo valiente de sus amigos, estudiantes, docentes, obreros y personal administrativo. Celebramos la voz de quienes, no oficiales, pueden hablar por ella, con la frente en alto, en todos los escenarios, incluidos los domésticos. 

Desde las luces de afuera (y de adentro, porque todavía las hay) saludamos la historia verdadera de la UNEY, que persiste sobre la apócrifa de estos meses sombríos.

¡Feliz cumpleaños UNEY!

miércoles, enero 25, 2012

La UNEY en sus trece


Me cuentan personas de cuyo testimonio me fío, que nuestra límpida casa de estudios ya no es lo que era. Hasta el buen decir parece proscrito de ciertas oficinas, sobre todo, de aquellas de donde deben surgir algunas decisiones. Corrijo. Si el buen decir está proscrito, qué podemos esperar ahora de esos lugares invadidos. 

Que en este momento haya garduños (me aseveran que los hay) en los diversos espacios académicos de la caballería andante, no es para sorprenderse. De quienes entran a saco en territorios que les son ajenos, por espíritu y cultura, qué puede derivarse más que chapuzas y desmanes.

Aquí  ocurrió la barbarie de siempre: con la complicidad de marrulleros y fementidos, se activó con celeridad la aplanadora de quienes desprecian todo lo que desconocen y les da escozor el talento de los otros.

Pero algo hay que no pueden: destruir un intangible que se llama UNEY, que no se aloja ni en reglamentos contrahechos ni en resoluciones ministeriales dictadas por el pobrediablismo, cualquiera sea su “jerarquía académica” o su “santidad” intelectual.

La UNEY, encuéntrese donde se encuentre, es una fraternidad de almas que vuela, lee, desacata, inventa, espera, resiste y sabe que las universidades verdaderas no son las fundadas, sino las que fundan.

Seguiremos fundando.

viernes, noviembre 04, 2011

Los gustos esenciales

 Restaurante Lady Baltimore, en la calle Madero. México D.F.

Juan Gil-Albert

Era apenas un niño que contemplaba a su madre mirarse en el espejo.  Ella daba un último vistazo a su elegante vestido, antes de bajar al comedor para la cena. El acababa de arrastrar un carrito con cordel, pero la imagen de ella lo detuvo un instante. Después siguió en su juego, alejado del mundo de sus padres, que esa noche recibían a alguien insigne que había llegado de Madrid, precedido de fama teatral y literaria. Pasaron los años y él nunca olvidó los detalles de un vestido de gasa, color verde manzana, recubierto de encajes dorados, sobre los que se posaba una gran rosa, tal vez en el busto o tal vez como caída, al comienzo de la cola. Sólo en ese punto se hizo impreciso su recuerdo. Guardaría muy bien los comentarios que ese traje suscitó en la cena, aunque no pudiera asegurar si los escuchó esa noche o los supo más tarde por insistentes referencias domésticas. Lo cierto es que la frase del ilustre invitado (de Gregorio Martínez Sierra se trataba), “¡Qué señora tan bien vestida!”, jamás logró evocarla sin que dejaran de sonarle en la memoria los primeros compases de la opereta Eva de Lehar.

Juan Gil-Albert habría de recordar ese episodio de su infancia para explicar cierta conducta suya durante el apretado exilio mexicano en el 40. El poeta tendría unos 34 años y, como casi todos sus paisanos republicanos de la diáspora, se enfrentaba a muchas penurias cotidianas. Una noche fue invitado por Carlos Pellicer, director general de Bellas Artes, a la Opera. Al salir de la Walquiria se encontró con el poeta León Felipe, una especie de cónsul de los españoles exiliados, que administraba para ellos algunas ayudas internacionales. Al ver al alcoyano, León Felipe lo increpó de inmediato: “¿Cómo vas así, sin abrigo?” y le pidió que fuese al día siguiente a su casa. Allí se presentó Gil-Albert, quien recibió un cheque para adquirir la indispensable indumentaria del invierno. Y aquí comienza la anécdota de una impronta hogareña, la huella de un lujo legendario o la persistencia de esos rasgos vitales adquiridos en la infancia y que brotan de pronto pasados muchos años, como visión de un deseo o como imagen raigal de la belleza. En una entrañable película de Guerín, llamada En construcción, el viejo marino del barrio chino de Barcelona, usa una frase que me gusta para resolver el tramo inefable de este tema: “caprichos de gente caprichosa”. Veamos el capricho mexicano de Gil-Albert cuando ya tenía el dinero del abrigo.

Después de cobrado el cheque, el delicado poeta de Alcoy recordó que había visto muchas veces una tienda inglesa en una calle paralela a la Madero, una de esas tiendas de aspecto londinense dedicada al exclusivo expendio de artículos masculinos. Hacia allá se dirigió. Esta vez no se detuvo sólo a contemplar. Entró con decisión y apreció la sobria decoración de las paredes: los caballos esbeltos que luego habría de encontrar vivos y altivos en Buenos Aires, y dos o tres escudos reales. Iba a lo suyo y eligió un sweter y una “leve corbata de foulard, color de humo con pequeñas motas blancas”. Añadió a su compra los productos Yardley for men: crema de afeitar, talco, sales y loción. Cuando pagó, sintió que había recobrado un gesto desprendido que aprendió de su familia a la hora de cumplir con los marchantes. Salió feliz y vio con regocijo el día espléndido. Pero aún le faltaba algo a su faena formidable. Caminó hacia la calle Madero y pidió una mesa en el selecto Lady Baltimore, tan emblemático como el Palacio Iturbide, en el DF de esa época. Ni por asomo pensó en figón alguno. Se regodeó morosamente en la lectura del menú. Y comió como quien celebra una fiesta.

Cierro esta nota admirativa con sus palabras sabias:

Al pagar mi comida quedé perfectamente restablecido en mi pobreza, sin abrigo, pero con mis alicientes”.

lunes, septiembre 19, 2011

Ya ni la amuelan

Rosa Luxemburgo

Con la elegancia de una prosa que jamás incurrió en sobresaltos, nuestro gran ensayista Mariano Picón Salas afirmó un día que los empresarios de mitos suelen ser candidatos a verdugos. Y marcando distancia con los hugonotes de todas las sectas, nos recordó que la vida es mucho más amplia y poética que lo que pretenden los mustios profesionales de la simplificación. Estos no entienden que la creación de espacios para la convivencia o para el debate civilizado, donde el respeto a las diferencias sea una regla de oro, resulta el mejor modo de servirle a un país, sobre todo en tiempos de ceguera o de dogmatismos desatados. Picón Salas veía en Calvino a uno de los personajes más antipáticos e intolerantes de la Historia y se atrevió a conjeturar algún complejo de castración como causa de su monstruosa rigidez. Cierta o no, la imagen que emana de esa hipótesis, más literaria que científica, ilumina el perfil de los comisarios de la intransigencia, sea cual sea la ideología que los carcoma. Los hay deliberadamente fríos y calculadores, con el libreto de la malignidad bien aprendido, pero también nos encontramos con imbéciles, que, como decía Juan Nuño, mi maestro, son más insufribles que los malvados, porque al menos éstos de vez en cuando descansan. Los cretinos, en cambio, nunca le dan tregua a su estulticia.

