domingo, abril 21, 2013

Barra y galería

 
Joseph Roth, el santo bebedor

A veces es la triste, solitaria y final ceremonia de un cataclismo íntimo. Otras, el don de la ebriedad, bellamente recordado por Borges como la fiesta del fervor compartido. Lo cierto es que la presencia del alcohol en la literatura traza una vasta historia de alegrías y desdichas, que cruza, imperturbable, bibliotecas enteras y tabernas de variada estirpe. Así, puestos a hablar de su impronta en las letras, cuesta Dios y su santa ayuda no llover sobre mojado. Bien se sabe que el tirso de Dionysos (dios cultural, donde los haya) es pródigo en tocar el alma de quienes hacen de la palabra un oficio sagrado, y sobre éstos es mucho lo que se ha escrito, incluidas algunas memorables páginas de signo autobiográfico. Ahora mismo estoy recordando la La leyenda del Santo Bebedor, del amable y grande Joseph Roth, cuya edición española (Anagrama, 1981) lleva un prólogo maravilloso de Carlos Barral, que podría servir de manifiesto para borrachos literarios, si es que hiciera falta refutar a algún “abstemio apostólico”, como llama Barral a los dogmáticos de la sobriedad, seres que le roban a ésta su arte noble de templanza. Podría mencionar también otros nombres cuyas credenciales etílicas hacen inevitable su convocatoria a estas breves líneas sobre letras y beodos, pero ya mencioné a Joseph Roth y a Barral, y me cuesta mucho no aceptar la segunda copa a la que invitan sus aureolas de santos bebedores. Así que invoco la protección de Teresita de Lisieux para glosar alguna milagrosa página de ese relato formidable.
 

Estamos en París, en un bar cercano a la iglesia de Santa Marie des Batignolles. Sabemos que Santa Teresita le ha hecho un nuevo milagro a nuestro honrado “clochard”, a pesar de que éste no ha pagado las promesas. Es mucho el dinero que gracias a la virgen se ha encontrado por “azar”. El bebedor desea cumplir, pero siempre una razón vinculada al ajenjo, se lo impide. Nos consta que su propósito de fiel y favorecido creyente ha sido no faltar a su palabra de borracho serio. Hoy parece que podrá concretar el cometido. Cuando estaba a punto de beberse su primer trago de ajenjo, vio entrar a una muchacha bella, una delicada criatura vestida de azul celeste. Deslumbrado se acercó a ella y le preguntó qué hacía en ese sitio y cómo se llamaba. Así supo que el nombre de la hermosa aparecida era Teresa y que esperaba a sus padres que estaban en misa. Todo se le aclaró al sorprendido canapial: la santa fue a buscarlo al bistró para que esta vez sí pudiera cumplir su compromiso. Le dijo, entonces, que le pagaría los doscientos francos que le adeudaba. Atónita, la joven respondió no ser su acreedora y le extendió más bien un billete de cien y le pidió que se retirara. Eso hizo el héroe de la Leyenda, quien tal vez pensó que se trataba de un milagro más. En el instante en que volvía al mostrador, se desplomó. La clientela toda abandonó el bar, espantada. Sólo la joven se quedó hasta que trasladaron el cuerpo moribundo del viejo al único sitio donde podía haber gente que pudiera atenderlo: la sacristía vecina. La joven siguió la comitiva y vio cuando el hombre hizo el gesto de introducir la mano en el bolsillo, murmuró “Señorita Teresa” y exhaló su último suspiro.  Se llamaba Andreas Kartak y era oriundo de algún lugar de Ucrania como el autor del libro.   
 

San Joseph Roth cerró el relato con este ruego:  
 

Denos dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte
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Gracias a la escritura de un artículo acerca del fascinante tema de las letras y el alcohol, pude releer hace poco algunas páginas que me hablaron con voz antigua y renovada. Sobre la mesa puse varios libros dionisíacos. Algunos se quedaron como callada compañía. Otros no pararon de hablarme. Así, un libro de Luis Cardoza y Aragón se encargó de ocupar buena parte de mi tiempo. Me refiero a Nuevo mundo, que incluye Elogio de la embriaguez, un ensayo formidable en el que Cardoza confiesa gustar de los vinos gruesos con sabor a tierra, como uno que bebió en Nápoles, acompañando un plato de macarrones, entre el humo de las pipas de los marineros. Con todo y eso, creo que no llegué a citarlo.
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Me entretuve releyendo un efusivo poema de Claudio Rodríguez, para degustar otra vez la finísima voz que exclama: "¡Nunca serenos! ¡Siempre con vino encima!"
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Bajo el volcán, el libro de un borracho de mención obligatoria (Malcolm Lowry “vivió de noche y bebió de día, y murió tocando el ukelele”) me retuvo en un capítulo soberbio. Comprobé una vez más que nadie sale vivo de El Farolito.
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Una novela inmensa de Abelardo Castillo (El que tiene sed) me guió por la ruta delirante de las alucinaciones literarias. Por un momento me vi en un colectivo y creí (creo que sigo creyendo) que el informe sobre borrachos de Castillo nada tiene que envidiarle al sabatiano de los ciegos.
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Lo poco que me ha sido posible conseguir del boliviano Jaime Sáenz (Felipe Delgado, Vidas y muertes y Recorrer esta distancia) me resultó inmensurable. ¡Voto a Dios que me espanta su grandeza!
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JAIME GIL DE BIEDMA, LA GINEBRA BOMBAY Y SU PIEZA MAGISTRAL CONTRA SÍ MISMO. Asistí a la escena que tanto le gustaba a Miguelito Ron Pedrique: un atildado ejecutivo de la Tabacalera (Jaime) se dirige al borracho (el mismo Jaime) que llega a la casa después de una juerga feroz y le dice: “A duras penas te llevaré a la cama,/ como quien va al infierno/ para dormir contigo./ Muriendo a cada paso de impotencia,/ tropezando con muebles /a tientas, cruzaremos el piso/ torpemente abrazados, vacilando/ de alcohol y de sollozos reprimidos…”.
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Sé que estaban también sobre la mesa tres amigos de Jaime Gil: Carlos Barral, Pepe Caballero (recibirá el Cervantes el próximo martes 23 de abril) y el más indómito bebedor de ginebra que haya nacido en Reus: Gabriel Ferrater. No me dio tiempo de brindar con ellos. Ni con el doctor Díaz Grey, ese médico existencialista y canapial que Juan Carlos Onetti, su cóngenere, generosamente le donó al imaginario de esta vida breve.
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También sobre la mesa, un alcohólico anónimo. Siento que es injusto llamarlo así. Es el más inteligente de todos los borrachos retirados que conozco: Hugo Hiriart, de México. Un genio literario. Chapeau mil veces.
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Peter Altenberg, Fernando Pessoa, Anacreonte, Li-Po, Omar Khayam, Rabelais, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Poe, Stevenson, Rubén Darío, Scott Fitzgerald, Hemingway, Raymond Chandler, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop, Marguerite Duras, Bukowski y Pablo Neruda, se quedaron esperándome. Otro día será.
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Un chileno lleva a otro chileno. La mención de Neruda me recuerda que debí releer al poeta Jorge Teillier y precisar su predilección por el vino tinto de Santa Emiliana.
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No debí olvidarme del ecuatoriano César Dávila Andrade, a quien su paisano Adoum llamó alguna vez “Hölderlin de los trópicos”, ni de los mexicanos José Revueltas y Juan Rulfo, para dar con ellos un paseo por el fatídico universo del mezcal. Tampoco del “borracho a priori”, ese nórdico de quien habló Angel Ganivet y que era capaz de destilarse a sí mismo para embriagarse con su propia sustancia.
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Todos ellos estaban en la mesa, pero Joseph Roth escribió la biblia del tema y quién era yo para faltar a su santidad indiscutible y venerada. Por eso, su lugar privilegiado en el artículo. Santo, santo es el Señor, bebedor del universo.
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Finalmente, no me perdono la involuntaria omisión de algunos venezolanos llamados a la barra. Venezolanos que bebieron mucho, que fueron tocados por el tyrso de Dionysos y escribieron con limpidez sobre su gracia: Ludovico Silva y su In vino veritas; Orlando Araujo y sus Crónicas de caña y muerte; Elisio Jiménez Sierra y Los puertos de la última bohemia…