Picón Salas sostenía que sólo mediante una vigorosa paideia era posible enfrentar las tendencias destructivas de los sectarios y los efectos de su calvinismo de abarrotería que no tiene paz con la miseria. No hay duda de que la educación sigue siendo el mejor camino para combatir los atavismos, pero ¡cuánto cuesta cimentarla y consolidar sus buenos efectos! El lúcido escritor merideño no se cansaba de abogar por la comprensión cabal de Venezuela, pero también por nuestras maneras de relacionarnos. Para él, la cortesía no era una norma de etiqueta. Era una ética. El arreglo de las cosas y la claridad de la sintaxis (son palabras suyas) son indispensables “contra el furor de la vida”.  El lenguaje sumario de los burócratas que no dudan jamás de sus acciones, no es un pequeño detalle de estilo. Es una prueba de lo que hay en el fondo de ese tipo de discurso. Si rebajamos a mera fórmula lo que en realidad es una nítida manifestación de penuria cultural, estaríamos cometiendo el peor error ante la sevicia de los comisarios.

A la hora de analizarlas, muchas veces nos detenemos en lo que creemos el centro de las atrocidades burocráticas y ocluimos la forma en que la mismas fueron perpetradas. Error. En la grosería está la clave del agravio. Allí reside además el mayor peligro para la cultura de los pueblos aquejados por la irrupción de las barbaries. Las sectas de la cosa nostra y de la camorra napolitana, como si hubiese alguna que no lo fuese (las hay también por estos lares) acostumbran preceder sus crímenes con algún convivio, de cuyos platos hablamos en esta página hace cierto tiempo. Otros facciosos con un mínimo de pudor echan mano de la hoja de parra. Sólo los fascismos, expresos o embozados, prescinden por completo del estilo y pasan directamente al estilete. De ellos habló una vez Rosa Luxemburgo, esa sí, una gran dama de la Revolución.

La verdadera decadencia de cualquier proceso político o cultural se anuncia mucho más en la pérdida de las ideas y las formas, que en cualquier otro acto. Los mexicanos tienen una vieja frase con la que podríamos saludar el cinismo de quien toma decisiones "revolucionarias" incumpliendo todas las normas, incluidas las elementales de la cortesía. Esa frase se hace aún más redonda cuando quien comete el desafuero trata de lavarse la cara con esta insólita disculpa: “Se me olvidó llamarte”. Para ese tipo de acciones dolosas la letal frase mexicana viene como anillo al dedo: “Ya ni la amuelan”.  Es en esa omisión donde está la catástrofe.

lunes, septiembre 12, 2011

No hay destiempo para la verdad

Chema Madoz
Por consideración, respeto y gratitud a mis generosos lectores, la crónica de hoy no guardará silencio acerca de lo que en estos días está ocurriendo contra la UNEY. Si bien debo mantener una comprensible reserva en relación con algunos aspectos del tema, no hablaré a media voz. La actuación subrepticia y embozada es de otros. No mía, ni de quienes han expresado su desconcierto y su justificada indignación ante lo que la gente decente, que por fortuna es mucha, recibió de inmediato como una medida contra una institución que posee algo no tan común en estos tiempos: alma. Todos saben que me estoy refiriendo a la resolución publicada en la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela el viernes pasado, mediante la cual se intentó disfrazar la destitución de las autoridades de la UNEY (mi destitución y la de José Luis Najul) con la figura del nombramiento de un nuevo equipo rectoral, sin base legal alguna y en contravención de las más elementales normas de cortesía y de tratamiento institucional. Esto último lo percibe y entiende todo el mundo. Lo primero puede sorprender a quienes no son abogados, o a quienes, aún siéndolo, desconozcan que los  nombramientos que recaen sobre el rector y el vicerrector todavía en funciones, lo son por tiempo determinado. Como las matemáticas elementales no constituyen  una opinión, la cuenta da en todos los cálculos la misma fecha para la conclusión de nuestros mandatos: 11 de noviembre del 2012. Ese término no puede ser desconocido ni acortado por nadie, menos aún, tratándose –como se trata- de un término que representa derechos subjetivos y colectivos.
El período de cuatro años es un período de gobierno universitario que abarca a una comunidad seria, poseedora de programas y planes para el desarrollo de su trabajo académico. No es nada más un período de efectos individuales. De allí la justa reacción de profesores, estudiantes, administrativos y obreros de la UNEY, frente al acto que pretende arrebatarle su autonomía. Sí, leyeron bien, autonomía, la que de manera concreta le confiere la Ley y le ratifica su Reglamento General, para el libre desenvolvimiento de una labor formativa, científica e intelectual en provecho material y espiritual del país. Esa autonomía incluye desde hace varios meses la potestad de designar de su seno a los miembros del gobierno universitario, por feliz y sabia decisión adoptada en el año 2003 por el entonces ministro Héctor Navarro, conocedor de la UNEY, desde la época en que ésta era sólo un proyecto.
En un contexto constitucional y político que sustenta su avance democrático en la progresividad de los derechos, ¿es acaso admisible la involución? Lastimosamente no siempre las resoluciones ministeriales se adoptan con el cuidado que requiere todo acto administrativo, vale decir, con la revisión indispensable y atenta de las normas que le confieren facultades o atribuciones a los jerarcas. Como se sabe -o se debería saber-, uno de los alcances más sanos del Estado de Derecho, es aquel que limita el ejercicio del poder. Este puede realizar, no lo que le venga en gana, sino exclusivamente lo que la ley le autoriza. En este caso específico, la ley no lo facultaba para remover a nadie en la UNEY, y mucho menos, para amputarle a la comunidad su derecho a decidir sobre la vida universitaria. Sabemos que la práctica de enmendar errores no forma parte de la cultura administrativa venezolana, pero hoy en día Venezuela ha visto activarse un enorme proceso de transformación que enarbola la rectificación como una herramienta indispensable para el reimpulso de sus propósitos de cambio. Sabemos también que la actual ministra ya hizo una primera modificación, por error reconocido, en la resolución que hoy nos ocupa…
Como no hay destiempo para la verdad y la justicia, va mi mensaje de confianza a todos. Y mi infinito agradecimiento a quienes han expresado su adhesión a una universidad verdadera, comprometida entrañablemente con valores humanísticos y que exhibe, además, una límpida trayectoria que anima, pero no envanece, a su comunidad.  

lunes, agosto 29, 2011

Cabello de ángel para la diosa fugitiva

Yolanda Oreamuno

Hostigar al “otro” es una bandera indeclinable de la mediocridad provinciana. Si algo no soporta la grisura cultural de ciertos lugares, es el insolente destello de la “diferencia”. Contra ella activará de manera automática la artillería de todas sus bajezas. Y es así, porque su objetivo será nada menos que el linchamiento de quienes -por distintos- desafían la tranquilidad de su “buena conciencia” y el lóbrego ritmo de sus tristes mezquindades.

La medianía no tolera el más mínimo acto de libertad intelectual que la cuestione, por más implícito y respetuoso que resulte ese cuestionamiento ético. Programados para defenderse, los “poderes” locales se confabulan casi espontáneamente, dejando a un lado sus querellas domésticas, con la finalidad de enfrentar juntos la enojosa “intromisión de lo nuevo”.  Cobardes, pero, sobre todo, infames, se escudan detrás de alguna barricada burocrática, para dar rienda suelta a sus impresentables temores, enconos o envidias. Estos trabucaires de segunda fila, se mueven en dos líneas. Mediante la primera, pugnan por invisibilizar la reconocible conducta creativa e innovadora de los “diferentes”. Por medio de la segunda, urden calumnias para “encochinarlos”.  Pero algo hay que no pueden, como diría Pere Gimferrer: escribir poesía. Y algo más irrefutable, dice uno: detener el tiempo que corre en su contra y a favor de lo “distinto”, cuando éste no se arredra,  y con temple natural,  espera a los destemplados de la comarca, con la muleta en la zurda y la frente en alto.   

He recordado estas oportunas enseñanzas de mi maestro Toto de Lima (a quien pertenece el tono de los párrafos anteriores), después de leer un libro que en verdad me ha conmovido. Me refiero a la más  reciente novela de Sergio Ramírez: La fugitiva. Son 310 diez páginas de voces femeninas sobre una mujer hostilizada por su entorno, de un modo feroz e inclemente. Tres de sus amigas cuentan la tragedia, cada una a su aire y basadas en su particular experiencia. Ellas también han tenido que habérselas con el mismo ambiente hostigante que expulsó a la amiga, pero  corriendo suertes distintas y, quizá, menos dolorosas. La historia es conocida por los costarricenses porque  está inspirada en la vida de Yolanda Oreamuno, una de las figuras más interesantes  de la literatura contemporánea que el resto de los latinoamericanos está por descubrir. Los nombres de Eunice Odio y de Chavela Vargas, también ticas y fugitivas como Yolanda, se encuentran indeleblemente adheridos a esta crónica magistral de Sergio Ramírez.  Así, una especie de alter ego de Chavela (la cantante Manuela Torres) cierra el libro con un monólogo fascinante donde se terminan de armar las piezas que integran el pavoroso periplo de Amanda Solano por este mundo  incapaz de comprenderla y horro de méritos para albergar su talento descomunal y su inimaginable belleza. La enigmática y alucinada poeta que en la novela tiene el nombre de Edith Mora y en cuya casa mexicana muere Amanda, posee los rasgos de la escritora Eunice Odio, a quien los venezolanos tuvimos la fortuna de conocer, gracias a Juan Liscano, primero en las páginas de su revista Zona Franca y un poco más tarde, en una muy buena antología publicada por Monte Avila. Ella también ha regresado con este libro estupendo de Sergio Ramírez.  

En las primeras páginas de la novela, una de las voces admirablemente transcritas por el excelente oído del autor, recuerda que Amanda no sólo era preciosa e inteligentísima, sino que también sabía coser y cocinar prodigios. Es la voz de Gloria Tinoco (alter ego de Vera Tinoco de Yglesias), quien le pregunta al autor si conoce el dulce de chiverri y se lamenta de no poder comerlo como antes lo hacía. El nombre que nosotros le damos a ese dulce mencionado por la amiga de Amanda, es el de cabello de ángel y me permite cerrar esta breve nota, porque su imagen se aviene a las mil maravillas con Yolanda Oreamuno, la diosa fugitiva de Costa Rica, cuya memoria terminó sobreviviendo secarrales y miserias.     

lunes, agosto 22, 2011

Emocionario de Paredes

Pedro Pablo Paredes

En primer plano hay un pavimento, sobre este pavimento se proyecta la luz. Si nos fijamos en él, vemos que ese pavimento era de ladrillos. Alzamos los ojos unos segundos y pensamos; recordamos: vemos los ladrillos rojos; los vemos brillantes por la acción de la limpieza; ¿no había, por delante, un sardinel también de ladrillos, pero donde estos estaban colocados de canto? Pensamos en esos ladrillos; pensamos en este sardinel: inevitablemente, vemos, también, un patio. Hacia uno de sus lados, un trozo de jardín; hacia el otro, la tierra desnuda. Sobre este patio cae el sol, o cae, en gruesos chorros, el agua de la lluvia que acopia el tejado. Tornamos los ojos a la fotografía. Al fondo se alza, del todo oscura ya, la pared. ¿Qué hay sobre este pavimento, a qué sirve de fondo esa pared –negra en la fotografía, pero que estuvo siempre enjalbegada, blanca-?// Una dama aparece, alta, erguida, solicitando nuestra mirada. Repetimos que es alta, alta, esta dama. ¿Cómo es y cómo va vestida? Ella sólo entrega a las caricias del aire la cara y las manos. El vestido de esta dama nos llama la atención (…) En su recato, en su sencillez, qué aire de tradición flota. Es oscuro. Consta de dos piezas. Una falda amplia, recta, sobria, bien ceñida a la cintura, baja hasta los pies; roza, sí, roza ligeramente el pavimento. Debajo de esta falda, asoman las puntas de los zapatos. La falda, arriba, aparece asegurada por ancho cinturón negro. Se destaca, sobre este cinturón negro, la blancura –cuatro líneas centrando un círculo-  de la hebilla. El busto de la dama está cubierto por una blusa del mismo color que la falda; esta blusa se abotona de arriba abajo; sus mangas avanzan hasta las muñecas; su cuello protege la garganta. De la garganta, blusa abajo, pende un collar. La dama, además, está tocada con un sombrero de fieltro, de anchas alas. // ¿Cómo es y qué actitud revela esta dama? (…) Por su actitud, por su indumento, parece estar a punto de salida. Acaso la espera, a la puerta, listo para la cabalgata, un manso caballo castaño. Sobre este caballo la dama recorrerá los vecindarios, observará la labor del campo, se extasiará largos minutos, viendo pasar, tumultuosa, el agua del río. Esta dama –lo sabemos- lee mucho…
He asaltado las páginas de un hermoso libro para que ustedes tuvieran la impresión de que por fin el autor de este blog ha comenzado a escribir con sorpresiva  gracia. En verdad, me habría gustado que se debiera a mi pluma el bellísimo texto anterior, pero, qué lo voy a hacer, no me pertenece el pulcro trazado de esas líneas. En un jesuítico canon de sobresalientes, los párrafos que anteceden figurarían con honores en el cuadro premiado de composiciones inspiradas en fotografías. Porque de eso se trata: de una ejemplar composición poética a partir de un retrato. Todo estaba en la foto, pero no todos podían verlo. Menos aún, escribirlo. El diálogo de imágenes entre el anónimo fotógrafo y el cronista, marca la elipse de una época, penetra en el centro de una nostalgia familiar, se detiene en un punto y explora sus detalles. Por hacerlo, terminará descubriendo que las líneas faciales de la dama son las de su propio rostro, mejor dicho, de Laín Sánchez, el heterónimo del escritor Pedro Pablo Paredes, fallecido en San Cristóbal la semana pasada, a los 94 años y autor de una joya literaria de la que he tomado la larga cita de este artículo.
Ese tesoro se llama, precisamente, Emocionario de Laín Sánchez y es un armonioso mapa espiritual de los Andes venezolanos. Vayamos a sus páginas o volvamos a ellas. Nos esperan paisajes, asombros, reflexiones… y  hasta un desayuno con arepa andina, huevos fritos, cuajada, papas cocidas en su concha y el incomparable mojo de San Rafael de Mucuchíes.