P.D: Ahora recuerdo la garrafa de aguardiente de Mi padre el inmigrante, una garrafa que fulge entre las manos nocturnas del viejo Gerbasi.

Como Vicente pronto cumplirá los cien, me anticipo a brindar a su memoria y hacerme perdonar las omisiones.

¡Salud y República!
 



sábado, abril 13, 2013

Ajedrea



Sólo una palabra: ajedrea. 

En un hermoso diccionario de botánica leo que la ajedrea de montaña era el tomillo de Creta y de los antiguos cocineros.

Mientras más fresca más amarga, dicen.

Es espléndido su olor, como la delicada palabra que la nombra.

Gusto de verano, o algo así, me dice Cuchi que también la llaman.

Quiero hoy una hojita de ajedrea para esta página.


P. D: La metáfora que se usa en inglés para designar la ajedrea, es también preciosa: "summer savory".

viernes, marzo 29, 2013

En los reinos del merey



Cuando Soria le preguntó a uno de los anfitriones por el origen preciso del sabrosísimo postre que se estaba comiendo en ese instante, noté que yo tampoco había atinado con la procedencia exacta del sabor y la textura de aquella natilla prodigiosa. Habíamos celebrado el impecable ajoblanco de la entrada, así como el suculento rabo en salsa de vino, servido como plato principal, pero no fue hasta la llegada del postre cuando sentimos que se nos había preparado una sorpresa. Lo primero ya lo dije: no supimos a ciencia cierta de qué plato se trataba. Lo segundo: descubrimos que ese inesperado regalo era un verdadero hallazgo gastronómico.

El almuerzo que ahora refiero tuvo lugar en Salsipuedes hará unos ocho años. Alberto había impartido en la UNEY una clase sobre educación sensorial y el Centro de Investigaciones Gastronómicas decidió invitarlo para conversar sobre algunos planes de trabajo. Se quiso, además, compartir con el profesor la más excelsa sopa fría del reino de los gazpachos, así como la recreación de uno de los cortes de res más baratos y gustosos que nos ofrece el mercado. Todo fue preparado con esmero y sin contratiempo alguno, pero así como hay duendes en la imprenta, también los hay en la cocina, y algo pasó con el postre inicialmente previsto para el ágape. De ese modo accidental, a última hora (muy a última hora) la jefa de cocina tuvo que hacer uso de su ingenio para procurarse un postre salvador y salir a flote. A fe que  salió con creces.

Resulta que en Salsipuedes, por una de las investigaciones que Cuchi Morales llevó a cabo, siempre disponían de merey en casi todas sus variantes: “pasao”, tostado, sin tostar, y en mazapán, esa forma gloriosa de la granjería guayanesa, a la que me abonaría de por vida, dada mi condición de dulcero impenitente. Así que para subsanar el bache del postre -cuando ya casi no quedaba tiempo-, Cuchi echó mano de su querido merey y superó la pesada broma del daimon culinario.

El producto de ese inolvidable trance fue una armoniosa conjunción de crema inglesa con mazapán de merey. ¿Cómo la hizo? Desmenuzó el mazapán, se lo agregó a la crema inglesa y batió. Después coló para hacer más fina la crema y la sirvió muy fría con trocitos de merey pasado, insinuando de ese modo la procedencia del inusitado deleite que tendríamos los comensales.

El mazapán de almendra de merey tostada y molida, con leche y azúcar, es, sin ninguna duda, una pieza fundamental del patrimonio cultural de Guayana. Se come solo, en tortas, con helados, y ahora, unido a la crema inglesa, en la natilla que Cuchi compuso por la concurrencia del azar con el talento.  

Tiene el merey tantos usos como imaginación, conocimiento y gracia posea el cocinero. Algunos cronistas hablan de su procedencia trinitaria, pero todos coinciden en que fue Nicolasa de Sutherland quien decidió un día sustituir las almendras importadas por las de merey, para continuar preparando en Angostura los confites que antaño elaboró en su Trinidad natal. Lo cierto es que varias generaciones de Sutherland, y de otras célebres familias guayanesas, hicieron del merey un sólido atractivo gastronómico de Ciudad Bolívar.

Cuchi y yo acostumbramos adquirir el mazapán (y el merey “pasao”) de Guillermina, por la recomendación que una vez nos hizo César Reyes Chacín, mi viejo y noble amigo de Soledad. Guillermina falleció hace varios años, pero sus herederos prosiguieron el negocio en su misma casa, cercana al terminal de pasajeros de Ciudad Bolívar y ahora mudada a un lugar vecino y con el mismo nombre: La Guayanesa. Yo le sigo diciendo "donde Guillermina".

Razón tuvo Francisco Lazo Martí cuando en su Silva Criolla escribió este verso gustoso y certero:

Y desprende el merey sabrosa almendra”.
 P.D: Amparado en una frase de Alfonso Reyes ("Es preferible repetirse que autocitarse") aproveché la nostalgia del merey para actualizar y corregir -justicia era- un viejo post de este blog. El nombre escondido en una impersonal expresión ("los cocineros") aparece ahora como corresponde: Cuchi Morales.

jueves, marzo 28, 2013

Las meriendas


 Luis Egidio Meléndez (1716-1780).
Bodegón con servicio de chocolate. Museo del Prado.