martes, agosto 16, 2011

Edgar Abreu Olivo en la UNEY


No es sólo la UNEY la que ha perdido a un investigador extraordinario. Lo ha perdido el país. Sin duda alguna, los estudios académicos de Edgar Abreu Olivo constituyen una invalorable fuente para el conocimiento de la alimentación en Venezuela. Por alguno de ellos recibió el Premio Nacional de Nutrición y por muchos otros,  el reconocimiento de la comunidad estudiosa del tema, tanto nacional como internacionalmente. Pero lo perdemos por algo mucho más sensible: lo perdemos por honesto, inteligente, libre y bueno. Lo dejo hasta ahí, para no abundar en lamentos… 

Quienes tuvieron la fortuna de conocerlo y trabajar con él, son testigos de su calidad profesional, de su indiscutible honradez, de su lucidez analítica y de su tesón investigativo. Jamás se detuvo en la acumulación de cifras o datos. Indagaba en la genealogía de los mismos y extraía de ellos fecundas lecciones para su uso práctico. Fue un técnico y un intelectual. No un tecnócrata ni un pragmático. Estudiaba para servir y disfrutaba de ese oficio porque lo sentía útil para muchos.

Universidades como la UCV y la ULA conocieron de la profundidad y rigor de sus trabajos. Asimismo, instituciones como la FUNDACION POLAR, INSTITUTO NACIONAL DE NUTRICION y FUDECO se nutrieron de su labor investigativa.  En todas ellas quedó la marca de su paso fructífero y amable.

A la UNEY le tocó en suerte ser la última y más querida de sus casas académicas. A ella brindó sus conocimientos de modo generoso y amplio. Llegó a nuestras aulas cuando ya era un consagrado experto en temas alimentarios. Nos ayudó a emprender la desafiante inserción de la heterodoxa carrera Ciencia y Cultura de la Alimentación en el ámbito universitario del país. También nos estimuló a dar inicio al Centro de Investigaciones Gastronómicas, donde no sólo deja un espacio vacío, sino la permanente presencia de un morador entrañable. Allí vivió, allí veló y descansó. Pobre de aquel que se atreva a desordenar la “habitación del profe”. Los custodios de Salsipuedes (así se llama la casa del citado Centro) la defienden como si se tratara de un lugar especialísimo. Y lo es. 

Edgar Abreu Olivo fue el primer investigador de planta de la UNEY. Lo fue desde el año 2002, cuando aceptó nuestra invitación a integrarse a este intento de afrontar la comprensión de Venezuela de una manera libre y creativa. Poco tiempo después tuvimos el honor de incorporarlo como miembro ordinario de nuestro personal docente, por sus méritos y por su larga trayectoria científica y académica. Usamos para ello la norma reglamentaria de ingreso al personal docente, conocida por nosotros como “Cláusula Julio Miranda”, precepto sabio que nos libera de la necedad de examinar las cualidades de quienes deben más bien examinarnos a nosotros. 

Con inmensa satisfacción podemos afirmar que Edgar Abreu Olivo encontró en la UNEY un sitio adecuado para prodigar saberes y dispensar a jóvenes investigadores el arte de la Ciencia de los Alimentos. El llamado grupo GUIA, en Guama, es un elocuente ejemplo de lo que decimos. En una vieja casa de ese pueblo yaracuyano, Edgar fue preparando un equipo que hoy en día puede dar fe (y pruebas) de que su esfuerzo no fue estéril. Desde allí emprendió y dirigió, entre otros, el apasionante estudio acerca del comportamiento de la nutrición en países miembros de la OPEP. Los resultados de ese trabajo están actualmente en proceso de edición…

Los egresados de las primeras cohortes, así como muchos de los jóvenes profesores de la UNEY, son los mejores testigos de la noble y rica labor que en sus últimos años de vida realizó Edgar Abreu Olivo. Con su nombre fue bautizada nuestra segunda promoción de licenciados en Ciencia y Cultura de la Alimentación. En ese acto de grado, en julio del año 2006, Edgar, con la claridad y sencillez que siempre tuvo, dijo algo que hoy podemos recordar, poniendo su vida como ejemplo. Aconsejó a sus ahijados: "Sean buenas personas y crezcan todos los días".

Eso fue y eso hizo EDGAR ABREU OLIVO, a quien Dios –estamos seguros- tiene ya en la gloria.


lunes, agosto 15, 2011

Cultura y barbarie

Soto en el Museo Soto
La Edad Media entró al galope por la Puerta Salaria, al mando de Alarico. Era el 24 de agosto del año 410. De inmediato comenzó el saqueo que habría de prolongarse durante tres interminables días. Incendiadas sus casas y asaltados sus templos, Roma era una inmensa antorcha mientras Alarico exhibía su más preciado botín: la estatua de oro  que la burocracia imperial le había obsequiado a Estilicón, el ahora derrotado jefe del ejército romano, por una de sus muchas victorias “definitivas”. Una escena similar le sirvió a Borges para trazar el brillante inicio de su cruel y eficaz relato Los teólogos.  Recordemos que “arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron”. La historia se repite, como enseña, por cierto, el libro duodécimo de la Civitas Dei, citado por Borges en su magistral relato de herejías. No solamente Platón volverá a enseñar en Atenas, al cabo de los siglos, su doctrina del regreso al estado anterior de las cosas, sino que también volverá la barbarie a quemar libros o a devastar museos y lugares sagrados. Hace apenas siete meses presenciamos atónitos las imágenes del ataque al Museo Egipcio de El Cairo, que tuvo la fortuna de contar con la ignorancia de los asaltantes, quienes confundieron la tienda de souvenirs con una sala de tesoros. El despiadado bombardeo a Bagdad en el año 2003 es otro de los crímenes que “enriquece” esta historia universal de la infamia.  Ensañarse contra una ciudad ha sido uno de los juegos favoritos del furor bélico.  Cuando los nazis entraron a París querían quemarla toda. Se acercaban a la Venus de Milo, esperando la orden de destruirla, sin saber que era una simple réplica. Finalmente, no se atrevieron ni con la una ni con la otra. Ni siquiera sospecharon que la auténtica escultura estaba a buen resguardo, como también lo estaban las valiosas piezas del palacio de los reyes y los muchos cuadros que hoy podemos seguir apreciando en el Museo de Louvre, para orgullo de la humanidad.  Los sarcófagos romanos y los colosos asirios, que sí se encontraban a merced de las huestes hitlerianas, no despertaron el ánimo destructivo de los bárbaros. Milagrosamente pudimos seguir diciendo con Bogart en Casablanca: “Siempre nos quedará París”, porque siempre habrá un rescoldo para el arte, en Cocorote o en Venecia. Poco más tarde tendría lugar la inclemente saña de la fuerza aérea aliada contra Dresde, Colonia y Hamburgo, para rubricar con brutal compensación las salvajadas.
El Derecho Internacional Humanitario se ha venido ocupando de este asunto, atendiendo, especialmente, a las medidas de protección previa, porque en realidad es muy poco lo que puede hacerse cuando ya han estallado los atavismos y se han desatado los demonios. Estos, cuando oyen hablar de cultura, enseguida se llevan la mano a la pistola. Y si les hablan de diversidad cultural, peor todavía. Apelan a la metralleta, como suele decir el embajador Baena Soares en nuestras reuniones del Comité Jurídico Interamericano cuando abordamos estos temas y nos da por el sentido figurado, porque bien sabemos  que hoy en día son otras las armas letales contra la cultura. Y no sólo en tiempos de guerra. También en los de paz.
Y ya que dije lo último, pensemos nada más en lo que viene ocurriendo con el Museo Soto de Ciudad Bolívar. Creo que no ha habido una reacción vigorosa contra el atropello de que ha sido objeto, por parte de la gobernación del Estado Bolívar. Al parecer, ya el horror no causa horror. El país ha ido perdiendo su capacidad para indignarse y actuar. Que el Secretario General de un gobierno regional decida asaltar con gente armada las instalaciones de un Museo que alberga una importantísima colección de arte contemporáneo, no debería ser un simple motivo de queja. Debería despertar una unánime y organizada protesta de los hombres y mujeres de la cultura. Pero no. La barbarie ha ido ganando espacios hasta hacerse banal y cotidiana:  una simple raya adicional del tigre.

lunes, agosto 08, 2011

La casa encarnada en la memoria


Casa Mariana, en Ouro Preto

La víspera de mi partida lo compré. Me refiero al número de agosto de la revista Piauí. Ya se me ha hecho costumbre leerla cuando estoy en esta ciudad que siempre me depara una amable y oportuna aparición literaria. Esta vez la visita inesperada me aguardaba en las páginas del conocido magazine cultural. Por cierto, esta edición  trae una polémica entrevista que resultó fatal para un importante ministro de Dilma: fue destituido por esas declaraciones. Pienso que la referida entrevista debe haber sido la gota que rebasó el vaso y no la causa verdadera que tuvo la híspida Dilma para remover a su ministro de la Defensa, Nelson Jobim. Ese hecho provocó, desde luego, una polvareda mediática que la presidenta rubricó con habilidad al designar como sustituto del gaúcho, nada menos que a Celso Amorim, el apreciado canciller de Lula. Piauí aumentó sus lectores estos días y los cambios ministeriales no se redujeron a uno, ni a la corrupción (caso de Transporte), como motivo de los mismos.

Si bien las discordias o los rifirrafes políticos del Brasil son temas entretenidos, ninguno de ellos es hoy el de este artículo. Así que retomo el hilo de las epifanías literarias y sus diversos avatares. Decía que compré el sábado pasado la revista, mirando solamente el inmenso simio de la portada. Ya en el hotel, me fijé que entre los contenidos anunciados en la indiscreta tapa, figuraba un reportaje sobre la casa de Elizabeth Bishop en Ouro Preto. De nuevo Piauí incitaba mi curiosidad por la extensa (e intensa) vida brasileña de la gran poeta bostoniana. Recordé que hará unos cuatro años unas páginas dedicadas a su relación con Lota de Macedo Soares, me alentaron a indagar más sobre ambas y, en particular, acerca del imponderable aporte que, de consuno con Roberto Burle Marx, Lota le hizo a Río de Janeiro: el increíble Aterro de Flamengo, un enorme y verde paseo ganado al mar para el infinito solaz de los cariocas. Busqué y compré libros que me hablaran de ellas. Obtuve información en otras revistas, fatigué google con sus nombres y comprobé que una especie de culto parecía estar aflorando en el Brasil, centrado, especialmente, en la figura fascinante de Elizabeth Bishop. El fervor que algunas veces me proporcionan ciertos personajes me convierte en un “fiebroso” que busca en todo momento darle desahogo a sus manías. De ese modo, no sé cuántas veces le conté a Cuchi y a Martín algunos pasajes de la historia de Elizabeth y Lota, viniera o no viniera al caso, sólo para compartir mi efusión de entonces. Hoy la impudicia me lleva más lejos: celebro en público mi primer acercamiento a la casa que Elizabeth Bishop tuvo en Ouro Preto, “la casa más bonita del mundo”, según le aseguró ella a su entrañable amigo Robert Lowell.   

El escritor y periodista Roberto Pompeu de Toledo visitó la casa para entrevistar a sus actuales propietarios y armar su excelente reportaje publicado en Piauí.  Descubrió que allí habita aún el alma de  Elizabéti, como dirían los brasileños. Ella la llamó Casa Mariana, en homenaje a su admirada Marianne Moore, lo que ya es decir. El jardín, que Lota no tuvo tiempo de diseñar y sembrar (se suicidó en el 67) debe ser  hoy el albergue de algún duende jocundo.

Además de versos y murmullos, en sus espacios se alojan recuerdos de algunos tesoros, perdidos con la sabiduría del arte que sólo ella conoció de veras: un reino, dos ríos y un continente, por citar apenas tres referencias de su célebre poema Un arte. En la cocina perdura la ordenada gracia de su amor por la buena comida y el rastro de que allí se prepararon muchas veces calabacines al horno, lomos de cerdo con manzana verde y espléndidos bolos de fubá. Persiste, igualmente, la balanza que la poeta usaba para pesar los ingredientes, celosa como era de la exactitud culinaria y de la precisa composición de sus platos preferidos. Los dueños de la Casa Mariana la muestran ahora con orgullo y  hablan amorosamente de su vieja amiga. Saben, quizá, que poseen un tesoro imperdible: la memoria encarnada en la casa, que es,  asimismo, la casa encarnada en la memoria. De allí su formidable persistencia.

lunes, agosto 01, 2011

Tatiana de Maekelt y la amable firmeza del Derecho

Tatiana de Maekelt

En mi primera jornada de esta semana me correspondió el inmenso honor de representar al Comité Jurídico Interamericano en el homenaje a una de las figuras más notables del Derecho Internacional Privado en las Américas: la profesora venezolana Tatiana de Maelket, muy apreciada acá, en Río de Janeiro, por haber sido directora del célebre Curso de Derecho Internacional que tiene lugar todos los años en “a cidade maravilhosa”. Antes de referirme a su fecunda trayectoria y al significado e importancia de su notable obra jurídica, quise  compartir con el auditorio una breve reflexión acerca del sentido que posee ese tipo de celebraciones. Ahora la comparto con ustedes.