De vez en cuando vuelvo a los cuatro tomos de una vieja autobiografía que es también una novela o una crónica inacabable que atraviesa dos siglos y dos continentes con la majestad de unos recuerdos vivos.

Sus páginas tienen el sabor y la gracia del tiempo que convocan, así como los personajes y las cosas de un mundo que ahora nos parece inverosímil.

Hoy volví a encontrarme con la tía Polonia, quien me recuerda un poco (sólo un poco) a la bellísima y misteriosa prima Agueda de Ramón López Velarde. Polonia se aparece siempre por las tardes, envuelta en un mantón. Viene a merendar. Detrás de ella, inmacable, pasa una criada con una bandeja de plata “provista de dos huecos redondos para las tazas de porcelana y uno largo para los bizcochos”. Trae, además, dos jícaras de soconusco. Todo lo deja en un gabinete y baja por otra bandeja de la que brotarán las ensaimadas adquiridas en La Mallorquina, que comerán el autor (niño entonces) y sus primos.

Estamos en la merienda y ya no hay excusa para no cederle la palabra a Corpus Barga, que así firmaba sus libros este señorito que era tío de Ramón Gómez de la Serna y que ayudó a Antonio Machado a cruzar la frontera en el sombrío año 39, como dicen todas sus semblanzas:

Mi padre y la tía Polonia merendaban sola en el gabinete gris, delante de la chimenea francesa de leña, si era invierno, tan contentas de estar juntas y hablar de sus cosas como de saborear el chocolate. Había entre ellas esa relación tan rara de la vida, más rara que el amor: la amistad verdadera. Los primeros ojos que yo vi naufragando en lágrimas fueron los de mi madre porque se estaba muriendo la tía Polonia, y entonces fue cuando también por primera vi a la muerte…”

El párrafo anterior puede llevarme al tema de la “amicitia” y a alguna página de Séneca… Pero volvamos a la casa madrileña, que todavía queda soconusco en una de las jarras.

P.D: Las memorias de Corpus Barga (1887-1957) están reunidas bajo el título Los pasos contados (Madrid, Alianza Editorial, 1979).

 


viernes, marzo 22, 2013

Pan de trigo

Giotto
 
Guillén encuentra hasta en las líneas cristalinas y directas de Berceo un espléndido ejemplo del recurso de alusión. Por más sencilla que parezca, la poesía siempre hace su juego, porque nunca es plana ni su mira es corta.

Antes de atribuirle a Góngora la cumbre de la expresión indirecta y culterana, Guillén copia el verso de Berceo, quien, aunque llamaba al pan pan y al trigo trigo, en este hermoso piropo mariano se le escapa el fiel regodeo de la metáfora:

Reina de los cielos, Madre del pan de trigo


  Y ahí me quedo. Que esperen Góngora y su Verbo antes de ir de nuevo al grano.

jueves, marzo 21, 2013

Día de la poesía



En la arboleda violeta Eucaris le acaba de decir a Rimbaud que llegó la primavera.

Felíz día de la poesía a todos.

jueves, marzo 07, 2013

De mitos y de glorias




 
Una línea le bastó a Montaigne para decirlo: a Dios corresponden el honor y la gloria. Nos recordó, además, la vieja plegaria: “Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus”. Quería Montaigne que le agregáramos a la paz, belleza, prudencia y otras cosas esenciales. Se declaró no versado en teología y lo dejó hasta allí, para dejar que su pluma de ensayista discurriera a placer sobre los viejos autores que hablaron de la gloria y alabaron a quienes supieron vivir virtuosamente.

Recuerdo la referencia al moderado Aristóteles: dio a la gloria el primer puesto entre los bienes externos y recomendó evitar dos extremos viciosos: la inmoderación en buscarla y el afán en rehuirla.

Sin importarle mucho, consideró Montaigne excusable que se quisiera para nuestro nombre buena acogida y crecimiento, sobre todo, cuando actuamos para hacer bien las cosas y no para que se diga que las hacemos. Escéptico como era, escribió:

Cuando muera, me importará menos aún, ya que entonces no habrá medio de que mi reputación pueda alcanzarme ni llegar a mí. Y respecto a honrar mi nombre con mi fama diré varias cosas. No tengo nombre que sea sólo mío….y aunque tuviese un distintivo especial para mí, ¿de qué me servirá cuando yo no exista?”.

Sabía Montaigne -y muy bien lo sabía- que el nombre y la persona son distintos. Esta fenece, pero aquel puede hacerse mito.

miércoles, marzo 06, 2013

Chávez

El cadete Chávez. Cuando sus amigos le decían Tribilín
 
"En la conciencia de millones de hombres y mujeres la noticia tardará en volverse tolerable"
 
RODOLDO WALSH
(en 1974)
 



Ante la muerte de un líder político, a quien ella le había hecho oposición, la destacada intelectual argentina Beatriz Sarlo escribió un noble y estupendo artículo, que creo oportuno recordar. Destaco estas palabras:
 
"...cuando un líder político ha triunfado (...) su muerte abre un capítulo donde los más mezquinos y arrogantes saldrán a cobrar deudas de las que no son titulares"
 
 
 


 

lunes, febrero 25, 2013

Los seis minutos más bellos de la historia del cine




Francisco Reiguera y Akim Tamiroff en la inacabada película de ORSON WELLES
 
A pesar de algunos detalles que la alejaban de la realidad, el maese Pedro no pudo evitar que su historia le resultara verosímil a su más ilustre espectador. No olvidemos que don Alonso le advirtió que en una ciudad mora no podían estar sonando las campanas. “Que allí se usan atabales o un género de dulzainas que parecen chirimías”, le agregó el de la Mancha, en atinada observación del disparate. Bien. No obstante ese inusual adarme de realismo, el caballero terminaría por creerse todo el cuento. Como se recordará, desenvainó su espada y salió en defensa de don Gaiferos y de la hermosa Melisendra. Hizo trizas el retablo, espantó al mono adivino y no dejó moro con cabeza ni títere con gorra. Una vez superado el encantamiento, Don Quijote pagó el estropicio con cuarenta y dos reales y tres cuartillos. Miguel de Unamuno, quien celebró en su recreación cervantina ese inolvidable episodio, se lamentaría que no costara lo mismo “hacer añicos el retablo parlamentario y el otro…”. Creo que son abundantes los casos en los que la analogía unamuniana, hoy en día, no marra ni le faltan asideros.