Estimo que el viejo y hermoso ejercicio del elogio es uno de los logros más amables del ser humano. Enfatizar con alegría todo cuanto nos enaltece, es mucho más edificante que la práctica del menosprecio o de la displicencia ante los grandes, para no hablar de eso que los mexicanos, duchos en la acuñación de palabras exactas, llaman con insustituible nitidez, “el ninguneo”. Hemos vivido épocas en las cuales el elogio válido y legítimo parece despreciarse. La “guerra civil de los nacidos”, que decía Quevedo,  de vez en cuando impone su agenda de descreimiento entre los seres humanos y nos intenta vedar -a ratos con éxito-  la exaltación de los valores que algunos hombres y mujeres encarnan cotidianamente para hacer más habitable este complicado mundo que nos ha tocado en suerte. Así, las alabanzas quedan restringidas a las exequias, tornándose algunas en una mecánica hilvanación de lugares comunes y no en un estímulo para el estudio de las cualidades o para el examen cálido de una vida o de una obra, que suelen contener algo más que títulos y fechas.

Uno de los filósofos de la política más importantes del siglo XX fue Isaiah Berlin. Entre sus libros imprescindibles incluyo su adorable colección de semblanzas sobre personajes admirables. Allí Berlin nos enseña el oficio del elogio y nos recuerda que conocer a un gran hombre o a una gran mujer es un elevado modo de ayudarnos a ser mejores seres humanos. Nos enseña, además, que nada de esto se obtendría si quien alaba lo hace de una manera convencional o vaga, limitándose a la lisonja post mortem de una obra y desaprovechando las diversas aristas registrables en toda vida humana, máxime si ésta se encuentra cruzada de desafíos y tropiezos.

Por eso festejé ayer la costumbre del Comité Jurídico Interamericano de dar inicio al Curso de Derecho Internacional con el homenaje a algún jurista ejemplar. Así pude, entonces, hablar de Tatiana de Maekelt, una insigne docente e investigadora del Derecho, de quien ningún abogado venezolano debería sentirse ajeno. Recordé su presencia en la Facultad de Derecho de la UCV, donde era admirada por todos. Mi recuerdo data de los primeros años setentas del pasado siglo y preserva la imagen de una profesora que ya acumulaba muchos estudios, pero que aún era joven y concitaba una adhesión intelectual unánime, así como –todo hay que decirlo- respetuosos y tímidos requiebros por su legendaria belleza física. De ella supe que provenía de lejanos lugares y de otras lenguas y que dictaduras y guerras la habían traído a Venezuela en 1948. Encarnó, de algún modo, la imagen de la extraterritorialidad  (en el sentido que George Steiner da al término), pero los mejores frutos para la ciencia jurídica los produjo en nuestra Patria. Y eso, no sólo se celebra. Se agradece.

Esta página es hoy para Tatiana. Por eso pensemos en un suculento borsch que Cuchi puede preparar con excelencia y sin las contrariedades de la Maga en la rayuela de Cortázar.

lunes, julio 25, 2011

La cocina tradicional


1. Entiendo acá por “tradición” las diversas expresiones culturales que recibimos del pasado. Muchas de ellas están en nosotros sin que nos hayamos percatado del todo. Somos, en rigor, un conjunto de tradiciones que incluye hábitos, ideas, técnicas, lugares y recuerdos.  Algunas, de tanto sabidas, las hemos olvidado. Por eso, de vez en  cuando las redescubrimos o creemos estar inventándolas. Son los riesgos habituales de la desmemoria.

Hablo de una tradición viva, no de un ámbito de piezas arqueológicas o museísticas,  montado exclusivamente para la contemplación y el orgullo de la Patria. Hablo, además, de unos saberes aptos para ser enriquecidos o mejorados. Incluyo, asimismo, todo cuanto nos duele de ese pasado, como sus frustraciones y miserias. Una herencia cultural no la podemos recibir a beneficio de inventario. Se la recibe toda o siempre quedará algo pendiente por resolver, con las onerosas consecuencias de los intereses acumulados. Por eso, Mariano Picón Salas, nuestro lúcido ensayista, hablaba de “soportar la Historia con sus ejemplos estimulantes y su adversidad aleccionadoras”.

Si le somos fieles al sentido etimológico del vocablo “tradición”, no tenemos  por qué andar explicando esto. “Tradir” es transmitir y todo acto de transmisión de cultura demanda un destinatario capaz de recibirla, mantenerla, reformarla e incrementarla. Así, la expresión “cocina tradicional”, que da título a estas notas, comprende no solamente la que se hizo antes, sino también la que seguimos haciendo después de recibir múltiples influencias en el decurso del tiempo.  Algunas modas maltratan ese acervo  o lo ocluyen, simplemente, lo que termina siendo tan lesivo como lo primero. Cuando esto ocurre, no se trata nada más de estar dispuesto a aceptar un legado, sino de ir a buscarlo donde éste se encuentre,  y de defenderlo, con pasión y sensatez.

2. El dilema de “cocina tradicional o invención culinaria” es un falso dilema. Los enunciados de esa supuesta dicotomía no contienen conceptos que se excluyan entre sí. Forman parte de un proceso vivo que armoniza lo viejo con lo nuevo. Decía Jean François Revel que “el arte del cocinero consiste en saber qué es lo que se puede rescatar de las viejas tradiciones sin traicionarlas”. Claro, es un arte y no todos los cocineros lo alcanzan. Una cosa es la mezcla sin cohesión o las fantasías delirantes de ciertas fusiones y otra la combinación imaginativa y amable que realizan los buenos cocineros, tanto los de la mesa pública como los de la doméstica. Estos saben cruzar la gramática de la tradición culinaria con la de una sabia experimentación. No podemos afirmar lo  mismo de ciertas prácticas a las que algunos son dados, con más afán de teatro etnográfico que de gastronomía y haciendo siempre abstracción de los contextos. La cocina de las etnias que ocupan las tierras amazónicas ha sido, por cierto, una de las más socorridas por este interés circense.  