Esta tarde, con tanta gente pendiente del Oscar, he recordado una página genial de Giorgio Agamben. La copio completa porque vale oro:

LOS SEIS MINUTOS MAS BELLOS DE LA HISTORIA DEL CINE

Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia. Viene buscando a Don Quijote y lo encuentra: está sentado aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la galería –que es una especie de gallinero- está completamente ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece una chupeta. La proyección está empezada, es una película de época, sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece una mujer en peligro. Inmediatamente Don Quijote se pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobre la pantalla todavía aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más, devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla ya no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la sostenía. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero los niños no paran de animar fanáticamente a Don Quijote. Sólo la niña en platea lo mira con desaprobación.

¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás, el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea –a quien hemos salvado- no puede amarnos.

THE END

P.D: Entiendo que Orson Welles ideó para su Quijote inconcluso la escena narrada por Agamben. Si hubiera un Oscar para la mejor escena no filmada, sin vacilar, postulo estos seis minutos fabulosos.

jueves, febrero 14, 2013

Si a tu ventana llega...

Ulises y las sirenas. Detalle. Vaso griego. British Museum

En el prólogo a El canto de las sirenas (un precioso volumen dedicado a la música), Eugenio Trías no se atrevió, en principio, a llamar ensayos los textos que integran esa obra extraordinaria. Una vez alguien me pidió que le recomendara una novela y yo le sugerí que leyera El canto de las sirenas, que, por supuesto, no lo es, pero quién quita que pueda leerse como tal. Boutades aparte, el libro de Trías, además de ser una reflexiva enciclopedia, es el sabio relato de un viaje por el laberinto de la música occidental, desde Monteverdi a Xenakis, con largas escalas en los corredores de los grandes. El propio Trías llegó a decirlo en alguna parte del prólogo: el lector ideal de su libro será aquel que lo tome como la novela que los mejores músicos de Occidente fueron elaborando a lo largo de cuatrocientos años.
 
Esa narración está escrita con rigor hermenéutico y con la elegancia de su estilo, dos rasgos permanentes del autor. En sus páginas, Trías procura transitar el límite entre música y filosofía, bajo la emoción que la primera le transmite. Por eso es un libro que apasiona.
Afirma en el prólogo: “Ignoro si el libro que escribo compone un tapiz de ensayos. No sé muy bien lo que se quiere decir, muchas veces, con esa equívoca expresión (que sólo tiene para mí sentido en el contexto de su uso primigenio, en Michel de Montaigne). Este libro, lo mismo que todos los míos, es un libro de filosofía”.
Respetuoso del ensayo, Eugenio Trías escribió un libro monumental para dialogar desde su filosofía del límite con los enigmas de la música. Entró y salió del laberinto con el hilo de Platón, pero también con la parte del símbolo que le tocó. Creo que fue una proeza. Lograda, además, si se me permite algún énfasis en esta anotación celebratoria.
Voy al capítulo de Mahler para disfrutar de nuevo una nota a pie de página. Mientras la leo, oigo “el cuerpo del delito”, vale decir, la audacia mahleriana del último movimiento de la Tercera sinfonía, que Trías comenta con deleite:
“La contralto va entonando el poema de Nietzsche. Un oboe insinúa una hermosa melodía que toma cuerpo después de la frase ´desde el más profundo sueño he sido despertado´. Y entonces se oye ´La paloma´ de Iradier: la célebre habanera: ´Si a tu ventana llega/ una paloma´”.
A un balcón de la culta Viena, en la época de Mahler, llegó, pues, una paloma. Con el tiempo pudimos decir que no se equivocó. Mahler tampoco.
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De Nietzsche a Iradier:

https://www.youtube.com/watch?v=mWHMzMhYvdw_
 
 

martes, febrero 12, 2013

Los alimentos terrestres

Jacob van Es
 
La mañana y el silencio.
 
En unas líneas de Levinas, la primera abnegación del día: el disfrute del aire, el goce solitario de la tierra. 

domingo, febrero 10, 2013

Blanca de Guernica





 

 Sobreviviente del día en que abril llovió sobre su sangre, Blanca Royo rezó ante el árbol de Guernica y recibió para siempre los dones sagrados de la cocina. En Caracas fundó junto a Juanito Bilbao un templo universal de la cocina vasca: el Bar Basque.

Comer en esta ciudad durante muchas décadas fue una experiencia en dos tiempos: antes y después del Basque. Ayer, Cuchi y yo intentamos ir con Gonzalo Ramírez
, quien llamó varias veces al restaurant, pero nadie respondió el teléfono. Frustrados, nos quedamos por esta zona y comimos catalán.

Hoy, un pequeño obituario de El Universal nos dio la triste noticia: ayer fue el sepelio de Blanca Royo. Llamamos a Gonzalo para decirnos palabras de consuelo.

Que en paz descanse Blanca Royo, figura insigne de la restauración en Venezuela.

sábado, febrero 02, 2013

Acanto y miel

 
Deambulo entre un verso de Darío y un breve texto de Mercè Rodoreda. El verso de Darío es aquella línea de su Responso a Verlaine sobre la cual alguien hizo el chiste de que sólo se entendía el “que”:
 
 Que púberes canéforas te ofrenden el acanto.

El pasaje de la autora de La Plaza del Diamante está en su libro sobre viajes y flores. Lo copio:

Tiene el cáliz lleno de miel. Es una flor dormida, un poco fuera del tiempo. Las abejas van y vienen. Se le acercan. Con la pata cuchara cogen miel y llenan pucheros y peroles. Algunas mueren enmieladas. Todo muy de prisa, con mucha agitación. Cuando el cáliz queda vacío de miel y respira, la flor se muere. Y nacen otras nuevas. ¡Y venga abejas!”.

De Darío a Rodoreda, la mañana. 

Contratapa

Max Horkheimer
 
Abro Apuntes 1950-1969, de Max Horkheimer. En la página 97, leo:

Cuando los bolcheviques hicieron asesinar a la familia de los zares –para no dejar con vida a ningún pretendiente al trono- señalaron a la revolución rusa con la
marca del oprobio y erigieron el símbolo para los actos oprobiosos del futuro. No porque no llegara la ´revolución universal´, sino porque la teoría fija, el dios abstracto lo permitía todo, es que la revolución llegó a la barbarie con la cual amenaza actualmente a la tierra”.

Busco mis viejos subrayados y la página 250 me depara uno tremendo:

Cada vez que se inician períodos seriamente críticos, las fuerzas radicales de derecha e izquierda se servirán de los derechos democráticos que les corresponden para provocar una dominación particular, o mejor dicho, totalitaria”.

Cierro el libro y miro la portada de Juan Fresán, que muestra, inclinados, un clip y las rayas rojas de una página en blanco. Es una edición de Monte Avila, 1976, con el excelente logo diseñado por el mismo Fresán en los tiempos iniciales de esta notable empresa editorial. Paso por alto la nostalgia y voy a la contratapa, en la que encuentro una breve línea escrita por mí, que dice: “El autor de esta nota es Martín Cerda”. La releo y vuelvo a considerarla estupenda. Lo es, porque en tres párrafos Horkheimer y su libro son presentados de modo magistral. Nada sobra ni falta en esta lección de síntesis, elegancia y claridad. En menos de cincuenta caracteres se nos aparece el perfil del filósofo: “…una de las figuras claves de la llamada Escuela de Francfort y uno de los pensadores alemanes más rigurosos e incitantes de nuestro tiempo”. Y si algo hubiera quedado por fuera, Cerda tuvo la precaución de añadir más adelante este elocuente dato, para saldar una eventual omisión: “…discípulo hereje del sociólogo Max Weber y del filósofo Edmund Husserl…”.

Acerca del libro, le bastó afirmar, sin lastre alguno: “La obra que ahora presentamos a los lectores de lengua española, comparable a la Mínima Moralia de Adorno, ya publicada por Monte Avila, ofrece el horizonte de un pensamiento itinerante que, por su mismo carácter de apuntes, entronca con la escritura fragmentada que emplearon en Alemania, Lichtenberg, Novalis, Nietzsche e incluso Kant en sus últimos trabajos”.

He allí un pequeño ejemplo de comprensión y de eficacia, suficiente para atraer buenos lectores. También para recordarnos que la dignidad escritural debe estar presente en todo texto, cualquiera sea su propósito, forma o extensión. Escribir solapas, contratapas y reseñas, es un arte que algunos desprecian, y más todavía, si deben ser anónimas. Error. Muchas veces en ellas se alojan maravillas, a diferencia de ciertos tratados o falsos ensayos que abusan de la jerga académica y que se exhiben con echonería en revistas arbitradas, estando horros de gracia y de escritura verdadera.

La nota de Cerda no está firmada, por supuesto. Debí leer que era de Cerda en un libro suyo, tal vez en Escombros, volumen póstumo que reúne numerosos artículos de este lúcido escritor chileno que estuvo entre nosotros hará casi cuatro décadas.

Miro en la página del copyright el nombre del traductor de Apuntes… No fue Murena, como yo creía, sino León Mames, a quien hace poco mencionó Gustavo Valle en un formidable trabajo sobre el aporte argentino a Monte Avila. Por Gustavo sé que Mames fue un músico germano argentino.

sábado, enero 26, 2013

Uribana o lugar de cuyo nombre




Rothko
No sé qué significa la voz “uribana” en lengua originaria. No sé si es un lugar muy grande de la tierra o algún lugar para el olvido.

Sé que hoy, Zulay, en el quiosco de periódicos, me habló de madres atribuladas y recordé este verso de Pablo Rojas Guardia:
   
Amanecimos sobre la palabra angustia

Reinos



Acelgas "esparragá"

Dos vueltas al parque y la Cruz del Sur.

Siete de la mañana. Divertido paseo por dos libros. Uno es de cocina. El otro, de biología. En este último, encuentro un pequeño laberinto de células marinas que avanza al modo de una vanguardia firme y obe
diente, hasta que se topa con el alimento. Sus integrantes entonces rompen filas y proceden a saciarse en masa, sin orden ni concierto. Satisfechos, vuelven al carril y arman de nuevo el diminuto laberinto. Para protegerse de la desecación, las células más viejas se apiñan y se envuelven en una membrana dura para esperar tiempos mejores y más húmedos. Cuando éstos llegan (siempre llegan), rompen la membrana y producen una nueva colonia de células frenéticas. “Redes del limo”, leo que las llaman. “No se conocen bien, pero demuestran una vez más la gran variedad de modos de resolver los problemas de la vida…”. Eso dice Colin Tudge en un hermoso pasaje de su libro.

Pienso en el enigma de las redes del limo y también en sus hijos, a quienes algunos poetas entregan a veces su alma…


El otro volumen me lo acaba de pasar Cuchi, para que comparta con ella la gracia de un verbo "cargado de letras del ferrocarril”: Esparraguear. Es un uso andaluz, alabado por Marina Domeq, quien lo explica así:


"Yo no sé si el verbo esparraguear ha sido o no aceptado por la Real Academia Española, porque de momento sólo figura en el diccionario ´esparragado: guisado con espárragos´, aunque el sentido que se da en Andalucía a esparraguear es más bien un tipo de guiso, derivado del que se aplica a los espárragos, pero que también se usa con los cardillos, tagarninas o tallos de acelgas. En una palabra, es una forma de aliñar las verduras pobres que tratadas así alcanzan el nivel aristocrático de los espárragos// Esta manera de condimentar los espárragos trigueros es muy propia del sur, tanto por el uso del comino y el pimentón como del ajo majado con pan".


De inmediato lo añado a mi viejo catálogo de usos culinarios y se me hace agua la boca, porque hoy, en honor a Isabé, su amiga cordobesa, Cuchi va a preparar pencas de acelga “esparragá”.


A Colin Tudge y La variedad de la vida; a Marina Domeq y La imaginación al perol, gracias por el inicio de este día.


P.D: “Mas se calló por siempre el invocado oráculo;/uno sólo en el mundo explicar tal misterio podía:/ -el que entregó el alma a los hijos del limo”. Gérard de Nerval.

viernes, enero 25, 2013

Los árboles de Sebald






En Los anillos de Saturno Sebald muestra una foto donde se le ve apoyado en un cedro libanés. Visitaba ese día el parque de Ditchingham y no podía saber que poco tiempo después, ese árbol, junto con muchos otros, ya no estaría en pie, y que en su lugar sólo habría “un vacío espeluznante”. 

Todo, bosque alto y bosque bajo, vale decir, robles y rodondedros, árboles y arbustos, serían nostalgia pura  pasada la tormenta.

En esas páginas hermosas de su formidable libro, Sebald recuerda y cita a Chateaubriand -con esa manera suya, tan natural, del intertexto- para compartir con el conde su amor insobornable por los árboles:

Como a niños los conozco a todos por sus nombres y sólo deseo poder morir bajo su sombra”.

Hoy en la mañana fui al balcón, y siguiendo la costumbre de mi amiga Isabel Loyola, les puse alpiste a los pájaros de Sebald. Me hice ilusión de que saldrían del cedro. Quién quita que anden por ahí.

domingo, enero 20, 2013

Las ramas

Claude Monet

Ocho versos para sentir que la belleza del mundo nos toca cuando pasa. Son de Alberti, que siempre me emociona con sus álamos. Habrá quien los encuentre simples o banales. Yo los disfruto en este instante.  

Pienso como Housman: cuando se bebe un Barolo stravecchio en Turín, para qué pensar en borgoñas nobles y lejanos.  

Ahí van estos enigmas, viejos dioses vegetales: 

¿De quién es esa voz,
esas ramas que pasan sin pararse? 