3. La cocina tradicional es también un efectivo instrumento para acompañar políticas de soberanía en materia alimentaria. Frente a la cocina basura, globalizada a más no poder, puede apelarse a nuestras cocinas caseras, familiares y campesinas. Apelar a ellas en modo alguno debe comportar el cerrarse a cambios o el vedarnos la interculturalidad gastronómica, siempre vigente, efectiva y beneficiosa y cuya impronta favorable la hemos sentido los venezolanos desde hace muchas décadas. Un pueblo que conozca y estime su tradición culinaria tiene ganada buena parte de su batalla por la soberanía. Basta recordar los viejos olores y sabores para que se active en nosotros la identidad de un paisaje que nos pertenece y al que pertenecemos.

lunes, julio 18, 2011

La comida de Platón

Platón. Detalle de La Escuela de Atenas, famoso cuadro de Rafael

La más bella obra filosófica de lo que antes se llamó "la cultura occidental" tiene como escenario una especie de sobremesa bien provista de bebidas (simposio, le decían), que tuvo lugar una noche ateniense durante la primavera del año 416 a.C. Me refiero, desde luego, al Banquete de Platón, sin duda, uno de sus Diálogos más influyentes y admirados. A Sócrates, sin desdorar las obras de Jenofonte, lo conocemos por lo que en ellos dijo y por la nítida imagen que de él se nos ofrece en esas fértiles páginas de su discípulo. Por los Diálogos también sabemos el modo de discurrir de los sofistas: unos, como Protágoras y Gorgias, con una enorme intención educadora; otros, como Trasímaco y Dionisodoro, con un afán retórico de embrollo. Por El banquete de Platón, concretamente,  podemos sentir la amabilidad de la filosofía. Eugenio Trías, el gran filósofo español del límite, lo recomienda como lectura inicial a quienes aspiran dedicarse en serio a esa vieja disciplina del pensamiento.

Como famosamente se sabe, en El banquete se habla del amor. Se bebe, sí, pero con la contención que siempre requiere el tema, tanto para hacerlo como para discutirlo. Los hombres que participan en ese simposio platónico se dedican sólo a lo segundo. Convocan, de alguna manera, lo dionisíaco, pero saben domeñarlo con lo apolíneo. Unos más que otros, por supuesto. El único que en él está verdaderamente borracho es Alcibíades, pero se trata de una borrachera consciente, tanto, que pide se le disculpe por no exponer en un orden muy exacto su estupendo elogio a Sócrates. Alcibíades llegó al simposio tarde (más tarde que Sócrates, quien también se retrasó) y muy pasado de tragos. Pidió más vino para que sus contertulios se aproximaran a su estado. Advino, entonces, la etílica elocuencia de un enamorado, la fervorosa confesión de un joven (Alcibíades), que se moría por Sócrates. Poco a poco, el “banquete” (repito: en rigor, era un simposio) fue cayendo en la modorra. Al cabo de un tiempo, todos dormían. Sólo Sócrates y Aristodemos se mantuvieron de pie. Ya de día, salieron de la casa de Agatón y Sócrates se dirigió al Liceo para ocuparse, como si nada, de sus actividades cotidianas.

El conocido discurso de Diotima que refiere Sócrates, acerca del recorrido del alma poseída por el Amor, ha sido pasto de numerosas interpretaciones y análisis. Allí se nos habla de la búsqueda de la Belleza o, mejor dicho, de  la  idea de Belleza, como deseo acuciante de los enamorados  poseídos por Eros. A partir del Banquete platónico se han erigido diversas teorías estéticas y psicológicas. Y no era para menos. También los poetas han sabido aprovecharlo. La distinción que Pausanias hizo en el convite ateniense,  de Venus (la belleza), como imprescindible elemento del amor, fue recreada magistralmente por Jaime Gil de Biedma en su imprescindible Pandémica y Celeste. La agonística protagonizada por la Venus del cielo y la Venus carnal, fue quizá resuelta por el autor barcelonés en tres versos memorables que incluyen, por cierto, un homenaje a Shakespeare: “Aunque sepa que nada me valdrían/ trabajos de amor disperso/ si no existiese el verdadero amor”. Pero hasta aquí con las tentaciones líricas. Mi intención era hoy especular sobre lo que comieron los contertulios platónicos y algo diré al respecto, a pesar del poco espacio disponible.

Se conoce que la prolongada ingesta de vino mezclado con agua fue precedida de una comida. Supongo que fue una buena comida. “Buena”, dentro de los cánones culinarios griegos, muy inclinados a la dieta de leguminosas o cereales, como es sabido. Por tratarse de una celebración (recordemos que Agatón había sido premiado en un concurso teatral), es probable que el convivio incluyera una preparación de liebre, plato de caza altamente estimado por los atenienses. La mesa tenía, seguramente, quesos, panes, tortas de trigo o cebada y gachas con lechuga, amasadas con miel.  Podríamos fantasear, asimismo, con la presencia de un caldo elaborado a base de carne salada, cocida en agua, vino y vinagre, con cilantro seco, tomillo, hinojo, anís y comino, receta procedente del Egipto conquistado por los helenos, pero sería demasiada irresponsabilidad de mi parte y se me vería la caprichosa intención de asignarle al paloapique apureño un ilustre antecedente griego. De modo que terminemos en paz estas digresiones, antes de que llegue Aristóteles a tratar de ponernos los pies en la tierra.

lunes, julio 11, 2011

Pan de horno y poesía

Estero de Camaguán

Habíamos pasado por su pueblo un domingo de abril. Esa vez apenas nos detuvimos para contemplar el río y adquirir el producto más estimado de la granjería local: el delicioso pan de horno. Dos orihuelos entretuvieron nuestra breve parada.  En silencio me dije unos versos suyos (“Hoy he amado a grandes voces/ todo lo que tenía: el río,/ la calle,/el aire”). Poco después pronuncié su nombre en voz alta para compartir con mis compañeros de viaje el íntimo homenaje: Arnaldo Acosta Bello. Miramos una lancha que bajaba por el Portuguesa y seguimos nuestra ruta. Pendiente había quedado la visita a las calles donde transcurrió la infancia del poeta amigo. Algún día será, me prometí. Como lo saben ya ciertos lectores, estoy hablando de Camaguán, la capital de los míticos esteros.