De los álamos tienen
el tiemblo, y el silbido de los sauces. 


¿Adónde irán, perdidas,
cantando, ciegas, sin mirar a nadie? 


Van a la mar, al mar. Si no volvieran,
es que quieren quedarse. 

RAFAEL ALBERTI

lunes, enero 14, 2013

Divina Pastora



 Leonardo Figueroa. Divina Pastora

Su pueblo la busca en Santa Rosa y se la trae para que lo acompañe un tiempo, conforme al pacto divino que nos permite estar bajo su manto.

Es el día de nuestra fiesta mayor, el día en que el misterio del alma ilumina a lo
s barquisimetanos, creyentes de una belleza que nos protege, nos orienta en secreto y nos recrea.

En campos de zafiro, la Divina Pastora pasce estrellas.

Dios te salve, reina y madre.

sábado, enero 12, 2013

Amor al pie de la letra




 Elsa Triolet y Louis Aragon

1. Comienza la dudosa luz del día y leo el estupendo capítulo que Martine Broda le dedicó a Louis Aragon en El amor al nombre. Para ella, El loco de Elsa es la  versión personal que el poeta tuvo del amour fou surrealista, así como su homenaje al amor cortés, sobre todo en su fascinante forma árabe.

Combinando poemas en prosa con versos libres y composiciones rimadas, Aragon reconstruye un mito antiguo en pleno siglo XX. Lo ubica en Granada para mayor cercanía con formas del modelo andalusí (zéjel y kasida) y con el esplendor de una fabulosa ciudad caída en 1492, el mismo año de la muerte del poeta persa Djamí, cuya obra, influida por el sufismo, es clave en esta variación contemporánea de lo que la brillante ensayista Martine Broda llama “metáfora del amor loco al pie de la letra”.   

Djamí es el autor del poema Medjun y Leila, de donde Aragon toma la vieja leyenda árabe del amor entre unos primos. Recojo parte del resumen de Broda:

El primo, Quays, es poeta y transgrede un tabú al celebrar a su amada antes del matrimonio. Le escribe versos, en los que prescinde de la senhal y menciona el verdadero nombre de la prima: Leila o Layla (“La Noche”). Por quebrantar la regla que obligaba a callar el legítimo amor, no puede haber matrimonio y Leila es entregada a otro hombre. Quays huye al desierto y se pierde entre animales salvajes. Adopta el nombre de Majnún, el Loco. Broda cierra su breve descripción de la leyenda con estas palabras imperdibles: “Quays se deja consumir por su pasión que le lleva a la locura, pero continúa celebrando a Layla. Cuando ésta viene a verle, la despide para quedarse solo con su sueño de amor en ese desierto que es como la metáfora de los lugares áridos de la escritura (…) Separados, los dos amantes  mueren de amor y consuman su unión en la muerte”.      

 “Practico con su nombre/ el juego de amor”. Son los versos de Djamí que Aragon escogió como epígrafe de este libro en el que imagina a un personaje que ama a una mujer (Elsa, la de Aragon) que no existirá sino cuatro siglos y medio más tarde. Todo es cuestión de tiempo y paciencia.

La frase con la que Martine Broda cierra el ensayo acentúa los rasgos literarios de la ancestral pasión aragoniana:

“…el culto de Elsa es un topos lírico”.

2. Leyendo el ensayo de Broda recordé una anécdota de Aragón que contaba Guillén.  Su relato, por cierto, se convirtió también en una anécdota que habría de contar Carlos Barral. Resulta que a Guillén le hacía gracia el amoroso saludo con el que Aragon iniciaba sus conferencias: Messieurs, Mesdames, mon amour. Cuando decía esto último, Aragon miraba a Elsa, siempre presente y siempre compañera. Relata Barral en el segundo volumen de sus memorias, que en un cóctel privado que organizó Jaime Salinas en Barcelona, Guillén les refirió a los poetas catalanes de los 50 que allí estaban, el entrañable saludo, imitando la voz y los gestos de Aragon. Apunta Barral que lo hizo varias veces y de manera magistral. Pocas horas más tarde algunos de los presentes en el cóctel (entre ellos Barral) fueron a cenar a un restaurante y allí coincidieron  con Guillén, a quien otro grupo agasajaba. De Guillén y sus comensales los separaba un tabique, pero pudieron oír que el gran poeta del 27 entretenía a sus compañeros de mesa con el reverencial saludo de Aragon.

Esa noche a Jaime Gil de Biedma le correspondió el honor de hospedar en su casa a Jorge Guillén. Apagadas ya las luces, se oyó un ruido. Creyó Gil de Biedma que su admirado Guillén había tropezado con algo y acudió a ayudarlo. Por fortuna, nada había pasado. El poeta estaba en el baño, frente a un espejo, diciendo una vez más “Messieurs, Mesdames, mon amour”. Tal vez ensayaba el número estelar de sus tertulias, o tal vez, como dice Barral, en el centro de la anécdota quien reinaba "terrible" era el Poeta.

Creo que no se excluyen entre sí esas opciones. Además, son bellas.

viernes, enero 11, 2013

Pájaro y letra


Sopla un aire de tierra y albahaca. Pienso en un ensayo de Mario Luzi sobre la creación poética y creo sentir la razón de sus palabras: vencer el orgullo de las propias cualidades y reencontrar la modestia que reconoce el espacio de lo natural, sin invadirlo. Veo un pájaro desde la ventana. Come.

lunes, diciembre 31, 2012

¡Feliz año!

Edouard Manet. Monet et sa femme sur le Bateau-Atelier
 
Ultimo día del año. Poca brisa y nubes quietas. Leo un poema en el que Octavio Paz ve unas ramas y habla de su “vaivén inmóvil”. Se refiere a la escritura, pero también a cuatro chopos, que, aspirados por el cielo, son ahora uno solo.

El ojo del poeta pinta, traza el centelleo que somos. Busca atrapar la línea que sale disparada de la página, pero se topa con caligrafías diversas. Todas siguen en ascenso.

Un pájaro ha llegado al balcón. Trae la luz y su armonía.

Pienso en otro pintor que oficia en el poema:

Latir de claridades últimas:/quince minutos sitiados/que ve Claude Monet desde una barca.

Dejo el libro de Paz para regar las matas y darles mi saludo. A ellas. A todos.
 

domingo, diciembre 09, 2012

La muerte del emperador

Adriano
 
Domingo de nubes y de Marguerite Yourcenar, de cuya muerte se cumplirán 25 años el próximo 17.