El azar concurrente siempre hace de las suyas. Al retornar en esa ocasión de San Fernando de Apure, hicimos la inmancable parada en La Negra, para desayunar cachapas con mantequilla llanera y aprovisionarnos suficientemente de quesos, naiboa y casabe. Mientras curioseábamos en los diversos puestos de comida, Edgar Colmenares del Valle, nuestro muy especial guía de entonces, fue abordado de repente por alguien que lo conocía y que se alegraba por haber tenido la fortuna de encontrárselo y ratificarle personalmente  una invitación. Era Jesús Ramón Ortiz, presidente de la Sociedad Bolivariana de Camaguán, quien había incluido a Edgar entre los conferencistas convocados para celebrar en su pueblo el bicentenario de la Independencia. El acto tendría lugar el 1º. de julio y asistirían, además de Edgar, los historiadores Ildefonso Leal y Adolfo Rodríguez. Edgar no podía confirmarle en ese momento su participación por no haber precisado aún la fecha de un compromiso familiar que debía cumplir en Canadá a finales de junio. Una vez presentados, Ortiz y yo iniciamos un breve diálogo a partir de una pregunta que le hice sobre Acosta Bello. “Esa familia se fue hace mucho tiempo de Camaguán”, me dijo, pero recordó al padre del poeta y a sus hermanos Aurora y Octavio. Le manifesté mi interés por saber más de la primera, suicida, y autora de un diario que Arnaldo deseaba publicar. Respondió que ella había sido directora de la escuela de Camaguán. Nada más. La conversación volvió al tema del evento del primero de julio. Para mi sorpresa, Ortiz sabía de la UNEY y de nuestro diplomado de crónica y cronistas. Se había enterado por la televisión y no por Edgar, como pude creer, de no haberme anticipado su fuente. Al despedirnos, quien suscribe ya era otro de los ponentes en el foro sobre la independencia, gracias a la generosidad de Ortiz.  Así que mi anhelada visita a Camaguán tenía fecha cierta.

Ir a ese pueblo en tiempos de lluvia es garantía de esteros imponentes. Y así fue. Nada más bello que el palmar de Santa Rosa en esta época del año. Pudimos disfrutarlo a plenitud al regreso, pues la llegada fue de noche y bajo un tenaz aguacero que me hizo recordar la palabra “mandilata” y sus resonancias florentinas.  Al día siguiente fue el evento. Cálido y alegre, son vocablos que pueden calzarle bien a esa jornada del pasado primero de julio en Camaguán. También valdría calificarlo de enjundioso, si consideramos las excelentes intervenciones de Ildefonso Leal y Adolfo Rodríguez, llenas de buenos datos y agudas reflexiones.  Pero faltaría a mi emoción del momento, si no comparto con ustedes mi reencuentro con un Arnaldo Acosta Bello poco conocido: el de su canto elemental. Creí verlo en el Charco, en la plaza, en las calles, en mi imaginada casa de la Placidera (donde vivía la abuela), en la invasiva bora del río, en la voz de Roquelina evocando a Aurora, la hermana grande, “de dolor poblada”. También lo percibí en el suave sabor del  pan de horno maravilloso que Cuchi halló en el hogar de Pedro López y Verónica Rivero, en una mañana que también fue de recorrido gastronómico y que tuvo su inicio sublime con el desayuno incomparable del “Simoncito” que dirige la Nena. Allí, jóvenes cocineras le hablaron a Cuchi con gusto y humildad de su arte sagrado.

Vuelvo al pan de horno. Maíz cariaco, azúcar, mantequilla, yemas de huevo y especias dulces, transformados en un regalo de los dioses. Nada menos. Es el milagro cotidiano de una tradición de Camaguán que no anda buscando ingresar a santoral alguno, sino en la memoria de quienes lo prueban. Es también el tiempo encarnado de la poesía, que esta vez adquirió para mí un nombre menos socorrido: el de mi entrañable Arnaldo Acosta Bello (Camaguán, 1927 - Barquisimeto, 1996), a cuya memoria acudo para festejar este paisaje. Y el pan de horno.

lunes, julio 04, 2011

Pequeña alma mía, efímera y amable

Adriano

He vuelto a las páginas de un admirable libro de Marguerite Yourcenar. Me refiero a Memorias de Adriano. Confieso que lo hice después de escucharle al presidente Chávez su intensa y breve alocución desde La Habana el pasado jueves. En ese momento se me agolparon varias imágenes literarias, pero la de Adriano destacó por encima de todas. La memoria es un laberinto que ilumina ad libitum cuanto pasadizo se le ocurre. Al retornar a mi casa fui de inmediato a la biblioteca (otro laberinto) y busqué el ejemplar, ya descuadernado, que compré en agosto de 1981. De las dos ediciones que tengo de ese libro, es esa la que prefiero por los subrayados que en ella hice durante la primera lectura. Algo de lo que uno fue hace 30 años está presente en esas íntimas marcas de lector. Una de ellas me revela ahora una constancia. En efecto, hoy volvería a subrayar esta frase fulgurante de Adriano: “Mis primeras patrias fueron los libros”.

El genial emperador fue un esteta y la escritora belga supo perfilarlo con hermosa nitidez, en una larga epístola que merece y demanda varias visitas. En esta oportunidad quise buscar al enfermo que desde el poder revisa su pasado y dialoga con su achacoso cuerpo. La anatomía del poderoso es también la anatomía de cualquier ser humano, por más aura divina que le adjudique su entorno. Así, el emperador también puede enfermarse de hidropesía, como Adriano, pese a ostentar lo que en lenguaje teológico se llama “carisma”, término que a partir de Weber le sirve a la ciencia política para afrontar la misteriosa fascinación que algunos líderes ejercen sobre el pueblo.  Estos jefes poseen, al igual que todos los mortales, un cuerpo destinado al deterioro. Muchos abusan de él y fallan en su cuidado. Cuando la intrusa (la enfermedad) lo toma en silencio, sus alarmas demoran en encenderse. Al ocurrir la primera señal, puede ser tarde. En todo caso, a tiempo o no de la cura, el enfermo se convierte en un prisionero, como lo dice Adriano al observar a su alrededor la solícita presencia de médicos y amigos, en severo ejercicio de una constante vigilancia. Adriano asume “el perfil de su muerte” y se dedica a contarle su vida al sobrino que habrá de sucederle: nada menos que a Marco Aurelio. Entretanto, la intrusa avanza, pero el emperador se ha hecho más sabio y lúcido. Durante los momentos de mejoría gobierna mejor y se concentra en las obligaciones principales. Prefiere la verdad al engaño, porque la primera sana y el segundo es tóxico. Finalmente, saluda a su alma y le pide que entre con él a la muerte, abiertos los ojos y reconciliado con sus recuerdos.

Buscando el ars moriendi del más griego de los emperadores de Roma, reencontré viejas enseñanzas sobre el poder y sus enfermos (entiéndase esta frase en cualquiera de sus sentidos). Asimismo me hallé de nuevo con algunas formidables lecciones gastronómicas. Adriano estaba reñido con las pitanzas que hicieron las delicias de otros emperadores, atiborrados de hortelanos, inundados de salsas y envenenados de especias. Prefería, helenista como era, “la carne pura de la hermosa ave”, el vino resinoso, el pan salpicado de sésamo, el pescado a la parrilla y al borde del mar y, sobre todo, la fresca insipidez del agua sobre los labios. Consideraba que “comer demasiado es un vicio romano”. Por eso optó a favor de la “sobria voluptuosidad”, lo que le permitió hacer más llevaderos los inevitables efectos de la intrusa.

Bellamente escribió su despedida: “Animula blandula vagula”, que traducido significa pequeña alma mía, tierna y flotante.