Una célebre frase de Alfonso Reyes me inhibe. Lo dejó así, como enigma, y procedo:  
 
Anoche volví a las páginas de un admirable libro de Marguerite Yourcenar. Me refiero a MEMORIAS DE ADRIANO. Busqué el ejemplar, ya descuadernado, que compré en agosto de 1981. De las dos ediciones que tengo de ese libro, es esa la que prefiero por los subrayados que en ella hice durante la primera lectura. Algo de lo que uno fue hace 31 años está presente en esas íntimas marcas de lector. Una de ellas me revela ahora una constancia. En efecto, hoy volvería a subrayar esta frase fulgurante de Adriano: “Mis primeras patrias fueron los libros”.

El genial emperador fue un esteta y la escritora belga supo perfilarlo con hermosa nitidez, en una larga epístola que merece y demanda varias visitas. En esta oportunidad quise buscar al enfermo que desde el poder revisa su pasado y dialoga con su achacoso cuerpo. La anatomía del poderoso es también la anatomía de cualquier ser humano, por más aura divina que le adjudique su entorno. Así, el emperador también puede enfermarse de hidropesía, como Adriano, pese a ostentar lo que en lenguaje teológico se llama “carisma”, término que a partir de Weber le sirve a la ciencia política para afrontar la misteriosa fascinación que algunos líderes ejercen sobre el pueblo. Estos jefes poseen, al igual que todos los mortales, un cuerpo destinado al deterioro. Muchos abusan de él y fallan en su cuidado. Cuando la intrusa (la enfermedad) lo toma en silencio, sus alarmas demoran en encenderse. Al ocurrir la primera señal, puede ser tarde. En todo caso, a tiempo o no de la cura, el enfermo se convierte en un prisionero, como lo dice Adriano al observar a su alrededor la solícita presencia de médicos y amigos, en severo ejercicio de una constante vigilancia. Adriano asume “el perfil de su muerte” y se dedica a contarle su vida al sobrino que habrá de sucederle: nada menos que a Marco Aurelio. Entretanto, la intrusa avanza, pero el emperador se ha hecho más sabio y lúcido. Durante los momentos de mejoría gobierna mejor y se concentra en las obligaciones principales. Prefiere la verdad al engaño, porque la primera sana y el segundo es tóxico. Finalmente, saluda a su alma y le pide que entre con él a la muerte, abiertos los ojos y reconciliado con sus recuerdos.

Buscando el ars moriendi del más griego de los emperadores de Roma, reencontré viejas enseñanzas sobre el poder y sus enfermos (entiéndase esta frase en cualquiera de sus sentidos). Asimismo me hallé de nuevo con algunas formidables lecciones gastronómicas. Adriano estaba reñido con las pitanzas que hicieron las delicias de otros emperadores, atiborrados de hortelanos, inundados de salsas y envenenados de especias. Prefería, helenista como era, “la carne pura de la hermosa ave”, el vino resinoso, el pan salpicado de sésamo, el pescado a la parrilla y al borde del mar y, sobre todo, la fresca insipidez del agua sobre los labios. Consideraba que “comer demasiado es un vicio romano”. Por eso optó a favor de la “sobria voluptuosidad”, lo que le permitió hacer más llevaderos los inevitables efectos de la intrusa.

Bellamente escribió su despedida: “Animula blandula vagula”, que traducido significa alma pequeña, efímera, amable.

Acá, el último párrafo del fascinante libro de Yourcenar (versión de Cortázar):

“Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los jueces de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos… // FIN ”.

sábado, diciembre 01, 2012

Servir la mesa


 
Se come musicalmente las sardinas, como si tocara un silbato. Da gusto de puro leerlo: 

Coge la cabeza del pescado con los dedos de una mano y la cola con los dedos de la otra, y lo come como si tocara la ocarina…, devora por aspiración, sorbiendo. La espina sale dibujada y limpia. Los espectáculos de avidez se hermanan muy bien con esta mar antigua. En esta mar hay rincones en los que parece percibirse el aire de las hecatombes homéricas. Yo me como las sardinas –modestia aparte- de una manera más académica: sobre el pan, pero no con los dedos.”.

Golosamente leo Un viaje frustrado, de Josep Pla.

Mar, sardinas, ilusión de vida libre.

En una sola frase, Pla, con la fascinación de lo cercano, traza
 
el perfil completo de su personaje, que había nacido, como el

autor, en Palafrugell, el país del pescado frito:

Era un hombre importante, en el sentido de que sabía hacer

muchas cosas, y las hacía bien”. 

De eso dan fe sus oficios amables y sagrados:

Era pescador, marinero, cazador, cocinero, cochero, sabía

comprar en el mercado, era un criado excelente y servía

admirablemente la mesa”. 

A este servidor le encanta ese elogio, tanto, que lo quisiera para sí.

viernes, noviembre 23, 2012

Carne braseada

Virginia Woolf
 
 
Estreno de una creuset.

Carne macerada desde desde ayer con Rioja tinto, granos de pimienta negra y guayabita.
 
Sobre una cama de zanahorias, apio españa, cebollas y ajo porro,
el corte idóneo:  lagarto la reina.

A la ennoblecida pieza se le riega vino de su propio adobo.

Con los mismos ingredientes de la cama se monta el techo, en el que no faltarán la sal, el ajo y los clavitos de olor.

Tres horas de cocción son suficientes para esta maravilla imponderable, capaz de superar el célebre "boeuf en daube" de Virgina Woolf en su novela AL FARO, lo que es decir (y comer).

Quizá sea necesario agregar que los ingredientes de la cocción se licúan, y que todo, salsa incluida, tiene el sello de Cuchi Morales, quien cocina como los ángeles.

Una comida en El cuaderno gris

Josep Pla, delante del Mas de Llofriu
 
Leo El cuaderno gris de Josep Pla, en traducción de mi querido Ridruejo y de su mujer catalana, Gloria de Ros.

El 16 de abril de 1918, que es el año en que inicia su monumental dietario, Pla registra este temor:
 
Si, por la razón que fuese, nos viésemos obligados a prescindir del ´ressopó´ que Marieta nos sirve de madrugada, pensaríamos que la vida apenas tiene sentido, que es absurda y amarga”.

En una nota al pie de página Ridruejo informa que el “ressopó” es la “comida antes de acostarse, cuando ya han transcurrido varias horas después de la cena”.

Subrayo y recuerdo costumbres perdidas, medias mañanas y meriendas.

Hay de todo en el cuaderno de Pla: relatos, biografías, descripciones de paisajes, autorretratos, crítica literaria, crónica familiar y gastronómica, y mucho más. También abundan las deliciosas ráfagas como las del “ressopó” o pequeñas observaciones sensoriales, como ésta del 6 de junio del mismo año 18, que me encanta:

El tomillo, en un primer momento, da un olor abrupto y fuerte y después se endulza; el romero, ahora en flor, tiene una entrada muy suave que después se carga”.

Siento que estoy en el campo, feliz, esperando el desayuno.

Así da gusto la lectura de un diario.

jueves, noviembre 22, 2012

Una ruda (por siaca)

 
Gracias a una formidable antología de poesía hispanoamericana hecha por Gustavo Guerrero (Cuerpo plural, Pretextos, 2010), estoy leyendo ahora un poema magistral del chileno Germán Carrasco (1971). Se titula Ruda y está dividido en diez estancias. Lo disfruto como poética de la escritura y como acto de magia que acaba de impregnar con su olor esta pequeña sala. Me provoca sembrarlo en un poema de Ida Vitale (Botánica), en el que ella, tan amante de las plantas, se queja de que no tiene en ese momento “ni una matica de ruda”.

Acá, en las letras de Carrasco, la ruda es como un bosque de efusivos álamos.

Copio su última estancia:
 


"10

Para escribir un par de versos se necesita
silencio, el Central Park como patio
y una ruda (por siaca)
aunque en tres baldosas sueltas
se pueda ins
talar un jardín.

Pero ojo porque quizás el aroma
que arrojó la planta cuando la regaba
fue el que provocó cierto estado
de ensoñación. Es posible,
en ese caso este texto sería
el simple efecto de ese perfume,
el perfume de ese efecto".
 
 


 GERMAN CARRASCO

P.D: Ese poema estaba inédito cuando Gustavo Guerrero lo incluyó en Cuerpo plural.


jueves, noviembre 15, 2012

Abrazo

Picasso. El abrazo
 
Entre los libros que tengo en el balcón están los de García Baena. Hace un rato cuando me acerqué a ver pájaros, me topé con el bello lomo de Rama fiel, el volumen que González Iglesias preparó con motivo del Premio Reina Sofía del 2008. Desde hace varios años leo con deleite y asombro al gran poeta cordobés. Para decirlo retocando un famoso verso de Jiménez: García Baena siempre tiene preparada la rama para mi curiosidad del día. Abrí el libro, y en la página 117 me estaba esperando André Breton con estos versos:

El abrazo poético como el abrazo carnal,
mientras duran,
prohíben caer en la miseria del mundo
”.

Esa cita venía a cuento (y a canto) porque García Baena hablaba de su oficio de poeta como algo inherente a su tránsito cotidiano por la tierra. Decía que “el poeta no se sale de su biografía interior al contemplar los más sencillos actos de la vida y la muerte: el crecer de la hierba y el cuchillo, el heno, la dulzura y la larva de los frutos, el vino caliente de Junio y su desesperación. Obra y vida inseparables como la columna que entristece la yedra, solos y a solas con todo lo que amamos”.

De eso, y desde el alma, hablaba García Baena esta mañana. De allí el abrazo de Breton.
 

sábado, noviembre 10, 2012

Inmortalidad y belleza

CARLO CRIVELLI. Detalle de La Anunciación. National Gallery. Londres 
 
Hoy escribo invita Minerva. Una palabra, tres... Así no.

Mejor abrir el libro de Berenson y contemplar la segunda lámina, la que muestra un detalle de la Anunciación de Crivelli, con la cola del pavo real recordándonos la inmortalidad de los seres que amamos.

Ya no escribo. Miro.

Crivelli y la belleza.

viernes, noviembre 09, 2012

Un viaje desde el parque

Mercado flotante en Bangkok

Tres vueltas al parque y un viaje muy rápido hasta el Asia.

Cuando Gustavo apareció, versos efusivos del mexicano Aridjis:

Buenos días a los seres
que son como un país

y ya verlos
es viajar a otra parte.
 


Además, un prístino relato -como sólo Gustavo sabe hacerlo- nos acompañó en Bangkok esta mañana.

Ahora en la cocina resuenan las imágenes.

miércoles, noviembre 07, 2012

Un oficio peligroso


 BOTTICELLI. La Primavera. Detalle
 
Después de ordenar las cartas (entre ellas, las que se ha cruzado con Umberto Eco), el profesor revisó una vez más los artículos juveniles de su maestro, fallecido hace cinco años. Miró la reproducción de La primavera de Botticelli, fijándose sólo en el rostro de Flora. Mecánicamente volvió la vista a la foto de su novia. Las imaginaba como dobles. Guardó los papeles de su ilustre paisano y ratificó, como siempre, su enorme valoración de los mismos. Jamás se sumaría a quienes quieren enrostrarle al maestro su apoyo a la Guardia de Hierro, por envidia o por pequeñas venganzas, menos políticas que académicas. Muy lejos de él esa bajeza. Recordó el momento en que Umberto Eco, en una conferencia sobre El péndulo de Foucault, en Nueva York, al saber que él estaba en el público, le hizo el honor de pedirle que hablara. Fue cuando dijo que una mala interpretación puede convertirse en verdad, si un número suficiente de personas cree en ella. Agregó algo que lo previene siempre frente a todo tipo de infamia: “Cuando las mentes enloquecidas están en sincronía, crean una realidad alternativa; matan por razones inventadas; encuentran razones para actuar haciendo de sí mismos un punto fijo en el universo”. Esta noche su cena sería sólo una ensalada de lechugas, con nueces y queso de cabra.

Ahora, a releer a Borges, se dijo, para ratificar lo que una vez escribió, a propósito de esa inconmensurable maravilla que se llama La muerte y la brújula: “El principal cometido del arte en el universo de Borges es huir de la tiranía de un único sistema mental y entrar en tantos otros como sea posible para obtener, al compararlos, una libertad de percibir el mundo”.

Se recordó a sí mismo en una clase leyendo el relato que en este momento le serviría para prolongar su descanso, o su distracción. Varias han sido las señales ominosas de estos días. Las sombras fascistas de su remoto país no se detienen. Deambulan aún por este mundo.
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Lo anterior no es más que la atropellada glosa de una lectura de hace unos doce años. Durante varios meses fatigué a mi entorno más cercano con comentarios acerca del autor que entonces constituía para mí una obsesión. A Ted Anton y su libro sobre el asesinato de nuestro personaje, le debo por completo los datos de la pequeña nota transcrita, y a Eros y magia en el Renacimiento, obra maestra, la visión más brillante que he leído sobre el tema, y en particular, sobre Giordano Bruno.

Hace más de 21 años, Ioan Culianu, valioso por sí mismo y discípulo mayor de Mircea Eliade, fue asesinado en un baño de la Facultad de Teología de la Universidad de Chicago. Tenía 41. Era experto en el tema de las religiones y el hiperespacio. Dejó sembrados muchos fantasmas en sus libros. La siega permanece en sus comienzos y el crimen sigue impune.

P.D: El libro de Ted Anton se titula El caso del profesor Culianu y tiene prólogo de Umberto Eco. Allí leemos que una de las personas consternadas por la muerte violenta del gran investigador rumano, fue Saul Bellow, a quien Culianu le cocinó una vez en casa de los Eliade.